29/8/10

El mar

Leo en Pistolas y mares, un artículo de Luis Magrinyà a propósito de los cuentos de Anton Chéjov, que el escritor inglés William Gerhardie, nacido en Rusia en 1895, escribió un librito sobre el autor de El beso donde, por lo visto, dice que el realismo bien entendido debería consistir en extraer de la vida sus rasgos característicos -porque la vida, fuera del foco del arte, es como el mar: borrosa, sin forma y sin plan- y reubicarlos en un plan concebido para representar, bajo el foco del arte, la vida que es como el mar: borrosa, sin forma y sin plan.

Anton Chéjov

No parece mal traído. Salvo en el símil. Salvo en el mar. Salvo en los adjetivos. A ver, el mar será imprevisible, despiadado e indómito, pero, desde luego no es ni borroso ni informe. Quizá no tenga un plan, pero se comporta como si lo tuviera. Basta ver los dibujos de las olas de Leonardo da Vinci. El mar tiene mareas, rimas y ritmos. Bien lo saben los percebeiros. Bien lo sabían las mujeres que acudían a coger las nueve olas en A Lanzada en la celebración de los ritos de fertilidad. O sea, el mar es inteligible. Se hace oír y oye. Basta acercarse, cuando nada puede consolarnos, para comprobar que el mar nos habla, como si supiera, antes de que nosotros seamos conscientes, de lo que necesitamos escuchar. El mar, digamos, tiene su dramaturgia. La vida no es como el mar. La vida, fuera del foco del arte, es como la vida: azarosa, cabrona, hermosa, mediocre, misteriosa, caótica y cruel. Ruido y furia, ya sabéis. Un puñetero sinsentido. Pura improvisación. Chéjov le escribió a un amigo que ya era hora de que los escritores, especialmente los que son artistas, reconocieran que en este mundo nada se comprende. En fin, que la vida no hay quien la entienda. Pero el mar... Ah, el mar. Si yo os contara. Metal de infancia, que decía José Hierro.

Leonardo da Vinci, un diluvio

La vida y el mar. Lo inefable y lo inmenso. Desde luego no se lo pusieron fácil al realismo. Y menos cuando se trata de meter la inefabilidad en unas pocas páginas o la inmensidad en un cuento. William Gerhardie abre su novela Inutilidad con estas líneas: Y de pronto me di cuenta de que la única cosa que podía hacer era convertir todo aquello en un libro. Es lo que habitualmente hacemos con la vida. Bueno hay quien hace películas, novelas o funciones de circo. Pero un cuento para meter el mar o la vida... ¿en qué cabeza cabe?

Recuerdo que de pequeño, en la catequesis, don Agustín, el cura de Areas, nos contaba una historia de su tocayo, el de las Confesiones. Resulta que paseaba san Agustín por una playa cavilando sobre el misterio de la Santísima Trinidad y vio a un niño que llenaba un cubo con agua del mar y la vertía en un agujero que había hecho con sus manitas en la arena. San Agustín iba y venía por la playa, y el niño seguía vaciando cubos de agua en el agujerito. Entonces el santo le preguntó qué pretendía y el niño le explicó que quería meter el mar allí. San Agustín, conmovido, se arrodilló en la arena junto a la criatura y trató de hacerle entender que era imposible meter algo tan inmenso en un lugar tan pequeño. Entonces el niño le espetó que era aún más difícil desentrañar el misterio del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Masaccio, la Trinidad
de Santa María Novella en Florencia


Pero ni comparación. Lo de la Trinidad no es para tanto. Cuántas veces no habré conocido a ése en el que me había convertido y él me ha mirado como si no me conociera de nada, y el otro, desde el espejo, partiéndose de risa ante el espectáculo de mi perplejidad. O Pessoa, si vamos a eso, que gastaba tres trinidades. La Trinidad es un misterio sobrevalorado. Pero lo de meter el mar inmenso en un agujerito... Cómo se nota que San Agustín y Dios -niño mediante- no habían leído a Chéjov. Bueno, vale, tienes razón, Roberto, tampoco habían leído a Cheever.

John Cheever

Por cierto, acabo de leer que el próximo 13 de septiembre la editorial Duomo publica Cheever, una vida de Blake Bailey, una biografía literaria de 944 páginas. ¡Vaya banquete, Roberto! Un mundo. Como el mar.

2 comentarios:

  1. Honor que me has hecho, Daniel. Muchísimas gracias.

    Leí lo de la publicación de la biografía de Cheever. Sí, habrá que ir ajustando la servilleta al cuello para babear a gusto.

    Gracias otra vez, Daniel. Siempre es un placer leerte. Aun cuando me mencionas.

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  2. Daniel, un placer, no, mejor, una necesidad, leerte.

    En cuanto a trinidades decir lo que decía Bohumil Hrabal
    “Una rodilla de mujer bien formada es el otro nombre del espíritu santo”
    Se pueden hacer otras trinidades con otras partes.

    De Chéjov y de Cheever que puedo deciros yo. Yo estoy a lo que vosotros digáis.

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