19/4/10

Fugas y desvíos

Estreno de Psicosis en el De Mille Theatre,
Nueva York, 16 de junio de 1960

La semana pasada, mientras volvía del trabajo, escuché en la radio, en días distintos y en más de una emisora, comentarios a propósito de Psicosis, la película de Hitchcock de la que se cumplen cincuenta años. A qué negarlo, me irritaron. Me irrita la irresistible pendiente que conduce hacia la banalización de lo popular. Como si de nada hubiera servido todo lo que Gramsci, pongamos por caso, escribió a propósito de lo popular. Aún recuerdo aquella programación de Radio 3 de los primeros ochenta del siglo pasado, a las tres de la tarde empezaba Diálogos 3 y Ramón Trecet leía fragmentos de los Despachos de guerra de Michael Herr y ponía la música que escuchaban los soldados americanos, digamos en Da Nang. Echo de menos aquella radio. ¿Acaso no era popular? No tengo nada en contra de la divulgación, todo lo contrario, pero divulgar supone trazar e iluminar caminos para adentrarse en lo complejo, por así decir, significa una invitación alegre y apasionada a explorar un territorio inagotable. O sea, divulgar es lo contrario de trivializar. Debe tener razón el maestro y me puede la melancolía. El caso es que hablaban de Psicosis. Y mientras locutores y locutoras e invitados e invitadas decían sus cosas, mis neuronas iban a lo suyo, estableciendo conexiones y abriendo pasajes entre Psicosis y tantas otras películas. Al final agradecí las banalidades porque me señalaron líneas de fuga del cada vez más penoso trabajo que representó cada jornada laboral esta semana. Y qué mejor huida que transitar los desvíos del cine de finales de los cincuenta y primeros sesenta, enlazando unas películas con otras, como quien teje una red para atrapar sentidos sin pretender agotar el misterio.


¿Por qué se sigue insistiendo en la escena de la ducha? O mejor, ¿por qué se reduce Psicosis a la escena de la ducha? O mejor aún, ¿por qué, ya instalados en la escena de la ducha, no se extraen las fugas de sentidos o los desvíos de la trama que representa, más allá de que contemplemos un asesinato? En definitiva, ¿por qué cincuenta años después enterramos el cómo con el qué? ¿No bastan cincuenta años para desviarse de la redundancia del qué y fugarse hacia la riqueza de sugerencias del cómo? ¿Tendrán que pasar otros cincuenta años para caer en la cuenta de que el cine de Hitchcock es puro cómo, que el qué apenas si era un pretexto para cuajar algunas imágenes como quien pinta bodegones -con una escalera, una llave, una botella, una taza o un cuchillo- y construir una experiencia mediante la articulación de un punto de vista? ¿Hasta cuándo el cine será considerado un mero contenedor de historias? ¿Por qué cuesta tanto entender que Hitchcock era sobre todo un creador de formas, como Cézanne, pongamos por caso? ¿Y, ya puestos, qué cuesta entender también que Psicosis representa un artefacto para compartir y explorar la experiencia del mal en el corazón mismo de la sociedad americana, un mal que para Hitchcock tenía su origen en la represión sexual?


En Psicosis se conjuga el peso del pasado en el presente. Es una película atravesada por referencias a padres e hijos. Psicosis es un filme poseído por una madre. La madre de Norman Bates. El cine de Hitchcok gira en torno a las madres que devoran (emocionalmente) a los hijos. Psicosis es la guinda del pastel. Y, para introducirnos en un asunto tan -nunca mejor dicho- pantanoso, Hitchcock -astuto publicista- echaba mano de los géneros populares, y pocos géneros más populares que los casos criminales, e incluso invitaba a una lectura freudiana -y frívola-, aunque irónica, de los trastornos de sus personajes. Es decir, Hitchcock usaba el espectáculo a fondo para manipular nuestra curiosidad, hacernos compartir la experiencia de sus protagonistas y llevarnos hasta las puertas de una emoción oscura, en las fronteras de lo inteligible, allí donde la razón pierde pie.


En la estrategia fílmica de Hitchcock, resulta esencial que el espectador comparta la experiencia angustiosa de Marion Crane, el personaje interpretado por Janet Leigh en Psicosis, y dispone la puesta en escena para que nos identifiquemos con ella. Desde la primera secuencia Hitchcock nos entrega a la protagonista con fruición fetichista. Al cineasta le llevaba su tiempo decidir el tipo de ropa interior y no digamos el color. Prolongaba el disfrute del aquel de dirigir en el vestuario y los complementos que devienen en sus películas elementos tanto o más significativos que la motivación o la caracterización psicológicas. Creaba una máscara y provocaba que el espectador la llenara de significado a través de la construcción de un punto de vista al conjugar la posición de la cámara y del montaje, obviamente un punto de vista en el que el espectador se identificara con el personaje y compartiera su angustia y/o su culpa.


Resulta ejemplar la escena en la que descubrimos que Marion no ha llevado el dinero al banco, que lo va a robar y se dispone a huir. El dinero está sobre la cama, Marion aparece ahora en ropa interior negra (en la primera escena era blanca) y está haciendo la maleta. La línea imaginaria que une el dinero y la maleta constituye el eje dramático de la escena y las posiciones de cámara se articulan en torno a ella, como si se tratara del hilo del destino que atrapa a Marion irremediablemente. Y como el dinero y la maleta están sobre la cama, y la protagonista se mueve junto a ella, como se movía en la primera escena de la película en torno a la cama del motel en el encuentro con su amante, lo casual -que estén sobre la cama- se convierte en causal -que aquí el sexo es la clave- por efecto de la puesta en escena. Y comprendemos sus motivaciones, porque el dinero pertenece a un tipo que merece que se lo roben y porque desde el primer momento hemos decidido que ella merece una oportunidad. Y la empujamos a fugarse, a tomar un desvío en su existencia.


Pero creo, sin temor a equivocarme, que una de las escenas claves de Psicosis es la que precede a la de la ducha, esa cena frugal que Norman Bates le sirve a Marion y en el transcurso de la cual se establece la conexión entre ambos. De alguna manera, podría considerarse el centro de gravedad de la película. Y una de las mejores escenas rodadas por Hitchcock, que ya es decir. Representa la encrucijada de la culpa de Marion y la psicosis de Norman. Y será la comprensión del problema que atenaza a Norman la que le permitirá a Marion iluminar su propia situación, como si la contemplara en un espejo, y decidir que va a devolver el dinero a la mañana siguiente. El clásico plano/contraplano entre Marion y Norman establece un flujo mental entre ambos donde afloran correspondencias y sintonías, por eso no nos extraña que, cuando ella quiere irse a la cama, él le pida que se quede charlando un rato más. Y mucho menos aún que la réplica de Norman sobre la trampa en la que todos nos vemos atrapados resulte tan esclarecedora para Marion. O cuando a propósito de su madre él asegura que todos nos volvemos un poco locos algunas veces. Cómo no va a comprenderlo ella, si acaba de pasar por eso, si ya la culpa le ha amargado la huida. Un plano/contraplano que Hitchcock quiebra en el momento preciso en que Norman sale en defensa de su madre cuando Marion sugiere que quizá estaría mejor "en otro lugar". Entonces el director varía la angulación frontal de la cámara, que había regulado la conversación hasta ese momento, con un contrapicado que nos permite seguir el resto de la escena con uno de los pájaros disecados que los rodean sobre Norman, atrapado en la mirada ciega del ave muerta (como su madre). Resulta materialmente imposible poner en palabras todas las sugerencias del encuentro entre Norman y Marion a través de las miradas donde pesa el pasado entero de unos seres atrapados en la misma trampa, sólo que en horas diferentes del reloj de la existencia.


Y, si hasta ese momento compartimos la mirada de Marion, ahora Hitchcock empieza a romper amarras (emocionales) con la protagonista y nos "obliga" a compartir la mirada de Norman a través de un agujero practicado en la pared tras una reproducción de la obra de Rembrandt Susana y los viejos. Cuando llega la escena de la ducha, que deviene una amplificación sigificativa de la angustia que Marion sentía conduciendo bajo la lluvia y que la lleva a detenerse en el motel Bates, la película alcanza una perfecta interacción entre acción, imagen, sentido y efecto: el montaje despedaza a Marion en setenta planos diseñados por Saul Bass -el autor de los créditos- para que experimentemos una impresión de violencia brutal pero, y esto es lo importante, evitando la repulsión física, de tal forma que la abstracción del horror -la elección del blanco y negro adquiere así todo su sentido, al igual que sustituir las cuchilladas por cuerdas de violín (de Bernard Herrmann)- pueda digerirse en una experiencia emocional que se prolonga una vez que el remolino del agua de la ducha mezclado con la sangre se va por el desagüe, encadenamos con un primer plano del ojo derecho -ya ciego- de Marion y un brillante -y complicado- movimiento de cámara nos lleva de vuelta al dinero sobre la mesilla de noche. Lo que presenciamos fue una violación simbólica -un cuchillo conjugado con formas cóncavas y redondas-, no era una cuestión de billetes. Sobra decir que Hitchcock, al confinarnos en la ducha justifica el troceado de la escena y, no menos importante, facilita el encubrimiento del asesino, o mejor, apuntala nuestro error de percepción.

Story-board de Saul Bass
para la escena de la ducha

Ahora que caigo, no era mi intención entrar con tanto detalle en Psicosis, pero... Cabría añadir, si cabe, que las dos escenas que siguen a la escena de la ducha están entre mis favoritas. Hay que ver como Norman limpia obsesivamente la sangre del cuarto de baño, creo que nunca se ha limpiado algo en la pantalla con tal maestría, está lavando la culpa de la madre (al final lo leeremos de otra manera), pero es un detonante metafórico en la medida en que sentimos que todo lo está haciendo para salvar a su madre de la cárcel, es decir, Hitchcock acaba de privarnos de la protagonista pero ya nos ha puesto en las pantuflas del siguiente, y ya estamos viéndolo todo a través de su mirada, tanto que cuando sepulta el coche con el cadáver y el dinero en el pantano nos angustiamos por él cuando por un momento pensamos -y tememos- que no se va a hundir del todo. Dos escenas en las que se cristaliza el arte de Hitchcock.


Hitchcock dirige a Janet Leigh

No sería justo dejar de compartir con vosotros que el resto de la película me interesa menos. Y estoy convencido de que a Hitchcock, salvo en lo que se refiere a Norman (Anthony Perkins) Bates, también. Cómo no iba a disfrutar llevándonos de la mano a compartir, pobres de nosotros inocentes, la mirada -y la experiencia- de un psicópata. Convendría señalar que, cuando vi Sed de mal (1958) de Orson Welles, creía encontrar en las escenas también protagonizadas por Janet Leigh en el motel Mirador y en el personaje del recepcionista, interpretado por Dennis Weaver, una inspiración de Psicosis. Cada vez que veo Sed de mal más me convenzo. No tengo ninguna duda de que Hitchcock eligió a Janet Leigh para Marion Crane por la película de Welles.




Psicosis representó una ruptura narrativa en el cine americano, una protagonista no desaparece impunemente de la película. Pero esa ruptura ya había germinado en Vértigo (1958), aunque de otra forma. Y, desde luego, casi nadie se acuerda de que el mismo año que Psicosis se estrenó en Cannes con gran escándalo -por otra radical desaparición- L'avventura de Antonioni. Pues bien, de esa tríada de filmes proviene buena parte de las más estimulantes aventuras del cine contemporáneo. Pero ésa es una historia que tendrá que esperar. Por lo menos hasta mañana. A otras fugas y desvíos, que buena falta hacen.

18/4/10

Rayas de agua larga en la ventana

Hoy iba a escribir sobre L'avventura. Pero visité el blog de Elías Moro y encontré dos poemas de Tonino Guerra, el guionista de la película de Antonioni, la primera que escribieron juntos. Y esos poemas me llevaron a otros del guionista de algunos de los filmes imprescindibles de Fellini, los Taviani, Angelopoulos o Tarkovski.


Tonino Guerra cumplió noventa años el mes pasado y leerlo hoy fue como volver a casa, a la única casa que uno puede volver. L'avventura puede esperar. Otro día vendrá la obra del guionista, hoy os traigo la obra del poeta. Apenas dos poemas. Porque a veces viene a tocarte un olor que no entendías hace años...


Canto primero


Tenía ya setenta años cumplidos y cuatro días cuando cogí

un tren en marcha. No podía soportar ni un día más la ciudad

con todas aquellas uñas delante de la boca.

Ahora estoy aquí en mi pueblo, con mi hermano.

Está lleno de casas vacías. De mil doscientos que éramos,

sólo quedamos nueve: yo, que acabo de llegar,

la Bina, Pinela el campesino, mi hermano que está siempre

en la casa vieja, la Filomena con el hijo tonto,

y tres jubilados que están siempre sentados en la plaza

y que en sus tiempos eran zapateros.



Los demás se marcharon quién sabe adónde: a América, a Australia,

a Brasil, donde Fafín el loco iba de caza con un cuchillo

y un día mató un jaguar creyendo que era un gato.

En mil novecientos veinte un grupo de albañiles,

después de seis meses de viaje en barco mirando el mar

y el agua de un río que no acababa nunca,

llegaron por fin a la Muralla China

que se había roto por todas partes y hacía falta mano de obra.



Antes de desaparecer para siempre, el padre de la Bina

que iba con ellos mandó noticias suyas cada año

a las que luego llamaron «las cartas de la China». En la primera

preguntaba por una cabra que tenía fiebre el día que él se fue,

en la segunda contó que se había comido una culebra,

en la tercera hablaba de una mujer que le cosía los botones,

la cuarta estaba llena de garabatos como los que hacen las gallinas

en el barro, para dar a entender que se había vuelto chino

y se había olvidado de todo, hasta de las palabras.



Mis padres no se movieron nunca de casa: mi padre

vendía carbón

y mi madre llevaba las cuentas en un papel amarillo.

Como no sabía leer ni escribir hacía rayas

para los clientes flacos y círculos para los gordos.

Los números los llevaba apuntados en la cabeza y cuando pagaban

los tachaba con una cruz.



Aquí el aire es bueno y el agua va por sus cauces.

Coches no hay y los perros

están siempre tumbados en mitad de la calle.



(De La miel, 1981. Ediciones La Palma, 1993

Traducción de Juan Vicente Piqueras)



Septiembre


La música de la lluvia
en los oídos



Cuatro hermanos de mi padre

y una hermana de noventa años, la Nazarena,

vivían en América y a veces mandaban postales

como si fueran marineros que metían

mensajes en las botellas y las tiraban al mar.

He encontrado unas palabras de la Nazarena

dirigidas a mi padre: “Eduardo,

hemos tocado fondo y ahora nos toca

hacer cuentas con la vida. Aquí en Brasil

me acuerdo a menudo de aquella vez

que fuimos a vender pescado

a la feria de Verucchio un viernes de 1913

y la riada se llevó el puente delante

de nuestros ojos y nos quedamos un día

entero sentados en la hierba,

mirando el agua, sin poder cruzar.

En las cajas se echó todo a perder

y todavía siento aquella peste de pescado que

ahora me parece que es el olor de mi vida.”



“La Tartamuda” era una muchacha

que caminaba en chanclas

y se vestía con cuatro trapos

que se le pegaban a las tetas

duras como piedras. Su tartamudez

era tan grande que te venían ganas

de ayudarla y ponías palabras

en medio de las suyas

hasta que quedaba claro lo que quería decir

y entonces de la alegría

se echaba a reír, temblaba con un gozo

que parecía nacerle de dentro de la carne.



De los montes un polvo de agua fina

como la seda

apaga las últimas brasas del verano

y yo me pongo mi chaqueta de pana.



A pesar de que llovían

en la ventana rayas de agua larga

y espesa, se veía en los montes

la luna clara.



Fueron aquellos días

en que nos dábamos la mano

y las promesas quedaban escritas en las piedras.

Hoy ya todo da igual:

te abraza alguien

y es sólo un montón de trapos.



A veces viene a tocarte un olor

que no entendías desde hace años

y ves cruzar el cuarto

a la niña con su cubo de agua.



El mar tiene los peces en sus manos.



(De Llueve sobre el diluvio, 1997)

17/4/10

La carta


A mí, Franz Werfel me sonaba de otro Franz, de los Diarios y de la correspondencia de Kafka, y de las biografías sobre el autor de La metamorfosis, era de Praga como él y fue amigo suyo. También me sonaba de la lista de maridos y amantes de Alma Mahler, que tomó el apellido del músico que fue su primer marido, que fue amante de Oskar Kokoschka, se casó con Walter Gropius, el arquitecto y fundador de la Bauhaus, y volvió a casarse con Franz Werfel, pero entremedias tuvo relaciones -parece ser que sólo platónicas- con Gustav Klimt o el dramaturgo y premio Nobel Gerhart Hauptmann. Por lo visto era una mujer a la que erotizaba el talento, nada extraño, ella misma era una artista; madre y amante de sus hombres, les resolvía la intendencia, les administraba la economía, les organizaba la vida doméstica, apoyaba su obra y les electrizaba para que diesen lo mejor de sí mismos. Veía con buenos ojos el fascismo pero se casó con dos judíos como Mahler y Werfel y, cuando el nazismo se convirtió en reinado del terror, no lo dudó y huyó con Werfel a Francia. Werfel había simpatizado con el comunismo y Alma se escandaliza en una entrada de su diario en 1928: "¡Franz ha escrito un un poema a la muerte de Lenin!". Las simpatías ideológicas de ambos provocaron encendidas disputas y pusieron el matrimonio al borde de la ruptura pero el tiempo acabó aliviando las aristas. Años después, Alma escribió: "Werfel y yo hemos cosechado fracasos. Él creyó en su juventud en la revolución mundial mediante el bolchevismo y no supo prever en lo que se iba a convertir aquello. Yo creí en la salvación del mundo mediante el fascismo de Mussolini, y tampoco supe prever en qué se iba a convertir después por obra de Hitler".

Alma Mahler

En fin, que yo sabía de Werfel a través de Kafka y de Alma Mahler, pero no había leído nada suyo. Incluso su nombre se empequeñecía al lado de las otras luminarias que Alma había contribuido a encender. Pero Werfel en los años treinta y primeros cuarenta del siglo pasado era una celebridad, el escritor en lengua alemana que vendía más libros después de Thomas Mann. Poeta y dramaturgo, fue Alma Mahler precisamente quien convenció a Werfel para que se dedicara a la novela. Una de esas novelas, Los cuarenta días de Musa Dagh (1933), que trata del genocidio armenio por el régimen turco en 1915 y que ha sido calificada como su obra maestra, lo convirtió en un héroe nacional de los armenios. Cuando Werfel y Alma Mahler ya habían huido a Francia, el régimen nazi desposeyó al escritor de la nacionalidad y prohibió sus libros. En 1940, con la ocupación y ante el avance de los nazis, el matrimonio cruza el país hacia los Pirineos. En septiembre, pasan unos días en Lourdes acogidos por las religiosas que cuidaban del santuario y allí conoce la historia de Bernadette, la hija de un molinero al que se le aparece la Virgen casi un siglo antes; a Werfel le cautiva el personaje de esa jovencita que mantuvo la realidad de sus visiones frente a la jerarquía eclesiástica y padeció la cárcel. Al fin, consiguen cruzar la frontera española y llegan a Lisboa donde embarcan hacia América. Refugiados en Estados Unidos, Werfel escribe La canción de Bernadette en Hollywood.

De izda. a dcha. Alma Mahler, Don Ameche,
Franz Werfel, Sam Wood y Caudette Colbert

La novela enseguida se convierte en un éxito editorial, que se multiplicaría con su adaptación al cine en una película del mismo título con Jennifer Jones y dirigida por Henry King que se estrena en 1943.


Dos años después, Werfel muere en Beverly Hills de un ataque al corazón a los 55 años. Creo haber visto la película alguna vez en un pase por televisión, pero no leí la novela. Hasta hace unos días para mí Franz Werfel era un escritor que había sido amigo de Kafka y marido de Alma Mahler. Y hasta hace pocos años tampoco conocía más que de nombre a esos grandes escritores centroeupoeos contemporáneos de Werfel que ahora tanto me gustan, pongamos por caso Stefan Zweig, Joseph Roth o Arthur Schnitzler.

Pero acabo de leer una novela corta -apenas 141 págs.-, o sea, una novelita, de Franz Werfel, Una letra femenina azul pálido, editada por Anagrama en bolsillo. Y me encantó. Creo que se trata de una obra maestra. Esa letra del título es la de una carta que recibe el protagonista, una carta que le remueve los adentros, una carta que cae sobre el personaje con todo el peso del tiempo y convierte su vida -que destila en esas 141 pags- en un calvero, devastado por un invisible reloj de arena que le escapa entre los dedos sin remedio y cuyo secreto mecanismo late en las líneas trazadas por una letra femenina azul pálido.

Werfel escribió la novelita en 1940 mientras huía por toda Francia con Alma en las más penosas condiciones y cruzaban a pie los Pirineos. Una novelita que representa un prodigio de economía -cuenta mucho con muy poco-, de medida -dice lo justo-, de dosificación -lo dice en el momento justo-, de eficacia -las más fugaces impresiones devienen hondas expresiones-, de sutileza -en lo dicho aletea lo callado- y de concentración, como si la carta fuera un agujero negro en el que se precipitara la vida entera del protagonista y Werfel la hubiera salvado para nosotros en las 141 pags. de Una letra femenina azul pálido. Sólo cabe añadir que esa historia, aun cifrando el crisol de aquella Europa a punto de estallar en pedazos, sigue siendo un pulido cristal a través del que contemplar el corazón humano. En cualquier tiempo y en cualquier lugar.

14/4/10

14 de abril

14 de abril de 1931 en la Puerta del Sol de Madrid
(fotografía de Alfonso)


Durante el franquismo, es decir, tras la guerra civil española, toda España se convirtió en lo que Eduardo Haro Tecglen denominó un frente popular de cadáveres: 190.000 personas fueron ejecutadas, tras incesantes farsas que titulaban como juicios en tribunales militares, por ser comunistas, anarquistas, socialistas, masones y/o republicanos. Para el franquismo eran simplemente rojos. En verdad, a Franco debe reconocérsele ese mérito: la unidad -tantas veces anhelada- de los rojos. Eso sí, al pie de las tapias contra las que se los fusilaba. Al franquismo también hay que sumarle 150.000 desaparecidos, y no se incluyen en la cifra los llamados niños perdidos, tantos niños arrebatados a las familias de los presos y de los fusilados. Añadiré que ese frente popular de cadáveres aquí, o sea, en Galicia -donde no hubo guerra civil, dicho sea de paso- empezó a sembrarse en las cunetas del país en el verano mismo de 1936. Se ve que falangistas y fascistas y curas, cuando se trata de matar rojos, es que no se sujetan las ansias. Se mataban los rojos, el libre pensamiento, la educación laica. Por matar se mataba la duda metódica. Y la filosofía. Por eso aquel agosto del 36 en Tui, los falangistas arrancaron el busto de Sócrates de la Alameda y lo hundieron en el Miño. Seguramente disfrutaron ahogando a un rojo más. No les bastaba con las decenas de rojos a los que se fusilaban allí mismo o se les paseaba en la Cuesta del Pino Manso o en la Volta da Moura. Cuando ahora procesan a Garzón -y lo sentarán en el banquillo- en realidad están procesando el sentido común, el que guía a cualquier persona de bien en el aquel de pensar que tantos crímenes del franquismo no deben quedar impunes. ¿De qué extrañarse entonces de que la República se invoque, incluso aquellos que no recibieron un testimonio directo de aquella experiencia, como quien nombra la Razón, una utopía primordial?



Por eso, un año más, invocamos en el día de hoy la República, aunque cada año con más honda tristeza.

13/4/10

El rastro de la memoria


Esta imagen pertenece a una serie de fotografías que lleva por título The Oddment Rooms, una serie que forma parte de Unfolding the 'Aryan papers' -algo así como Desplegando los 'papeles arios', o figuradamente Hojeando los 'papeles arios'-, una videoinstalación de las hermanas Jane y Louise Wilson que puede verse en una galería madrileña. Fueron esos Aryan papers los que llamaron mi atención, depués de la fotografía, claro. Si no llega a ser por esos papers, hubiera recortado la foto y quizá ni siquiera habría leído la reseña que la acompañaba, publicada el sábado pasado en un suplemento cultural. Hace unos meses escribí a propósito de los archivos de Kubrick y de las películas que nunca fueron entre las casi mil cajas de una obsesiva documentación conservadas ahora en la University of the Arts de Londres. Una de esas películas era The Aryan Papers, la adaptación de la novela de Louis Begley Wartime Lies -o sea, "Mentiras en tiempos de guerra"-, un proyecto que Kubrick abortó en 1993 cuando Spielberg rodó La lista de Schindler.


Kubrick llevaba mucho tiempo -obsesionado, cómo si no- con la idea de hacer una película sobre el Holocausto. Barajó la posibilidad de filmar una historia ambientada en la industria alemana del cine dirigida por Goebbels durante el Tercer Reich. En los 80 le encargó a su cuñado y productor Jan Harlan que le pidiese a Isaac Bashevis Singer que escribiera un tratamiento sobre el tema, una sugerencia que el escritor declinó con la disculpa de que no sabía nada sobre el tema, o sea, que no tenía una experiencia directa del Holocausto. Kubrick siguió documentándose -bueno era él- hasta que dio con la novela de Louis Begley en 1991. Dos años después, cuando abandonó el proyecto no sólo había reunido una cantidad ingente de documentación, fotografías, dibujos y notas en decenas de 'cajas perfectas', no sólo había un guión, sino que ya había decidido las localizaciones en Bratislava y Brno, y había contratado a Edgar Reitz -director de la gran serie para televisión Heimat (1984)- como director de arte. Pero había más. Kubrick había elegido a la actriz holandesa Johanna ter Steege para encarnar a Tanya, la joven mujer polaca y judía que ayuda a un niño, su sobrino Maciek, a escapar del gueto de Varsovia.

Johanna ter Steege

Para Kubrick, Johanna ter Steege no sólo era la actriz perfecta para el papel, era también la mejor actriz que hubiera conocido. Mantuvieron muchas conversaciones y le hizo múltiples pruebas de cámara durante la pre-producción de The Aryan Papers. Johanna ter Steege se entregó a la preparación del papel de Tanya, obviamente era el gran papel, un regalo para una actriz que no había cumplido los treinta años por aquellas fechas. Esperaba sin aceptar otros papeles y guardando el secreto sobre el proyecto. Cada cierto tiempo le comunicaban que el rodaje se había pospuesto. Después de siete meses de espera, Harlan le llamó para anunciarle que Kubrick había decidido renunciar a la película. La actriz se pasó dos días en cama, incapaz de asimilar el desencanto que probablemente vivió como algo parecido al repudio. Nunca volvió a hablar de la película. Hasta que las hermanas Wilson encontraron en los archivos de Kubrick las cajas de The Aryan Papers y en ellas las pruebas de vestuario de Johanna ter Steege para el papel de Tanya y se pusieron en contacto con ella.


Porque pensaban que aquellos papeles reclamaban una nueva lectura, invitaban a ser hojeados de otra forma:

Lo que nos intrigaba -cuentan las Wilson- era desvelar otra historia, la de Johanna. Queríamos que la actriz hablara de su historia, de su experiencia con Kubrick. También de la decepción y del rechazo.

Una de las piezas de Unfolding the 'Aryan Papers' es un vídeo de 17 minutos en el que las hermanas Wilson Con el material fotografiado y filmado por Kubrick para las pruebas de la actriz, metraje nuevo filmado por ellas mismas y la voz de Johanna ter Steege, la única que se escucha, mientras recuerda su trabajo con Kubrick y lee fragmentos -del guión- del personaje que iba a encarnar y que de hecho encarna aquí de viva voz.

La película -continúan las Wilson- es sobre el proceso de llegar a ser, sobre una película que nunca se hizo y un personaje que nunca llegó a existir.

Así que el personaje de Unfolding the 'Aryan papers' deviene una encarnación mestiza de Johanna, la actriz, y Tanya, el personaje al que ella daría vida.


Johanna ter Steege

La videoinstalación de las hermanas Wilson anima el material de archivo de Kubrick convirtiéndolo en un lugar de encuentro entre la memoria -de Johanna der Steege- y la presencia de quienes la habitan, o sea de los -espectadores o visitantes o transeúntes- que deambulen entre las imágenes que la componen, Como esas fotografías de la serie The Oddment Rooms tomadas en la librería anticuaria Maggs de Londres, un verdadero hospital de primeras y segundas ediciones, porque esos libros entre los que se mueve esa mujer con un vestuario de los años 50, son ediciones mutiladas, que aguardan por las páginas que les faltan. Un desgarro que cobra visos metafóricos en la obra de las Wilson hojeando los Aryan Papers a través de las imágenes y la voz de Johanna ter Steege, una sensibilidad herida que busca reparación en las palabras que evocan una experiencia que no fue, pero cuya ausencia nutre el rastro de la memoria incesante.


La videoinstalación se puede visitar hasta el 22 de mayo en la galería Helga de Alvear, en Madrid. Como pasaremos unos días allí poco antes de que la clausuren creo que podremos verla. Por mí no va a quedar. En fin, ya os contaré si encuentro en la obra de las hermanas Wilson todo lo que desde aquí me sugiere.

Os agradezco muchísimo los ánimos.