12/10/12

El abrigo de la memoria







Una mujer en el ventana contempla las ruinas de un mundo. En realidad, mira su amor en ruinas con el silencio del corazón. Una mujer recuerda en el umbral del tiempo.


The Deep Blue Sea (2011), la última película de Terence Davies, destila la memoria de esas ruinas. El amor de Hester Collyer encarnada por Rachel Weisz.


Las películas de Terence Davies suceden en el cine. Como todas, podéis pensar, pero no. Acontecen en el cine que la memoria proyecta en los adentros. En la memoria de las películas que vieron su infancia. Como los melodramas de Douglas Sirk, Max Ophüls o David Lean. Cuando el cine era -no ya el último- sino el único refugio. También cabría decir que sus películas cobran vida en una jukebox memoriosa con todas las canciones que no podemos olvidar. En The Deep Blue Sea esa memoria arde en un abrigo rojo.







Será porque uno es hijo de costurera, pero cómo olvidar ese abrigo. Ese maravilloso abrigo, diseñado por Ruth Myers, al que estos fotogramas apenas le hacen justicia. Sólo en el cine ese abrigo, como motivo primordial, puede justificar por sí mismo la película. Sin ese abrigo rojo, el amor de Hester Collyer, memoria enterrada en las ruinas del tiempo. Quién sabe si de la película de Terence Davies quedará con los años sólo la ceniza del tiempo.


Pero arderá aún con el abrigo de la memoria.

9/10/12

Las nubes de Mantegna



Este fotograma de la nube-navaja precede a uno de los iconos de la historia del cine: el tajo de la navaja en el ojo de El perro andaluz. Una mirada tachada por Buñuel -en persona- que parece haber sido encandilado por la nube misma.


La pupila viciosa de nube escribió Lorca en un poema, quién sabe si pensando en su amigo el cineasta. A los dos les encantaban esas nubes largas y ahiladas, son adjetivos de Buñuel.


Las nubes de uno de los cuadros favoritos de los dos amigos, el Tránsito de la Virgen de Mantegna, que habían visto en el Prado más de una vez.


Tanto le gustaban esas nubes a Buñuel que le pidió a Dalí que añadiera nubes así en el retrato.

 Fragmento del retrato de Buñuel por Dalí.

Nubes para encandilar la mirada con otro cine por venir. Las nubes de Mantegna. 

6/10/12

Ven y mira (Iván Zulueta)


Este fue el primer cartel de Iván Zulueta que me llamó la atención.


No sólo sobre la feroz Furtivos (1975), sino también sobre el cartelista. La verdad es que de aquella película todo llamaba la atención, desde la fotografía de Luis Cuadrado hasta la descarnada Lola Gaos. Un filme distinto, tan distinto como el cartel que lo anunciaba. Tan distinto como el propio Borau, maestro de Zulueta en la Escuela Oficial de Cinematografía y productor del primer largometraje del discípulo, Un, dos, tres, al escondite inglés (1969). Dos (grandes) raros del cine español.


El cartel de Un, dos, tres... es el más conocido de los primeros carteles de Zulueta que, a principios de los sesenta, había trabajado en el taller de Jano, uno de los grandes cartelistas cinematográficos españoles:


Pero pronto se da cuenta de que, alejado de la línea gráfica del maestro e incapaz de sujetarse a ella, no pinta nada allí. El único cartelista español que le parecía especial era Mac, más estilizado y gráfico:



Zulueta viaja a Estados Unidos, experimenta la inmersión en el pop, perfila el gusto por el grafismo y la tipografía, y cuando vuelve, tras pasar por la E.O.C., aquellos primeros carteles llevan ya la huella de las formas que han cautivado su mirada, como el de Mi querida señorita (1971) de Jaime de Armiñán.


Pero será en Furtivos donde cuaja el gran cartelista que había en Zulueta: Siempre me han parecido fantásticos los carteles polacos y me daban mucha envidia porque hacer aquí una cosa parecida era totalmente inviable. El que más me gustaba, en cambio, era Saul Bass...


La actividad gráfica de Zulueta se prolongará de forma más o menos regular hasta el cartel de Qué he hecho yo para merecer esto (1984) de Almodóvar; luego, apenas de forma esporádica













En los carteles de Zulueta cobran una especial relevancia el dibujo, el rotulado y la superposición de imágenes, cobijando la matriz -simbólica y narrativa- de la película. Y el trazo de los títulos. Las letras eran su debilidad, el cartel era sólo un pretexto -nunca mejor dicho- para las letras: Lo que más me enrolla de un cartel es que pueda tener unas letras adecuadas, y sin embargo aquí siempre las han considerado un estorbo. Zulueta era otro de esos cineastas de letras.

2/10/12

El árbol de Godot


Beckett, 1976.
(Retrato de Jane Bown.)

Continuemos. A Beckett, los pintores le inspiraron los (contados) textos donde alude a la condición de artista. A propósito de Jack B. Yeats (el hermano del poeta) escribió: El artista que se juega el ser no es de ninguna parte, carece de parentela. Y sobre su amigo Bram van Velde: [Fue] el primero en reconocer que  ser artista es fracasar como nadie se atreve a fracasar, que el fracaso es su universo, y que rehuirlo es desertar, es tan sólo artes y oficios, buen cuidado del hogar, mero subsistir.

Bram van Velde con Beckett 
en una exposición del pintor en 1975 

Esa lúcida lección de fracaso -con palabras muy parecidas- la aprendí del maestro, que ni por asomo pretendía dar lecciones de nada, es más, siempre se alarmaba si en algún momento advertía la mínima sospecha de sentar cátedra, entonces atajaba el discurso con una ironía para deshacer cualquier atisbo de certeza, pero uno tenía que ser tonto de capirote para no aprender algunas cosas esenciales aunque sólo fuera por ósmosis.

Beckett en la habitación 604 
del Hotel Hyde Park de Londres en 1980. 
(Retrato de John Minihan.)

Cronin apunta en su biografía de Beckett esa fidelidad al fracaso como hilo cardinal de su escritura, y cabría añadir: casi más una ética que una poética, porque para el autor de Esperando a Godot la forma representa la única exigencia (ética) que subyace en la obra, es en la forma donde el artista puede encontrar una solución de alguna clase. Porque no había otro sentido que otorgar a una existencia sin sentido. Salvo quizá algunas memorias primordiales, ésas con las que Cronin pespunta vida y obra (para disgusto de algunos que detestan escuchar ecos de la biografía en la ficción), como la agonía de la madre de Beckett aquel 25 de agosto de 1950 con la agonía de la madre de Krapp, el escritor-personaje de La última cinta de Krapp, la obra que escribió ocho años después; ambos, autor y escritor-personaje, sentados en el mismo banco, a la orilla del canal, esperando que todo terminase de una vez. Entonces Cronin, en unas líneas que figuran entre mis preferidas de la biografía, remata la costura con vivas puntadas: Obviamente, nunca termina nada y nunca nada acaba por fin; desde luego, no sería ése el caso de Beckett, quien constantemente, en una agonía de recuerdos, volvió a vivir cosas que le causaban tan honda emoción que parecían incluso dar sentido a una existencia sin sentido.

Beckett, 1979. 
(Retrato de Richard Avedon.)

Al fin y al cabo la ficción -sus poemas, novelas, obras de teatro, relatos y sus piezas para la radio, la televisión o el cine- no era -¿qué otra cosa podría ser?- sino la forma destilada por la imaginación de esa agonía de la memoria. Una agonía que encontraba su armónico -espero haber dado con la palabra precisa, Esther- en aquella fidelidad al fracaso que contempla el trabajo del artista, la escritura, como expresión de su imposibilidad, como obligación de quien, incapaz de escribir, escribe; de quien hubiera escrito en las puertas del cielo -confesó alguna vez el propio Beckett- lo que se dice que está escrito en las puertas del infierno: renunciad a toda esperanza vosotros que estáis aquí.  Quiza nadie como Coetzee haya cifrado la clase de artista que era Beckett, poseído por una visión de la vida sin consuelo ni dignidad ni promesa de gracia, ante la cual nuestro único deber -inexplicable, imposible de lograr, pero un deber de todas maneras- es no mentirnos a nosotros mismos. En ese territorio yermo e inhóspito y sin mapas, la escritura representa para Beckett una reserva de alegría y así, con un humor radical -o sea, que nace de la raíz misma de la (desvalida) condición humana- desnuda la comedia, pongamos por caso en Esperando a Godot, para encontrar el venero cristalino de la risa.  

Beckett, 1983.
(Retrato de Marc Trivier.)

Beckett sólo tuvo un coche en su vida, un Citroën 2CV azul. Al volante era un peligro. Sus amigos evitaban por todos los medios montarse con él, pero cuando no les quedaba más remedio sabían que se jugaban la vida y cuando salían del dos caballos sanos y salvos contaban el viaje, por breve que fuera, como una aventura de milagrosa supervivencia. Tanto como le gustaba caminar, en las calles de París ignoraba semáforos y pasos de peatones, y cruzaba cuando le apetecía y donde cuadraba; algún amigo que lo esperaba en un café vio, con el corazón en vilo, como atravesaba tan ausente como campante un bulevar con tráfico intenso.


Siempre temió que los editores se arruinaran con sus libros; sólo de pensar que lo iban a publicar se ponía triste: estaba convencido de que no podían sino perder dinero con él, y les rindió gratitud de por vida. De la edición en bolsillo (por Grove Press) de Esperando a Godot se llegaron a vender con los años más de un millón de ejemplares, pero Beckett consideró siempre que el éxito (mundial) de la pieza -tanto en lo escénico como en lo literario- sólo podía atribuirse a malentendidos elementales. El Nobel en 1969, aparte del incordio que representaba -fotos, entrevistas, publicidad-, lo dejó más bien frío; y sobre los 73.000 dólares que llevaba aparejados sólo se le ocurrió comentar que quien debería haber recibido el Nobel era Joyce, él sí hubiera sabido cómo gastárselo, así que donó una gran parte del dinero, repartiéndolo entre escritores que pudieran merecerlo y necesitarlo, como Djuna Barnes, ya vieja, sola y enferma. En realidad,  se sentía muchísimo más cómodo con el fracaso: he respirado hondo su aire vivificante durante toda mi escritura. Pero aun así el montaje de Esperando a Godot en el Odéon de París en 1961 le hizo especial ilusión.

 Beckett en los ensayos de Esperando a Godot en 1961.
(Fotografía de Roger-Viollet.)

Como es sabido, el texto de Esperando a Godot se abre con una escueta acotación del escenario: Camino en el campo, con árbol. En cuanto estuvo seguro de que el proyecto era firme, le encargó a Giacometti ese árbol, el elemento primordial del decorado.

Giacometti  camino de su estudio.
(Fotografía de Cartier-Bresson.) 

Esta fotografía era una de las preferidas del maestro, la tenía clavada en un tablero del estudio en la casiña. (Sigue allí.) Data de 1961, el año que Beckett le encargó al escultor el árbol de Godot. Giacometti era un viejo amigo de Beckett desde hacía más de veinte años, compañero de caminatas noctámbulas por las calles de París, tantas veces en silencio, siempre haciéndose compañía. No sé si el maestro sabía de su amistad, nunca me lo comentó, pero si no la conocía cuánto le hubiera gustado que se lo contara. Como Beckett, Giacometti era ya a esas alturas un escultor muy conocido (y tan refractario a la celebridad como aquél), y aunque nunca había trabajado para el teatro le divirtió el encargo. Y enseguida se puso manos a la obra en un árbol alto y delgado con un aquel de palmera. Cuando estuvo casi terminado, Beckett fue al estudio para verlo. Y Georges Pierre estaba allí para documentar el encuentro. Con el árbol de Godot.




Nos pasamos toda la noche -contó Giacometti- intentando que ese árbol de yeso fuese más grande o más pequeño, las ramas más esbeltas. Nunca parecía que estuviera del todo. Cada uno le decía al otro: "Sí, puede ser".

Beckett en los ensayos de Esperando a Godot en 1961 

Beckett no le quitó ojo a los ensayos de ese montaje de Godot en el Odéon. Según sus propias palabras estuvo metiendo las narices día tras día. Fue un proceso tan agotador como excitante. Y como había tensiones y desacuerdos entre Roger Blin, el director de la obra, y Jean-Louis Barrault, ambos amigos del autor, tuvo que ser el propio Beckett quien finalmente se hiciera cargo de la dirección del montaje. De hecho, aunque no la firmara, fue su primera mise en scène. Se estrenó como director con el árbol de Giacometti.

1/10/12

La bella negrura


A veces uno se convierte por pura chiripa en pescador de perlas. Como The Endless Night: A Valentine to film noir.






Un hermoso tributo de Serena Bramble al cine negro en un ensayo fílmico sobre sus (bellas) formas, enhebrando figuras y motivos del género con el Angel de Massive Attack y pedacitos de The Letter (1940, William Wyler), The Maltese Falcon (1941, John Huston), Shadow Of A Doubt (1943, Alfred Hitchcock), Double Indemnity (1944, Billy Wilder), Murder, My Sweet (1944, Edward Dmytryk), Scarlet Street (1945, Fritz Lang), Laura (1945, Otto Preminger), Detour (1945, Edgar G. Ulhmer), Notorious (1946, Alfred Hitchcock), Gilda (1946, Charles Vidor), The Killers (1946, Robert Siodmak), The Big Sleep (1946, Howard Hawks), The Postman Always Rings Twice (1946, Tay Garnett), The Lady From Shanghai (1947, Orson Welles), Out Of The Past (1947, Jacques Tourneur), Brute Force (1947, Jules Dassin), Force of Evil (1948, Abraham Polonsky), The Set-Up (1949, Robert Wise), The Third Man (1949, Carol Reed), Criss Cross (1949, Robert Siodmak), Gun Crazy (1950, Joseph H. Lewis), In A Lonely Place (1950, Nicholas Ray), The Asphalt Jungle (1950, John Huston), Night And The City (1950, Jules Dassin), Sunset Blvd. (1950, Billy Wilder), Ace In The Hole (1951, Billy Wilder), Angel Face (1952, Otto Preminger), Pickup On South Street (1953, Samuel Fuller), The Big Heat (1953, Fritz Lang), Kiss Me Deadly (1955, Robert Aldrich), Night Of The Hunter (1955, Charles Laughton), The Killing (1956, Stanley Kubrick), Elevator To The Gallows (1958, Louis Malle), Touch Of Evil (1958, Orson Welles) y The Naked Kiss (1964, Samuel Fuller). Uno podría discutir la consideración de dos o tres títulos como filmes noir y echa de menos algunos otros -como la propia autora se ha lamentado en su momento de no haber incluido White Heat (casi es un pecado olvidar a Walsh)-, pero no vamos a empañar el primor de una pieza donde la mirada fascinada pespunta gestos, relámpagos, rostros y noches que amojonaron nuestra cinefilia -y esta escuela- con su bella negrura.