8/9/12

La chica de la jukebox



A veces toda una vida puede destilarse en el tiempo que dura una canción que suena a fatalidad. La fatalidad de ese poema trágico titulado La jungla de asfalto. Una buena película, desde luego, pero hay tres momentos en el tramo final que, al rememorarlos, la transfiguran en una película aún mejor, casi en una gran película. O sin casi. Uno de esos momentos -quizá el que prefiero- se desgrana en esa escena del diner de las afueras de la ciudad, donde hace un alto en su huida Doc -el cerebro del atraco que vertebra la película, encarnado por el magnífico Sam Jaffe-, que se pierde por ver bailar a una jovencita. La chica y sus amigos se han quedado sin monedas para la jukebox y Doc se las da para que ponga discos y siga bailando.  










Hay miradas que hablan del único paraíso que nos es dado apurar en esta tierra. Y declinan un instante con visos de eternidad. 


Donde el tiempo queda abolido. 


Y cuando la chica aparta a su amigo y baila sólo para Doc, entonces olvida que huye y no cambiaría este momento por nada.









Porque mirar colma lo vivido y lo por vivir. La vida entera.













Ni siquiera ve a los policías tras las persianas.


Sólo tiene ojos para esa chica que baila sola. 







Demasiado tarde. Pero qué importa. Ya nada ni nadie le podrá arrebatar a Doc esa belleza: el tiempo de la canción que bailó sólo para él esa desconocida. La chica de la jukebox. La actriz ni siquiera aparece acreditada en la película. Era una de tantas actrices de la MGM que no hizo carrera en Hollywood, apenas pequeños papeles. Pero dejó un huella memorable en una de las más bellas escenas rodadas por John Huston. Se llamaba Helene Stanley (ése era su nombre artístico) y fue el modelo del que se sirvieron los dibujantes de la Disney para el personaje de Cenicienta, una película que se estrenó en 1950, el mismo año de La jungla de asfalto.

John Huston con Marilyn Monroe 
y el director de fotografía Harold Rosson 
en el rodaje de La jungla de asfalto

John Huston escribió el guión con Ben Maddow a partir de la novela (del mismo título) de W. R. Burnett. El final de la película representa uno de los cambios más significativos -y desde luego el más relevante de los introducidos por los guionistas- respecto al original literario. Huston y Maddow decidieron (casi con toda seguridad por iniciativa del director) que Dix Handley, el protagonista encarnado por Sterling Hayden, iba a morir junto a los caballos, allí donde soñaba volver, donde había tenido una granja que perdió durante la Depresión.


Una escena muy bella donde el cine negro se cita en una encrucijada lírica con el western, que Huston prolongará al final de la década en Vidas rebeldes, pero con tintes aún más desoladores: ya no habrá lugar para la chica de la jukebox.

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