19/4/15

El arte de Lillian Gish


Hace poco más de un año me referí a Griffith como el Señor del Cine al bies de una evocación de Orson Welles. A propósito de Griffith, tampoco Eisenstein se anduvo con chiquitas:
Es el Dios padre. Lo ha creado todo, lo ha inventado todo. No hay ningún cineasta que no le deba algo. Lo mejor del cine soviético ha salido de Intolerancia. En lo que a mí concierne, se lo debo todo.
 Griffith (a la dcha.) y su director de fotografía Billy Bitzer 
experimentan con la iluminación en 1913.

No es difícil imaginar lo que debió representar una película como Intolerancia para aquellos que experimentaron la llamada del cine hace cien años (se dice pronto). Aún hoy resulta monumental. Y cardinal. Y... Todo lo que se diga es poco. Pero creo que la grandeza de Griffith se cifra en las películas pequeñas, en la intimidad con el rostro de Lillian Gish. Si tuviera que elegir una de esas peliculitas me quedaría, por ejemplo, con una joyita poco conocida como True Heart Susie.


Griffith la rodó en junio de 1919, a continuación de Lirios rotos. La verdad, cuesta elegir entre la dos, como cuesta creer que pudiera alumbrar en apenas unos meses esas dos maravillas. Pero (hoy) me quedo con True Heart Susie, una de esas películas que (de)muestran -si hiciera falta (a veces creo que hace)- cómo en el cine (como en cualquier otro arte) no existe el progreso (como sí creen quienes facturaron The Artist, pongamos por caso).


El planteamiento de True Heart Susie no puede ser más simple: Susie/Lillian Gish y Bill/Robert Harron son novios desde niños, pero él no se entera, y de mayores sólo la considera su mejor amiga, no ve que ella es el amor de su vida y está perdida por sus huesos, y ella tarda en darse cuenta de lo atolondrado que puede llegar a ser el tontaina de Bill (tan despistado, por cierto, como David Cooperfield a propósito del amor de Agnes).


Así de simple. Pues no. Nadie lo dijo mejor (como tantas veces) que Bénard da Costa (True Heart Susie era una de las películas de su vida): el milagro de un filme así -el milagro de Griffith- es que, pespuntando clichés, no vemos cliché alguno en la pantalla (puede partir de un tópico argumental, pero lo transfigura en un sueño de luz en la noche del cine).


Porque todo se juega en la fisura de las miradas. Qué mira Bill. Qué mira Susie. Ah, qué mira -cómo mira- Lillian Gish. Sí, el pasmoso don -el arte- de Lillian Gish. Para hacernos escuchar los silencios del corazón.


Hay un plano prodigioso, cuando Susie (convencida de que el amor de su vida le va a proponer matrimonio) se entera de que Bill acaba de pedir la mano de Bettina/Clarine Seymour. La cámara la encuadra en primer plano. Sólo estamos nosotros y ella. Ella. Susie. Lillian Gish. Durante treinta milagrosos segundos vemos -a través de mínimas variaciones (mientras se impide llorar)- todo lo que le pasa por la cabeza, creando expresiones tan distintas con transiciones tan naturales que parece que no hace nada.


Susie vacila en un rosario de reacciones, apenas sugeridas, que seguimos con arrobo sin perder una, El estupor, el tormento, la congoja, la acucia del llanto, la voluntad de aguantarse, la ironía, el recuerdo... Por un momento se permite una risa contenida que parece represar las lágrimas, pero luego se relaja, como si le resultaran divertidas aquellas locuras adolescentes, pero aun así le duelen, vaya si le duelen, pero tiene que disciplinarse...


Habría que ser un Proust para escribir varías páginas de prosa espléndida (Ángeles piensa que le daría cuerda para cien) sobre las vibraciones del alma de Susie que se adivinan en esos treinta segundos encantados. El rostro de Lillian Gish deviene así un paisaje sensitivo con mínimas pinceladas -tan cautivadoras como precisas-, un teatro para un silencioso soliloquio. Un campo de batalla de las emociones, apreció Tom Gunning en el rostro de Lillian Gish.


Asistimos a un desnudamiento tan íntimo que no exageró lo más mínimo quien dijo (ay, ¿quién? ¿James Naremore?) que esta escena resulta modélica a la hora de hablar del voyeurismo en el cine: Lillian Gish nos hace sentir que no deberíamos estar viendo algo así, que no tenemos derecho a invadir su intimidad.


Lo diré: el cine se inventó para vivir momentos así, para experimentar emociones así. Lo inventaron Griffith y Lillian Gish. Tiene razón Godard cuando nos dice -de viva voz- en sus Histoire(s) du cinéma...
Hace falta el cine para las palabras que se quedan en la garganta...

True Heart Susie enhebra el drama con el humor en un derroche de gracia. Evocaré apenas aquel momento delicioso cuando Susie acoge en su cama a Bettina, y ya con su rival dormida, ganas le dan de darle un puñetazo: ¿cómo puede ser Bettina tan pendón habiendo conquistado el corazón de un cielo de hombre como Bill? Pero enseguida le apena el estado lamentable -hecha una sopa- en que ha llamado desesperada a la puerta de su casa, y la arropa y cobija. Susie, corazón de oro. Lillian Gish tenía también -sobra decirlo- el don de la comedia. hay que verla contándole sus cuitas  a la vaca.

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Russell Merrit escribe en uno de los textos reunidos en el precioso libro que la Cinemateca Portuguesa dedicó al Señor del Cine, que esa colaboración de Griffith y Lillian Gish era también, a veces, una compleja relación amorosa no resuelta en la que resuenan la de Lewis Carrol y Alice Liddell o la del sultán de las mil y una noches con Sherezade.


Esa pastoral, esa oda a la simplicidad, que Griffith destila en True Heart Susie, casi podría verse como un arte perdido, si no fuera por los años (Marlene) Dietrich de Sternberg, los años (Ingrid) Bergman de Rossellini, los años (Anna) Karina de Godard, o las películas de Cassavetes con Gena Rowlands, que remontan la corriente subterránea del cine -el pasaje de las formas- para llevarnos de vuelta a los años (Lillian) Gish de Griffith. No hay progreso en el cine, sólo hilvanes, lazos, filiaciones. Espejos para las formas.


Danièlle Huillet habló de esa conjugación de realismo y misterio como el arte de Griffith. O si se quiere, del realismo como prueba del misterio, o de lo táctil como evidencia de lo inefable. Porque True Heart Susie decanta una mirada melancólica al paisaje de la infancia a través del velo de la memoria.


Para Susie, la felicidad sólo existió antes, allí, junto al árbol de los deseos donde Bill grabó sus nombres un día, de vuelta de la escuela. En realidad, nunca salieron de aquel paisaje onírico de sus paseos por el campo, por eso el filme los captura prendidos del sueño de una infancia.


True Heart Susie (1919), que figuraba en la lista de las diez películas preferidas de Rohmer (recuerdo que Langlois la incluyó en un ciclo de 30 filmes fundamentales de la historia del cine que le propuso a Bénard da Costa en 1972), no sólo testimonia el arte de Griffith y Lillian Gish, también el arte de su director de fotografía, Billy Bitzer. (Cuando Eisenstein viajó los EEUU intentó encontrar a Bitzer para visitarlo, como había visitado a Griffith en un hotel de Broadway en Nueva York, pero no es que nadie supiera dónde paraba sino que nadie sabía quién era ese tal Bitzer, Eisenstein no podía comprender que lo hubieran olvidado.)


Ahora que lo pienso estas líneas deberían titularse como aquel texto de Truffaut, ¡Viva Lillian Gish!

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