18/4/14

Chau, Gabo


Desayuno con la noticia de la muerte de García Márquez. Pasan las horas lentas de esta mañana y me acuerdo de las horas felices entre sus páginas. Leer de una sentada Crónica de una muerte anunciada en mayo de 1981, en Tui, con nuestro hijo de tres meses en la cuna apretándome el dedo índice, y lo veo quince años después en un bosque de la Serra do Xurés leyendo Cien años de soledad, un verano ardiente, sin más pausas que para comer o bañarse en un río de  aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.


Hago un alto en el trabajo -in memoriam- y abro Cien años de soledad -aquella cubierta de Vicente Rojo con la E invertida, como en un espejo (¿o fue un error tipográfico?)-, un ejemplar que compré en la librería Xuntanza de Pontevedra hace más de cuarenta años, y vuelvo a leer aquellas líneas encantadas, aunque me las sé de memoria: El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

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