12/1/20

Horas para un abrigo


De las doce películas que vi de la nová vlná, la nueva ola checa, me quedo con Intimní osvetlení (1965), de Ivan Passer. Iluminación íntima. Quizá no es la mejor ni la más importante ni la más emblemática de la nová vlná, pero sin duda es la más encantadora.


Una de esas películas donde no pasa nada, apenas horas de vida amparadas en 70' de cine en estado de gracia. Horas encantadas de un verano en Bohemia. (Podéis descargarla aquí, en una página que, dicho sea al bies, debería ser declarada patrimonio nacional.)


El jueves murió Ivan Passer y ayer vimos Intimní osvetlení en su memoria. Es de esas películas que vi solo la primera vez, pero la segunda tuve que verla y luego palabrearla con Ángeles, porque si no tampoco conseguiría palabrearla aquí, tan hondo resuenan algunos momentos memorables con su íntima iluminación. No es ya que sea una joyita (que lo es), es que resulta casi (o sin casi) milagrosa. De una milagrosa levedad.


Fue el primer largometraje de Ivan Passer; un año antes había rodado un cortometraje, Fádní odpoledne (una tarde aburrida, creo), a partir de un relato de Bohumil Hrabal (un escritor que leímos y disfrutamos lo suyo en los 90: Personajes en un paisaje de infancia, Una soledad demasiado ruidosa, y la trilogía formada por Bodas en casa, Vita Nueva y Terrenos yermos, por citar sólo aquellos libros que nos depararon las horas más dichosas; no sé si ahora...). Intimní osvetlení fue también la última película de Ivan Passer en Checoslovaquia. Cuando los tanques soviéticos finiquitaron la primavera de Praga en el verano de 1968 se fue del país.


En realidad, no entraba en los planes de Passer convertirse en director. Tuvieron que empujarlo. Se sentía muy a gusto trabajando como guionista en compañía de Jaroslav Papousek y Václav Sasek, escribiendo para su amigo Milos Forman, pongamos por caso Lásky jedné plavovlásky (Los amores de una rubia, 1965), una de la películas emblemáticas de la nová vlná.

Créditos del guión de Los amores de una rubia.

Vivía más tranquilo preocupándose sólo del guión. Pero fue ver su corto el amigo Václav Sasek y lo empujó a dirigir Intimní osvetlení, a partir de un guión armado entre los tres: Passer, Papousek y Sasek.


La película se rodó en Mirotice, en la Bohemia meridional, durante el verano de 1965. La trama (si de trama puede hablarse) no puede ser más sencilla. Un sábado llega al pueblo Petr/Zdenek Bezusek, un violonchelista de Praga, en compañía de su novia Stepa/Vera Kresadlová, para tocar como solista con la orquesta del pueblo. En la estación los espera Bambas/Karel Blazek, un músico del pueblo y amigo de juventud de Petr. Hasta el domingo, cuando se celebre el concierto, Petr y Stepa se hospedan en casa de Bambas, con su mujer, Maruschka/Jaroslava Stedra, sus hijos pequeños y sus suegros, la abuela/Vlastimila Vlková y el abuelo/Jan Vostrcil.


Salvo la cautivadora Vera Kresadlová (a la sazón casada con Milos Forman) nadie era actor o actriz. A Vlastimila Vlková la descubrió el director el día antes de empezar el rodaje sentada en un parque de Praga (aunque después de Intimní osvetlení, le esperaban más papeles de abuela).


Karel Blazek era profesor de música y ni por asomo quería verse delante de una cámara, pero leyó el guión y sintió que era su historia, que Bambas era él (o viceversa); después de ver la película, Milos Forman le ofreció otro papel, pero murió pocos meses después de rodar Intimní osvetlení (durante el rodaje nadie del equipo supo que estaba enfermo de leucemia, ya en la última fase).


La película, preñada de humor y melancolía, captura, en un espléndido blanco y negro iluminado por Miroslav Ondrícek, algunos momentos de esas (más o menos veinticuatro) horas que preludian el concierto que no llegaremos a ver.


Cachitos de vida cotidiana, desde luego, pero gracias al nervio fabulador del abuelo (aunque también la abuela tiene su aquel cuando evoca sus años de acróbata en un circo), cualquier situación rutinaria puede cobrar una deriva mítica, algo que subyace también en la obra de Bohumil Hrabal (algo, quizá más que algo, de su atmósfera se respira en la opera prima de Passer).


Como en la reflexión del abuelo sobre las lágrimas mientras se dirigen a un entierro (Petr y Stepa van invitados, de turistas, digamos); tocará con su yerno la trompeta y cuantas más lágrimas propicien con su música más ladrillos les darán a cambio, que les vendrán de maravilla para terminar la casa; ya nos avisó el abuelo: allí todo se mide en ladrillos. Con algo más de precisión, cabría cifrar el sistema métrico de aquel pueblo en lágrimas, ladrillos y borracheras .


O en esa escena sublime (apenas una muestra del maravilloso montaje de Jirina Lukesová) que comienza con la sombra de un angazo sobre el rostro de Stepa, abriendo el cortejo de las mujeres campesinas que cruzan su mirada con ella y se encuentran (en plano/contraplano) dos tiempos o dos mundos (o unos y otros a la vez), mientras escuchamos una canción de amor y pérdida en la voz de uno de los acompañantes del entierro, quien, en pleno jubileo etílico del colofón funerario, ya lleva tres copas (es un decir). Una escena que me agarra el corazón con las manos de la memoria, apenas aliviada por la mano de Ángeles agarrando la mía.


Intimní osvetlení puede verse como la memoria de un día en el campo que nos deparó una suerte de revelación, milagrosamente cobijado con celuloide en una película bendecida por los dioses lares del cine. La vida y nada más, con sus sueños, sus decepciones, con sus cuentos... y la música, no ya (o no sólo) como arte, sino como forma de estar en (y relacionarse con) el mundo; en definitiva, como una forma de vida.


Y como derrota onírica: Bambas y Petr, borrachos perdidos, quién sabe si la última noche que pasen juntos, carretera adelante con sus instrumentos, reviviendo quizá una fantasía de juventud, apenas sombras visibles cuando los alumbran los faros de algún coche. Un sueño destilado por Passer bajo la forma de sombras animadas.


La película deviene así cuanto se llevarán Petr y Stepa de vuelta a Praga: la cálida memoria de unas horas para abrigarse en el crudo invierno de nuestro descontento, que decía el otro.

5/1/20

Gorriones y barricadas


Rosa Luxemburgo pasó tres años y cuatro meses en la cárcel durante la primera guerra mundial.


Un año en la cárcel de mujeres de Berlín (de febrero de 1915 a febrero de 1916) por un discurso sobre el maltrato a los soldados; allí escribe un famoso panfleto antibélico que aviva -y activa- la expresión socialismo o barbarie. Y dos años y cuatro meses más en las cárceles de Berlín, Wronke (donde cultivó un pequeño jardín) y Breslavia (del 10 de julio de 1916 al 10 de noviembre de 1918) en régimen de prisión protectora, que el gobierno alemán podía ordenar sin control judicial contra aquellas personas que desarrollaran actividades consideradas perjudiciales para la guerra.


De su correspondencia en prisión me gustan mucho las cartas a Sophie Liebknecht, historiadora del arte y segunda mujer de Karl Liebknecht. Rosa Luxemburg se dirige a ella con distintos diminutivos rusos que la edición aúna como Sonia.


El 2 de mayo de 1917 le escribe a Sophie desde la cárcel de Wronke:
Interiormente siento que en un trocito de jardín (como aquí) o en el campo, rodeada de hierba y abejorros, estoy mucho más a gusto que en un congreso del partido. A usted se lo puedo decir, porque no pensará que estoy traicionando al socialismo. Usted sabe que tengo la esperanza de morir en mi puesto: luchando en las calles o en la cárcel. Pero mi yo íntimo pertenece más a los gorriones que a mis camaradas.
Escuchamos también estas palabras (con alguna que otra variante) en la voz de Barbara Sukowa a la altura del minuto 75 (más o menos) en Rosa Luxemburg (1986), de Margarethe von Trotta.


Y a finales de ese mayo desde la misma cárcel (esta carta también le gusta mucho a Ángeles):
Sonia, ¿sabe usted dónde estoy?, ¿dónde le escribo esta carta? ¡Estoy en el jardín! He sacado una mesita y me he sentado, escondida, entre unos arbustos verdes. A mi derecha está el grosellero amarillo, que huele a clavo, y a mi izquierda hay una alheña. Por encima de mí, un arce y un castaño joven y esbelto entrelazan sus grandes manos verdes, y delante de mí el gran álamo blanco, serio y tranquilo, agita lentamente sus hojas blancas. En el papel en el que estoy escribiendo, las sombras ligeras de las hojas bailan con los círculos de la luz de sol, y desde el follaje mojado por la lluvia cae de vez en cuando una gota sobre mi rostro y mis manos...

Rosa Luxemburg vio cumplido su deseo. Murió en su puesto. Nunca está de más recordar que, en plena insurrección espartaquista, la detuvieron con Karl Liebknecht, los humillaron, torturaron y asesinaron. Era la noche del 15 de enero de 1919. Echaron el cuerpo de Rosa Luxembug al canal Landwehr en el río Spree de Berlín. Hacía dos meses que había salido de la cárcel. No había cumplido 48 años. El gobierno del socialdemócrata Ebert acababa así con la líder de la Liga Espartaquista (Walter Benjamin le rinde tributo en la tesis XII de Sobre el concepto de historia), eliminaba a la fundadora del Partido Comunista alemán y antigua militante del SPD, el Partido Socialdemócrata alemán (desde el mismo órgano de prensa del SPD, donde años atrás había publicado Rosa Luxemburg, se promovía su asesinato).

Monumento a Rosa Luxemburg 
a orillas del canal donde fue arrojado su cuerpo.
 
Tanto Margarethe von Trotta como Barbara Sukowa habían trabajado con Fassbinder, que murió mientras tomaba notas para un guión sobre Rosa Luxemburg, quien, mira por donde, los acabó reuniendo en su jardín, entre gorriones y barricadas.

29/12/19

La mirada de Odile


Desde hace diez años, cada vez que abro el portátil veo esta imagen.


Y me encuentro con la mirada de Odile: Anna Karina en la escena del metro de Bande à part, cuando canta J'entends, j'entends, la canción de Jean Ferrat  sobre un poema de Louis Aragon. Vous regarder m'arrache l'âme, canta Odile/Anna Karina: Verte me desgarra el alma.


Durante los diez años anteriores, cuando abría el portátil, la veía llorar en Vivre sa vie: las lágrimas de Nana ante las lágrimas de María Falconetti en La passion de Jeanne d'Arc, de Dreyer.


(Al parecer Dreyer quería a Anna Karina para el papel de la Virgen en Jesús de Nazaret, un proyecto acariciado por el cineasta pero que no consiguió llevar a la pantalla.)

Anna Karina con Dreyer el 19 de diciembre de 1964, 
cuando se estrenó Gertrud en París.

Diez años viendo llorar a Anna Karina nada más abrir el portátil. Ángeles le decía la llorona. ¿Y antes? Entonces no tenía portátil, pero sí una postal que me había apañado con este fotograma de Alphaville.


Durante un tiempo (en los años de la EIS de A Coruña) tuve en el escritorio este plano de Vivre sa vie (fotografiado en la pantalla del televisor) por culpa de Víctor Erice.


En El cine como experiencia de la realidad, el curso que impartió entre el 11 y el 15 de julio de 1994 en la EIS, durante las jornadas de Cero en conducta, Erice nos propuso como práctica que pensáramos una versión de El relato oval de Poe que Godard aprovechó para retratar a Anna Karina en Vivre sa vie, o mejor, para confesar su historia de amor con ella. Imaginé que rodaba con una cámara (de 35 mm, por supuesto) a una chica muerta  (el vivo retrato de Anna Karina, sobra decir) y, a medida que la filmaba, volvía a la vida (justo al revés de los que hace el pintor con su amada en el cuento de Poe). ¿Acaso no es el cine, que ayer cumplió 124 años, el oficio de la resurrección?


Hace quince días nos enteramos de la muerte de Anna Karina. No fue una sorpresa. En mayo el IndieLisboa y la Cinemateca Portuguesa le dedicaron una amplia retrospectiva y se la esperaba, pero tuvo que cancelar el viaje por prescripción médica. Imaginamos que debía ser grave. Anna Karina acudía siempre que la invitaban, tanto si se trataba de una retrospectiva de Godard o del homenaje que le rindió hace dos años el Instituto Lumière de Lyon con la proyección de Vivre ensemble (1973), un filme que escribió, financió, produjo, dirigió e interpretó; una buena película que atrapa como pocas el aire de su tiempo, pero no consiguió entonces el reconocimiento que merece y quizá, ahora sí, resucite tras la muerte de su autora.


La retrospectiva de Lisboa incluía, además de Vivre ensemble y de sus películas con Godard, las que rodó con directores como Valerio Zurlini (Le Soldatesse, 1965), Jacques Rivette (La Religieuse, 1966, y Haut Bas Fragile, 1995), Luchino Visconti (Lo straniero, 1966), George Cukor (Justine, 1969), Volker Schlöndorff (Michael Kohlhaas, Der Rebell, 1969), Rainer Werner Fassbinder (Chinesisches Roulette, 1969), o Raúl Ruiz (Treasure Island, 1985).


Pero creo que sólo hay una película donde Anna Karina resplandece como en los filmes con Godard, en el papel de Suzanne Simonin en La religieuse, de Rivette, a partir de un guión del propio cineasta con Jean Gruault sobre la novela de Diderot.


Anna Karina ya había interpretado el papel con el mismo texto en el teatro (también bajo la dirección de Rivette) del 6 de febrero al 5 de marzo de 1963 en el Studio des Champs-Elysées de París (Anna Karina sólo se enteró muchos años después de que la producción había sido financiada por Godard).

Anna Karina con Rivette en los ensayos de La religieuse.

Volví a verla al enterarme de su muerte. Y Alphaville.


Y la resucito cada día nada más abrir el portátil.


Con la mirada de Odile.