26/4/11

El don de las historias verdaderas



Poema visual de Joan Brossa

José Jiménez Lozano trae a colación, en Advenimientos, unas líneas de Cervantes, al comienzo del capítulo XVI del libro tercero de El Persiles:

Cosas y casos suceden en el mundo, que, si la imaginación, antes de suceder, pudiera hacer que así sucediera, no acertara a trazarlos; y así, muchos por la raridad con que acontecen, pasan plaza de apócrifos, y no son tenidos por tan verdaderos como lo son; y así, es menester que les ayuden juramento, o, al menos, el buen crédito de quien los cuenta; aunque yo digo que mejor sería no contarlos, según lo aconsejan aquellos antiguos versos castellanos que dicen:

Las cosas de admiración,
ni las digas ni las cuentes,
que no saben todas gentes
cómo son. 

Y ahora que acabo de transcribir el fragmento me viene a la memoria que algún escritor -no recuerdo ahora quién-, en sus años de aprendizaje, copiaba fragmentos de los clásicos. Por ósmosis, diríamos, también se aprende. Volviendo a El Persiles, se discurre en esas líneas sobre el asunto nuclear de la verdad y lo verosímil; en literatura -como en el cine-, la verdad debe pasar la prueba de lo verosímil, para que lo verídico se lea -o se vea- como verdadero. Y justamente Cervantes se plantea cómo contar una historia verdadera para que por verdadera sea tenida. Jiménez Lozano se pregunta entonces si el arte de contar debe pagar su cuota de mentira para narrar algo verdadero. O si "las historias verdaderas que vemos en nuestros adentros, y que son historias de admiración, no deben contarse porque no saben todas gentes cómo son, es decir, no las comprenderían y las rechazarían". Y recuerda el estilo sin ventanas pintadas del que hablaba Pascal y el estilo de la sabrosa insipidez de la leche o del pan, como dice Bataillon del estilo del propio Cervantes.

Aún así, insiste Jiménez Lozano en preguntarse si hay cosas que no deben contarse porque es imposible que este mundo las entienda y no querría saber cómo son. Y encuentra en la propia copla citada por Cervantes la clave de su esperanza: no todas gentes, luego algunas sí. "Y pienso, entonces, que la mayor ambición de un escribidor sería contar esas historias verdaderas que algunas personas pueden entender y tomar por verdaderas, como son. ¿Acaso no son esas historias las que, cuando han sido contadas, pasan los siglos como en sordina y andando en zapatillas, y ayudan a vivir y al pensar y sentir, pero los siglos no pasan por ellas? Pero esto se le concede a alguien o no. Es un don, un puro regalo".

Por eso no queda otra que trajinar con el recado de escribir, o sea, cavar a pico y pala el pozo de los adentros (hasta olvidarse que es en uno donde nos adentramos, como si abriéramos la puerta olvidada de un pasaje sellado, como si pusiéramos el pie en un territorio desconocido, como si viéramos por primera vez lo que se abre ante nuestra mirada), hasta tallar el cristal de una escritura transparente, por si nos fuera dado el don de las historias verdaderas.

25/4/11

25 de abril de 1974

Desde aquel 25 de abril de 1974, Vasco Lourenço, Dinis de Almeida, Vítor Alves, Salgueiro Maia, Melo Antunes, Otelo Saraiva de Carvalho... y tantos soldados portugueses del Movimento das Forças Armadas (MFA) merecen ser recordados como libertadores. Aquellos soldados se conjuraron en torno a Grândola, vila morena y convirtieron la canción de Zeca Afonso en el más hermoso de los himnos de combate, y a cuantos nos conmueve escucharla en filhos da madrugada. Hijos de la madrugada de aquel 25 de abril de 1974. La más bella de las madrugadas.




Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade

Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena

Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade

Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena

À sombra d’uma azinheira
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade

Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade








Salgueiro Maia


21/4/11

¿Te acuerdas cuando..?

Hay películas de las que necesitamos hablar para verificar que no las soñamos, o que no sólo las soñamos, que existen realmente aunque sean un sueño de cine o cine soñado. U samogo sinego morya (Al borde del mar azul o A orillas del mar azul o À Beira do Mar Azul, 1936) de Boris Barnet es de esas películas. Un sueño. Y un milagro. Que se me escapaba. Desde que supe de ella, estuvimos a punto de ir a verla en la Filmoteca Española hace año y medio pero tuvimos que suspender el viaje y no fue posible contemplarla en una pantalla grande. Pero no nos quejamos, todo lo contrario, le agradecemos al amigo José Lorente los enlaces para bajarla -bueno, nos la bajó nuestro hijo, uno se atropella bastante en semejantes tráficos- y podéis aprovecharlos (en los comentarios que dejó en Polvos azules) si os apetece, la copia tiene bastante buena imagen, y algunos de problemas con el sonido y los subtítulos que no impiden disfrutarla. Eso sí, en cuanto nos enteremos de su proyección en una sala de cine haremos todo lo posible por verla, ahora más que antes, para hacerle justicia a la bella fotografía -de momento, sólo presentida- de Mikhail Kirillov .


En julio de 1984 hicimos nuestro primer viaje a París. Una mañana visitamos el cementerio de Montparnasse. Buscábamos la tumba de Julio Cortázar que había muerto unos meses antes. Nuestro hijo -tenía entonces tres años- correteaba entre las tumbas mientras nosotros nos íbamos parando en algunas -la de Baudelaire, César Vallejo o Samuel Beckett- que nos íbamos encontrando. Andábamos tan ensimismados que perdimos de vista a nuestro hijo, entonces escuchamos su voz, nos llamaba; no se había perdido, si acaso nosotros, había encontrado una tumba que quizá nos interesaba ver. Le había llamado la atención porque la lápida estaba cubierta por un collage de fotogramas de películas. Era la tumba de Henri Langlois, y muy cerca encontramos la de Jean Seberg. ¿Y qué tiene que ver Henri Langlois con U samogo sinego morya que nos convoca hoy? En realidad, no os lo preguntáis, ya lo suponéis: con toda probabilidad no estaríamos hablando de la película de Boris Barnet si no fuera porque Henri Langlois programó sus películas en la Cinemateca Francesa a principios de los años cincuenta, lo consideraba el gran poeta del cine ruso.

Henri Langlois

Boris Barnet fue alumno del Laboratorio de Lev Kuleshov, una sección de la Escuela de Cine de Moscú, y participó como actor en la película de su maestro Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques (1924), producida en el Laboratorio. Barnet dirigió su primera película en 1927, una comedia muda titulada La chica de la sombrerera. Su filmografía se desarrolla a lo largo de cuarenta años amojonados por veintiún largometrajes. Algunas de sus películas tuvieron éxito de público, pero Barnet nunca gozó de prestigio como cineasta ni en su país ni fuera de él. Si tenemos en cuenta que praestigium significaba engaño, nos alegramos etimológicamente. En 1965, Barnet se ahorcó con un hilo de pescar. Tenía 63 años, se sentía abandonado por el público, y lo que es peor, estaba convencido de haber perdido la capacidad de hacer buenas películas.

Boris Barnet

Quizá Barnet  nunca llegó a saber que Henri Langlois hizo cuanto estuvo en su mano por dar a conocer su obra. Quizá tampoco que Rivette y Godard lo admiraban. Desde luego no supo que Serge Daney habló de U samogo sinego morya hasta el último día, porque, más que de escribir de esa alquimia de humor, calidez y humanidad, sobre Al borde del mar azul dan ganas de hablar. Y tampoco que Bénard da Costa la consideraba la más transparente y secreta de las películas, y que escribió de ella con fervor en Os filmes da minha vida. Y que seguimos hablando de Al borde del mar azul.


Mientras se rodaba Al borde del mar azul, estaba a punto de desencadenarse el gran terror estalinista que se llevó por delante a Osip Mandelstam, Isaak Babel o Vsévolod Meyerhold entre tantísimos. Y basta imaginarlo para comprender por qué nos referimos a la película de Barnet como un milagro, porque no puede  imaginarse nada menos estalinista que Al borde del mar azul pero, al mismo tiempo, el contexto permite -o exige- verla como un documental de una utopía que no tuvo su lugar en esta tierra, sólo en el mundo (onírico) del cine, o sea, en el mejor de los mundos. ¿En qué otro mundo los camaradas comprenderían que un hombre enamorado se ausentara del trabajo para comprarle un collar a su amada y aun se apiadaran de él? ¿En qué otro mundo los impulsos del deseo tendrían prioridad sobre las obligaciones laborales? ¿En qué otro mundo lo íntimo podría conjugarse sin trabas con lo comunal?


Dos náufragos, Aliosha y Yussuf, van a parar a una isla del sur del Mar Caspio, y se encuentran en una explotación pesquera colectivizada -talmente un matriarcado- llamada "Luces del comunismo", los documentos que acreditan su identidad se han borrado, son hombres sin pasado, pero no importa, porque a ellos les basta que la primera persona que les pone los ojos encima sea Mashenka, encarnada por una Yelena Kuzmina -rubísima, humidísima y azulísima, en palabras de Bénard da Costa-, de la que se enamoran perdidamente, mientras ella les canta una canción que habla de gaviotas, de días claros y pasiones oscuras. El triángulo se complica porque, además de compañeros de naufragio, Aliosha y Yussuf son amigos, compañeros del alma. Y ahí tenemos la clave dramática de Al borde del mar azul que prefigura tanto Una mujer para dos de Lubitsch como Jules et Jim de Truffaut o Lola  de Demy. Porque la película de Barnet se mueve entre la comedia y el melodrama, el cine musical y el slapstick, pero resulta inclasificable.


Atrapados en las redes del amor, Aliosha y Yussuf se vuelven inocentes como niños, como si Mashenka los devolviera a una infancia donde se desdibujan las fronteras entre el mundo real y el mundo de los sueños. Y amando a Mashenka quieren seguir siendo amigos. Como los niños, no quieren renunciar a nada. Por eso se animan mutuamente en el pesquero atrapado en la tormenta. Masha te quiere a ti, dice Yussuf. No, te quiere a ti, dice Aliosha. Yussuf se deja convencer por su amigo y, manteniendo el equilibrio en los vaivenes del barco, imagina su boda con Masha, el cortejo nupcial... Y se entrega tanto al ensueño que no se da cuenta de que Aliosha apenas puede soportar imaginarse a la chica casada con otro, aunque sea Yussuf, y golpea con los puños el camastro, como patalea un niño al verse privado de su objeto de deseo.


Un golpe de mar se lleva a Mashenka. Cuando todos se rinden y consideran que es inútil seguir buscándola, Aliosha y Yussuf perseveran, hasta que no pueden más y yacen en la arena rendidos. Y parece como si el mar se apiadara de ellos y les devolviera a Mashenka cuando las olas la llevan hasta la playa; una resurrección que no constituye el clímax de la película sino apenas el final del segundo acto. Entonces asistimos a la escena que le gustaba tantísimo a Serge Daney -y no es de extrañar- y no se cansaba de evocarla: ¿Te acuerdas cuando los los amigos llegan con Mashenka al local donde todos los camaradas lloran y ella no entiende por qué y pregunta quién murió? Y entonces los tres empiezan a bailar, tanta es la alegría de estar vivos que no les cabe dentro y todo el pueblo se une al baile para celebrar el regreso de Mashenka y la felicidad recobrada de los amigos.


¿Te acuerdas cuando el mar llena la pantalla?, recordaba Daney. Porque lo que salta a la vista, al oído, y aun al tacto y al olfato, es la presencia del mar, la sensualidad de las olas, el abrazo telúrico que une a seres y elementos con ese magnetismo del deseo que nos remite a L'Atalante de Jean Vigo. En Al borde del mar azul, escribía Bénard da Costa, las presencias parecen emerger de un sustrato mítico, como si Aliosha y Yussuf fueran náufragos eternos y Mashenka el espíritu de la isla. Barnet consigue plasmar los elementos en toda su fisicidad y al tiempo transfigurarlos, devolviéndonos con la película a la experiencia de los orígenes del cine. Como en un sueño del que cuesta despertar. Por eso necesitamos confirmar que no sólo hemos soñado Al borde del mar azul. ¿Te acuerdas cuando..?

18/4/11

Pájaros

En Apenas sensitivo, la última entrega del Salón de pasos perdidos, diarios o novela (en marcha), según se mire, Andrés Trapiello relata una visita a Miguel Delibes en 2003. El autor de Los santos inocentes le cuenta que, mientras pudo asistir a la reunión semanal de la Real Academia Española de la Lengua, cada jueves llevaba una palabra nueva para el Diccionario, el nombre de un pájaro:

Dámaso [Alonso] me decía: "¿Otro?" Y yo le decía, sí; tampoco me habéis aprobado el último que traje.

Delibes no se desanimaba y cada semana volvía con otro pájaro:

...logré que entraran veinte pájaros nuevos, ¡veinte!, el charrán, el charrancillo...


Pero ya no se acuerda del nombre de todos los pájaros que le debe el arca del idioma:

-Esto mío ya no es una cabeza.

Debe ser bonito, o distraído, librar en la Academia la batalla de las palabras que vuelan. A sus ochenta y tres años, es lo que le quedaba a Delibes -Los médicos me curaron, pero me han dado esta vida que es un asco-, si no los nombres, al menos la causa de los pájaros.

15/4/11

El diablo ya lo sabe

El domingo pasado hacíamos tiempo por La Latina mientras llegaba la hora de ir a casa de unos amigos con los que habíamos quedado. El barrio a mediodía no podía lucir más bullicioso y bullanguero, y de milagro encontramos una mesa libre en una terraza concurridísima. Como uno no está hecho a lidiar con multitudes, le resulta difícil acomodarse y tomar una caña tranquilamente mientras otros clientes potenciales de la terraza se avecinan esperando que te vayas o sin el menor reparo te preguntan si vas a tardar mucho. Menos mal que Ángeles estaba conmigo, así que me recomendó que comprara El País en el quiosco aledaño, nos repartiéramos periódico y suplemento, pidiera otra caña y nos dispusiéramos a pasar el rato tan ricamente con lectura dominical, componiendo una apacible estampa matritense. Y qué va a hacer uno cuando el ángel tutelar le aconseja de semejante guisa. Pues obedece. De mil amores.

Sidney Lumet

Y allí estaba yo, arrellanado, disfrutando de la caña bajo una sombrilla, leyendo el periódico un esplendoroso y cálido domingo de abril, e ignorando olímpicamente a cuanto pretendiente de nuestro lugar en el mundo se presentaba. Así fue como me enteré de que Sidney Lumet había muerto el día anterior en Manhattan. Cuando traje a esta escuela, hace casi dos años, Antes que el diablo sepa que has muerto (2007), ya nos temíamos que estábamos viendo su última película y la disfrutamos sabiendo que no es fácil que un cineasta americano de 85 años pueda ponerse tras la cámara, pero nos alegramos aun más de que rodara esa película, ahora sí, ya sin remedio, la última lección de un maestro.

Lumet dirige a Philip Seymour Hoffman 
en Antes que el diablo sepa que has muerto

Y temiendo encontrar en las páginas del periódico los comentarios desganados de las necrológicas rutinarias, uno se sintió aliviado al descubrir la firma de un cineasta que respeta como Enrique Urbizu en una  columna que rendía tributo al director de El prestamista (1964), El príncipe de la ciudad (1981) o La noche cae sobre Manhattan (1996):

Lumet siempre trató de hacer películas para gente adulta e inteligente. Trató al espectador como a un igual y nunca pensó que fuésemos un rebaño de imbéciles. En estos tiempos frívolos y aterradores que vivimos muchos le echaremos de menos. Ahora que la industria del cine norteamericano parece inclinarse definitiva y exclusivamente del lado del espectáculo banal, su muerte es un epitafio del compromiso moral que implica dedicarse a contar las historias de nuestros semejantes.

Lumet dirige a Vanessa Redgrave en La gaviota

A veces basta un párrafo como ése para reconciliarnos con un periódico que tan a menudo nos decepciona precisamente -aunque no sólo- cuando trata del cine. A veces basta un párrafo para hacer justicia a un cineasta que nos advirtió que no hay decisión pequeña cuando se hace una película, que trataba de descubrir la vida en cada plano, porque eso es lo que importa, y que sabía que las películas están sembradas de batallas que crees haber ganado y al final resulta que tienes que volver a lucharlas, una y otra vez.

Lumet con Faye Dunaway en el rodaje de Network

Ensimismado, ni siquiera reparé en dos jovencitas de latitudes boreales que a punto estaban de caer redondas por un golpe de calor y se habían acercado buscando la sombra que nos cobijaba, hasta que Ángeles me avisó de que  había llegado la hora de reunirnos con nuestros amigos. Cuando dejamos la mesa libre, las muchachas sonrieron agradecidas, como si el cielo las hubiera escuchado. Y camino de la Plaza del Alamillo, evocábamos escenas de las películas de Lumet que nunca olvidaremos. Puede descansar en paz, guardamos memoria de su cine: esa batalla ya no tiene que lucharla. El diablo ya lo sabe.