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27/7/13

Ven y mira (Vladimir y Georgii Stenberg)


A modo de umbral de esta serie dedicada a los carteles de cine elegí una pieza de los hermanos Stenberg. La obra de Vladimir y Georgii Stenberg representa la imagen del cine soviético de los años veinte. Y con la obra de Rodchenko figuran el emblema del diseño gráfico que aflora en el seno del constructivismo, en la incandescencia de la revolución de Octubre. Un icono cardinal del cartelismo cinematográfico.

El hombre de la cámara (1929) 

Formados en ingeniería y artes aplicadas, los hermanos Stenberg diseñaron tanto vagones de tren como cubiertas de libros, tanto decorados de teatro (colaboraron con Meyerhold) como zapatos de señora, y durante diez años cerca de 300 carteles de películas*. Alguien dijo que entre mediados y finales de los años veinte no se podía callejear por Moscú sin toparse con carteles que llevaban la firma 2 Stenberg 2.

Vladimir y Georgii Stenberg en 1928

Habían nacido con un año de diferencia (Vladimir en 1899 y Georgii en 1900), pero como si fueran gemelos; hasta cogían el catarro a la vez. Trabajaban siempre juntos. Georgii murió en 1933 en un accidente de coche. Nunca tuvieron que discutir por una composición, un color o un trazo. Sentían y veían como si fueran uno solo. Y se necesitaban como siameses. Diseñaron su primer cartel de cine en 1923, hace noventa años. Aquella década de trabajo a cuatro manos fue su edad de oro, y la del cine y el cartelismo soviéticos.

The Punch (1921) de Charles Ray

A High Society Wager ( 1923) 
de Carl Froelich

A Screw from Another Machine (1926) 
de Alexander Talanov

Manhunt (1926) de Nunzio Malasomma

Chicago (1927) de Cecil B. DeMille

A Small Town Idol (1921) 
de Erle C. Kenton y Mack Sennett, 
con Ben Turpin. 

Little Lord Fauntleroy (1921) 
de Alfred E. Green y Jack Pickford, 
con Mary Pickford.

Cemento (1928) de Vladimir Vilner

The Green Alley (1928) de Richard Oswald

Man from the Forest (1927) 
de Georgy Stabovoy

Berlín, sinfonía de una gran ciudad 
(1927) 
de Walter Ruttmann

Tretya meshchanskaya (1927) 
de Abram Room

Zare (1926) de A. Bek-Nazarov

The Night Flyer (1928) de Walter Lang

Die Boxerbraut (1926) de Johannes Guter

Los carteles de los Stenberg resultan tan reconocibles como los de Saul Bass, Iván Zulueta o Waldemar Swierzy. Para Maiakovski, el cine no era un espectáculo sino una filosofía. Los Stenberg -y los constructivistas- veían en la forma del cine una metáfora de la forma artística (de un arte como herramienta para la construcción de una nueva sociedad). Y como la forma del cine (a través de la teoría y la práctica de Kuleshov, Eisenstein, Pudovkin o Vertov) era el montaje -una construcción a través del ensamblaje de planos y ritmos visuales-, el montaje devenía una idea rectora en la concepción del cartelismo cinematográfico, en la medida en que trasfiguraba una idea de dinamismo, de movimiento perpetuo.

El acorazado Potemkin (1925) de Eisenstein

Octubre (1928) de Einsestein

Undécimo (1928) de Dziga Vertov

El maquinista de la general (1926) 
de Buster Keaton y Clyde Bruckman

Moulin Rouge (1928) de E. A. Dupont

Six Girls Seeking Shelter (1927) de Hans Behrend

C3N (1929) 
de Mikhail Verner and Pavel Armand

The Sold Appetite (1928) 
de Nikholai Okhlopkov

Kat, Paper Reinette (1926) 
de Fridrikh Ermler

Countess Shirvanskaya’s Crime (1926) 
de Ivan Perestiani

The Last Flight (1929) de Ivan Pravov

The Forty-first (1927) 
de Yakov Protazanov

The Girl with a Hatbox (1927) 
de Boris Barnet

Miss Mend_The Adventures of the Three Reporters (1926) 
de Boris Barnet y Fedor Ozep

The Case of the Three Million_Three Thieves (1926) 
de Yakov Protazanov

Vasha znakomaya (1927) de Lev Kuleshov

En los carteles de los Stenberg, la ilustración y la tipografía traman ritmos con figuras, trazos y letras, y desprenden una impresión de movimiento (el del cine, sí, pero también el de un nuevo tiempo) a través de la conjugación de planos, o sea, mediante un efecto-montaje. Ven y mira el cine en el país de los soviets, decían aquellos carteles de Vladimir y Georgii Stenberg. Ven y mira el cine soviético.


(*) Los títulos de las películas de los carteles -salvo aquéllos de las más conocidas- aparecen en inglés, tomados del catálogo de la exposición de los hermanos Stenberg en el MoMA de Nueva York en 1997.


15/7/13

Un thriller homérico


No sé vosotros, pero a mí Eduardo Gil Bera no me sonaba -ni de oídas ni de leídas- hasta que di con un estupendo (y goloso) artículo de Juan Bonilla -¿Qué fue de Homero?- mientras entretenía una hora en un café con las páginas de un suplemento cultural, hace como quince días. (De Juan Bonilla sí sabía, de oídas y leídas, de otros artículos y de su gozosa novela o biografía o novela de la vida o biografía novelada de Maiakovski, Prohibido entrar sin pantalones; por lo visto, a Bonilla, como a uno, también le cautivó el poeta de la revolución bolchevique en los años mozos y ahora lo regresa, aventando la memoria, y dueño y señor de los poderes de la escritura.) El artículo de Bonilla en el tal suplemento cultural (que sólo leo al acaso de los bares cada tanto) me despertó el apetito por el libro de Gil Bera que venía a cuento: Ninguno es mi nombre.


Lo encontré en la librería Follas Novas una semana después y ayer lo acabé de leer (aún está calentito). El libro lleva un subtítulo, digamos que judicial (o policial): Sumario del caso Homero. Sólo cabe hacerle un reproche al ensayo de Gil Bera, sus escasas 200 páginas. Resulta tan fascinante que uno se ve impulsado a leer sin pausa, pero a la vez depara una lectura tan intensa que conviene tomarse su tiempo: ¡cuenta tanto y tan bien! Pero, es más, lo que cuenta es de la mayor enjundia, porque, digámoslo ya, Gil Bera nos revela quién y cuándo escribió la Ilíada, quién y cuándo y en cuántas fases escribió la Odisea, y cómo los intríngulis de la política, la religión y la historia griega se enredaban en la escritura de los poemas homéricos (porque Gil Bera está seguro de que se escribieron, o mejor, de que no serían posibles sin la escritura, y las pruebas que desgrana tienen visos de, como poco, acendrada verosimilitud), en aquellos tiempos en que los aedos -excelsos memoradores- eran casi (o sin casi) reyes, o recibían consideración de tales, en una civilización -la griega- que convirtió la memoria en marca de agua, seña de identidad, narración primordial. Basta comprobar la raíz mn (de memorar) en Mnémaco y Clitomnemon. ¿Que quiénes son? Quizá también os gustaría saber qué pinta aquí -quiero decir, en el libro de Gil Bera- Tales de Mileto, eso sí os lo voy a decir porque se cuenta en el bonito marcapáginas con que se acompaña la edición (a modo de trailer), donde se anuncia que Ninguno es mi nombre "descubre que [Tales] fue el promotor de los homéridas [quienes recitaban los poemas de Homero por las ciudades jonias], y acredita que el propio Tales publicó un panfleto donde revela ser el poeta de la Odisea y hace saber que Homero, autor de la Ilíada, se llamó así porque su padre, rey de Pafos, y sumo sacerdote de Afrodita, fue entregado como rehén [homero, de ahí el seudónimo] por los chipriotas al rey Midas". A ver, quién se puede resistir a leer un libro así.  


Y no defrauda lo más mínimo. Todo lo contrario. Invita -pero, en realidad, obliga con fervor- a leer otra vez la Odisea. Cómo no vamos a leerla una vez más cuando nos hace ver en el episodio de las sirenas -una maravilla el capítulo que le dedica Gil Bera (en el momento preciso de la apasionante trama de su thriller homérico)- lo que nunca habíamos visto (desde luego uno no lo había imaginado). Qué razón tenía Juan Bonilla. Claro que ahora también sé -de oídas- que hace cinco años publicó La sentencia de las armas, sobre la Ilíada, así que habrá que leerlo también. Bueno, sospecho habrá que leer los dos, el libro de Gil Bera y -otra vez- el de Homero. O como se llame. Da igual, siempre será de Homero. Diga lo que diga, demuestre lo que demuestre, Gil Bera (o quien sea). Nos basta la palabra de Barry Fitzgerald (fue suya la réplica) en El hombre tranquilo, la odisea de John Ford, ante la cama descompuesta tras la noche de bodas de John Wayne y Maureen O'Hara.


Homérico. Un adjetivo para la eternidad.

15/2/09

Paraíso


Solo hay una experiencia comparable a pasar un par de horas en el cine, pasarlas en una librería. Cada día hay menos cines dignos de ese nombre, casi no quedan, por no quedar ni quedan los Alphaville de Madrid; librerías quedan algunas. Libreros, menos. Dignos de ese nombre quiero decir. Una pequeña librería de viejo de Aix-en-Provence -espero que haya sobrevivido- se llama Les heurs lentes. Las horas lentas, he ahí la promesa de una librería.


La memoria de algunos libros va unida a las librerías en que los encontré. Por ejemplo, me acuerdo de una librería-papelería de Pontevedra, la Martínez Gendra, que ya no existe, por lo menos donde estaba, y donde me cogieron robando a mis quince años Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, en la edición de Losada, aquellos libros blancos y de tacto rugoso. Costaba 60 pts, o sea menos de 0,50 euros.



O la Xuntanza, también en Pontevedra, una librería pequeñita donde experimenté por primera vez el respeto como lector, de la misma manera que en La Hune de París sentí el respeto como cinéfilo, pero eso tendría que esperar diez años. En la Xuntanza encontré la Antología poética de Maiacovski –escrito así en la cubierta, en la portada y cada vez que se menciona al poeta en el libro- también de la editorial Losada, tengo el libro conmigo y lleva escrita la fecha en que lo compré, el 30 de noviembre del 74. Aún recuerdo aquellos versos: Ya no entraré en el oscuro pasillo de tu casa,/ con las manos temblando./ Saldré por fin,/ y arrojaré mi cuerpo a la calle,/ salvaje,/ enloquecido,/ desgarrándome desesperado, del poema A Lilita.


Valdimir Maiakovski

Conocí a Maiakovski gracias a una conferencia de Torrente Ballester, donde nos dijo que los mayores poetas del siglo XX eran Maiakovski y Pessoa. No conocía a ninguno de los dos. De Pessoa no tenían nada en la Xuntanza, creo que tampoco les sonaba ninguno de sus heterónimos, pero un compañero iba a pasar las navidades con sus padres que vivían en Lisboa y a la vuelta me trajo un libro de poemas de Alberto Caeiro: Não tenho ambições nem desejos./ Ser poeta não é uma ambição minha,/ É a minha maneira de estar sozinho.


Librería japonesa, siglo XVIII

La librería Xuntanza duró pocos años, pero pronto abrieron la Michelena que desde hace casi treinta años es mi librería preferida, y Felipe, uno de sus dueños, mi librero favorito, de esos que no necesitan el ordenador y al que da gusto escuchar recomendándole un libro a una jovencita que le pide consejo. Si voy un sábado, coincido con Miguel Cuña que acude sin falta (porque pasan lista, es broma, o no) a procurarse el libro para el fin de semana, normalmente de historia, de filosofía o de poesía. Es una librería viva, donde, llegado el caso, puede discutirse a voces, como aquel día, hace ya un cuarto de siglo, cuando le concedieron a Luis Buñuel la Gran Cruz de Isabel la Católica, en 1983, y se produjo un encendido debate que iba y venía a lo largo del pasadizo forrado de libros que viene siendo la Michelena, sobre si don Luis debía haber rehusado la condecoración. En fin, tiempos…

En París, 1943

En A Coruña empecé a frecuentar las librerías de viejo, sobre todo O Moucho en la Calle de la Amargura. Allí encontré las primeras decenas de novelas duras de Simenon: María, la del puerto, Los Pitard, Las hermanas Lacroix, Lluvia, Domingo. Todo empezó un día que dormimos en casa de Carlos Amil, allá por el 91, y me puso en las manos Strip tease, el primer chute de una larga adicción. Comparto con Pepe Coira el aquel de frecuentar estas librerías de aluvión. Raúl Dans no las pisa, empieza a imaginarse qué hicieron con las manos los que manosearon los libros de, valga la redundancia, segunda mano y le da reparo, o repelú directamente.

Georges Simenon

En Madrid, me gusta la librería Gulliver, de Manolo Domínguez, también conocido como Manolo Gulliver. Sale a menudo en el Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello, otro que tal baila: cuando llega a cualquier ciudad -adonde le llevan los bolos literarios-, lo primero que busca es una librería de viejo. La Gulliver es pequeña y muy, pero que muy ordenada, parece la bodega de un barco varado en el Madrid de los Austrias, silenciosa, recoleta, con un aura de logia o hermandad de los engolfados en el vicio de la lectura.


Librería Lello en Porto

Por eso no me gusta la librería Lello de Porto. El lugar es puro escenario, pero en lo que a libros se refiere resulta decepcionante. Si se quiere una librería librería en Porto hay que ir a la Leitura. Tampoco me gustaría El Ateneo de Buenos Aires por más que tenga muchísimos libros, pero una librería no es un teatro, es más bien un antro de perdición para quienes aman los libros con los cinco sentidos, o con los seis, si vamos a eso. Una librería como la Shakespeare and Co, donde uno puede quedarse a leer en una escalera, apoyado en unas estanterías o en el suelo, una librería que te acoge y te envuelve con las promesas más hermosas, y toda una leyenda.


Librería Shakespeare and Co. en París

Y la Strand de Nueva York, desde luego, donde por primera vez en mi vida me arrepentí dolorosamente por no saber inglés: tener en mis manos los “memos” de David O. Selznick o de Darryl Zanuck, la autobiografía de Billy Bitzer, las memorias de Robert Parrish… en fin,


se me hacía la boca agua, y no poder leerlos. Pero me los traje, por supuesto, para mi hijo, que sí puede leerlos, con la condición de que me los cuente; la verdad, es un placer escucharle contar un libro, como aquellos días en que me iba contando lo que leía en una biografía de Fritz Lang que aún no tradujeron. Armarse de una cesta o dos, echar mano a una escalera y recorrer los anaqueles interminables de la Strand era lo más parecido al paraíso de los libros de cine y fotografía -y de los otros, claro- que existe. Y además, tan baratos... Dejémoslo aquí.


Librería Strand en Nueva York

Por si fuera menester traigo aquí una lista elaborada por el diario londinense The Guardian de las librerías más bellas del mundo:

Boekhandel Selexyz Dominicanen, en Maastricht.



El Ateneo, en Buenos Aires.
La Librería Lello Porto en Portugal
Secret Headquarters comic bookstore en Los Ángeles
Borders en Glasgow
Scarthin en el Peak District
La Posada en Bruselas



El Péndulo en México




Keibunsya en Kyoto

Y de las mejores librerías de viejo:



Atlantis Books, Oia, Isla de Santorini, Grecia



Shakespeare and. Co, 37 rue de la Bucherie, Paris
Bookastbookshop, 17 Pitfield St, Londres
Clovis Press, 229 Bedford Avenue, Brooklyn, Nueva York
Calder Bookshop, 51 The Cut, Londres
La Bouquinèrie, 88 La Canebiere, Marsella
City Lights, 261 Columbus Avenue, San Francisco
This Ain't The Rosedale Library, 483 Church Street, Toronto
Abbey Books, 29 rue de la Parcheminerie, Paris.
Compendium Books (ahora cerrada), 234 Camden High Street, Londres


Librería-Café en Lima (Perú)