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16/10/16

Tan poquita cosa, un corazón


Si tuviera que elegir la obra maestra de este verano, tendría pocas dudas. En realidad, ninguna. Me quedo con Man's Castle (1933), de Frank Borzage. Una de las historias de amor más bellas que haya visto nunca. Así de claro.


Man's Castle no sólo se rodó en plena Depresión, sino que sus personajes la viven y padecen. En esa encrucijada de desesperación aflora una historia de amor pespuntada con humor, preñada de gracia y lirismo, y en su milagrosa levedad desprende una honda y perdurable emoción. El propio título, basado en el dicho de que el hogar de cada hombre es su castillo, cobra visos irónicos cuando comprobamos que ese hogar es un cuchitril en un poblado de chabolas junto al río, en Nueva York, donde Bill ha encontrado un refugio como tantos sin techo que tiene por vecinos.


El filme de Borzage, iluminado por Joseph H. August (uno de los directores de fotografía preferidos por John Ford), captura el idilio de Trina y Bill (y, de paso, también el de Loretta Young y Spencer Tracy, que los encarnan), acogiéndolo con una luz que ampara a los amantes, como si los transportara fuera del mundo, aunque sólo una fina piel -una película (una pielecita, que decía Azorín)- los separa de la cruda realidad de unos tiempos duros.


Al principio de la película, encontramos juntos a Trina y a Bill en un banco de Central Park. Bill le echa de comer a las palomas y Trina murmura: Sería estupendo ser paloma. Siempre hay alguien que te echa unas migas. Hay gotas de vitriolo en la imagen de ese Bill ricachón, que alimenta a las palomas y se extraña de que haya gente hambrienta en el mundo (una imagen engañosa la del ricachón, un simple disfraz, como descubriremos muy pronto, uno de esos trabajos temporales que desempeña Bill cuando necesita dinero o lo necesitan sus amigos, esta vez de un hombre-anuncio). Trina le ha confesado que lleva dos días sin comer porque no tiene dinero y Bill comenta con desdén: Las palomas tampoco y a pesar de eso comen (una réplica que hoy suena tan familiar, forma parte del decálogo del consenso neoliberal).


Ese vector amargo (de la Depresión y la crisis social) sigue ahí, pespuntando la película, pero Man's Castle deriva hacia una dimensión subjetiva que envuelve y resguarda la luminosa intimidad de la pareja. En palabras de Hervé Dumont (en su libro consagrado a Borzage), que sólo cabe celebrar citándolas:
desde un punto de vista estilístico, la película extrae su hechizo lírico de (...) [la] yuxtaposición de la sordidez con el idilio, del filo duro de los diálogos y la delicadeza de la iluminación [ya lo dijimos, de Joseph H. August].
Trina y Bill (todos los personajes de Borzage) tienen, en el fondo, un gran corazón, y de esa nobleza emana la fuerza que los defiende de las fuerzas aniquiladoras, ya provengan del viento inclemente de la historia o del impulso aniquilador de la desesperación. Y se merecen que el amor escriba un cuento de hadas en una chabola, como un ángel de la guarda que los custodia en un tiempo despiadado.


Visualmente, por obra y gracia de la luz, Borzage no nos permite olvidar que la historia del mundo y la historia de amor de estos dos pequeños seres coexisten en diferentes planos de la realidad. Trina y Bill son marginados, desde luego, pero ni víctimas ni humillados, y, como verdaderos héroes borzaguianos, no renuncian a ningún sueño, mejor dicho, sólo renuncian al sueño americano del que se marginan con deliciosa tozudez: ¡No quiero dinero, te quiero a ti!, declara Tina hacia el final de la película con una desarmante, conmovedora y soberana fe en el amor.


Justo antes de bañarse juntos (y desnudos), de noche, en el muelle (se han conocido unas pocas horas antes), Trina envidia la placidez de los veleros. Bill comenta que se están pudriendo, es lo que le pasa a los veleros que llevan años anclados. Una alusión que anticipa la idea de un nómada irredento sobre el hogar (como ancla) que Trina porfiará por fundar, aunque sea en una chabola.


En el curso de esa porfía, Borzage hilvana tres momentos gloriosos, en realidad un único motivo pespuntado en tres tiempos, un hilván sublime con esa figura que atrapa la mirada del espectador con el mirar (y mirarse) en la pantalla, el plano/contraplano, una experiencia a la que ya nos referimos como un mirar mirar mirar. Tres momentos hilvanados que cifran el sentido de la historia de amor desplegada en los apenas 75' de Man's Castle. Bill no tarda en advertir señales de alarma para sus afanes vagabundos (y ánimo independiente, o mejor, autosuficiente) en la chabola que comparte con Trina.


Fundido a negro. Secuencias después la situación se ha complicado, El nudo se ha enredado. En un momento de "debilidad" Bill, que enmascara su bondad con ademanes ásperos y displicencia, le ha regalado una cocina a Trina y la chabola, a ojos de un culo de mal asiento incorregible, empieza a parecerse peligrosamente a un hogar (el ancla de la escena del baño nocturno). Bastan tres miradas (tan mudas como elocuentes) para que Borzage nos revele la lucha que se libra en el corazón de Bill, y la mirada de Trina al mirar de Bill (acercándose a él) y a la ventana para mostrarnos que comprende el conflicto que anida en su interior.


La puesta en escena de Borzage conjuga lo que anuda y separa a los amantes, los sentimientos en conflicto, ese cielo (enmarcado por el ventanuco) como sed de horizontes y apetito de trashumancia (para Bill); espejo de lejanía y porvenir de abandono (para Trina), por más que... Tienes un trozo de cielo en la mirada, le dice Bill a Trina... Poco después los vemos abrazados en el camastro. Trina le cuenta que está embarazada, pero no tiene miedo, está enamorada. Al final de la escena, con los amantes en primer plano, Bill se aparta de Trina. Encadenado. Lo vemos subir a un tren de mercancías en marcha. Pero una vez encaramado, mira hacia atrás.


Trina, aún en el camastro, llora mirando a través del ventanuco abierto al cielo, o sea hacia arriba, como si su mirada viajara en busca de Bill, y el cine obra el milagro (contra las leyes de su propia sintaxis, no hay raccord: él mira atrás, ella arriba, sus miradas no pueden encontrarse), y la mirada de Trina lo alcanza y le toca, y lo trae de vuelta, porque Bill se baja del tren... No es que se vean, es que el amor gobierna las miradas como quiere y miran lo que no se ve. Ahora, con toda la potencia incubada por el uso -canónico- del raccord en los dos momentos anteriores, estalla el poder de la mirada en todo su esplendor. Y en nombre del amor, Borzage se permite transgredir las leyes del raccord. El amor tiene su propia sintaxis.


Y qué decir del ultimo plano de la película, con Trina y Bill tiernamente abrazados en el vagón de un tren de mercancías, liberados por ensalmo de las amenazas del mundo gracias a un movimiento de grúa con una cámara que embelesa a los amantes y los ampara de las ruinas del tiempo y la historia, una imagen que cristaliza la apoteosis de la pasión amorosa. A propósito de ese plano sublime escribe Hervé Dumont:
Como un relámpago, esta última imagen demuestra la evidencia: Borzage pertenece a la estirpe de los que sueñan despiertos, los Marc Chagall, los Jean Vigo. ¿Cómo no recordar a Bella, la esposa de los aires [en La Bella y la Bestia, de Cocteau, sobra decir], o a la insólita novia encaramada en la gabarra de L'Atalante?
Ningún otro cineasta transmitió de forma tan sincera su fe en el amor como una fuerza inquebrantable que confiere a los amantes el poder de lo inimaginable (o un poder inimaginable).


Man's Castle fue de esas películas que estrenaron (por así decir) el Código de Producción, que iba a velar por la moral (y la moralina) de las películas producidas en Hollywood: el régimen de censura aceptado por los estudios que iba a sentenciar -ya desde el guión- qué temas, personajes, escenas, diálogos, vestuario... eran moralmente aceptables. Y el filme de Borzage pagó su precio en cortes, y alteraciones en el montaje para su reposición en 1938. Como apunta Dumont, Man's Castle transgrede todos los preceptos del Código de Producción: concubinato, escenas de desnudo, hijo ilegítimo, intento de violación, alusiones a la prostitución, al suicidio e incluso al aborto, alcoholismo, atraco impune, homicidio "justificado", diálogos indecentes, referencias blasfemas a la religión...


La Oficina Hays, encargada de velar por el cumplimiento efectivo del Código de Producción, tacha 23 pasajes del guión de Jo Swerling (a partir de Hunk O'Blue, una obra de Lawrence S. Hazard). Pero no quedará ahí la escabechina, la película acabada habrá de experimentar otros 30 cortes antes de su estreno, y cuando se reponga en 1938, aprovechando que Spencer Tracy encadena dos Óscares consecutivos por Capitanes intrépidos (1937), de Víctor Fleming, y por Boys Town (1938) -aquí, Forja de hombres-, de Norman Taurog, la Oficina Hays, en pleno apogeo, además de recortar algunos diálogos, impondrá una última -y más significativa- modificación: adelantar la boda de Trina y Bill desde la séptima bobina a la primera, para así evitar el concubinato. Una edición en dvd (con el título de Fueros humanos) que no le hace justicia, permite ver Man's Castel con los 75' que sobrevivieron a la censura, y (nos consuela) con la boda en su sitio.


Pocas historias de amor han alcanzado la temperatura emocional de Man's Castle, y si hacemos memoria, las primeras que recordamos, pongamos por caso, El séptimo cielo (1927) o Lucky Star (1929), también son obra de Borzage. La delicadeza y la calidez de las imágenes que cuidan del amor de Trina y Bill destilan un exquisito romanticismo sin asomo de sensiblería. Man's Castle es de esas películas (contadas) que parecen tener como divisa aquellos versos de John Donne:
El corazón es tan poquita cosa
cuando cae en manos del amor...
Tan poquita cosa, un corazón. (Por grande que sea.)

1/8/16

La cita secreta


1 de agosto. Llevamos seis años sin el maestro. Paseaba con Ángeles por el huerto a la hora del crepúsculo e imaginé cuánto le habría gustado ver las rosas floreciendo entre las verduras asa de cántaro, al lado de los tomates bella doncella y los aretxabaleta mozorra, y las fabas de Lourenzá. Esta tarde una amiga escribió para contarme que, al fin, había visto Sayat Nova y lamenté no haber llegado a tiempo de compartir con el maestro las maravillas de Paradjanov. No poder conversar sobre algunos pasajes (de la Obra de los Pasajes) de Benjamin, un poema (El arte de perder) de Elizabeth Bishop o algunas pinturas (Sobre el pueblo, Lluvia, El burro verde) de Chagall. No hay día sin ese relámpago de su ausencia. Tenemos que hablar de tantas cosas...


Hace casi diez años me llevó al estudio para enseñarme las pinturas de la exposición que preparaba. El maestro quería que le escribiera un texto para el catálogo. Eran (son) todas bellísimas, pero hubo una que despertó la memoria primordial, aquella escena yo la había vivido de niño. Mi madre me llevaba al río, se recostaba en la hierba y hablaba a flor de agua con un primo que vivía al otro lado, en Portugal, le daba algún recado y noticias de la familia. Las palabras iban y venían en el regazo del agua. La pintura del maestro llevaba por título No berce do río (en la cuna del río; claro, también moisés, y linaje, pero -hoy- me quedo  con regazo). De la memoria íntima y cardinal que cifraba nació este texto:



La cita secreta
...se nos esperaba en esta tierra.
Walter Benjamin
Ha colgado la sábana, la despliega en el tendal y acaricia la tela tensa.
Aprecia el tacto rugoso y húmedo.
El peso del agua.
La gravedad de la ausencia.
La huella perdurable de la memoria.

Acaricia luego su vientre, que palpita como un eco de la sábana.
De la sangre, de la leche, de las lágrimas.
De los cuerpos que envolvió, acarició, cubrió.
Como un sudario del tiempo.
Para los días y las noches.

Ahora cuelga como una pantalla.
Cazadora de sombras.
Piel de viento.
Pobre cedazo para tantas pérdidas.
Despojo de luz en el jardín del tiempo.

La mujer se acerca a la orilla.
El agua fluye río abajo.
Se acuesta en la ribera.
Ahueca la mano sobre la hierba para anidar la mejilla.
Cuenta la historia de un hombre que cruzó la frontera y la espera al otro lado.
Del tiempo. Del mundo. Del río.

Las palabras van y vienen por el agua.
Lavan la herida.
Cicatrizan la distancia.
Acunan el niño que escucha.
En el vientre.

El niño cierra los ojos.

Cuando los abre, ha pasado mucho tiempo.
Ha llegado desde muy lejos.
Hasta este cuadro que lo esperaba. 
Para devolverle el tiempo perdido.
Y el centro del mundo.

Ve en las pinturas un paisaje de silencio.
Un silencio tan profundo
Que nos escucha.
Como la sábana de su infancia.
Como un sudario de la memoria.
Como quien vuelve a casa.
O a una sombra.
En la raya del sur.
Pero qué otra cosa podemos amar
Que no sea una sombra, decía aquél.

Entonces comprendió.
Las palabras. El río. La herida.
Aquel rostro ensimismado
En el jardín del tiempo.
Que lo llamaba.

10/10/11

Con los ojos de Ulises


Le debo a mi padre tres libros. No son los únicos -cómo podría olvidar las horas encantadas entre las páginas de Alejandro Dumas (El conde de Montecristo), Zane Grey (Los jinetes de la pradera roja), James Oliver Curwood (El valle de los hombres silenciosos), Feminore Cooper (El último mohicano) o Julio Verne (Veinte mil leguas de viaje submarino)-, pero son los primordiales. De las deudas del Quijote y de La isla del tesoro ya he dado cuenta. Del tercero... El tercero fue por culpa de Ulises.

El episodio de Ulises y las sirenas, en una cerámica griega, 

en un mosaico de Túnez,  

en un manuscrito del siglo XIV, como metáfora cristiana 
(la Iglesia navegando por el mar de la herejía), 

en una ilustración del XIX,

en las pinturas de John William Waterhouse (1891)

y de Herbert james Draper (1909),

y en una de las ilustraciones de Marc Chagall para la Odisea

Bueno, no ese Ulises, el culpable fue este Ulises,


una película que debí ver a mediados de los sesenta, tendría nueve o diez años, en el cine Yut. Esa  misma noche, durante la cena, le hablé a mi padre con entusiasmo de los episodios que había contemplado en la pantalla: cómo Ulises ciega el único ojo de Polifemo con la afilada punta al rojo vivo de una estaca ; cómo se libra de embrujo de Circe para volver con Penélope (aunque las dos son la misma, las dos encarnadas en Silvana Mangano, qué perturbador ese rostro de dos mujeres, qué inquietante esa mujer de dos caras);



cómo resiste atado al mástil de la nave los encantos de las Sirenas; cómo Nausícaa lo encuentra en la playa, adonde el mar lo ha arrastrado tras un naufragio, y se enamora de él;

Ulises (Kirk Douglas) y Nausícaa (Rossana Podestà)

cómo llega al fin a Ítaca, se disfraza de mendigo, gana el certamen del arco y mata con la ayuda de su hijo Telémaco a los pretendientes de Penélope.Fue entonces cuando escuché por primera vez -y por boca de mi padre- que la historia de Ulises la había contado antes, hacía mucho mucho tiempo, como tres mil años o así, un tal Homero en la Odisea. Y se entretuvo aún, entre ducados y ducados, devanando hilos de otras historias de la madeja mitológica, de otros héroes, de otros dioses, de otros viajes legendarios, en busca del vellocino de oro o de una Eurídice cautiva en los infiernos, mientras se me hacía la boca agua.


En esta carretera arbolada (hoy día) entre Ezcaray y Valgañón (la fotografía es de Justo Rodríguez) rodó Erice una de las más bellas escenas de El sur, aquellos dos planos encadenados que conjugan la elipsis en la que Estrella se va como una niña y vuelve convertida en una adolescente. Los vecinos se refieren a ese tramo de la carretera como "la arboleda del Sur". En la película, Estrella recuerda: Vivíamos en las afueras, en una casa alquilada, La Gaviota. Estaba situada en tierra de nadie, justo entre el campo y la ciudad, al lado de un camino que mi padre llamaba "la frontera". Pero otra escena de "la arboleda del Sur" en los primeros compases de la película de Erice atesora un significado primordial  y me devuelve siempre a la infancia, ésa en que la niña aguarda en el columpio la llegada de su padre, con el oído atento al motor de la moto y, en cuanto lo escucha, corre hacia la frontera para que la lleve a dar una vuelta. Yo hacía lo mismo. A eso de las seis y media de la tarde cruzaba la carretera delante de casa para esperar a mi padre, que conducía el autobús -el número 23- de la línea Tuy-Pontevedra-Tuy (aún era Tuy con i griega), para ir con él hasta el empalme de Tebra donde daba la vuelta y conducía hasta el lugar donde lo dejaba estacionado por la noche. Pero a veces esperaba en vano, porque mi padre no llegaba, señal de que lo habían mandado hacer también la línea de los obreros y entonces volvía a las nueve o diez de la noche. A veces, cuando subía al autobús, me encontraba algún tesoro. Por ejemplo el balón con el que había jugado el Pontevedra con el Madrid el domingo anterior en Pasarón (¡Cuidadito, era el Pontevedra mítico del hai que roelo, el de aquella delantera con Fuertes, Martín Esperanza, José Jorge, Neme y Odriozola, nada menos!). Aquella tarde, unos días después del domingo del Ulises, encontré Las más bellas leyendas de la antigüedad clasica de Gustav Schwab, un libro de casi ochocientas páginas y tapas duras, editado por Labor con la traducción de Francisco Payarols en 1952, que aún tengo conmigo. 


Sobra decir que la primera de las bellas leyendas que leí fue la de Ulises; le dedicaba al relato de la Odisea más de cien páginas, y aquella versión extendida me gustó aun más que la película. Iba a tardar unos años todavía en leer la Odisea, de la colección Austral, en una traducción -literal, se apuntaba- de Lluís Segalá y Estalella.


He releído sus veinticuatro noches, como se refiere Robert Graves a los veinticuatro cantos de la Odisea, en distintas versiones, las de Carlos García Gual, José Manuel Pabón o José Luis Calvo Martínez. Como escribe Borges (que la había leído en inglés) en uno de sus últimos poemas: "...la Odisea, / que cambia como el mar. Algo hay distinto / cada vez que la abrimos..." Aquella primera vez, en la Odisea relatada por Gustav Schawb, descubrí episodios y personajes que habían quedado fuera del Ulises (1954) de Mario Camerini.

Kirk Douglas con Silvana Mangano en el rodaje de Ulises

Sólo volví a verla una vez, muchos años después en un pase por televisión. Es de esas películas de la infancia que se deben quedar allí, a salvo de nuevas luces. Creo que se trata de una película muy valorada por los amantes del peplum, entre los que no me cuento. En la adaptación de la Odisea intervinieron, además de Mario Camerini, otros seis guionistas: Franco Brusati, Ennio de Concini, Ivo Perilli, Irving Shaw, Hugh Gray y Ben Hecht. Un abarrote, vamos. Quién sabe a quién se le ocurrieron un par de ideas que se encuentran entre lo mejor de la película: haber convertido a Ulises en un viajero amnésico -el peligro de olvidar el regreso a Ítaca constituye, no sólo la mayor amenaza, sino el mayor mal al que el héroe se enfrenta en la Odisea- y hacer que los personajes de Circe y Penélope fueran interpretados por Silvana Mangano, que tanto me desasosegó la primera vez. Kirk Douglas le dedica un capítulo de sus memorias a la película; más allá de que se las tuvo tiesas con Camerini y que la escena más complicada de rodar fue aquélla en que el perro Argos reconoce a Ulises, por lo visto el can se negaba a acercarse al actor, no cuenta nada interesante. La verdad es que tampoco Douglas figura entre los actores que le gusten a uno; no debió haber pasado de secundario (como en Retorno al pasado de Jacques Tourner). Pero cómo olvidar la película a la que le debo el encuentro primordial con una de las más bellas historias que me han contado.

Jean-Pierre Vernant

Y me ha gustado que me la cuenten otros que también la han amado -y contado tan bien-, como Pietro Citati en Ulises y la Odisea, o Jean-Pierre Vernant -El universo, los dioses, los hombres- en menos de cincuenta páginas. Vernant participó en Resistencia francesa; comandante de la región del Alto Garona, luchó con los maquis republicanos españoles contra los nazis y dirigió la liberación de Toulouse el 19 de agosto de 1944. Quién mejor que un héroe de la Resistencia para contar las historias de los héroes griegos. El mito es un relato que viene  de la noche de los tiempos para alumbrarnos -y cobijarnos en su luz- en la noche de la Historia, un cuento que la memoria custodia, como la poesía que no podríamos olvidar, pero que sólo alienta y vive en la voz del narrador. A Vernant le gustaba contarle a su nieto cada noche un mito griego y hace diez años les relató a los niños de una escuela francesa la historia de Ulises -un relato que se recoge en Ulises / Perseo-, y les contó también que su interés por la mitología griega surgió de la fascinación por la Odisea, y sobre todo de la emoción que lo había embargado de niño al leer el canto que narra el encuentro de Ulises con Nausícaa (también era uno de los episodios preferidos del maestro)  y no olvidó nunca lo que le dice: Muchacha, no sé si eres una diosa o una simple mortal; si eres una diosa, seguramete serás Artemisa con sus sirvientas. Nunca he visto nada tan bello como tú, salvo cuando sentí el mismo estupor de admiración antaño, en Delos, cuando vi una joven palmera que se erguía, esbelta, directa hacia el cielo. Y a ti, te veo como esa palmera y tengo el mismo sentimiento de maravillada admiración. Y aun les confesó:

Yo vi eso, vi esa escena, el torrente, las muchachas lavando la ropa, Nausícaa. Más tarde, durante gran parte de mi vida me he sorprendido mirándolas así cuando topaba con ellas, con esaas jóvenes muchachas que no conocía, bellas, esbeltas y jóvenes, las miraba con los ojos de Ulises, como si fueran una joven palmera subiendo esbelta, directa hacia el cielo.

Mirar con los ojos de Ulises. Cuántos libros habré leído; cuántas películas habré visto con los ojos de Ulises, algunas de las más queridas amojonan esta escuela, las mejores lecturas de la Odisea, aun sin adaptarla, pero  que han germinado en la obra de Homero, pongamos por caso El hombre tranquilo y Centauros del desierto de Ford, Los cuentos de la luna pálida de Mizoguchi, En la ciudad blanca de Tanner o París-Texas de Wenders. Y El sur mismo de Víctor Erice; aunque nunca lleguemos al sur, nos basta su llamada.


La Odisea narra el mito del regreso al hogar, a la tierra natal, a las nacientes de la identidad. Por eso en la última noche se cuenta el episodio del reconocimiento de Ulises por su padre, cuando evoca lo que le enseñó de niño, aquellos diez manzanos, trece perales... que le regaló, enhebrando el presente con el pasado, el hombre que regresa después de un largo viaje con el niño que fue. Quizá sólo alcancé a comprender la trascendencia de esa escena cuando volví a leerla tras la muerte de mi padre, quizá sólo entonces llegué a ver -de verdad- con los ojos de Ulises.

El sacrificio de los bueyes de Helios 
de Marc Chagall

Toda verdadera odisea se cifra en el regreso, en la vuelta a casa, aunque ya no haya un hogar al que regresar como en The Lusty Men de Ray,


aunque de Ítaca ya sólo queden ruinas tras los desastres de la última guerra (de los Balcanes) y la derrota de las utopías como el La mirada de Ulises,


o unos niños viajen a la intemperie en busca un padre que no existe como en Paisaje en la niebla, ambas de Angelopoulos,


aunque sólo se vuelva para despedirse de la infancia como en Amarcord de Fellini o en Fanny y Alexander de Bergman.

Ulises frente a Escila y Caribdis de Füssli

Sólo que, mientras regresa, Ulises se enreda en un viaje laberíntico. Ruega que tu viaje sea largo, dice aquel verso de Cavafis. Y nuestro héroe invierte diez años en volver de Troya a Ítaca, una singladura que podría navegarse en unos pocos días. Una idea de laberinto como instante dilatado que Godard materializa en Le mépris, una película sobre el rodaje de una adaptación de la Odisea dirigida por Fritz Lang. Más de una vez y muy pronto, Ulises llega a avistar la costa de la tierra natal, pero los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar, se dice en el canto octavo. Como Mallarmé tres mil años después: El mundo existe para llegar a un libro. Y nuestro héroe pierde sus naves y a sus compañeros y se queda sólo, y náufrago llega a la isla de los feacios donde lo encuentra Nausícaa. Pero no sólo lo dioses tejen desdichas, es que Ulises no desdeña meterse en problemas.

Ulises burlando a Polifemo de J. W. Turner

En las sucesivas lecturas de la Odisea cobra especial relevancia la dimensión del héroe como narrador: Ulises tarda tanto para tener mucho que contar, para que el regreso cuente mucho. Más aun, buena parte de la Odisea nos la cuenta él mismo, revelándose como un aedo experimentado que primero despierta el interés y luego narra su historia -su experiencia- con pulso, energía y sentimiento en la corte de los feacios, pero también inventa cuentos y miente y nos muestra su vertiente de actor haciéndose pasar por un mendigo tras su llegada a Ítaca.

Ulises mendigo de Marc Chagall

Es tan buen narrador que, como señala García Gual, nos hace creer que cuenta la verdad al narrar episodios extraños, maravillas increíbles y prodigios inauditos, y que miente cuando nos ofrece una historia verosímil, con piratas fenicios, por ejemplo. Y es tan narrador que renuncia a la inmortalidad que le ofrece Calipso si se queda con ella. Por regresar a Ítaca, por volver con Penélope, sí, claro; pero cómo resistirnos a pensar que Ulises jamás renunciaría a la posibilidad de contar su historia, al goce de encantar a sus oyentes, en definitiva, a su odisea.

Ilustración de Matisse 
para el episodio de Eolo en la Odisea

Si Sherezade se jugaba la vida manteniendo el suspense de sus cuentos de Las mil y una noches, Ulises se juega la suya por narrar, y por el aquel de contar viaja por mundos e islas que no vienen en los mapas hasta llegar a los infiernos. Por eso regresa. Por eso no olvida. Por eso la memoria es su bien más preciado. Por eso Ulises es el narrador por excelencia, el que no puede vivir sin contar. Quizá por eso la Odisea se presta como ninguna otra gran historia a ser contada oralmente, y de las más bellas historias que me han contado es la que más me gusta contar.

Ulises y Penélope en cama, de Marc Chagall

Quizá nunca haya cautivado la atención de nuestro hijo, y durante tanto tiempo, como al contarle la Odisea. Lo recuerda como si fuera ayer. Cuando la leyó no pudo evitar sentirse decepcionado, le había gustado mucho más mi versión. Claro que historias como la Odisea ganan con la narración oral si saben contarse o si es un niño quien las escucha en las palabras de su padre: tenía ocho o nueve años, era verano, y en el umbrío jardín del tiempo del río de Serén en Cabeza de Boi, vio por primera vez el mundo con los ojos de Ulises.