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8/11/10

El maestro en Brumario

 

Anteayer, el VI Brumario Poético acogió en el Teatro Principal de Pontevedra un homenaje a Xosé L. de Dios. Al maestro no sólo le gustaba la poesía, la necesitaba; en la poesía podemos rastrear uno de los veneros primordiales de su pintura y su pintura nos remite con frecuencia a sus amados poetas: Juan de Yepes, Paul Celan, Hölderlin, Leopardi, Valente, Cuña Novás, Emily Dickinson, Rilke o Villon.


Por eso, corresponderle con la poesía nutricia era la mejor forma de celebrar la belleza de su obra -donde el misterio arrebata, en palabras de Vera Pedrosa-, una celebración que culminó Manuel Rivas leyendo algunos de los poemas de Herbas de cego, un libro que afloró en torno a algunas de las últimas y hermosísimas pinturas del maestro.


Pero Xosé L. de Dios tampoco podría entender la vida sin la música y el cine. Y no faltaron ni la música ni el cine en el homenaje. Tomás Camacho interpretó sendas versiones para guitarra de la Courante y de la Chacona de la Partita nº 2 para violín solo de Bach; en las manos de Tomás Camacho, Bach sonó sublime. Y Daniel D. García presentó su pieza A cita segreda, un cortometraje sobre la obra del maestro.


De la película de Daniel D. García y Adela Somoza -nuestros Dani y Adelita- sólo señalaré, a la espera de poder enlazarla aquí, el amoroso cuidado con que la pintura del maestro cobra, por así decir. otra vida, como si la forma del cine la estuviera esperando para cobijarla con el montaje, esa artesanía que Godard llamaba mi bella preocupación.  


A Xosé L. de Dios también le gustaban las brumas -o brétemas-, las latitudes norteñas y sus luces declinantes -deitadiñas las llamaba-, las veladuras a las que Vera Pedrosa canta en un bellísimo poema que le dedica a uno de sus cuadros, entonces qué mejor encrucijada que el Brumario para la poesía, la música y el cine que iluminaron la vida y la pintura del maestro, que tanto quería a los brumarios, como él llamaba a esa constelación de seres -Celia, Miguel, Román, Osmundo...- que hacen posible la fiesta de los poetas en Pontevedra, que este año se le dedica también a Idea Vilariño, al poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun y al mito de Sísifo.


Y uno quiere precisamente agradecerle aquí a Miguel Cuña la idea de acoger con el Brumario la celebración del homenaje, que él imaginó como el cumplimiento de aquella promesa que manifestó en la despedida del maestro: No hay silencio que pueda acallar todo lo hermoso que hemos compartido con él, ni sombra que enmudezca la luz que su obra nos lega. En el espejo que nos quede por vivir no se borrará la figura de Xosé Luis de Dios. O como proclama aquel poema de Dylan Thomas -uno de los que leímos el sábado-, que tanto le gustaba al maestro y que Esther le leía en inglés: Y no tendrá dominio la muerte.
 

Un homenaje, en suma, que nos permitió reunirnos en una noche cardinal para envolver en un abrazo entrañable a Esther y la memoria del maestro.

30/5/10

Un cigarrillo

Me convertí en un letraherido con las novelas. Me inocularon el veneno de la lectura Alejandro Dumas (El conde de Montecristo), Víctor Hugo (Los miserables) y Dostoievski (Crimen y castigo). Contraje el vicio de la lectura con los novelistas del XIX. Con novelones. Cientos de páginas en las manos, como una casa grande para quedarse a vivir una temporada y tomarse tiempo para recorrer todas las habitaciones, incluidos sótano, bodega y desván. Un sábado de esos que me encontré con Miguel Cuña en la librería Michelena de Pontevedra, comentó: Uno puede librarse del tabaco pero de la lectura jamás. Tiene toda la razón, lo sabemos por experiencia: somos ex-fumadores que seguimos evocando el humo con nostalgia. No hay vicio más adictivo. Ni más tóxico. Ni más tónico. O sea, un veneno con todas las de la ley.

Dostoievski

Quizá ya no se encuentran entre mis favoritos -hay que ser ingrato-, pero cómo no admirar a aquellos novelistas -qué sería de Ángeles sin Dickens-, qué digo novelistas: titanes, colosos, gigantes de la literatura. Novelistas homéricos: aquel Balzac que en 1844 fue capaz de concebir la Comedia humana, ciento treinta y siete novelas donde la vida de la Francia de su tiempo encontraría asiento. Asombra pensar sólo en el trabajo de inventar ¡137 títulos! No digamos en escribir los libros. Da vértigo sólo de leer la carta que Balzac escribió aquel año y en la que cifraba su propósito: ¡Yo habré llevado una sociedad entera dentro de mi cabeza!

Balzac por Rodin

Nadie ha dado un cuadro tan completo de la vida del hombre como Tolstoi. Nadie ha explorado tan profundamente el alma del hombre como Dostoievski. Creo que E. M. Forster escribió algo así en Aspectos de la novela. En aquellos primeros años de lector voraz de mis doce o trece años, ninguna novela me conmocionó tanto como Crimen y castigo. Fue mi primer Dostoieveski, probablemente no era la mejor traducción, pero representó una experiencia radical. La leí mientras remitía la gripe que me mantenía en cama, todavía con fiebre, y en mi memoria también Raskolnikov vive en estado febril, a 38,5º por lo menos. Aquella gripe medicada por Dostoievski me cambió la mirada. Si bajas a la mina (del alma), y te quedas allí el tiempo que exige la novela, cuando vuelves te cuesta reconocer incluso las cuatro paredes de tu cuarto. El mundo ha cambiado. Bueno, tú has cambiado. Porque uno no descubre impunemente sótanos y desvanes de los adentros que ni siquiera imaginaba que existían. El último Dostoievski fue Los demonios, pero entonces fue mi hijo quien me lo recomendó. En el prólogo, Borges cuenta que leyó Crimen y castigo a los quince años en una versión inglesa: Esa novela cuyos héroes son un asesino y una ramera me pareció no menos terrible que la guerra que nos cercaba. Borges lee el libro durante la primera guerra mundial, en Ginebra. También la leyó muy pronto Patricia Highsmith y no sería exagerado decir que su obra se cobija en la alargada sombra de Raskolnikov. Como lo mejor de la de Simenon, otro lector fervoroso de Dostoievski. Como Kurosawa, que adaptó El idiota en 1951. Borges termina el prólogo de Los demonios recordando que Nabokov declaró no haber encontrado una sola página de Dostoievski digna de ser incluida en la antología de la literatura rusa que editó, y añade: Esto quiere decir que Dostoievski no debe ser juzgado por cada página sino por la suma de las páginas que componen un libro. Cuando destinaron a Ángeles en estos finisterres, nos vinimos con lo puesto y pasamos la primera semana en un hotel, mientras encontrábamos un sitio donde meternos para buscar con calma un lugar donde vivir. Cuando se nos acabó la lectura que trajimos, recuerdo que el primer libro que compré en una papelería fue El maestro de Petersburgo, en bolsillo, una novela en la que Coetzee recrea un episodio de la vida de Dostoievski que acabará nutriendo Los demonios. Y hace unos días encontré en su libro de ensayos, Costas extrañas, una reseña a propósito de la monumental biografía de Dostoievski en cinco volúmenes de Joseph Frank, allí leí un episodio que fue el detonante de esta entrada.

Coetzee

El biógrafo de Dostoieveski denominó al periodo entre 1865 y 1871 como "los años milagrosos", los años en los que escribió Crimen y castigo, El idiota y Los demonios. Las novelas que amojonan la exploración de la Razón -ilustrada- como fundamento de la sociedad moderna, o dicho de otra forma, las intersecciones entre la búsqueda de la verdad y de la justicia, y el asalto al poder, un tema cardinal de la modernidad: la revolución bolchevique, la utopía comunista, en fin, el siglo XX. Dostoievski había simpatizado con el socialismo utópico, había convivido con las corrientes nihilistas de la intelectualidad rusa y fue condenado a muerte bajo el cargo de conspirar contra el zar. En la prisión padeció un simulacro de fusilamiento y escuchó los disparos del pelotón con los ojos vendados. Le conmutaron la pena de muerte por cinco años de trabajos forzados en Siberia, donde los ataques epiléticos que padecía desde la infancia se hicieron más frecuentes, y cinco años en el ejército como soldado raso en un batallón acuartelado en Kazajistán. En Siberia conoció, por así decir, al pueblo ruso condenado, campesinos en su mayor parte, y percibió la distancia entre la ideología y las pobres gentes. Era otro Dostoievski el que regresó a Petersburgo.

En 1864 murió su primera mujer y su hermano mayor, y Dostoievski asumió la responsabilidad de cuidar de la mujer y de los hijos de su hermano, además de hacerse cargo de las enormes deudas que había dejado en este mundo, así como del hijo de un matrimonio anterior de la mujer fallecida. Todos se aprovecharon del sentido del deber del novelista que escribió a destajo para ganar lo suficiente para mantener a toda la parentela con el nivel de comodidades al que se había acostumbrado.

Dostoievski trabajó siempre con la presión de los plazos y por culpa de una de esas entregas improrrogables conoció a su segunda mujer. Tenía que escribir una novela en un plazo muy corto y contrató a una taquígrafa, se llamaba Anna Grigorievna Snitkina. Gracias a la ayuda de Anna, al cabo de un mes Dostoievski había dictado y revisado El jugador, y pudo reanudar Crimen y castigo, la novela que había interrumpido. Tres meses después se casaron. Fiódor tenía cuarenta y cinco años, Anna veintiuno.

Anna Grigorievna

Dostoievski trabajaba en su escritorio desde la diez de la noche hasta las seis de la madrugada. Dormía toda la mañana y por la tarde daba un paseo que acababa siempre en un café para leer los periódicos, un material precioso para el novelista. Trabajaba sus novelas a partir de un guión dramático, estructurando las escenas con acotaciones y diálogos, acotaciones que en el proceso de elaboración se transformaban en prosa narrativa. Mientras escribía y escribía, descubría la espina dorsal y el foco de la novela a partir de materiales que a menudo encontraba en los periódicos; a veces sucedía que la realidad imitaba algún hecho de sus novelas y entonces lo celebraba como un éxito. La primera entrega de Crimen y castigo fue publicada en El mensajero de Moscú en enero de 1866. A los pocos días, un estudiante de Moscú asesinó a un usurero y a su criada en circunstancias similares a las que Dostoievski había imaginado. Hay que ver la rapidez con que la naturaleza imitó al arte en esta ocasión.

Como no conseguía librarse de los acreedores de su difunto hermano, le propuso a Anna que marcharan a vivir al extranjero. A ella le pareció de perlas, cualquier cosa con tal de librarse de la familia de Dostoievski. Durante cuatro años, entre 1867 y 1871, vivieron en Alemania, Suiza e Italia. Apenas tenían para vivir, dependían de los adelantos del editor de Dostoievski, pero aun así Anna tenía que empeñar su ropa y sus joyas para pagar las deudas. El novelista nunca pudo evitar un sentimiento de amargura respecto a Tolstoi o Turgueniev que gozaban de mayor consideración -y eso que Crimen y castigo había resultado un éxito de ventas-, además gracias a las fortunas personales gozaban de una tranquilidad que él envidiaba, sometido siempre al yugo de los plazos, y de la literatura misma.

Dostoievski, en 1872

Anna cuidaba de Dostoievski durante los ataques epilépticos y soportaba con buen humor la irritación posterior. Pero lo peor de sobrellevar fue la afición al juego del escritor. Siempre reservaba una parte del presupuesto para las partidas de su marido, temiendo que, si se oponía, la excitación agravara la epilepsia, pero él acaba culpándola por ser tan dulce y porque no le regañaba. Anna nunca juzgó a Dostoievski, siempre mantuvo en dos esferas independientes al jugador compulsivo, al ludópata, y al escritor. Con los años, acabó haciéndola partícipe del proceso de escritura, recabando sus opiniones, escuchando sus críticas. Anna demostró ser la compañerra ideal para Dostoievski, lo acompañó en la pobreza, lo sostuvo en las enfermedades y guardo celosamente su memoria. Pero todo pudo haber sido distinto para el escritor.

Cuando se disponía a contratar los servicios de Anna como taquígrafa, Dostoievski le hizo pasar una prueba de dictado y luego le ofreció un cigarrillo. Anna lo rechazó. Sin saberlo, acababa de pasar la prueba definitiva. Rechazar el cigarrillo significaba que no era una mujer liberada y probablemente tampoco una nihilista. Hay que ver, el destino de Dostoievski pendiendo del azar de un cigarrillo.

20/9/09

La rosa secreta

Escultura de Silverio Rivas en la Alameda de Tui,
en memoria de los represaliados
del Baixo Miño en 1936.

Poco antes de las seis de la tarde empiezan a reunirse en la Alameda los asistentes al 10º aniversario de la colocación del monumento,



El acto comienza con música, Tino Vaz (1) interpreta O romance da Maruxa,




y Pancho Ávarez, con el violín, el tema Maruxa. Debe ser que la memoria, como la República, es una mujer y se llama así.


Pepe Álvarez Cáccamo leyó el poema Crónica do espanto que invoca la memoria de aquel verano del 36 en Galicia, en Tui,


con versos preñados de ira, donde conviven los verdugos y las víctimas, con nombres y apellidos, y levantan acta de la sangre vertida, de la maquinaria asesina, del insomne liberticidio a manos de las hordas de los amaneceres negros, engolfadas en los gritos de viudas de veintipocos años que encanecían en cuestión de horas, en el terror de los huérfanos, en el desamparo de las últimas voluntades de los que iban camino del martirio, en un plan calculado de exterminio de quienes defendían los valores que habían hecho posible el advenimiento de la República: asesinaban la razón y la esperanza. Y habrían conseguido su propósito si no fuera por quienes desde la resistencia en el monte, en el exilio, en la lucha clandestina, en el silencio, durante a longa noite de pedra, mantuvieron viva la rosa secreta de la memoria, que hoy celebrábamos en Tui. En realidad, lo único que podíamos celebrar: que recordábamos, que recordamos, que recordaremos. Recordar y acompañar a las viudas, a los hijos, a los nietos de quienes fueron fusilados, paseados, represaliados aquel verano del 36. Aunque fuéramos pocos, aunque fueran aún menos los jóvenes, aunque cada año sólo seamos más... viejos. Porque, como nos recordaba hoy Miguel Cuña que se lee en el Prometeo encadenado, no hay mayor traidor que quien se aparta de los que sufren, y cabe añadir que quien olvida a los que sufrieron, a los que cayeron baleados, mutilados, profanados, en las cunetas, en los muros, en las tapias de los cementerios. Quien desiste en el aquel de resistir y mantener viva la rosa secreta.

(1) Yo había escrito "Abad" y, como podéis comprobar, le debo al comentario de omundodecostas la precisión sobre el apellido -Vaz- del músico y lo corrijo el 4 de noviembre de 2009.

4/3/09

El poeta


Era otoño de 1971, tenía quince años y estaba en Pontevedra empezando Magisterio. No conocía a nadie y después de las clases daba vueltas por la ciudad, leía poemas de Pablo Neruda y también, fatalmente (quizá en el doble sentido) los escribía. Tenía un presupuesto de cincuenta pesetas a la semana: treinta pesetas para un libro, veinte pesetas para un par de películas (a veces, cuarenta para un libro y sólo quedaba para una película) y diez para un paquete de ducados. Eso y las clases eran mi rutina semanal.

Un día de ese otoño hace casi cuarenta años, deambulaba yo por la calle Real, un poco más abajo de la mítica –y ya desaparecida- taberna de Ríos, y me crucé con un hombre con la barba y el pelo (largo y lacio) entrecanos, chaqueta (le asomaba un libro en un bolsillo lateral) y pantalón de pana negros, camiseta negra (¡camiseta!) y la mirada clara. Un poco más adelante me volví para verlo de espaldas, alejándose, caminando despacio. Me dije que un hombre así sólo podía ser un poeta, que cuando tuviera, pongamos cincuenta años, me gustaría parecerme a él.

Aún tardé unas semanas en descubrir que, efectivamente, aquel hombre era un poeta, y se llamaba Manuel Cuña Novás. No había leído nada suyo, pero enseguida –aunque no fue fácil- conseguí un ejemplar de Fabulario novo, un libro que había publicado en 1952 y que hoy constituye uno de la piedras miliares de la literatura gallega en la “longa noite de pedra”. No podía imaginar que lo conocería poco después personalmente, y que le escucharía decir que la juventud es una odisea. Yo, que la padecía –la juventud, quiero decir- de forma tan atormentada casi me sentí redimido al conferirle el poeta un aura de odisea.

En la Residencia de Estudiantes, donde yo vivía, se organizaban actividades culturales y algunos de nosotros escribíamos las reseñas de esos actos –conferencias, coloquios, teatro, recitales poéticos…- que llevábamos después de cenar a la redacción del Diario de Pontevedra donde trabajaba Cuña Novás, y aprovechábamos para charlar un rato con él –siempre tuve la sensación de que prefería mil veces charlar con nosotros que el trabajo que le aguardaba en el periódico-. En esas conversaciones –más bien monólogos, él hablaba y nosotros escuchábamos con la boca abierta- descubrimos que había conocido a Satre, a Camus, a Edith Piaf… Había estado a principios de los cincuenta en París y a través de sus palabras nosotros también transitábamos por unas horas el Quartier Latin y nos sentábamos en el Café de Flore. Y luego costaba aterrizar en la húmeda Pontevedra –tan cálida resultaba París- y en aquella España de 1971. Pero también alentaba en nosotros la esperanza, quizá algún día…



Los hijos de Cuña Novás, Miguel y Jorge, ya tenían su leyenda en Pontevedra, aunque no los conocía personalmente. Habían fundado la academia Germinal y todos sabíamos que eran anarquistas. ¡Anarquistas, nada menos! Mis padres habían preferido que no estudiara en Santiago para apartarme de la política y de "la agitación estudiantil" (sabían de sobra que no resultaría difícil que me tentara) y el primer año que estoy en Pontevedra se convoca la primera huelga en la historia de la Escuela de Magisterio. Dos alumnos de 2º se habían negado a contestar “servidor” cuando el profesor pasó lista y los había expulsado. Una huelga por una palabra. Ésas eran razones y no las del plan Bolonia (es broma, o vete a saber). Uno de esos alumnos expulsados era Román Dorado, y no es casualidad que frecuentara a la gente de Germinal. Las reuniones con él y Arturo Cidrás -el otro expulsado- en la taberna de Ríos constituyeron mi primera escuela de formación política, allí escuché por primera vez los nombre de Bakunin, Malatesta o Kropotkin.



Pasaron los años, conocí personalmente a Miguel Cuña cuando era director del Instituto de FP de Tui, coincidimos en la campaña anti-OTAN, y en los últimos veinte años, como ya saben los asiduos de la escuela de los domingos, nos vemos muchos sábados en la librería Michelena de Pontevedra. A partir de 2005, organiza desde la Fundación Cuña-Casasbellas el Brumario Poético, dos semanas en las que la música, el vídeo y, a veces, el teatro, se funden con la poesía, unas jornadas donde la palabra poética encuentra su morada. En otoño, en noviembre, en Pontevedra.

El pasado 19 de octubre, domingo, invitados por Miguel Cuña, asistimos a la última jornada de diseño y maquetación del libro que contiene las Poesías de Manuel Cuña Novás, la obra poética en gallego –Fabulario novo- y en castellano –Mar de otra luz-. Con ese motivo me reencuentro con Román Dorado después de tantos años y conozco a Osmundo Barros –ambos, brumarios impenitentes-.

La Fundación Cuña-Casasbellas dispone de una sede en un edificio inhóspito, que tiene en la planta baja una galería pintiparada para una localización perfecta si uno quiere filmar un crimen sórdido.



Pero en cuanto se abre la puerta de la Fundación, el olor de las páginas impresas te envuelve con un efecto balsámico y la biblioteca, que ocupa y cubre hasta el último centímetro de las paredes, convierte la estancia en un espacio acogedor, con las mesas de trabajo en el centro donde nos instalamos para asistir a la revisión del diseño y maquetación del libro con Esther Casal y Xosé Luis de Dios.



La edición constituye una obra primorosa. El diseño y maquetación de Esther Casal y Osmundo Barros, y los dibujos de Xosé Luis de Dios, dialogan con los poemas de Manuel Cuña Novás iluminándose recíprocamente, arrancándose fulgores mutuos, alumbrando destellos cómplices.



Para nosotros representó un honor ser testigos del tramo final de un proceso que adivinábamos delicado, intenso, incluso emocionante. Pero el maestro –me refiero a Xosé Luis de Dios, claro- se había impacientado más de una vez en reuniones anteriores por la lentitud con que avanzaba el trabajo, porque la reflexión sobre las resonancias entre un dibujo y un poema podía llevarles a la lectura de otro poema, de Höldelin, de Leopardi o de la dama de Amherst, y de paso a sus consiguientes meditaciones.


En esa jornada de la que fuimos testigos privilegiados, el maestro se resignó ya a la cadencia de la sesión, se alejó hacia el sillón y se entretuvo conversando con Román Dorado a propósito de Juan de Yepes –efectivamente, San Juan de la Cruz-. Mientras, Esther, Osmundo y Miguel se afanaban en afinar ese instrumento extremadamente delicado que toma cuerpo en un libro, más aún en un libro iluminado.



Para dar cuenta de ese proceso que nosotros adivinamos a partir de su ocaso, nadie mejor que las palabras de Esther Casal con que presentó la edición en el seno del IV Brumario Poético, el 2 de diciembre pasado. He aquí un fragmento de su alocución:


“…al principio, nos asomamos de puntillas a considerar algunas de las especulaciones tradicionales sobre la relación entre poesía y pintura, que arrancan desde la repetida frase de Simónides de Quíos - la poesía es pintura que habla; la pintura es poesía muda—; que arrancan, decía, desde tan lejos, y han continuado hasta el presente, con tema y variaciones, porque cada época elabora su propia visión del asunto y así lo refleja..."



"...Pero en nuestro empeño había un fuerte impulso hacia la acción, y fue en la propia tarea donde poco a poco se nos desveló la naturaleza musical del método más apropiado: se trataba de pulsar las cuerdas de los poemas, y dejarnos llevar por la intuición para escuchar o inventar sus correspondientes armónicos en los dibujos; pronto empezamos a darle nombres y ellos, a su vez, a ocupar su sitio, de caminante, de árbol, de esfinge o de ángel, habitando los poemas..."



"...De esta forma los días se nos fueron llenando de resonancias. Visuales y sonoras, una especie de sinestesia persistente, una fiesta sensorial en la cual cada uno de nosotros se acomodaba con naturalidad a su personal historia de lector, hasta que la flexible pauta en la asunción de tareas que había presidido los primeros pasos se diluyó por su propia cuenta.”



FIESTRA QUE CRAREAS


Fiestra que crareas

roupa do azar: bordado

o envés do meu silenzo:

na eternidade que agardo.


Lindeiro do entresono,

lenta cifra do espazo

medido nas ausencias

da eternidade que agardo.


Amorosa do límite

para unha luz de paxaro:

meu corazón presinte

a eternidade que agardo.


COMO DEITA O TEMPO


Como deita o tempo o meu segredo

do mañán para sempre

feito de onte, eterno.




Así, como siempre, ellos yerran por el caos

viviente. Tú

le darás la demencia hecha ramos de luz.


De aquí abajo, como siempre, tejen para todo

escalas. Tú

soñarás para ellos libres alas de luz.


Tiran, como siempre, ciegos, piedras al desnudo

azul. Tú

resistirás, sangrando, más alto, con tu luz.


Ahora, con el libro en las manos, en los poemas de Manuel Cuña Novás resuena su voz, y presiento su presencia, que a veces viene y a veces se aleja, como aquel día hace tantos años, vestido de negro y la mirada clara.


(Los dibujos, está de más decirlo, son de Xosé L. de Dios)

15/2/09

Paraíso


Solo hay una experiencia comparable a pasar un par de horas en el cine, pasarlas en una librería. Cada día hay menos cines dignos de ese nombre, casi no quedan, por no quedar ni quedan los Alphaville de Madrid; librerías quedan algunas. Libreros, menos. Dignos de ese nombre quiero decir. Una pequeña librería de viejo de Aix-en-Provence -espero que haya sobrevivido- se llama Les heurs lentes. Las horas lentas, he ahí la promesa de una librería.


La memoria de algunos libros va unida a las librerías en que los encontré. Por ejemplo, me acuerdo de una librería-papelería de Pontevedra, la Martínez Gendra, que ya no existe, por lo menos donde estaba, y donde me cogieron robando a mis quince años Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, en la edición de Losada, aquellos libros blancos y de tacto rugoso. Costaba 60 pts, o sea menos de 0,50 euros.



O la Xuntanza, también en Pontevedra, una librería pequeñita donde experimenté por primera vez el respeto como lector, de la misma manera que en La Hune de París sentí el respeto como cinéfilo, pero eso tendría que esperar diez años. En la Xuntanza encontré la Antología poética de Maiacovski –escrito así en la cubierta, en la portada y cada vez que se menciona al poeta en el libro- también de la editorial Losada, tengo el libro conmigo y lleva escrita la fecha en que lo compré, el 30 de noviembre del 74. Aún recuerdo aquellos versos: Ya no entraré en el oscuro pasillo de tu casa,/ con las manos temblando./ Saldré por fin,/ y arrojaré mi cuerpo a la calle,/ salvaje,/ enloquecido,/ desgarrándome desesperado, del poema A Lilita.


Valdimir Maiakovski

Conocí a Maiakovski gracias a una conferencia de Torrente Ballester, donde nos dijo que los mayores poetas del siglo XX eran Maiakovski y Pessoa. No conocía a ninguno de los dos. De Pessoa no tenían nada en la Xuntanza, creo que tampoco les sonaba ninguno de sus heterónimos, pero un compañero iba a pasar las navidades con sus padres que vivían en Lisboa y a la vuelta me trajo un libro de poemas de Alberto Caeiro: Não tenho ambições nem desejos.Ser poeta não é uma ambição minha,/ É a minha maneira de estar sozinho.


Librería japonesa, siglo XVIII

La librería Xuntanza duró pocos años, pero pronto abrieron la Michelena que desde hace casi treinta años es mi librería preferida, y Felipe, uno de sus dueños, mi librero favorito, de esos que no necesitan el ordenador y al que da gusto escuchar recomendándole un libro a una jovencita que le pide consejo. Si voy un sábado, coincido con Miguel Cuña que acude sin falta (porque pasan lista, es broma, o no) a procurarse el libro para el fin de semana, normalmente de historia, de filosofía o de poesía. Es una librería viva, donde, llegado el caso, puede discutirse a voces, como aquel día, hace ya un cuarto de siglo, cuando le concedieron a Luis Buñuel la Gran Cruz de Isabel la Católica, en 1983, y se produjo un encendido debate que iba y venía a lo largo del pasadizo forrado de libros que viene siendo la Michelena, sobre si don Luis debía haber rehusado la condecoración. En fin, tiempos…

En París, 1943

En A Coruña empecé a frecuentar las librerías de viejo, sobre todo O Moucho en la Calle de la Amargura. Allí encontré las primeras decenas de novelas duras de Simenon: María, la del puerto, Los Pitard, Las hermanas Lacroix, Lluvia, Domingo. Todo empezó un día que dormimos en casa de Carlos Amil, allá por el 91, y me puso en las manos Strip tease, el primer chute de una larga adicción. Comparto con Pepe Coira el aquel de frecuentar estas librerías de aluvión. Raúl Dans no las pisa, empieza a imaginarse qué hicieron con las manos los que manosearon los libros de, valga la redundancia, segunda mano y le da reparo, o repelú directamente.

Georges Simenon

En Madrid, me gusta la librería Gulliver, de Manolo Domínguez, también conocido como Manolo Gulliver. Sale a menudo en el Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello, otro que tal baila: cuando llega a cualquier ciudad -adonde le llevan los bolos literarios-, lo primero que busca es una librería de viejo. La Gulliver es pequeña y muy, pero que muy ordenada, parece la bodega de un barco varado en el Madrid de los Austrias, silenciosa, recoleta, con un aura de logia o hermandad de los engolfados en el vicio de la lectura.


Librería Lello en Porto

Por eso no me gusta la librería Lello de Porto. El lugar es puro escenario, pero en lo que a libros se refiere resulta decepcionante. Si se quiere una librería librería en Porto hay que ir a la Leitura. Tampoco me gustaría El Ateneo de Buenos Aires por más que tenga muchísimos libros, pero una librería no es un teatro, es más bien un antro de perdición para quienes aman los libros con los cinco sentidos, o con los seis, si vamos a eso. Una librería como la Shakespeare and Co, donde uno puede quedarse a leer en una escalera, apoyado en unas estanterías o en el suelo, una librería que te acoge y te envuelve con las promesas más hermosas, y toda una leyenda.


Librería Shakespeare and Co. en París

Y la Strand de Nueva York, desde luego, donde por primera vez en mi vida me arrepentí dolorosamente por no saber inglés: tener en mis manos los “memos” de David O. Selznick o de Darryl Zanuck, la autobiografía de Billy Bitzer, las memorias de Robert Parrish… en fin,


se me hacía la boca agua, y no poder leerlos. Pero me los traje, por supuesto, para mi hijo, que sí puede leerlos, con la condición de que me los cuente; la verdad, es un placer escucharle contar un libro, como aquellos días en que me iba contando lo que leía en una biografía de Fritz Lang que aún no tradujeron. Armarse de una cesta o dos, echar mano a una escalera y recorrer los anaqueles interminables de la Strand era lo más parecido al paraíso de los libros de cine y fotografía -y de los otros, claro- que existe. Y además, tan baratos... Dejémoslo aquí.


Librería Strand en Nueva York

Por si fuera menester traigo aquí una lista elaborada por el diario londinense The Guardian de las librerías más bellas del mundo:

Boekhandel Selexyz Dominicanen, en Maastricht.



El Ateneo, en Buenos Aires.
La Librería Lello Porto en Portugal
Secret Headquarters comic bookstore en Los Ángeles
Borders en Glasgow
Scarthin en el Peak District
La Posada en Bruselas



El Péndulo en México




Keibunsya en Kyoto

Y de las mejores librerías de viejo:



Atlantis Books, Oia, Isla de Santorini, Grecia



Shakespeare and. Co, 37 rue de la Bucherie, Paris
Bookastbookshop, 17 Pitfield St, Londres
Clovis Press, 229 Bedford Avenue, Brooklyn, Nueva York
Calder Bookshop, 51 The Cut, Londres
La Bouquinèrie, 88 La Canebiere, Marsella
City Lights, 261 Columbus Avenue, San Francisco
This Ain't The Rosedale Library, 483 Church Street, Toronto
Abbey Books, 29 rue de la Parcheminerie, Paris.
Compendium Books (ahora cerrada), 234 Camden High Street, Londres


Librería-Café en Lima (Perú)