Mostrando entradas con la etiqueta Ángel Fernández-Santos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángel Fernández-Santos. Mostrar todas las entradas

13/8/17

El sur, esa herida...


A finales de febrero volví a ver El Sur. Desde que lo había traído aquí hace ocho años no le había puesto los ojos encima. No sé cuántas veces la habré visto, pero ante la idea de verla otra vez sentía una cierta aprehensión. No era el temor de que no me gustara tanto, no; hay películas -como las de Erice- que ya se pespuntan con el adn de uno. Era otra cosa, el presentimiento de que iba a trastornarme los adentros. Pero no podía imaginar hasta qué punto. Como nunca otra película. Menos mal que Ángeles me acompañaba (hay películas que ya sólo puedo ver con ella).



El sur me dejó no ya tocado, abrumado, exhausto. Casi me sonaba absurdo que la hubiera palabreado tanto, en clases y cursos años y años, sin haberme derrumbado o deshecho en lágrimas, mientras les pasaba a los alumnos algunas escenas cardinales. Lo recuerdo y me parece inverosímil. Creo que ninguna otra película me llega tan adentro a propósito de la relación entre padres e hijos. Y nunca, nunca tanto esa escena en el Gran Hotel, donde (por así decir) descarga la película entera, me deparó una experiencia tan dolorosa, esa herida tan profunda en la memoria que nada podrá curar, una herida por la que respira El sur.


En los primeros noventa peregriné por colegios e institutos de toda Galicia impartiendo un curso (de formación del profesorado) sobre cine y literatura; sobra decir que El sur era uno de los filmes que comentaba. Claro que se trata de un proceso de adaptación, digamos, de ida y vuelta. Me explico. Con vistas a rodar su segundo largometraje (habían pasado casi diez años desde El espíritu de la colmena) Erice le propone algunos temas a Elías Querejeta. Entre ellos había elegido un relato de Adelaida García Morales y se lo presentó como argumento de un proyecto -provisionalmente titulado El sur- por el que se acabaron decidiendo. Se trataba de una narración que la escritora había escrito en La Alpujarra granadina (donde vivía con Erice) a mediados de 1981, pero aún no había dado por definitivo y, si tenemos en cuenta que finalmente lo publicó en 1985, dos años después del estreno de la película (el libro llevaba uno de sus fotogramas en la portada), podemos considerar que el cineasta partió de un borrador de la escritora o de una versión provisional del relato.


Acordado el proyecto, Erice trabaja -durante dos meses con Ángel Fernández-Santos (con el que había colaborado en la película anterior) y luego por su cuenta- en un guión que llega a las 395 páginas (y firma en solitario), unas dimensiones engañosas si lo medimos con la relación aproximada minuto/página de los guiones convencionales; en realidad se trataba de un guión con descripciones muy detalladas pero, medido, se preveía una película que rondaría las dos horas y media. El plan de trabajo contemplaba 81 días de rodaje, pero la producción se interrumpió cuando se llevaban 48 y se habían rodado 170 páginas del guión, justo cuando el director, el equipo y los actores (como la protagonista al final de la película) hacen las maletas para viajar al sur, donde parte del equipo de producción y decorados llevaba un tiempo preparando las localizaciones en Carmona; es decir, el proyecto se suspende cuando falta por rodar el sur de El sur.


El mismo Erice os cuenta aquí la peripecia de la producción y los pormenores del viaje que no pudo consumar, un documento singular y emocionante que destila el dolor de una ausencia irreparable. El cineasta sin el sur perdía...
...la dimensión moral del relato que había guiado la escritura de la película, el elemento de iniciación y de conocimiento que tiene toda la historia. Porque Estrella, viajando a Andalucía, cumplía el viaje que su padre nunca pudo hacer y, al cumplirlo, obedecía el mandato paterno. ¿De dónde brotaba ese mandato? Del gesto postrero de un hombre que, la última noche de su vida, deja debajo de la almohada de su hija el objeto que más les unió en el pasado: un péndulo. Ese acto la comprometía en cierto modo. ¿A qué? A hacer ese viaje al sur para descubrir la vida secreta de su padre, la otra parte de su identidad. Y en ese descubrimiento completaba una experiencia y se reconciliaba con la figura paterna.

Treinta años después del estreno de El sur, a Erice aún se le quiebra la voz mientras presenta su filme herido en la Cinemateca de Lisboa (el 13 de septiembre de 2013), evocando el viaje de Estrella al sur para cumplir el mandato paterno, un viaje que el padre nunca pudo realizar, y él mismo tampoco pudo llevar a la pantalla. Erice, eso sí, tuvo el gran honor de estar en el festival de Cannes (donde el último día de la edición de 1983 se presentó El sur) con Tarkovski, que presentaba Nostalgia, y Robert Bresson con su última película, L'argent.


Cabe plantearse en qué medida el guión y la película de Erice llevaron a Adelaida García Morales a replantearse la escritura de El sur desde aquel borrador o versión provisional que el cineasta adaptó. O dicho de otra forma, hasta qué punto el guión y la película influyeron en la versión definitiva de la obra literaria que conocemos. La escritora estudio guión en la EOC y le gustaba mucho el cine (su hijo mayor contó que en sus últimos años vivía bastante recluida, había renunciado a escribir y veía muchísimas películas). Es decir, ni la escritura del guión ni la escritura fílmica le eran ajenas, y tampoco las complejas relaciones entre la obra literaria y la cinematográfica durante el proceso de adaptación.


En el libro de Camen Arocena sobre el cineasta se lee que son las imágenes de Erice las que inspiran el relato de Adelaida García Morales, donde los nombres cambian en un intento de la escritora de independizarse de la película (Estrella, en la película; Adriana, en el relato, por ejemplo). Claro que en ese caso habría cambiado algo más que los nombres... Creo que es un juicio, más que injusto, simplista. Me gustaría cotejar la versión del relato que Erice tomó como base de la adaptación con el guión y con la versión definitiva del relato publicada.


Me pregunto, por ejemplo, si esa maravillosa escena del baile de la primera comunión en la película ya figuraba en el texto de la escritora sobre el que trabajó el cineasta o si, como se lee en el relato, se contaba que la niña había soñado que se casaba con su padre, o si Erice transfiguró el sueño en el baile, o aun si la escritora se decidió por una escena onírica en lugar de la primera comunión para distanciarse de la película o porque pensaba que era una opción más acorde con la evocación de un paisaje interior por la voz narradora.


Viene muy a cuento recordar que la escena del pasodoble En er mundo que baila Estrella con su padre -como dos novios- durante el banquete de la primera comunión ante la mirada de los invitados en torno a la mesa con los cafés y las copas (un pasodoble que bailan los novios en la boda que se celebra en el Gran Hotel, la última vez que Estrella, ya adolescente, se encuentra con su padre, y destila todo el dolor de la escena que acabamos de contemplar), tal como la vemos en la película, resuelta en un espléndido y luminoso plano secuencia ni siquiera figuraba en el guión; Erice pensaba rodarla en exterior un día soleado, delante de la casa de La Gaviota, con los personajes distribuidos en tres niveles aprovechando las escaleras: la familia, los invitados con el acordeonista y al pie padre e hija, pero en la jornada prevista llovió y el cineasta cambió la planificación al rodarla en un interior. Quién sabe si fue justo al ver esa escena -con padre e hija como si fueran novios- cuando a Adelaida García Morales se le ocurrió convertirla en el sueño de Adriana -en el relato- de casarse con su padre.


En El sur, el off de una Estrella adulta (con la voz tan bella de María Massip) evoca, interpreta, crea una memoria, ensueña un recuerdo... Casi podríamos decir que la voz proyecta -en buena medida- las imágenes que vemos, nos las da a ver, y nos las hace ver como si El sur emanara de la conciencia de Estrella, como si su voz destilara con visos de elegía una proyección de la conciencia. Una voz que inventa una memoria para recuperar -y reconciliarse- con la figura paterna.


Recordemos la escena donde Agustín/Omero Antonutti sostiene el péndulo sobre el vientre de Julia/Lola Cardona para predecir el sexo de la criatura. Escuchamos la voz de Estrella:
Es lo primero que de él me viene a la memoria: una imagen muy intensa que, en realidad, yo inventé.  
La voz -en ese sentido- remedia hasta cierto punto los deslices -de El sur, tal como llegó a las pantallas- en cuanto a la enunciación de una película contada en primera persona (desde el punto de vista -articulado en torno a la memoria- de Estrella), cuando vemos escenas que ella no pudo ver (como las imágenes de la película Flor en la sombra que ve su padre en el cine Arcadia), aunque podemos imaginarnos el desgarro íntimo que tales deslices (obligados para suturar hasta cierto punto las heridas de la interrupción del rodaje y propiciar una legibilidad narrativa) pudieron causar en un cineasta casi puritano a propósito de las formas en la escritura fílmica.


Desarreglos en el punto de vista, agujeros narrativos, elipsis forzadas, más dolorosos aun si pensamos que el propósito del cineasta -de acuerdo con el productor- era hacer una película -quizá por última (y única) vez- con hechuras cercanas a una escritura clásica, traicionada por las imágenes ausentes; así el camino de iniciación y aprendizaje que debía consumarse en el sur y que la película ya no puede recorrer (la dimensión moral del relato, de la que hablaba Erice), deviene en El sur una elegía que, por admirable que sea, no figuraba en el propósito original del cineasta.


Una ausencia, en definitiva, que la belleza estremecida y conmovedora de la película alivia, pero en ningún caso nos consuela de un hecho irremediable: la obra inacabada de uno de los grandes autores de la historia del cine, uno de los cineastas íntimos y cardinales de esta escuela.



El sur; esa herida incurable en la memoria de Erice.

21/7/13

Ana y el espíritu



Más de una vez he aludido en la escuela al seminario -El cine como experiencia de la realidad- que impartió Víctor Erice en la EIS de A Coruña entre el 11 y el 15 de julio de 1994 (e imagino que no será la última). Durante los descansos a media mañana para el café, Erice se quedaba en el aula (donde yo impartía durante el curso clases de guión), repasando sus notas, abocando alguna cinta de vídeo en el fragmento correspondiente de Nanook de Flaherty o Nosferatu de Murnau que quisiera comentar a continuación (era la primera vez que se veía en un fregado semejante: dar clase, o como se diga, durante varios días). Y uno aprovechaba esos momentos para seguir (rompiéndole la cabeza) preguntando sobre El espíritu de la colmena, El sur o El sol del membrillo. A veces se quedaba alguien más, como Guerín, que también asistía al seminario (por conocer a Erice, sobre todo), y sacó a relucir el artículo de Monte Hellman publicado en Positif a propósito de El espíritu de la colmena, la película (más importante) de su vida para el director de Carretera asfaltada en dos direcciones, y Erice comentó con una pizca de vergüenza y culpa que Monte Hellman le había contado en una carta cómo había llevado a su hija Melissa a verla, y no una vez, en cuanto se presentaba la oportunidad no se perdían El espíritu de la colmena. A Erice le parecía una exageración, más que nada por la niña, claro.

Un fotograma de Carretera asfaltada en dos direcciones. 
En el asiento trasero del coche de GTO, Melissa Hellman, 
con un papelito en la película de su padre.  

Hace unos meses encontré el artículo de Monte Hellman en La furia umana, una muy interesante revista de cine, de matriz italiana pero que publica los artículos en los idiomas de sus colaboradores (la descubrí gracias a un comentario de José María García Pérez en una entrada que se titulaba Mira, memoria; mira por dónde), y le pedí a nuestro hijo que lo tradujera.


EL ESPÍRITU DE LA COLMENA, VÍCTOR ERICE

Una obra de arte debe ser también “un objeto difícil de 
captar”. Debe protegerse a sí misma del manoseo vulgar,
que lo deslustra y desfigura. Debe estar hecha de tal
forma que la gente no sepa de qué manera tomarla,
lo que avergüenza e irrita a los críticos y los incita
a ser groseros, pero la mantiene fresca. Cuanto
menos se entienda, más despacio abre sus pétalos y más
tarda en desvanecerse.”
Jean Cocteau

Descubrí El espíritu de la colmena a través de Néstor Almendros, que me recomendó al director de fotografía Luis Cuadrado cuando yo estaba a punto de hacer una película en España. Almendros sabía que Cuadrado había iluminado la película casi ciego, con un ayudante describiendo los decorados para él, y él diciéndole donde poner las luces y la intensidad de cada una. Almendros no sabía que Cuadrado para entonces había muerto de un tumor cerebral.

He visto la película más de veinte veces... más que cualquier otra de mis películas favoritas. Nunca me canso de ella. Descubro algo nuevo cada vez que la veo. Revela sus secretos lentamente.

Es un trabajo secreto y misterioso, recorrido por el mayor de los misterios: creación y muerte. Recorrido también por las relaciones familiares -marido y mujer, padre e hijas, hermana con hermana- y por los intentos de cada personaje por comunicarse, así como por su profundo aislamiento y soledad. Por último, va sobre el propio cine, y su poder para invadir nuestros sueños, para despertar nuestro conocimiento y nuestro miedo.

No hay imágenes accidentales ni escenas superfluas. El plano inicial del padre, su rostro distorsionado por la rejilla de la capucha de colmenero, presagia la escena cerca del final donde se convierte en el monstruo de Frankenstein en la imaginación de su hija. En otras escenas las niñas ven al Dr. Frankenstein en la pantalla crear su monstruo con partes de cadáveres; más tarde, crean su propio monstruo en el aula añadiendo corazón, pulmones y ojos a una representación del cuerpo humano. Incluso la imagen de las celdas hexagonales de los panales se repite en los pequeños vidrios hexagonales de las ventanas y en la pantalla hexagonal del apiario.

La película se abre con la llegada de un proyeccionista ambulante a un pequeño pueblo en la España de los primeros cuarenta. La película que trae es el Frankenstein original protagonizado por Boris Karloff. El personaje central en nuestra película es una niña de cinco años [en realidad tiene seis años], Ana, que junto con su hermana algo mayor, Isabel, ve la película Frankenstein y resulta profundamente afectada. A Ana la perturba el asesinato de una niña en la película y no entiende por qué el monstruo resulta asesinado también. Isabel finge tener las respuestas a las preguntas de Ana, pero cuando es apremiada más tarde, sólo sabe decir que no están realmente muertos. Es sólo una película y nada es real. Además, ella ha visto al monstruo. Es un espíritu y puede hacerlo aparecer si lo llama.

Soy Ana, soy Ana...

En escenas siguientes, las niñas juegan con y en torno a la muerte. Isabel experimenta intentando estrangular a su gato, deteniéndose cuando el gato la araña. Aplica la sangre de su dedo en sus labios, como si fuera pintalabios. Más tarde, finge estar muerta para asustar a Ana. Finalmente, Ana experimenta la muerte de una persona real, un desertor del ejército de quien se había hecho amiga. Sentimos la crisis de Ana como la nuestra propia, en la medida en que todos hemos pasado de la inocencia a la conciencia de la mortalidad en algún momento de nuestra infancia.

Los adultos permanecen más enigmáticos. La mujer, Teresa, escribe cartas a un soldado, quizás un antiguo amor. El marido, Fernando, escucha una radio de cristal [de galena] antes de escribir en su diario de madrugada, quedándose a veces dormido en la silla. Teresa va a la estación a enviar su carta, y ve otro soldado sentado en el tren que se aleja lentamente. Están separados por la ventanilla del vagón y se observan el uno al otro, cada uno en su propio universo a prueba de sonido, aislado.

La cosa más difícil de retratar en el cine es la intimidad. El mismo proceso de hacer una película es público, con tanta gente mirando. Los actores han sido entrenados para comunicarse con la audiencia, así que se sienten cómodos estando ahí delante. Muchos directores intentan conseguir ese nivel de realidad usando a no-actores, pero rara vez con éxito. Erice lo consigue de manera extraordinaria usando actores profesionales. Su mayor logro es con las niñas, donde hay una fina línea entre lo amateur y lo profesional.

Paso regularmente la película a cada nuevo grupo de mis alumnos. Uno de ellos me preguntó algo sobre lo que nunca antes había pensado: ¿era la carta que Teresa quema al final para o de su amante? Volví a ver la escena, y resulta claro que es para, no de. Mi alumno también planteó la cuestión de si el desertor era el amante de Teresa, a lo que no pude responder. Una de las grandezas de El espíritu de la colmena es que carece por completo de explicaciones, más allá de lo que se revela a un observador en la vida. Nada es añadido puramente para el beneficio del público.

Monte Hellman

(Traducción de Daniel D. García.)


Hasta aquí el artículo que un día se publicó en Positif. Pero El espíritu de la colmena siguió -sigue- trabajando por dentro a Monte Hellman y en Road to Nowhere (2010)  los protagonistas ven la película de Erice. Y con un aquel de círculo perfecto anotemos que esta última película de Monte Hellman fue producida por su hija Melissa, la niña cuya infancia vio El espíritu de la colmena; quién sabe si también una mujer marcada por una imagen de la infancia, como el hombre de La jetée de Chris Marker. 

Monte Hellman con Shannyn Shossamon 
en el rodaje de Road to Nowhere.

En el guión de Road to Nowhere se leía:

"En la gran pantalla de la televisión de una habitación de hotel, se desarrolla la última secuencia de la obra maestra del cineasta Víctor Erice, El espíritu de la colmena. Mitchell Haven está sentado en un sofá de cuero negro. Laurel está acurrucada a su lado. Ella llora.

Mitchell: Maldita sea, es un pedazo de obra maestra.
Laurel: ¿Cuántas películas has visto?
Mitchell: Nunca le hagas esa pregunta a un director de más de cuarenta años.
Laurel: ¿Por qué?
Mitchell: No debes saber cuánto tiempo pasamos viendo los sueños de otros."


Ana y el espíritu se podría titular el segmento de la película de Erice que narra los encuentros de la niña con el fugitivo (así se le menciona en el guión; un guerrillero anti-franquista, aunque el filme no aporte ninguna información sobre el personaje: aparece como respuesta a la llamada de la niña, que cierra los ojos y lo invoca en los adentros: Soy Ana...).


Ana cuida al fugitivo -el espíritu (en el corazón de la niña)- escondido en la casa abandonada de la llanura castellana. Iluminada por el cine -esa epifanía que representó para ella el Frankenstein de James Whale-, Ana se aparta de los engranajes domésticos de la colmena y escoge, por así decir, el camino del espíritu. El cine deviene una experiencia cardinal que abre un pasaje revelador entre el mito y la vida (el cine como experiencia de la realidad): por ahí transita el espíritu de la colmena.


Una de las escenas de la película de Erice que se ven en Road to Nowhere es aquélla en la que Ana acude por segunda vez al encuentro del fugitivo, y en particular uno de los momentos de El espíritu de la colmena a los que Monte Hellman vuelve una y otra vez...


Cuando Ana le ata los zapatos al fugitivo... El hombre tantea los bolsillos de la chaqueta de pana que le acaba de traer la niña y encuentra un reloj de bolsillo. Lo abre...


Y, al escuchar la música del reloj de su padre...


...la niña frunce la frente con una mezcla de sorpresa y temor, y percibimos su íntima conmoción, el desasosiego. Un gesto absolutamente involuntario e imprevisible, uno de esos momentos mágicos que sólo son posibles en el cine, cuando la cámara captura algo que un actor -Ana, una niña, en este caso- experimenta por primera vez, una reacción inmediata -e inconsciente- a algo vívido que se desprende de ese instante. No sé cómo se logra eso con una niña de seis años -comenta Monte Hellman en alguna entrevista-, pero Erice lo consigue. Es uno de los momentos maravillosos [de El espíritu de la colmena], ese gesto en la frente de la niña...


Este segmento de la escena que tanto le gusta a Monte Hellman presenta significativas diferencias respecto al guión; quizá los momentos más bellos de El espíritu de la colmena (aun siendo difícil destacarlos en una película tan bella desde el primero al último de los fotogramas) sean justamente aquéllos donde la cámara registra lo que no aparece -no podía aparecer- en el guión. Allí leemos -tal como lo habían imaginado Erice y Ángel Fernández-Santos- que, al escuchar la música, ANA levanta la mirada. El fugitivo alza frente a sus ojos el reloj, en un gesto ambiguo, de oferta y exhibición al mismo tiempo, sonriendo. ANA parece sorprendida. El desconocido hace un gesto de placer, cerrando los ojos, moviendo levemente la cabeza, como si fuera un melómano consumado, al compás de la melodía. El gesto hace gracia a ANA, que sonríe abiertamente. El hombre interpreta esa sonrisa como una especie de consumación de una ofrenda. Así que, tras cerrar la tapa del reloj, se lo guarda. Comienza a registrar los demás bolsillos, sin preocuparse más de ANA. Ésta la mira todavía unos instantes. Luego, baja la cabeza y termina de atar el zapato. Sobra decir que la escena, tal como la vemos en la pantalla, resulta mucho más matizada, compleja y reveladora que en el guión, y el grado de íntima complicidad entre la niña y el fugitivo deviene sencillamente milagrosa. Representa, digámoslo ya, un logro de la dirección, de la escritura fílmica que, en el caso de El espíritu de la colmena, tiene mucho que ver con la disponibilidad de la propia Ana para ir al encuentro con lo desconocido, una actitud que hizo suya Erice durante la preparación y el rodaje de la película, una disponibilidad para cobijar los accidentes -aquello que no admite segundas tomas- en la puesta en escena (la ya comentada reacción de ANA, por ejemplo), de tal forma que podía integrar el azar en la película, sirviéndose del guión a modo de brújula. Uno de esos azares se lo deparó Juan Margallo, el actor que encarna al fugitivo: sabía hacer juegos de manos, y Erice lo utilizó como vía para liberar a Ana del desasosiego que la invadió al escuchar la música del reloj de bolsillo (que cobra visos de objeto animado), de tal forma que el fugitivo nunca se desentiende de la niña...


Y cuando contempla a Ana, que acaba de atarle los cordones del zapato, su mirada destila el quebranto de la derrota y la melancolía de lo perdido.


Este segmento que hemos titulado Ana y el espíritu deviene un espejo de la relación entre Ana Torrent y Víctor Erice (lo que vemos en la pantalla refleja lo que acontecía tras la cámara), y al mismo tiempo cifra una imagen a pequeña escala (una microestructura, digamos) del filme entero desplegado en el tiempo: una sinécdoque perfecta de El espíritu de la colmena, una película hilvanada con bellísimas sinécdoques.