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16/6/19

Voces en el callejón


De chaval, digamos de los diez a los quince años, entre el 65 y el 70, raras veces conseguí que me dejaran entrar a una película para mayores. 

Ay, aquéllas con calificación religiosa -uno las comprobaba religiosamente en el tablero de la entrada en la iglesia de San Francisco- que rezaban 4. Gravemente peligrosa.


Como El nadador, de Frank Perry, con guión de Eleanor Perry a partir del magnífico relato de John Cheever. Era verano, un agosto candente, con la Corredera tan desierta como el cine Yut aquel día. Por eso me dejaron entrar. No sabía entonces quién era John Cheever, ni siquiera que aparecía en una escena de la película. Una de esas raras veces que me franquearon la puerta del cine prohibido.

Llegué a detestar mi delatora cara de crío.

En Tui (entonces Tuy) no teníamos un cine con una ventana trasera fácil de abrir y por donde entrar con la película recién empezada, y asomarnos a una pantalla iluminada con el rostro bellísimo de Poppy Smith/Gene Tierney en El embrujo de Shanghái, como cuenta Víctor Erice en Umbral del sueño, el texto que abre la edición de La promesa de Shanghái, el espléndido guión de su malhadada adaptación de El embrujo de Shanghái, de Juan Marsé.

El cine Yut tenía dos puertas en un cul-de-sac, un callejón lateral sin salida; una, la más alejada de la pantalla, por donde salían los espectadores después de las sesiones de los domingos (por la semana se salía por la entrada principal) y otra, donde confinaba el callejón, que daba acceso a detrás de la pantalla (usada mayormente, de pascuas en flores, por las compañías cuando había función de teatro).

Y ahí, adosado a esa puerta, la más próxima a la pantalla, me veo de chaval, a la intemperie, tratando de imaginar la película prohibida a través de la música, los efectos de sonido y los diálogos (había líneas que no conseguía entender, claro, tan apagadas me llegaban, y no digamos cuando llovía), con las únicas pistas del cartel y la media docena de fotocromos -cuadros, para nosotros- demorada y devotamente contemplados en el vestíbulo.

(Poder seguir, mal que bien, aquellos diálogos -prohibidos- es lo único que, ahora, le agradezco al doblaje.)

Cuántas películas me habré montado fantaseando imágenes que cobijaran las voces en el callejón del cine Yut.


Desde entonces anoto líneas de diálogo; como éstas, espigadas de las que apunté estos últimos dos años:

Ya nunca me llevas al cine. (Alice/Karen Steele en The Rise and Fall of Legs Diamond, de Budd Boetticher; guión de Josep Landon.)

Bosque y agua. Hacen música. (Jim/Henry Fonda en Spaw of the North, de Henry Hathaway; guión de Jules Furthman a partir de una historia de Barrett Willoughby.)

Lo que va río abajo no es de nadie. (Bryant/David Carradine, al principio de Río abajo, de José Luís Borau; al final de la película, lo escuchamos en la voz de Engracia/Victoria Abril.)

Trabajo cuando no llueve, cuando no tengo sueño, cuando me aburro de pasear. (Conchita Pérez/Conchita Montenegro en La femme et le pantin, de Jacques de Baroncelli, a partir de la novela de Pierre Louÿs.)

Mátale. ¿No le hiciste nacer? Piénsalo, busca una solución. ¿No eres novelista? (Ivón/Emma Penella en Los peces rojos, de José Antonio Nieves Conde; guión de Carlos Blanco.)

No se imagina lo agobiante que puede ser una familia. (Lucía/Joan Bennett en The Reckless Moment, de Max Ophüls; guión de Henry Garson, Robert Soderberg, Mel Dinelli, Robert E. Kent... a partir de la novela de Elisabeth Sanxay Holding La pared vacía.)

Los viejos deberíamos detener las guerras. (Nathan Brittles/John Wayne en She Wore a Yellow River, de John Ford; guión de Frank S. Nugent, a partir de una historia de James Warner Bellah.)

Lástima que la vida es lo que hacemos, no lo que sentimos. (Helen Colton/Julie London en The Wonderful Country, de Robert Parrish; guión de Robert Ardrey, a partir de una novela de Tom Lea.)

Cuando se es joven, uno se sube al tren que representa lo que cree y sigue a cualquier estrella que pueda poner en marcha ese tren. Cuando estudiaba, el tren era la justicia social y la estrella era Karl Marx. (Samuel Fennan/Robert Flemyng en The Deadly Affair, de Sidney Lumet; guión de Paul Dehn, a partir de la novela de John Le Carré.)

Queríamos cambiar el mundo y el mundo nos ha cambiado a nosotros. (Gianni/Vittorio Gassman en C'eravamo tanto amati, de Ettore Scola; guión de Age, Scarpelli y Scola.)

Para que las cosas cambien hay que volver a mirarlo todo muy despacio. (Claire/Isabelle Huppert en La caméra de Claire, de Hong Sang-soo.)

Cuando uno espera mucho, puede suceder lo que sólo sucede muy raramente. (A portuguesa/Clara Riedenstein en A Portuguesa, de Rita Azevedo Gomes;, con diálogos de Agustina Bessa-Luís a partir de un relato de Ronert Musil.)

Hay que tener la dignidad de reírnos de nuestra infelicidad. (Mita/Shûji Sano en , de Heinosuke Gosho; guión de Gosho, Toshio Yasumi y Takitarô Minakami, autor de la novela de partida.)

Al borde del abismo sólo la risa nos impide saltar. (Joseph/Jean-Pierre Darrousin en La villa, de Robert Guédiguian; guión de Guédiguian y Serge Valletti.)

Soy un anacronismo ambulante. (Peggy Sue/Kathleen Turner en Peggy Sue Got Married, de Francis Coppola; guión de Jerry Leichtling y Arlene Sarner.)

Es una noche perfecta para historias de terror. El aire está lleno de monstruos. (Mary Shelley/Elsa Lanchester en Bride of Frankenstein, de James Whale; guión de William Hurlbut y John L. Balderston, y sin acreditar: Josef Berne, Lawrence G. Blochman, Robert Florey, Philip MacDonald, Tom Reed, R.C. Sherriff, Edmund Pearson y Morton Covan, a partir de la novela de Mary Shelley.)

Donde no hay sombras los monstruos no existen. (Off de Mary Shelley/Lizzi McInnerny en Remando al viento, de Gonzalo Suárez.)

Es curioso. Tú quieres olvidar quién eres y yo quiero descubrir quién soy. (Maizie/Mary Nolan en West of Zanzibar, de Tod Browning; guión de Waldemar Young, Elliott J. Clawson, Chester De Vonde, Kilbourn Gordon y Joseph Farnham.)

¡Follar a mediodía! Hay gente para todo. (Mickey/Machiko Kyô en Akasen chitai -literalmente, El barrio chino; aquí se tituló La calle de la vergüenza- de Kenji Mizoguchi; guión de Masashige Narusawa. a partir de la novela de Yoshiko Shibaki.)

Riega el geranio. (Kitty/Suzanne Pleshette en A Distant Trumpet, de Raoul Walsh; guión de John Twist, Richard Fielder y Albert Beich, a partir de la novela de Paul Horgan.)

Odio admitirlo, pero no entiendo nada de lo que pasa. (Gordon Cole/David Lynch en Twin Peaks, de David Lynch; creada por Lynch y Mark Frost.)

Fotograma de Baby Face, de Alfred E. Green; 
guión de Gene Markey y Kathryn Scola,
a partir de una historia de Darryl F. Zanuck
(acreditado como Mark Canfield). 


(La imagen de las entradas del cine Yut provienen del blog ferruxadas.)

15/3/15

La batalla perdida


Como todo el mundo sabe, Vila-Matas se hizo escritor por culpa de una película; porque vio a Marcello Mastroianni en La noche, de Antonioni,
en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando yo tenía dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener.
O sea, Vila-Matas se hizo escritor por culpa de Jeanne Moreau. Una hermosa culpable y una bella culpa.


Se podría trazar un mapa de la cinefilia de Vila-Matas. (Las líneas que siguen puede leerse como unas notas -ni siquiera un esbozo- de ese proyecto cartográfico.) Las referencias a películas y cineastas menudean en sus ensayos (muy recomendable la antología Una vida absolutamente maravillosa, que publicó Debolsillo hace unos cuatro años), aunque tampoco faltan en sus novelas; sin ir más lejos, Aire de Dylan enhebra un hilo -a modo de pesquisa detectivesca de Vilnius, su protagonista- sobre la autoría de la frase Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien en los diálogos de Tres camaradas; más concretamente, Vilnius quiere saber si -como está convencido- su autor fue Scott Fitzgerald, uno de los siete u ocho guionistas -incluido su productor, Joseph L. Mankiewicz- que faenaron en la escritura de la película de Borzage estrenada en 1938. (Aunque trabajó en los guiones de otros filmes -por citar dos: Un yanqui en Oxford y Lo que el viento se llevó-, Scott Fitzgerald sólo aparece acreditado como guionista en Tres camaradas.)

Fotograma de Tres camaradas 
con una maravillosa Margaret Sullavan.

La frase -¿sobra decirlo?- no se escucha en la película. De hecho, Vila-Matas ponía en boca del editor Samuel Riba, el protagonista de Dublinesca -su novela anterior- una frase (o quizá cita) muy parecida: cuando oscurece, todos necesitamos a alguien. Claro que -como todo el mundo sabe- la poética de Vila-Matas es deudora del cine de Godard, tan amigo de las citas y quizá todavía más de inventarlas.
Así como él [Godard] decía que quería hacer películas de ficción que fueran como documentales y documentales que fueran como películas de ficción, yo he escrito -o pretendido escribir- narraciones autobiográficas que son como ensayos y ensayos que son como narraciones.
En los días de mi más extrema juventud, en años franquistas, todo era obligatorio y debía hacerse con un gran orden. Las cosas, por ejemplo, comenzaban por el principio y acababan por el final. Por eso fueron una gran sorpresa para mí, y no la he olvidado nunca, unas declaraciones de Jean-Luc Godard en las que decía que le gustaba entrar en las salas de cine sin saber a qué hora había empezado la película, entrando al azar en cualquier secuencia, y también le gustaba marcharse antes de que la película hubiera terminado. Pasados los primeros momentos de sorpresa, que llegaron acompañados de la sensación de haberme liberado de un pesado fardo, lo primero que pensé fue que a Godard no debían interesarle los argumentos de las películas. 

Tirando de ese hilo de Aire de Dylan, una novela tejida con alusiones cinéfilas, llegamos a Barton Fink de la mano de Vilnius que, en su viaje a Hollywood adonde le lleva su pesquisa detectivesca (a propósito de la dichosa frase), se hospeda en el hotel Erle, donde vivía el guionista encarnado por John Turturro en la película de los Coen; aunque no es el mismo Erle: el de Aire de Dylan imita al de Barton Fink en una versión de cuatro estrellas (un juego de espejos en el teatro de máscaras tramado por Vila-Matas). Y aprovecha para jugar también con las citas; alude a Faulkner que -como Fitzgerald- trajinó en aquellos parajes y
fue implacable con este mundo: Siguen allí haciendo películas brillantes y originales. Pero mi sentimiento principal acerca de Hollywood es el suicidio.
Vila-Matas sabe de sobra que la frase es de Cheever (en una entrevista para The Paris Review) y así lo cita en una de las entradas del Segundo dietario voluble. Pero en Aire de Dylan le venía bien atribuírsela a Faulkner para seguir jugando con Barton Fink, donde los Coen juegan con un trasunto del autor de Luz de agosto.


Y justo en esa entrada (publicada en la serie de Vila-Matas, Café Perec, los martes en El País), celebra los veinte años de Barton Fink (quizá ya se traía entre manos Aire de Dylan):
Un film que, cuando lo vi, no me convenció nada, pero luego me he pasado toda la vida recordándolo. Ya se sabe, hay historias que narran algo mucho más profundo y complejo de lo que aparentemente nos relatan, y luego nos persiguen. Son historias que cuando terminan empiezan en nosotros.

En Un tapiz que se dispara en muchas direcciones, lamenta no haber incluido en Bartleby y compañía al escritor trastornado de El resplandor de Stephen King, encarnado por Jack Nicholson en el filme de Kubrick (muy pocas películas me han fascinado tanto); y al escritor alcoholizado de Días sin huella, la película de Billy Wilder, en la piel de Ray Milland. Con todo, prefiero la primera primera parte del ensayo donde -a propósito del final de Los muertos de Joyce- evoca la primera vez que le puso los ojos encima a Viaggio in Italia (en un pase por televisión):
no exagero nada si digo que me pareció formidable.
Vila-Matas encuentra en el filme de Rossellini una poética próxima, un mestizaje entre ficción, documental y autobiografía que comparte. Le llama la atención la escena de la terraza entre Ingrid Bergman y George Sanders, que abre un pasaje con el desenlace del cuento de Joyce, pero también la forma de empezar la narración:
Absolutamente moderna. (...) Rossellini empieza Viaggio in Italia en medio de una escena aparentemente trivial en la que vemos a Ingrid Bergman y George Sanders viajando aburridos en coche por una carretera desierta. No sabemos de dónde vienen ni adónde van. Prescindimos de la vastedad del cosmos para concentrarnos en la representación de un fragmento mínimo de la vida de una pareja que viaja en coche.

Podéis leer aquí un ensayo de Vila-Matas en Letras libres donde se cita con Godard, Antonioni o Wenders. Y con Viaggio in Italia:
Rossellini, con la primera secuencia, crea en los espectadores la impresión de que han entrado en la sala con la película ya comenzada. Con esa primera secuencia, yo creo que Rosellini era consciente de que, dado que la vida es un tejido continuo y dado que cualquier principio es arbitrario, una narración puede empezar en un momento cualquiera, por la mitad de un diálogo, por ejemplo, tal como se atrevieron a hacer Tolstoi o Maupassant.
No puedo obviar Ni Ford ni Hawks (publicado hace veinte años en Diario 16 y recogido en El traje de los domingos), quizá el más declaradamente cinéfilo de sus ensayos, pero ni por asomo figura entre los más logrados, justo porque el cine (que prefiere) es el motivo central; a la escritura de Vila-Matas le sienta mejor cuando el cine representa un atajo abrupto, un demorado merodeo o una azarosa vereda en una deriva al acaso. Para quienes no hayan leído el ensayo y decidan obviar el enlace, aclararé el sentido del título: Vila-Matas no quiere elegir entre Ford o Hawks -dos de sus cineastas predilectos-, porque
el cine es una república y le sentaría fatal tener un monarca.

El último párrafo se lo dedica a Extraños en el paraíso, de Jim Jarmusch,
que a día de hoy [1 abril de 1995] -mañana puedo cambiar, soy y seré siempre muy voluble- se me antoja mi película favorita. Al terminar de verla, me quedé mudo para el resto del día, pues me pareció que esa era la película que me hubiera gustado filmar de haberme dedicado al cine, 

Pero si tuviera que apuntar mis páginas cinéfilas predilectas de Vila-Matas eligiría aquellas donde evoca el cine -los cines- de la infancia. Pongamos por caso La novia de Rocco:
Nuestra indisciplina de colegiales no iba más allá de las paredes de un cine de barrio, el Texas -milagrosamente todavía en pie- una de las escasas salas que permitían nuestro acceso a películas no aptas. Aún no existían los Beatles. Y la fiesta de los jueves [los alumnos de maristas no tenían clase ese día] se nos antojaba inventada exclusivamente para nosotros, para que pudiéramos acercarnos, un día a la semana, al mundo de lo prohibido, a las muchachas de trapecios rojos y a las gatas (calientes) sobre los tejados de zinc. Era el único día en el que aprendíamos algo.

En ese cine Texas donde Annie Girardot, la Nadia de Rocco y sus hermanos,de Visconti, le arrebató la mirada; aquella combinación de Nadia, que despierta
nuestra insensata alegría ante la lencería de la destrucción.

En otro lugar confesó haberse enamorado de
Aida (Claudia Cardinale) bajando las escaleras en La chica con la maleta de Valerio Zurlini. 

Me gusta mucho aquella entrada del Segundo dietario voluble que empieza, Recuerdo mi primer recuerdo del miedo... Era el verano de 1951 y sus padre lo llevaron a ver
la primera película de mi vida: un western. No recuerdo el título ni el argumento. Después de todo, sólo tenía tres años y medio.
Una película que cifra la experiencia de un miedo primordial:
Aquel terror surgió sin duda del descubrimiento de lo distinto. (...) He estudiado mi terror cheyene, y para mí no hay duda de que si ese tenaz recuerdo sobre mi primer miedo me ha acompañado -intacto- siempre a lo largo de la vida, ha sido porque encierra en él mismo la llave de los compartimentos secretos de todo mi mundo anímico.
O la entrada donde cuenta que su padre lo llevó no sé cuantas veces en el invierno de 1961 a ver  Al oeste del Zanzíbar, para que aprendiera a distinguir entre hipopótamos y rinocerontes.


Y desde luego se lleva la palma La calle Rimbaud, donde Vila-Matas traza el mapa cardinal -mítico y fundacional- de su infancia, ese camino que recorría de casa al colegio. Uno de los mojones de su mundo -del mundo- era el deslumbrante cine Chile...
podía verse el incendio de luz del vestíbulo del cine Chile, donde se anunciaban grandes acontecimientos, inminentes estrenos, túnicas sagradas y, al anochecer, Cinemascope. 
No queda nada de su calle Rimbaud:
El cine Chile es hoy un vulgar parking. (...) Un extraño panorama para después de esa batalla perdida en la vida, que es la infancia.

Quién sabe si no será por eso que ve cada vez que puede Centauros del desierto.

25/5/13

La caída


No sé si Mad Men se ve como una gran novela americana de los sesenta o una gran novela americana a secas. Desde luego puede verse como gran cine americano de este siglo. (Ahora que lo pienso habría que incluir Breaking Bad. Y de The Wire creo que ya conté cuanto tenía que decir. )


Viendo Mad Men, he recordado con frecuencia, desde luego, a Cheever. No creo que existiera la serie de Matthew Weiner sin el autor de novelas como Bullet Park o de cuentos como El nadador o El ladrón de Shady Hill. (Para más señas, Don Draper, el protagonista de la serie, tiene su domicilio las primeras temporadas en Ossining, donde vivió Cheever, y más concretamente en el nº 42 de Bullet Park Road.) Pero ya con la cuarta y quinta temporadas, y ahora con la sexta, me vino a la cabeza a menudo Juego de niños, ese cuento extraordinario de Alice Munro, incluido en Demasiada felicidad (de ésos que Ángeles me pone en las manos nada más leerlos), sobre dos mujeres que comparten un recuerdo lacerante (e inconfesable) de la infancia: 

Cuando eres pequeño te transformas en una persona distinta todos los años. Suele ser en otoño, cuando vuelves al colegio, ocupas tu sitio en un curso superior y dejas atrás el letargo y el desorden de las vacaciones de verano. Es entonces cuando aprecias el cambio con más nitidez. Después no estás seguro del mes ni del año, pero los cambios continúan siempre igual. Durante mucho tiempo te desprendes del pasado con facilidad y de una forma que parece automática y adecuada. Las escenas del pasado, más que desvanecerse, dejan de tener importancia. Y entonces se produce una brusca vuelta atrás, lo que ha acabado y bien acabado resurge de repente, requiere tu atención, incluso que hagas algo al respecto, aunque salte a la vista que no se puede hacer nada.

Las escenas de la infancia (pongamos por caso de Don Draper) siguen latiendo bajo máscaras de tiempo y capas de olvido, y mantienen vivo el miedo primordial de aquellos días. Y esperan. Esperan. Y vuelven. Como una memoria de fantasmas, a enredarse en las cuentas del presente. A recordarnos el niño terrible y desvalido que aún somos. Aunque ya nada pueda remediarse. Y así seguimos, a tumbos, que decía Scott Fitzgerald -otro que afluye en Mad Men- en la última línea de El gran Gatsby, barcas contracorriente, devueltos sin tregua hacia el pasado.


Una derrota que ya no podemos experimentar como viaje o experiencia cardinal, malos tiempos para odiseas: la vivimos como una caída.

23/5/12

El cine se viste de negro



O mejor, el cine de Hollywood se viste de negro en Sunset Boulevard. Negro de noir, pero también negro de luto. Por el cine silente, desde luego. Pero sobre todo de luto por el alma. Del cine. De los que hacen cine en Hollywood. Aunque vista desde hoy, no sería exagerado decir que Sunset Boulevard lleva luto por el cine. Por todas las almas del cine.


Para ganarme el pan, cada mañana / voy al mercado donde se compran mentiras. / Lleno de esperanza, / me pongo a la cola de los vendedores... escribió Brecht en 1942. Hollywood se titula el poema. Es cierto, exiliado en la fábrica de sueños (no sé si fue Borau quien dijo que Hollywood fabricaba sueños, pero ahora fabrica tonterías), Brecht trabajó como guionista; también es cierto que Hollywood no le compró casi nada. Eran malos tiempos para la lírica, pero qué tiempos no lo son. Vender, venderse. De eso trata Sunset Boulevard; no tiene nada de extraño, es uno de los temas -si no el gran tema- de Billy Wilder (y de Godard, un vínculo que, mira por dónde, nunca se señala; o de Fassbinder, que tampoco): corromperse, prostituirse. Por un sueño. Por una quimera. Tan grande -o tan pequeña-, tan limpia -o tan turbia-, tan resplandeciente -o tan sombría- como una piscina. Podíamos traer a colación aquel título de Scott Fitzgerald, que también se puso a la cola de los vendedores en Hollywood, el precio era alto; claro, el precio de la piscina era el alma. Y el desprecio. (Le mépris -o sea, el desprecio- de Godard, como Sunset Boulevard, trata del cine, y de un guionista que se prostituye por una película.)


La piscina no es una metáfora de Hollywood; es la metáfora. Ya lo dijo Welles a propósito de por qué se evaporó la marea solidaria (aquella marcha encabezada en las fotos por Bogart y Bacall) contra la caza de brujas pasada la primera hora y de las razones que llevaron a algunos encausados a delatar a sus camaradas: unos y otros no traicionaron por unos principios, sino por salvar sus piscinas. Pero llegó Cheever con El nadador y convirtió la piscina en una metáfora de América -del american way of life-, una metáfora (desoladora) que ha encontrado su última declinación en la espléndida Mad Men; no es casual que el protagonista viva -durante las primeras temporadas de la serie- en Ossining, el pueblo donde vivió el escritor, concretamente en el número 42 de Bullet Park Road, una calle de ficción que toma el nombre de una estupenda novela suya (Bullet Park), convirtiendo así a Don Draper y familia en vecinos imaginarios de John Cheever. Mi alma por una piscina, vendría a cuento parafrasear el Ricardo III. Y viene, si tratamos de Sunset Boulevard una película que se despliega desde el punto de vista de un guionista llamado Joe Gillis. Un guionista muerto. En una piscina.


No era más que un guionista de segunda con un par de película de serie B. ¡Pobre imbécil! Siempre quiso tener una piscina. Al final la consiguió, pero a un precio un poco alto... escuchamos en una de las primeras escenas de Sunset Boulevard. El resto de la película cuenta cómo acabó ahogado en su sueño. O también, por qué en Hollywood, si se sueña con una piscina, no se puede acabar de otra manera; el alma pasa siempre por taquilla. Es el precio. Y el desprecio. Claro que quien escribe y dirige la película era uno de los guionistas y directores mejor pagados de Hollywood, así que algo debía saber del tema. No nos extrañe. Billy Wilder gastaba cuchillas en lugar de neuronas -son palabras de William Holden- y una máscara del cinismo para sobrellevar el trapicheo del cine. Las cuchillas le vienen al pelo a los guiones y a la hora de trazar tajos de luz en la negrura de la pantalla, donde vertía gotas de vitriolo con ese humor que duele como una herida en carne viva. El cinismo, siempre que asoma la jeta, lastra sus películas (Bésame, tonto, por ejemplo), pero cuando lo embrida, entonces nos da lo mejor de su cine: PerdiciónDías sin huella, Berlín OccidenteEl gran carnaval, Con faldas y a lo locoEl apartamento o Avanti!. Y Sunset Boulevard, una película contada desde una piscina a través de la voz de un ahogado.


Aquí empezó a hablar esa voz. Aquí empezó a escribirse. Aquí se imaginó Sunset Boulevard. En este despacho de la planta baja del edificio de guionistas de la Paramount. El de la izquierda es Charles Brackett; el de la derecha, Billy Wilder. El matrimonio de guionistas mejor pagado de Hollywood en los cuarenta, pero además gozaban de una independencia envidiable: Brackett producía y Wilder dirigía las películas que escribían. En el centro, Helen Hernández, la secretaria, en realidad era ella quien escribía los guiones; Brackett y Wilder los hablaban (los discutían, los gritaban, los reían), y Helen los mecanografiaba; como mucho a partir de notas que tomaba Brackett en papel amarillo rayado, las más de las veces tumbado en un sofá (si puedes estar sentado, para qué estar de pie, y si puedes estar tumbado, para qué sentado, era su filosofía), mientras Wilder no paraba quieto y caminaba de un lado para otro blandiendo una fusta a diesto y siniestro, y encendiendo un cigarrillo con la colilla del otro. En realidad, antes de escribir una línea, Brackett y Wilder ya habían inventado la película. Entonces llamaban a Helen. Pero no escribían el guión completo. Muy pronto se acostumbraron a rodar con el guión a medio escribir. Y a poner en marcha la producción con sólo el primer acto, apenas treinta páginas. Fue el caso de Sunset Boulevard. Hasta ese punto llegaba la independencia de Wilder y Brackett. Bueno, porque se trataba de la Paramount; a buenas horas iban a rodar sin un guión completo -y aprobado por Darryl Zanuck- si trabajaran en la Fox, pongamos por caso.


Quizá fue Griffith la semilla que germinó en Sunset Boulevard. No este Griffith de la fotografía, en sus años de esplendor, sino un Griffith más de treinta años más viejo, en 1948, poco antes de morir, cuando borracho y desastrado se acerca tambaleándose hasta la mesa de Samuel Goldwyn en Romanoff's y lo insulta de hijoputa para arriba, culpando en el magnate a cuantos lo echaron de una industria que sin él no existiría, un viejo olvidado que, después de haber dotado al cine de una sintaxis fílmica -y lo que es mucho más importante, como señaló Danièle Huillet, habiendo conjugado en sus imágenes realismo y misterio (o sea, habiendo destilado la poesía del cine)-, llevaba casi veinte años sin poder rodar una película. Wilder estaba allí y vio cómo echaban a Griffith del local donde casi nadie sabía quién era. Nunca olvidó aquella escena. A comienzos del verano de 1948,  Brackett y Wilder le daban vueltas a la idea de una película sobre el retorno de una gran actriz del cine mudo ya olvidada, la tragedia de una mujer que se niega a envejecer y vive recluida en una gran mansión. Pero estaban atascados. Y jugando una partida de bridge le comentan a D. M. Marshman los problemas con el argumento y les sugiere la relación de la vieja estrella con un guionista joven que trata de abrirse camino en Hollywood. Quién era el tal Marshman, pues un periodista que escribía sobre cine en Life, solía jugar a las cartas con Brackett y Wilder, y les había puesto de vuelta y media El vals del emperador, una película que habían escrito, producido y dirigido, se había estrenado en mayo de ese año y ni a ellos les gustaba (lo más flojito que hicieron); eso sí, Marshman les desgranó una crítica tan aguda e inteligente que les cayó bien. Y en cuando propuso aquella idea del guionista novato liado con la vieja actriz enclaustrada lo incluyeron en el equipo de Sunset Boulevard; el día 9 de agosto la Paramount incluyó en nómina  a Marshman para "desarrollar la línea argumental". Era una práctica habitual del matrimonio Brackett-Wilder: si la corriente no fluía, añadían un tercer fusible para que saltase la chispa; ya lo habían hecho, con Richard L. Breen para Berlín Occidente.  Mientras desarrollaban el argumento, barajaban candidatas para encarnar a la estrella olvidada que en algún momento del verano fue bautizada como Norma Desmond. Greta Garbo, Mae West, Mary Pickford, Pola Negri. Un rosario de noes. Sobra decir que si cualquiera de ellas hubiera aceptado otra hubiera sido Norma Desmond, y hasta Sunset Boulevard hubiera cobrado visos y tonalidades diferentes. Pero por haches o por bes rechazaron el proyecto. Y entonces George Cukor le sugirió a Wilder que pensaran en Gloria Swanson.

Gloria Swanson en 1919
Cartel de La reina Kelly (1929)
para su distribución mundial 
después de haber sido restaurada 
en 1985

Gloria Swanson había sido una de las grandes estrellas de aquel Hollywood silente; en 1948 nadie se acordaba de ella. Era una Norma Desmond perfecta. En los veinte había llegado a ganar un millón de dólares al año cuando aún no se pagaban impuestos; ahora, hacía un programa semanal de televisión en Nueva York, La hora de Gloria Swanson, sobre compras, cocina y sitios interesantes de la ciudad donde había por entonces treinta mil televisores; ganaba trescientos dólares por programa. Además, pintaba, diseñaba ropa, era una inventora aficionada con gran curiosidad por los temas científicos y tenía una gran biblioteca, le encantaba leer. A principios de septiembre Brackett viaja a Nueva York para contarle el proyecto. A partir de ese encuentro Gloria Swanson es ya la Norma Desmond soñada.


Pero tuvo que pasar por la humillación de hacer una prueba, ella que había rodado más de veinte películas en la Paramount; podría haberles soltado aquella réplica de Norma Desmond: Sin mí, la Paramount no existiría. Pero Brackett y Wilder aún no la habían escrito. Ahora el personaje empezaría a cobrar vida con la figura de Gloria Swanson, y escriben Sunset Boulevard pensando en ella.  Cómo podríamos imaginar a otra. A ver quién podría fumar así, con esa pinza unida al dedo índice, con esas manos como garras... Pobre guionista, con quién fue a topar. Pero lo maravilloso es que, siendo puro exceso -uno de esos personajes desaforados, granguiñolescos-, nos conmueva y nos apiademos de ella... Qué razón tenía cuando le espeta al guionista: Yo soy grande; son las películas las que se han hecho pequeñas. Y algo así sólo resulta verosímil en una gran película.


Durante aquel otoño de 1948, mientras hablaban, discutían y gritaban (Wilder y Brackett, seguro que Marshman sólo hablaba, y discutír, sólo algo) dando forma al guión, iban perfilando el reparto. Cuando Swanson aceptó, en seguida pensaron en Eric von Stroheim para el papel de Max von Mayerling, el asistente, chófer y guardián de Norma Desmond. Stroheim había sido uno de los grandes directores (cuando grande y director aún significaba algo, tanto como todopoderoso), el autor de Avaricia (no una gran película, una película inmensa, despedazada por Thalberg, el jefe de producción que se convirtió en el héroe de los magnates de Hollywood por haber puesto a Stroheim en su sitio, o sea, por haberle quitado la película de las manos), el primer cineasta en ser despedido, y tras Griffith (de quien había sido ayudante de dirección en Intolerancia y en quien había percibido antes y mejor que nadie la poesía de su cine), el primero de los grandes pioneros en ser desterrado de la industria tras la catástrofe de La reina Kelly (hasta la Swanson quiso que lo echaran de una vez), la película que Norma Desmond le hace proyectar para verla con el guionista.


Ahora Stroheim iba tirando como actor, con personajes memorables como el von Rauffenstein, el aristócrata y militar alemán de La gran ilusión de Renoir. Quién mejor que Stroheim para encarnar a Max von Mayerling, el olvidado director de las primeras películas de Norma Desmond y uno de sus tres olvidados maridos, mayordomo, ayuda de cámara y (único) criado para todo de la estrella olvidada.  Además, Wilder ya lo había dirigido en el papel de Rommel, en Cinco tumbas a El Cairo (1943). Como muestra de admiración, Wilder le había comentado entonces: "Con sus películas, señor Stroheim, se adelantó diez años a su tiempo". "Veinte, señor Wilder, veinte años", le replicó Stroheim. Tenía razón, y si acaso, se quedó corto.


Como siempre que participaba en una película como actor, Stroheim no se limitó a interpretar su papel, sino que aportó algunas ideas estupendas. Fue él quien sugirió que Norma Desmond se hiciera proyectar La reina Kelly (Gloria Swanson, que también había producido la película, era la propietaria de los derechos). O que las cartas de los admiradores que recibe la Desmond fueran escritas por Max; Wilder sólo lamentó que no se le ocurriera la idea antes para poderla desarrollar con más detalle. Pero la mejor idea de Stroheim no la podemos ver en la pantalla, sólo podemos imaginarla; le sugirió a Wilder que rodara una escena en la que Max von Mayerling le lavaba (amorosamente) las bragas a Norma Desmond, pero el director no se atrevió a rodarla. Eso sí, en Sunset Boulevard, Stroheim -en la piel de Max von Mayerling- vuelve a dirigir una gran escena (con una gran escalera y todo) como en sus mejor época, y represa las lágrimas, por Norma Desmond, claro, fantasma de otro tiempo, pero seguro que también por el Stroheim que había sido, y perdido, el director que ya sólo podía ser como personaje, es decir, como máscara de una máscara.



El 21 de diciembre de 1948, Helen Hernández tiene listas las copias mecanografiadas de las primeras treinta páginas del guión. El primer acto de Sunset Boulevard, que acaba con el entierro del mono (la mascota de la actriz) y el guionista Joe Gillis atrapado para siempre, aunque él no lo sabe, en la mansión de Norma Desmond. A esas alturas Joe Gillis iba a ser interpretado por Montgomery Clift, pero luego el actor se echó atrás, quizá por miedo al papel de gigoló, quizá porque en aquel momento vivía con una mujer bastante mayor que él, como Norma Desmond respecto a Joe Gillis; quizá, el caso es que rechazó el personaje, y entonces eligieron a William Holden, que borda el papel y volverá a trabajar con Wilder en Traidor en el infierno y en Fedora.


Joe Gillis es un guionista que se debate entre dos guiones. Por un lado, Salomé, el guión que escribe para Norma Desmond, la película de su regreso a la pantalla, una actriz que se resigna al cine hablado -Hubo un tiempo en que el cine poseía los ojos del mundo, pero no se conformaron con eso. también querían los oídos. Así que abrieron sus bocazas y empezaron a hablar, hablar, hablar...- y por eso contrata (compra, enclaustra, secuestra) a un tipo con un oficio que detesta -Los guionistas hicieron una soga de palabras y estrangularon este mundo (este cine)-, para volver al mundo que ha perdido, aunque al final ya le bastara con su compañía.

Wilder prepara con Gloria Swanson 
el plano del odiado micrófono, 
que Norma Desmond apartará 
como si fuera un animal repulsivo, 
el monstruo de las palabras.

Qué distinto al final de la película, 
cuando Norma Desmond escucha las palabras mágicas: 
Han llegado las cámaras.
¡Ah, las cámaras!

Por otro, el guión de Betty Schaefer -que encarna Nancy Olson-, la lectora de guiones en la Paramount que quiere escribir con Gillis una historia de amor: Se trata de dos profesores y sus desgraciadas vidas. Ella da clase por la mañana y él por la tarde. A Gillis no le apetece mucho, a quién le va a interesar las vidas de dos maestros, aunque propone una idea (de guionista) que a ella le encanta: No se conocen, pero comparten la misma habitación. Sale más barato. Duermen en la misma cama. Por turnos, claro. Y acaba escribiendo con ella, a escondidas de Norma Desmond,  porque prefiere la compañía de Betty a la de la vieja y loca actriz que lo ha convertido en una suerte de elixir de la juventud. En realidad, Gillis transita entre dos imposturas, dos guiones, dos forma de cine -el de la fábrica de sueños y el de fábrica de la realidad (podríamos decir entre el cine de Hollywood y el cine neorrealista)-, pero cine al fin y al cabo, porque a eso se reduce su vida, un vacío que se llena con historias.


Siete semanas después el guión ya tenía cincuenta y tres páginas, y la primera versión completa del guión lleva fecha del 21 marzo de 1949, cinco días antes de que empezara el rodaje. Claro, ese guión, no es la película; es bastante parecido, pero no es lo que vemos en la pantalla: los diálogos son más afilados, están más pulidos, y la puesta en escena definida.

Arriba, Wilder dirige a Gloria Swanson; 
abajo, comprueba el encuadre


De hecho -no puede ser de otra manera-, Wilder escribía mientras rodaba, día a día, aprovechando la química entre los personajes. En fin, como siempre, pero especialmente en Sunset Boulevard donde existía tal contigüidad entre el mundo de la pantalla y el mundo de referencia; entre los escenarios reales y los de la ficción, el plató de la Paramount era el plató de la Paramount, las oficinas eran las oficinas del estudio; entre las personas y los personajes, basta añadir que es el propio Cecil B. De Mille quien acude a recibir a Norma Desmond y la acompaña al plató donde él rodaba por entonces Sanson y Dalila; y Hedda Hopper, la columnista de Hollywood, hace de Hedda Hopper; y Buster Keaton de Keaton, etc.

Wilder con Gloria Swanson y Cecil B. De Mille 
en el rodaje de Sunset Boulevard

El rodaje finalizó el 19 de junio. Pero sólo oficialmente. Cuatro días después, Wilder vuelve a rodar la escena de la escalera para conseguir el efecto de desenfoque en el último plano de la película, con Norma Desmond -lista para el primer plano- acercándose al objetivo y saliendo de campo, cuando ya ha perdido la razón pero no su amor al cine:  Qué alegría estar otra vez en el estudio rodando una película (...) Esta es mi vida, siempre lo será. No hay nada más. Sólo nosotros, las cámaras y toda esa gente maravillosa en la oscuridad.


Quizá también Wilder le precisó a Gloria Swanson (o salió de ella, quién sabe) ese gesto de Norma Desmond acercando la mano a la cámara, como para acariciar su objeto de deseo, mientras culmina la danza de Salomé, el guión para el que había cazado a un guionista de segunda, para que le escribiera la película de su retorno.



Entre agosto y octubre de 1949 se monta la película, pero Wilder la sigue escribiendo y rueda un prólogo: llevan el cadáver de Joe Gillis a la morgue donde ya hay otra media docena, y cada uno de los muertos va contando cómo acabó allí. Pero durante un pase (de prueba) previo al estreno de Sunset Boulevard en Evanston (Illinois), los espectadores empezaron a reírse desde el momento en que aparecía un plano detalle de una etiqueta con los datos de Joe Gillis colgada del dedo gordo del pie del cadáver, siguieron destornillándose con las historias que contaban y ya no se tomaron en serio nada de lo que vieron de ahí en adelante. Un desastre. Así que Wilder cortó la escena y Sunset Boulevard comenzó como comienza, con ese plano de una acera con el letrero de la calle que da título a la película, con basura y hojas muertas en el bordillo, y la cámara retrocede lentamente y empiezan a pasar los créditos...


Pero aún pasaron más de seis meses con retoques de montaje y preestrenos hasta que se estrenó oficialmente el 10 de agosto de 1950 en el Radio City Music Hall de Nueva York, un cine de siete mil butacas.

 Colas de espectadores para ver Sunset Boulevard

No fue un cañonazo de público, pero puede considerarse uno de los éxitos de Wilder, sobre todo si se considera que el cine dentro del cine se ve como un repelente para las taquillas. Ante el sombrío y amargo mundo de Hollywood que se desplegaba en Sunset Boulevard, Louis B. Mayer, el de la Metro, -y no fue el único- pensó que aquel judío (Wilder, claro) mordía la mano que le daba de comer. El judío, tan brillante en tantas réplicas de sus películas, en esa ocasión fue al grano: "Que te jodan".

Wilder ensaya la escena del tango con Gloria Swanson

Aquí, a la hora de titular Sunset Boulevard,  no se conformaron con "el bulevar del crepúsculo", como en Francia o en Bélgica.


O "la calle del crepúsculo", como en Italia.



Viale del tramonto. Me gusta el título italiano. Aquí una traducción literal le debía sonar pobre y, ya sabéis, la llamaron El crepúsculo de los dioses.


Desde luego, de todos los carteles, el polaco resulta el más llamativo y el más conceptual; lleva el sello inconfundible de la casa, del diseño polaco, vamos, y se ha recuperado para la carátula de alguna edición de la película en dvd. 


La primera vez que vi Sunset Boulevard fue en algún pase por televisión. Cuando la vi en el cine sólo puede verla, quiero decir, fue como si no la hubiera visto antes, maravillado ante las imágenes iluminadas por el gran John F. Seitz (me pasó algo parecido con Perdición), esa fotógrafía que pareciera capturar el polvo del tiempo, una luz turbia, sucia de soledad y olvido. Tan maravillado estaba que casi no la escuché. Creo que a Norman Desmond le hubiera gustado saberlo.


Sunset Boulevard es una película contada desde una piscina a través de la voz de un guionista ahogado, la voz de un fantasma, de un espectro. Norma Desmond es otro fantasma, un espectro de otro tiempo que busca a través de Joe Gillis la juventud que perdió y un lugar en el cine que la abandonó. demasiado para un pobre guionista. Si Norma Desmond no encontró lo perdido, al menos, como la Salomé que quiso ser, consiguió la cabeza (o sea, el alma) del guionista.


Aquellos seres se desprenden de la vida real y se recluyen en la representación, y devienen sombras que buscan un lugar donde materializarse -la escritura o la pantalla-, donde completarse, donde llenar el vacío de sus vidas con la ilusión de una existencia ilusoria. De ser para otros. Sueño de otros. De toda esa gente maravillosa en la oscuridad. Y siendo un tributo al cine Sunset Boulevard, creo que nunca el cine se ha presentado con un rostro más desnudo y desolado, puro laberinto de espejos (escribió una vez Carlos Losilla, si no recuerdo mal) que fagocita cualquier discurso sobre el mundo, incapaz de decir lo real, pura apariencia y negra impostura; el rostro más negro y fúnebre. De luto. Por todas las almas perdidas. En las sombras. De un cine.

 
Recuerdo otras películas protagonizadas por guionistas, I a Lonely Place (En un lugar solitario, 1949) de Nicholas Ray con Bogart y Gloria Grahame, a partir de un guión de Edmund H. North y Andrew Solt sobre un argumento de Dorothy B. Hughes; Paris - When it Sizzles (Encuentro en París 1960) de Richard Quine con guión de George Axelrod, con un William Holden diez años más viejo que en Sunset Boulevard y con Audrey Hepburn; The Front (1976) de Martin Ritt con guión de Walter Bernstein (uno de los guionistas represaliados durante la caza de brujas) y donde Woody Allen hacía el papel del guionista-tapadera (del título) para guionistas fantasmas; Barton Fink (1991) de los hermanos Coen; o Adaptation (El ladrón de orquídeas, 2002)  de Spike Jonze con guión de Charlie Kaufman. Sin dudarlo me quedo con En un lugar solitario y con Barton Fink, pero creo que ninguna película como Sunset Bulevard ha mostrado el lado oscuro del cine -y de hacer cine-, con tal milagrosa armonía en una arriesgada conjugación de tragedia y comedia, negrura y piedad, vitriolo y ternura, humor y pena, exceso barroco y realismo sucio.  Fue la última película que escribieron juntos Wilder y Brackett. También por eso el cine se viste de negro.