
Joubert es de esos escritores sin obra o con una obra excesiva o con una obra única (literal y metafóricamente). Depende de cómo se mire. Escribió un diario de 9.000 páginas (sí, 9.000) de pensamientos, reflexiones y aforismos. Amigo de Chauteaubriand -que prologó la primera edición de sus Pensamientos en 1838, catorce años después de su muerte-, prefería sus lecturas, sus tertulias, sus sueños, sus caminatas de diez o quince quilómetros hiciera el tiempo que hiciera, que escribir diez líneas. En palabras de Sainte-Beuve, no era de esos que construyen y fundan, sino de los que siembran. Diríase que sacrificó su obra pensando sobre la obra.
Sobre arte y literatura, editado por Periférica, contiene algunas de esos pensamientos cristalizados durante toda una vida de lector, de gran lector (no tanto a lo ancho, sino en lo profundo), de lector devoto, y constituye una poética brevísima y esencial. Aquí os dejo algunos hilos de las reflexiones decantadas por ese escritor inmolado en el aquel de pensar sobre la obra perfecta:
Un libro ordinario no debe contener más que un tema; pero un buen libro debe contener un germen que se vaya desarrollando por sí mismo como una planta.
Hay que tratar a las lenguas como a los campos; para volverlas fecundas, cuando ya no son nuevas, hay que removerlas desde lo más profundo.
No es necesario que haya amor en un libro para que nos encante, pero sí es necesario que haya mucha ternura.
Las palabras son como el vidrio; oscurecen todo aquello que no ayudan a ver mejor.
Homero pintó la vida humana; cada aldea tiene su Néstor, su Agamenón, su Ulises; cada provincia tiene su Aquiles, su Diómedes, su Áyax; cada siglo tiene su Príamo, su Andrómaca, su Héctor.
Una obra de arte no debe de tener el aspecto de una realidad, sino de una idea.
Lo importante, en la elocuencia y en las artes, no está en lo que decimos, sino en lo que dejamos oír; no está en lo que pintamos, sino en lo que dejamos imaginar.
En el lenguaje ordinario, las palabras sirven para nombrar las cosas, pero cuando el lenguaje es realmente poético, las cosas sirven para nombrar las palabras.
El final de una obra debe hacer recordar siempre el comienzo.
Sólo buscando las palabras se encuentran los pensamientos.
Hay mil maneras de decir lo que se piensa, y una sola de decir lo que es.
Antes de emplear una palabra hermosa, hazle un sitio.
Son buenas obras sólo aquellas que han sido durante mucho tiempo, si no trabajadas, al menos soñadas.
Hay que ser profundos en términos claros y no en términos oscuros.
En fin, un breviario de poética (labriega).
