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7/5/13

Los fantasmas de un espíritu


Ayer vino David por casa a mediodía con un precioso regalo: un librito con El espíritu de la colmena a través de la mirada del ilustrador portugués Luís Henriques; el número 9 de la colección  O filme da minha vida editada por Ao Norte -Asociación de Producción y Animación Audiovisual- en Viana do Castelo.


Cada número se compone de una pieza de banda desenhada -un cómic- de treinta páginas sobre un filme elegido por el ilustrador o dibujante, un texto en la solapa de la cubierta a propósito de la película y otro en el cuerpo del libro a modo de presentación de la historia gráfica; en el caso de O Espírito da Colmeia de Luís Henriques. el texto liminar, Olhos de areia, corresponde a João Paulo Cotrim.


Luís Henriques cuenta que un amigo le recomendó la película de Víctor Erice. Primero vio en las niñas una figuración de sus propias hijas, luego El espíritu de la colmena le trabajó los adentros y removió la memoria, como un seísmo emocional, de tal forma que la experiencia del filme acabó hilvanándose con una íntima resonancia, con el devenir de un tiempo recobrado en el curso de la película. Y como El espíritu de la colmena data de 1973, el año que nació el ilustrador, quizá la leyó como esa carta que lo aguardaba desde el alumbramiento. Con el deslumbramiento del cine.


Y vio -y escuchó- muy bien los silencios que respiran tan hondo en el espíritu, por eso decidió prescindir de las palabras en la historia gráfica, apenas dos frases a modo de apertura -Una película enorme- y cierre -Película preciosa-, las palabras con las que el empresario de cine ambulante les anuncia a los niños de Hoyuelos la película (de James Whale) que va a proyectar.


Y mientras la dibujaba, Luís Henriques descubrió los acordes fílmicos, la música de imágenes primordiales y fulgores cardinales que trazan el puente de una mirada entre la pantalla y el espectador, y la experiencia del cine mismo como epifanía y herramienta de conocimiento, de interpretación del mundo, en el camino del espíritu que transita Ana.



Y la textura granulosa -como de ceniza (del tiempo)- en la obra gráfica de Luís Henriques denota esa conmoción íntima en las imágenes que (se) aparecen tras un seísmo (emocional), o quizás en las ruinas de la memoria -sombras o manchas a modo de reminiscencias (o de restos arqueológicos)-, o quién sabe si como fantasmas prendidos en las paredes de aquel pueblo o en la pantalla pintada del local donde se proyectó El doctor Frankenstein.


O como afloramientos en la tierra misma (de los campos de Castilla) donde Ana buscaba la huella de un espíritu.  

10/4/13

Resistencia


El amigo David me cita en el Castro de Baroña. Le llevo El crimen del soldado de Erri De Luca. Me trae el Diario de 1920 de Bábel -la edición íntegra que publicó la revista Debats en 1992- y una copia de Paseo por el amor y la muerte de John Huston. Casi parece una cita clandestina. Me habla de La rama dorada de Frazer, que está releyendo (y me acuerdo del maestro).


Y de una hermosa historia de resistencia que cuenta Erri De Luca en El crimen del soldado, a propósito de la revuelta del gueto de Varsovia durante la ocupación nazi. Lucharon durante un mes con las armas en la mano antes de ser aplastados. Pero los combatientes, sabedores de lo que les aguardaba, trataron de preservar lo que debía sobrevivirles: las palabras.

Los insurgentes del gueto intentaban poner a salvo a los poetas, a los escritores. Lo mismo que hacen los árboles rodeados por las llamas: lanzan lejos sus semillas. 

2/5/12

Las voces de las piedras



Las piedras hablan calladas y dicen cosa distinta con la distinta luz de las horas de cada día (como decía Juan Ramón Jiménez, y le gusta citar a Andrés Trapiello, a propósito de los libros en distinta edición).





Estos muros (valos, valados)-y cuando digo estos muros quiero decir muros como éstos, muros así, en cualquier lugar del mundo- deberían ser declarados Patrimonio de la Humanidad.



Los viejos -nietos o bisnietos de quienes los levantaron-, que me ven fotografiarlos, a veces sonríen, a veces dicen cuatro palabras -¿ghústanlle as pedras vellas?-, a veces las dos cosas, a veces nada, sólo miran, quizá con una pregunta en los ojos que uno interpreta de forma distinta según el día. 



Cómo podría decirles, por ejemplo, que estas piedras viejas cuentan historias muy bellas -y dolorosas y sangrientas y terribles- del arte de habitar, sin ir más lejos. Historias que quién sabe si ellos tampoco quieren recordar. Historias de la puerca tierra que han quedado enterradas en la memoria bajo una montaña de olvido.



Gracias a los pasos del héroe supe, por recomendación simultánea de Pepe Coira -en un comentario- y David Pérez Iglesias -en un correo-, de capítulo cero, el blog de Manuel Gago. Fue uno de los descubrimientos del año en curso, parada y fonda obligatoria en la sección Notas arqueolóxicas, como Un enigma no alto de Monte Louro, O mediodía na Pena Furada, o Mirarlle a cara a un antigo deus.

Moura de Pena Furada

El territorio de Galicia que hemos heredado se nos aparece amojonado de piedras animadas, escrito en un alfabeto esculpido por el tiempo, sembrado de signos hospitalarios para la mirada. Heredamos una gramática aún por descifrar, una sintaxis de formas y luz, habla de antiguos dioses amigos del ocaso -un Deus antigo / amigo do sol, me recordó David que escribía Avilés de Taramancos-, nautas de los tiempos heroicos, de singladuras atlánticas en barcas de piedra. Una gramática con el tacto de las cosas primeras. Una poética primordial. Una memoria de silencio. Que se escucha.


Me gusta pensar que alguno de esos dioses -amigo de los ocasos, desde luego, pero también de los acasos- sabe reír; un dios con sentido del humor, vamos. Y se ríe al ver cómo aprendemos a leer la tierra heredada (sólo) con una gramática mitad arqueología, mitad sueño; mitad Historia, mitad historia; mitad lenguaje, mitad mito. Porque sabemos -nos iluminó Valle-Inclán con La lámpara maravillosa- que el mensaje de las piedras, como el verbo de los poetas, (...) no requiere descifrarse por gramática para mover almas, porque su esencia es el milagro musical. Y quién puede dudarlo, además de reír, ese dios -en el que Nietzsche podría creer- sabe bailar. Y, para seguirle los pasos, al alma (sólo) le hace falta escuchar con los ojos las voces de las piedras.


(Las fotografías de a moura de Pena Furada en Coirós se deben a Elisardojm.)


21/10/11

Por qué hemos tardado tanto...



¿Por qué hemos tardado tanto en ver otra vez esta película? Eso pregunta Ángeles cuando acaba Esplendor en la hierba. Se estrenó por estas fechas hace cincuenta años y han pasado casi cuarenta desde que la vimos en aquel cine Yut de aquel Tuy, imagino que se trataba de una reposición porque aquí se había estrenado en enero de 1963.


La pasaron varias -por no decir muchas- veces en televisión, la tuvimos grabada en vídeo y, desde hace años, a menudo le he puesto los ojos encima al dvd. Pues nunca la habíamos vuelto a ver, ni la he recomendado ni siquiera mencionado nunca en ninguna clase, y en esta escuela la cité apenas en tres ocasiones, pero dos de ellas a propósito del director de fotografía y del actor protagonista respectivamente, y la otra incluyéndola en una serie de películas con un poema dentro. Y la verdad, si hemos visto otra vez Esplendor en la hierba, es porque anda uno remirando algunas de esas películas con poemas de cine para continuar aquella serie.


Por qué hemos tardado tanto... Recordaba como si fuera ayer la última secuencia de la película, sin duda uno de los más bellos -y tristes- finales de la historia del cine; un final nada Hollywood y realmente moderno.


Desde luego temía que la memoria hubiera hermoseado esa secuencia pero, las cosas como son, si no he vuelto a Esplendor en la hierba antes, es porque se trata de una película de Elia Kazan, con el que casi siempre mantuve una relación digamos incómoda, de profundo malestar, y eso que había empezado muy bien con Pánico en las calles (1950) en una sesión continua a mediados de los sesenta en el Teatro Principal,


aunque en aquel tiempo no me fijaba en el director,

Elia Kazan en el rodaje de Pánico en las calles

y continuó a finales de la década o a principios de la siguiente -a esas alturas ya sabía que Kazan era un director del que había visto aquella película- con una novela suya que encontré en la biblioteca municipal, El arreglo, sin saber que con ese material había hecho una película titulada aquí El compromiso (1969)-, que pude ver cuando se pasó por televisión.

Elia Kazan dirige a Faye Dunaway y Kirk Douglas 
en El compromiso

Hasta que en una sesión del Cine-club de Tui, en 1974, durante la presentación de La ley del silencio (1954) Miguel Ángel Santos Guerra nos habló de la caza de brujas y de cómo Elia Kazan había delatado a sus compañeros. Desde aquel día el cineasta se convirtió para uno en el símbolo de la traición y en el delator por excelencia del cine (por encima incluso de El delator de Ford).

A la dcha., Elia Kazan con Marlon Brando y Eva Marie Saint 
en el rodaje de La ley del silencio

Conviene añadir que vi casi todas las películas de Kazan, y leí sus exuberantes memorias -las casi mil páginas de Mi vida- y el libro de entrevistas con Michel Ciment, pero desde aquel día de La ley del silencio vi todo lo de Kazan con el colmillo retorcido. Y aun así me gustaron mucho algunas de sus películas, en especial las tres que encadenó a principios de los sesenta: Río salvaje (1960), Esplendor en la hierba (1961) y América, América (1963). Me resultan cargantes algunas de sus películas más famosas Un tranvía llamado deseo (1951), Viva Zapata (1952) o Al este del Edén (1955).

Elia Kazan con Julie Harris en el rodaje 
de Al este del Edén

En fin, que mi relación con Kazan fue irritante, enojosa y, por momentos, perturbadora pero, como queda demostrado, amojonada por la fidelidad. Creo que tampoco está de más apuntar que el hecho de que Kazan se convirtiera en un símbolo de la delación -y aun de toda aquella época infausta- se debió en buena medida a su notoriedad como director teatral -el más importante del teatro americano a comienzos de los cincuenta- y a una carrera cinematográfica en alza, pero también a su propia actitud que se percibía como desafiante, insolente y arrogante.


Porque, todo hay que decirlo, si Kazan denunció a dieciséis  personas, Robert Rossen delató a más de cincuenta, pero el director de El buscavidas nunca concitó el rechazo público de aquél, aunque sí el desprecio de aquéllos que se sintieron traicionados y de los que fueron perseguidos. Pero si Rossen arrastró aquella debilidad como un baldón, Kazan lo hizo con la cabeza alta y, eso sí, nunca, ni en una sola línea de sus memorias intentó gustar a nadie ni que se le perdonara lo que había hecho, lo contó pero no lo justificó, desgranó sus razones pero no descargó su conciencia, simplemente lo llevó a cuestas. Aquel malestar, ese exceso, este desbordamiento de Kazan lo encontramos también en sus películas, donde se destila un retrato doloroso y nada complaciente de América y del propio cineasta.

Elia Kazan trabajando en El arreglo / El compromiso

A finales del pasado abril David Pérez Iglesias escribió para contarme que un grupo de sus alumnos de SonCine, mientras rodaban una peliculita sobre el cine Queiruga (de Queiruga) abandonado desde hace años, quizá décadas, encontraron en la ya ruinosa cabina de proyección un programa de mano de Baby Doll (1956)  -iluminada (como La ley del silencio y Esplendor en la hierba) por Boris Kaufman, el director de fotografía de las películas de Jean Vigo, como L'Atalante- y nos preguntamos que impresión causaría aquella película en la parroquia, qué les removería por dentro a quienes la vieron, de qué hablarían a la salida del cine, a pesar de que la censura la masacró con cortes que la volvían casi incomprensible (la versión íntegra no se estrenó hasta 1982);


a principios del verano Esther me preguntó si no pensaba continuar la serie de poemas de cine y, de paso, hablar de Esplendor en la hierba; y el pasado domingo vi Carta a Elia, un tributo fílmico de Scorsese a Kazan, el cineasta que despertó su vocación con películas que lo veían mejor de lo que él mismo se conocía y que le hablaban de cosas que nadie podría contarle, y que le hizo preguntarse qué tipo de persona debía ser un director de cine. Analizarse a sí mismo sin luces favorecedoras -declaraba Kazan-, eso es lo que hace ese tipo de persona que es director de cine. Eso se lo debemos. Parecía que los azares conspiraban -sería el destino- para traer Esplendor en la hierba a esta escuela.


Esplendor en la hierba puede verse como un retrato de una América a las puertas de la gran depresión a través de los protagonistas -Deanie (Natalie Wood) y Bud (Warren Beatty)- y sus familias en una pequeña ciudad de Kansas. Una historia de padres e hijos pespuntada con una historia de amor. Cuando la vi por primera vez no pude dejar de verla, más allá de las apariencias (americanas) como un retrato de Tui en aquella frontera de los sesenta y setenta, sobre todo en aquel vector que me atravesaba más directamente: la represión sexual. También se ve como una muestra del genio de Kazan como cineasta, con pleno dominio de los resortes del lenguaje cinematográfico, tanto en la vertiente de la dirección de actores, recuperando a Natalie Wood -a la que todos daban por acabada tras la fulguración de Rebelde sin causa- y llevándola con mano firme aun en el paroxismo de la escena de la bañera, donde conjuga una vez más el simbolismo del agua -pureza, sexualidad, amenaza, olvido, muerte- que enhebra significativamente toda la película,


como en la puesta en escena y los encuadres donde aflora aquello que las palabras acabarían por neutralizar, aplastar o ensordecer, como el último plano de Deanie en la clínica,


o aquél que nos la muestra de vuelta en su habitación, en la casa familiar, ante el espejo donde sólo quedan las huellas del altar que un día dedicó a Bud.


Pero quizá la grandeza de la película se cifra en ese desenlace donde cristaliza todo cuanto hemos visto y vivido -sueños y heridas, esperanzas y dolores, recuerdos y pérdidas que se injertan en el encuentro (y despedida) de los protagonistas-, donde Bud y Deanie no pueden decir lo que quizá quisieran expresar pero que tampoco sabrían cómo hacerlo, porque no hay palabras que dieran cuenta de lo que sólo el silencio y las miradas pueden ayudarnos a vislumbrar.


Después de verla otra vez, compruebo que la memoria no me había traicionado, aquel final que tan bien recordaba es, si cabe, aun mejor, quiero decir que ahora puedo valorarlo, por así decir, con más conocimiento de causa, y no tiene nada de extraño que se convirtiera en la motivación primordial de Kazan para realizar la película. El cineasta confiesa en sus memorias que el ultimo rollo de Esplendor en la hierba es lo que prefiere de cuanto rodó.

Elia Kazan con Warren Beatty y Natalie Wood en el rodaje
 de Esplendor en la hierba

Esplendor en la hierba germina en una historia de William Inge, el autor de libretos como Picnic y Bus Stop, llevados al cine por Joshua Logan a partir de respectivos guiones de Daniel Taradash y George Axelrod. Elia Kazan y William Inge se hicieron amigos en el curso del montaje teatral de La oscuridad al final de la escalera y, cuando el cineasta le preguntó si tenía algún material que se pudiera convertir en un guión, el dramaturgo le contó la historia de una pareja de jóvenes de Independence (Kansas), el pueblo donde había vivido. A Kazan le valía, pero lo que le impresionó de verdad fue sobre todo el final, aunque también le tocó la fibra íntima la motivación que le confesó Inge: Me gustaría contar una historia de cómo debemos perdonar a nuestros padres (resulta ejemplar el abrazo de Deanie con su madre donde se conjuga el perdón con la distancia con que ya se ha alejado). Así que Inge escribió un tratamiento que Kazan convirtió en un guión que Inge reescribió y que Kazan pulió.


El rodaje parece que transcurrió como la seda, fue la película más fácil de dirigir para el cineasta: Las escenas escritas por Bill [Inge] fueron las más sencillas que nunca he realizado. En sus memorias y en entrevistas, Kazan no ahorra elogios sobre el talento del escritor como narrador de historias y la de Esplendor en la hierba tenía el ingrediente esencial: era un desarrollo de incidentes que llevaban a un verdadero desenlace.


Para Kazan, el desenlace de Esplendor en la hierba es el que, de todos sus filmes, muestra una mayor madurez. Vale la pena reproducir aquí cómo lo evoca el cineasta con Michel Ciment: Cuando ella [Deanie / Natalie Wood] visita al muchacho [Bud / Warren Beatty] y éste está casado, hay algo ahí muy hermoso y que no logró comprender verdaderamente [en toda su profundidad, debería haberse traducido]. Esto va más lejos de todo lo que he hecho; y surgió así sin más. No es un final feliz en los términos de la mitología hollywoodiense, pero sí en términos de la vida real. Sobra decir que lo de surgió así sin más no debe entenderse en un sentido literal, sino más bien como el deslumbramiento de una epifanía. Y Kazan acaba confesándole a Ciment que fue por ese final que hizo la película, un final en el que Tavernier y Coursodon han percibido la huella de un pasaje de Mi Antonia de Willa Cather: nos reencotramos como en la vieja canción, en silencio, al borde de las lágrimas. Y justo en ese no comprender verdaderamente es donde los versos de Wordsworth despliegan, desde el centro de gravedad de la película (los escuchamos por primera vez cuando casi ha transcurrido la primera hora) toda su pregnancia reveladora en el sentido del que hablaba Thoreau a propósito de la poesía: Es, en realidad, todo lo que no sabemos.



What though the radiance which was once so bright 
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering;
In the faith that looks through death,
In years that bring the philosophic mind.

(Fragmento de Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood de William Wordsworth.)

...aunque el resplandor que brilló tanto un día
esté ahora para siempre lejos de mis ojos,
aunque nada pueda devolverme el instante
del esplendor en la hierba, de la gloria de las flores,
en vez de llorar, saquemos
fortaleza de todo lo que vimos,
de esa primordial simpatía
que existió entonces y siempre existirá;
del pensamiento en calma que surge
del sufrimiento humano,
de la fe que es capaz de mirar a través de la muerte
y de los años que forjan la mentalidad meditativa.

(La traducción -la única que tengo ahora a mano- es de Ángel Rupérez, imagino que básicamente literal, y ganas me dan de "recauchutarla", pero, a fuerza de voluntad, me resisto.)

Es decir, el poema de cine no aclara ni simplifica sino que revela el profundo misterio que destila el aquel de vivir, como una frágil candela en las tinieblas; eso que se nos escapa y del que las palabras apenas consiguen aprehender una bella sombra fugitiva, esos versos que nunca podremos olvidar... aunque nada pueda devolverme el instante / del esplendor en la hierba, de la gloria de las flores... y que vuelven a la memoria de Deanie al final, mientras se aleja para siempre del amor de su vida, que regresa al presente y alienta en su mirada, la memoria de aquella belleza perdida donde encuentra la iluminación para seguir viviendo.


Le debo a Esplendor en la hierba el descubrimiento de Wordsworth y quizá también el trabajo (demoledor) del tiempo, en aquellos años cuando uno se creía a salvo de sus ultrajes. Nadie lo ha dicho mejor que Rivette en el número de junio de 1962 de Cahiers du cinéma:  [Esplendor en la hierba] se aplica a describir el trabajo mismo del tiempo, esa oscura degradación y metamorfosis que convierte a una pareja de enamorados en dos extraños para ellos mismos, que hace de un poderoso un hombre roto, de un país estable un país a la deriva, de una moral establecida una moral caduca. El desplome o la transformación de los valores, de todos los valores, tal es el eje de una película cuyas diversas voces se unen bajo el común denominador de la idea de crisis. Ahora también me pregunto yo por qué hemos tardado tanto...

26/6/11

Letras

Debía tener diez años. Era domingo y estaba castigado, mirando por las vacas mientras pastaban. No recuerdo por qué pero el caso es que mi madre, gracias a alguna intercesión poco menos que divina, me levantó el castigo. Faltaba menos de media hora para el cine. Echaban Scaramouche. Me cambio de ropa y calzado en un vuelo, mi tía me da dos duros cuando ya salgo por la puerta, contesto que sí a si llevo un pañuelo limpio mientras echo a correr. Y sigo corriendo dos kilómetros y medio, tomo el atajo de la Cuesta del Piñeiro y subo la calle Sanz -otra puñetera cuesta- hasta el Cine Yut -en Tuy (ahora Tui), claro-, me pongo a la cola, sudando, sofocado... Pasan unos minutos de las tres y media de la tarde y me veo echando chispas ante la parsimonia con que los otros rezagados me mortifican. Al fin tengo la entrada, se la  doy al portero y le pregunto si ya empezó: "Qué va, están con las letras", dice tomándose su tiempo para cortar la entrada. ¡Las letras!


Como si las letras no formaran parte de la película. Como si fueran prescindibles. Cómo no iba a estar empezada la película si ya estaban con las letras. Si las películas, para mí, ya habían empezado días antes, con el programa de mano, pongamos por caso uno como éste,


pero no daban programas de mano para las películas de la sesión infantil, como era el caso de Scaramouche; lo traigo aquí porque me alegró mucho encontrarlo en el mercado de Sant Antoni de Barcelona muchos años después. Sí, las películas ya habían empezado con el cartel en un lateral de la cárcel o sobre los soportales junto a las escaleras de Rogelio,

Creo que el cartel no era éste, 
pero podría haberlo sido.

con los cuadros en el vestíbulo del Yut, o del Bolívar, o del Teatro Principal,

 Como éste pero con el texto publicitario en castellano.

con la película soñada que había germinado y que casi había proyectado en mi cine interior cuando, castigado, pensaba que ya no podría verla. Tuve que esperar años para ver al fin ¡las letras! de Scaramouche en un pase por televisión.

Me acordé de aquel día de mis diez años después de charlar a propósito de tipografía y composición de títulos de crédito -y de diseño editorial- con Suso Vázquez, diseñador gráfico -de Desescribir- y ex-alumno de David Pérez Iglesias, armadanzas del Encontro Audiovisual Escolar Galego  que nos reunió en el IES de Porto do Son el pasado 27 de mayo. Siempre me cautivó el encaje de las letras en la gráfica de los carteles de las películas. Recuerdo una tarde a mediados de los ochenta hojeando y ojeando con el maestro y Luis Borrajo un libro de gran formato con carteles de toda la historia del cine que María Ble, una amiga nuestra que ahora visita esta escuela desde Nueva Zelanda, nos había traído de Londres. También el maestro y Luis se admiraban del milagroso acoplamiento de la tipografía, de las letras, en el diseño gráfico.











Los carteles, como los cuadros, permitían además una contemplación demorada y, como objetos, podían llegar a poseerse, tocarse, propiciaban su colección y el fetichismo. Durante bastantes años coleccioné carteles de películas pero sólo de las que me gustaban y aquellos que podía obtener en los cines donde se proyectaban. En cambio, las letras -tardé aún años en saber que se llamaban títulos de crédito- representaban sólo la puerta de entrada al mundo de la película -el género, más que nada-, pocas veces llamaban la atención y, como comprobé después, sus autores ni siquiera aparecían acreditados; eso sí, deletreaban una promesa de felicidad.





Empecé a prestarle atención a las letras cuando dejé de verlas como letras y afloraron como signos, por así decir, delatores de ciertos latidos del corazón de la película: el tema, la atmósfera, el tono... Así, el diseño de los créditos engastaba lo que acabó denominándose el concepto de la película. Por eso, aunque Las aventuras de Robin Hood (1938) de Michael Curtiz fue una de las primeras películas de mi vida, no sería hasta mucho después cuando caí en la cuenta de que fue una de las primeras películas donde el logo -de la Warner Bros- había sido integrado como elemento gráfico del códice medieval que inspira el concepto de los créditos del filme, como hará veinte años después el gran Saul Bass con el logo -de la Metro Goldwyn Mayer- en la secuencia de los créditos de apertura de Con la muerte en los talones. Sí, probablemente fue con Saul Bass cuando las letras cobraron visos de código genético de la película. Como en Psicosis...


De todas formas siempre mantuve una relación conflictiva con los créditos.Como no admirar los de Se7en -de Kyle Cooper y Jenny Shainin-


o los de Atrápame si puedes -de Oliver Kuntzel y Florence Deygas-,


pero quizá -depende el día- me resultan excesivos, deslumbrantes, demasiado para ser (sólo) letras, un copioso postre cuando le cuerpo sólo nos pide un aperitivo; y cuántas veces los créditos parecen independizarse de la película o son lo único memorable que guardamos de ella, lo que bien mirado puede considerarse un consuelo. 


Por otro lado, qué lástima la tipografía elegida para los créditos de El espíritu de la colmena, que casa tan mal con el código genético del filme cifrado en las imágenes primordiales de los dibujos infantiles, como la pantalla de cine con patas, ¿recordáis? Qué bien se conjugan sin embargo tipografía y diseño gráfico en los créditos de Dan Perri para Toro salvaje. 


En fin... Hubo una época en que suspiraba por películas sin créditos de apertura. Fue después de Apocalypse Now, que se abría sobre aquel palmeral, las explosiones de napalm, el zumbido de los helicópteros y el The End de The Doors, la voz de Jim Morrison... que destilaba una visión de Vietnam a través del filtro de una experiencia lisérgica. Y las letras... al final.

A finales del pasado abril asistí a un seminario sobre Godard celebrado en el CGAI y, aunque a uno ya no le apetece participar activamente en los coloquios, no pude resistirme a apuntar un hilo cardinal -y tan olvidado- de la obra del cineasta, el humor, que tantas veces utiliza, ora como bisturí ora como sátira ora como slapstick. Pues bien, tampoco se suele valorar la maestría de Godard como diseñador de títulos de crédito, de Une femme est une femme (1962),


de Les carabiniers (1963), con la propia caligrafía de Godard,


que remiten a la pizarra de El testamento de Orfeo de Cocteau estrenado cuatro años antes,


de Bande à part (1964),




de Pierrot le fou (1965),




Quién puede dudar que Godard se ha ganado el título de tipógrafo del cine. O de cineasta de letras.