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8/11/20

El final, un principio (o viceversa)

 

Berlanga contó en numerosas entrevistas que un abogado amigo suyo, testigo de oficio en la ejecución de Pilar Prades, la envenenadora de Valencia, le relató cómo el verdugo se vino abajo y tuvieron que arrastrarlo hasta el patio de la prisión, donde se ubicaban los trebejos para la aplicación del garrote vil con que ultimar a la condenada. Ese relato devino el germen de El verdugo. (Os recomiendo este cuaderno sobre la película.)

Cabe dudar del cuento. (Manuel Vicent lo discute en una columna de El País.) Pasada la media hora de Querídisimos verdugos (1977), de Basilio Martín Patino, el ídem Antonio López Sierra cuenta la ejecución de Pilar Prades el 19 de mayo de 1959. Según su versión, todo el mundo estaba muy nervioso, tanto la condenada como el director de la cárcel y los testigos, y la ejecución se retrasó tres horas por si llegaba el indulto. En unas líneas del guión de El verdugo, que la censura previa eliminó, se leía:

JOSÉ LUIS: ¿Cuándo va a llegar el indulto?

FUNCIONARIO: Casi nunca llega.

Por supuesto tampoco podemos creernos del todo el testimonio del verdugo. En El caso de las envenenadas de Valencia (1985), de Pedro Olea, el cuarto episodio de la serie La huella del crimen, nos cuentan el caso de Pilar Prades, encarnada por Terele Pávez (la hermana de Emma Penella, que da vida a Carmen, la mujer de José Luis/Nino Manfredi, en El verdugo). En un momento de la secuencia de la ejecución, le inyectan un sedante al verdugo, al borde de un ataque de nervios. Otras fuentes consideran un eufemismo lo del sedante: directamente lo emborracharon para que estuviera en condiciones de actuar. Verosímil desde luego. Sobre todo si vemos la escena (terrible) de la ejecución en Salvador (Puig Antich), de Manuel Huerga, estrenada en 2006, porque fue el mismo Antonio López Sierra el verdugo encargado de aplicarle el garrote vil al militante anarquista, una escena que muestra lo que la película de Berlanga deja fuera de campo. 

Cada vez me convence más que aquel relato -quizá similar, quizá distinto- del abogado amigo suyo fermentó en la imaginación del director para cuajar una idea germinal: esa figura del verdugo arrastrado hasta el garrote vil, como si de un condenado más se tratara. Como dice Antonio Lobo Antunes, la imaginación no existe, es memoria fermentada. También contaba Berlanga que nunca visualizaba nada antes del rodaje; la imagen surgía en la localización, en el decorado, mano a mano con los actores, en el follón del rodaje. Salvo con El verdugo. Fue la única vez que vio una imagen a modo de premonición: 

Una gran sala blanca, enorme, con una puertecita muy pequeñita al fondo, exactamente como salió en la película, y dos grupos arrastrando a dos personas. (...) una, la que va a morir, y la otra, la que va a matar. Y entonces los dos arrastrados por esos dos grupos que para mí eran, pues eso, la sociedad obligando a morir al que va a morir y obligando a matar al que va a matar.

En alguna ocasión, Berlanga puntualizó que por una vez Rafael Azcona aceptó, a regañadientes, empezar una película por el final. (O, seamos precisos, por el clímax.) Al parecer, el guionista, tras escuchar el relato germinal que le cuenta el director, comentó: Bueno, sólo hay que añadirle hora y media más. Entonces procedieron a hablar el guión. Y eso suponía que Azcona y Berlanga iban a encontrarse durante semanas -y aun meses- en una cafetería lo más concurrida posible, normalmente desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde, y hablarían de lo divino y de lo humano hasta que el arco de la historia quedara trazado con precisión. Llegado ese momento, Azcona traía al café una escaleta (una lista de escenas, una cadena de situaciones, un hilo de nudos de acción) , y a partir de ahí comenzaba el trabajo de escritura. Hablar el guión era la forma de descubrir qué historia quería contar el director. Ése era el método de trabajo de Azcona:

Apenas entré en el cine, comprendí que a la pregunta: ¿Tú tienes una idea? el guionista debe responder negativamente, porque en el cine, las ideas, por muy vagas y vaporosas que sean, conviene que se le ocurran a los directores o, en alternativa, a los productores; es algo que les hace mucha ilusión.

Las películas son de los directores, mientras que el guión es como el encofrado de un edificio, que tiene que estar pero no se puede notar. 

Eso sí, cada guión, una cafetería. En el caso de El verdugo, el teatro de operaciones fue la cafetería California de la calle Goya en Madrid. En realidad, el método de Azcona es el único que cabe contemplar según Poe en su ensayo Filosofía de la composición (traducido por Julio Cortázar):

Resulta clarísimo que todo plan o argumento merecedor de ese nombre debe ser desarrollado hasta su desenlace antes de comenzar a escribir en detalle. Sólo con el desenlace a la vista podremos dar al argumento su indispensable atmósfera de consecuencia, de causalidad, haciendo que los incidentes y, sobre todo, el tono general tiendan a vigorizar la intención. 

O sea, el guión se escribe desde el final; con el final a la vista. Los reparos de Azcona tenían que ver con el sometimiento del proceso -hablar el guión- a un final decidido por anticipado, sin haber palabreado el argumento, el arco de la historia que afloraba entre otros mil asuntos -como de costumbre-, hasta encontrar el final propicio. De hecho, les llevó más tiempo armar la trama de El verdugo que la de cualquier otra película de Berlanga con Azcona. 

El ensayo de Poe (en torno a la composición de El cuervo) se centra en  la unidad de impresión, el efecto soberano que sólo podría conseguirse si una obra podía leerse de un golpe. Como también las películas se veían de una sola vez, Filosofía de la composición se convirtió en el texto cardinal que inspiró los primeros manuales de guión de la industria de Hollywood, redactados a requerimiento de los productores, para saber cuánto iban a costar las películas y planificar al detalle los rodajes. El guión, entonces, herramienta de la producción. Texto combustible de la maquinaria que fabrica la película. Caray, adónde vinimos a parar desde una escena germinal tan atroz. Claro que Poe no es mala compañía en semejante deriva. 

O Goya. Ricardo Muñoz Suay, ayudante de dirección en El verdugo, repartió entre la prensa folletos sobre la película, durante la presentación el 31 de agosto de 1963 en el Festival de Venecia, con una reproducción de un grabado de Goya, El agarrotado. Vienen muy a cuento otras dos fechas: el 20 de abril fusilaron al comunista Julian Grimau (cinco días antes había empezado el rodaje de El verdugo) y el 17 de agosto agarrotaron a los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado (catorce días antes del estreno en Venecia). El revuelo de la presentación de El verdugo se aprovechó para un ajuste de cuentas entre las familias políticas de la dictadura franquista y los ecos de la mala imagen internacional de España que proyectaba la película llegó a un consejo de ministros donde Franco sentenció: Berlanga no es comunista; es algo peor: un mal español. ¿A que suena muy de ahora mismo? 

Berlanga en el rodaje de El verdugo.

El principio, un final.


27/9/20

El bolígrafo


Cada vez que un/a guionista colabora con un/a director/a (o viceversa) en un guión se trama una relación que puede cobrar visos diferentes y ser rememorada con sentimientos marcadamente distintos por uno/a y otro/a. En todo caso, pasarse horas juntos día tras día (y semana tras semana) en un café, un despacho, la habitación de un hotel, a la sombra de un árbol o en un cuarto de trabajo puede propiciar una experiencia que oscila entre una íntima sintonía y un trance insoportable (y hasta acontece que arranque como lo primero y acabe como lo segundo, y aun viceversa, pero uno nunca lo vivió). 

Seguro que esas manchas de sangre en la guía telefónica 
no figuran en el guión de Year of the Dragon, 
pero llevan la firma de Michael Cimino, 
un cineasta obsesivo con los detalles; flaubertiano, diríamos.

Uno de estos días leí un artículo de Oliver Stone sobre su colaboración con Michael Cimino -el director más napoleónico con el que haya trabajado, decía- para escribir el guión de Year of the Dragon (1985), titulada aquí Manhattan sur. Recordaba que disfrutó mucho con la investigación; fueron a Chinatown y celebraron mil banquetes con mafiosos chinos. En cuanto al guión propiamente dicho, Cimino hablaba y Stone escribía. Banquetes con mafiosos chinos aparte, no era muy distinta la relación de Hitchcock con sus guionistas. 

Ernest Lehman y Alfred Hitchcoch 
a vueltas con el guión de North by Northwest (1959). 

Don Alfredo no escribía una línea jamás; si llegado el momento había que reescribir encima de la fecha -o en el curso- del rodaje siempre podía contar con Alma Reville, su script doctor de cabecera. 

Alma Reville y Alfred Hitchcok 
con el guion de Marnie (1964) mediante.

No muy distinta tampoco a la relación de Billy Wilder con Raymond Chandler. Wilder, paseando o tumbado en el sofá, hablaba y azotaba el aire o las persianas del despacho con la fusta y Chandler se subía por las paredes.

Raymond Chandler, sentado, en un plano de 
Double Indemnity (1944), que escribió con Billy Wilder.

A propósito del trabajo con Budd Schulberg en el guión de A Face in the Crowd (1957), Elia Kazan le contó a Jeff Young:

Trabajé codo con codo con él en la concepción y la ordenación de las escenas, pero jamás escribí ni una palabra. Mi contribución no tomó forma de lenguaje verbal, de diálogo, sino de lenguaje cinematográfico. (...) Trabajamos juntos en el movimiento básico de la historia; lo que se suele llamar continuidad. Luego desaparecí y Budd escribió un primer borrador completo.

Dicho de otra forma: el guionista escribe el guión y el director escribe la película, una escritura (fílmica) que cuaja a través de la puesta en escena y del montaje. Continúa Kazan:

Afortunadamente, he mantenido buenas relaciones con los autores. Los he protegido. Jamás he cogido el bolígrafo. Esto es muy importante. No emborronarles sus escritos. El director no debe restar importancia a la identidad del guionista como autor. Debes intentar sacar lo mejor de los guionistas liberándolos. Que se enfrasquen en los problemas reales, en lugar de empeñarse en gustarte a ti. Soy muy firme e insistente, de modo que tengo que ser especialmente considerado y no decir jamás: Hazlo a mi manera. 

(Sobra decir que las negritas son mías.) Kazan tenía presente que los guionistas están en guardia contra el director que escribe. Y no les faltan motivos. La verdad es que a uno más de una vez le entraron ganas de decirle a un/a director/a (y no precisamente de una galaxia muy lejana -y no necesariamente por guiones míos, que también-): Deja el bolígrafo, no emborrones el guión y dedícate a escribir bien la película, que bastante trabajo tienes con ocuparte de la puesta en escena. Hazle caso a Kazan. 

Fotograma de A Face in the Crowd.

Y hablando de bolígrafos...

¿Sabéis que la marca Bic se le debe a Raymond Savignac, el autor de espléndidos carteles de las películas de Bresson?


7/4/09

Tu propia historia


En esta última década hemos asistido a una hiperinflación de cursos, talleres y clases magistrales sobre la escritura del guión. Resulta paradójico si pensamos que se trata de un oficio que, en el mejor de los casos, se puede aprender pero no se puede enseñar. Pareciera que el guión alcanzó un lugar de privilegio en la producción cinematográfica y televisiva, como si del nuevo ídolo de la ceremonia audiovisual se tratara. En realidad forma parte de un gigantesco malentendido.

Lo que aparece en la pantalla tiene que quemarnos. Algo así decía Jean-Marie Straub. Debe ser tan vivo lo que nos interpela que nos palpe las entrañas con un tacto ardiente. De tan verdadero. El guión debe servir para acercarnos al momento del rodaje en condiciones de descubrir, de aprehender, de filmar lo que tenemos ante la cámara como quien acaricie un pedazo de vida palpitante (que ha sido creado ante nuestros ojos). Una imagen tan viva como sólo el cine, en cuanto arte de representación de la realidad a través de lo real, es capaz de procurarnos. Una mirada sobre la vida, que celebra la vida.

El desarrollo del guión constituye una herramienta (una entre otras) para abordar la operación de desvelamiento de lo real, del revelado de la vida en un filme. La función del guión –contribuir a limpiar los ojos y afilar la mirada para capturar la verdad- forma parte de un proceso orgánico y creativo (en el sentido de que todo tiende hacia el registro de algo único, que se producirá una sola vez, irrepetible) que alcanza su huella visible en la película.



El verdadero cineasta, como explica Alain Bergala, es trabajado por su material a la vez que trabaja la película; es alguien para quien filmar no consiste en traducir en imágenes las ideas de las que ya está convencido –ésas que aparecen plasmadas en el guión (¡de hierro!)-, sino alguien que busca y piensa en el acto mismo de hacer la película, porque filmar es la única escritura posible (si se trata de hacer cine). El guión será, en esa perspectiva, una exploración del material, una aventura por caminos aún por descubrir… dentro de nosotros mismos.

Henning Bendtsen, el director de fotografía de Ordet y Gertrud de Dreyer, cuenta que el cineasta preparaba un guión técnico minucioso, pero cuando llegaba al plató empezaba otra vez desde el principio y trabajaban juntos cada escena hasta que se concretaba cómo se iba a desarrollar cada plano. Sólo un idiota (en el sentido moral, o sea, estético) llega al rodaje con la idea de reproducir lo que ya sabe (o sea, de copiarse), despreciando el momento decisivo en que el filme cobra vida.



A menudo, los momentos inolvidables que fueron atrapados en una película no estaban en el guión, porque eran imprevisibles como la vida misma. Una vez más recordaré aquí el momento de El espíritu de la colmena en que Ana no puede mantenerse sentada mientras contempla la escena de la niña y el monstruo de Frankenstein, y quisiera entrar en la pantalla y arder en el misterio de las imágenes que la trastornan. Pero también la escena del baile de la primera comunión en El sur por imperativos de producción hubo de trasladarse de exterior a interior y rodarla en una toma única y en una única toma. En fin…




Prepararse para crear las condiciones donde momentos así se puedan producir, o para descubrir el momento en que se producen, forma parte del proceso de desarrollo del guión. O sea, escribimos para crear la escena que alimenta aquélla que se representa ante la cámara: misteriosa, como la zarza ardiente. Nada que ver con aplicar un patrón de forma mimética para conseguir una película a imagen y semejanza de un modelo exitoso, pero que en el camino perdió su alma.

O sea, el guión no es lo más importante de una película. Lo más importante es el cine vivo y palpitante que debe quemarnos. Que el guión haya servido a crear ese filme verdadero es el síntoma inequívoco de su utilidad. Y ya es suficiente.



Como puede resultar suficiente para quien, de verdad, quiera saber de qué va esto de escribir un guión, o sea, de contar una historia (y si sólo quiere escribir guiones –hacer una película es otro cantar, aunque también ayuda-) esta lección que recibe Tim Roth/Señor Naranja en la escena de la azotea, cuando ha transcurrido una hora, más o menos, de Reservoir dogs (1992) de Quentin Tarantino. Aquí van los diálogos, sobran las acotaciones, se ven:


-Utiliza la historia del retrete.

-¿Qué es este rollo de la historia del retrete?

-Una escena que tienes que memorizar.

-¿Qué?

-Un poli infiltrado tiene que ser como Marlon Brando. Tienes que ser un gran actor, natural como la vida misma. Los malos actores no sirven para estos trabajos.

-¿Qué es esto?

-Una anécdota sobre un asunto de drogas.

-¿Cómo?

-Algo gracioso que te pasó mientras hacías un trabajito.

-¿Tengo que aprendérmelo? ¡Hay más de cuatro páginas!

-Tómatelo como un chiste. Te aprendes lo esencial y el resto lo inventas. ¿Sabes contar chistes?

-No.

-Imagínate que eres un cómico que cuenta un chiste. Tienes que recordar los detalles para que parezca creíble. La historia se sitúa en un servicio de caballeros. Tienes que conocer los detalles. Si hay toallitas de papel o un secador de manos, si los urinarios tienen puertas, si hay jabón líquido o aquel polvo rosa del instituto. Si hay agua caliente o no. Si apesta. Si algún cabrón con diarrea se ha cagado fuera y lo ha dejado todo perdido. Tienes que saber todos los detalles. Tienes que coger todos los detalles y hacerlos tuyos. Piensa que se trata de tu propia historia y de cómo tú la has vivido. Sólo lo lograrás repitiéndola una y otra vez.


Ahora que lo pienso esta entrada debería titularse “la historia del retrete”. O “los detalles”. O "el infltrado". O así, “la historia del retrete o los detalles del infiltrado”, o quizá así, "la historia del inflitrado o los detalles del retrete". Pero lo más importante es que esa historia con todos los detalles sea (o acabe siendo) tu propia historia.


6/4/09

Betsy, la roja



Se llamaba Betsy Blair y unos meses después de que yo naciera rodaba en Logroño una película que reflejaba el mundo provinciano al que uno había llegado, un mundo de monjas, misas, miseria moral, mentalidad estrecha, muchos prejuicios y muchísimo tedio. La película era Calle Mayor, un vivo retrato de una pequeña ciudad muerta de provincias durante el franquismo, y Betsy Blair encarnaba a una solterona llamada Isabel Castro.



La dirigía Juan Antonio Bardem, comunista, un tipo que siempre me cayó antipático pero que hizo dos o tres películas perdurables. Creo que Calle Mayor es la mejor de ellas. Se estrenó en 1956 y recibió el Premio de la Crítica en el Festival de Venecia. Ese mismo año Betsy Blair sería candidata al Oscar a la mejor actriz de reparto por su papel en Marty (1955) de Delbert Mann, donde interpretaba a la maestra Clara Snyder que se enamora del carnicero protagonista que interpretaba Ernest Borgnine. Fue su último papel en el cine americano. Murió el pasado 13 de marzo a los 85 años. Por poco me olvido de traerla a esta escuela de los domingos, y hubiera sido imperdonable.


Ernest Borgnine y Betsy Blair en Marty

Betsy Blair nació en un pueblo de Nueva Jersey, trabajó como modelo infantil y a los 17 años bailaba en un club de Times Square en Nueva York. Así conoció a Gene Kelly, se casaron en 1941 y se fueron a Hollywood cuando él recibió una oferta. "Fue casi todo para mí: mi maestro como mujer y bailarina. Y me influyó en mis ideas de izquierda, aunque fui más radical que él". Betsy Blair tuvo pequeños papeles en Doble vida (1947) de Georges Cukor, Nido de viboras (1948) de Anatole Litvak o Un rayo de luz (1950) de Joseph L. Mankiewicz.


Betsy Blair en Nido de víboras

Simpatizó con el marxismo, se unió al Sindicato de Actores y colaboró con los comunistas. Y cuando llegó la caza de brujas la incluyeron en la lista negra. Como la investigaban por roja, estuvo a punto de perder el papel en Marty. Cuando terminó la película se fue de Estados Unidos. En 1957 se divorció de Gene Kelly: “¿Cómo pude dejar a Gene, ese hombre maravilloso, tras 16 años de matrimonio? Ese perfecto marido, padre, amigo, protector, proveedor, trabajador. Le amé y le admiré como el brillante actor y bailarín que era pero también por ser un buen hombre. A día de hoy, aún no puedo explicarlo. No tuvo nada que ver con el sexo, sino con la libertad.”

Bardem la conoció en el festival de Cannes de 1955, adonde había acudido con Muerte de un ciclista, y ella con Marty, y le ofreció el papel de la solterona Isabel Castro en Calle Mayor. La primera reacción de Betsy fue negarse a trabajar en la España franquista, pero el director consiguió convencerla. A primeros de enero de 1956 empezó el rodaje de interiores en los estudios Chamartín de Madrid y luego se fueron a  Palencia a rodar los exteriores, pero detuvieron a Bardem y la producción recibió presiones para cambiar de director. Betsy y los demás compañeros de reparto se opusieron. Cuando Bardem salió de la cárcel, el rodaje se reanudó; primero en Cuenca y luego, en vez de volver a Palencia,  terminaron la película en Logroño.

Betsy Blair en el final de Calle mayor

Betsy Blair se casó con el director Karel Reisz y se estableció en Inglaterra. Trabajó con Antonioni en El grito y con los directores del nuevo cine británico. En 2003 publica sus memorias, The memory of all that: love and politics in New York, Hollywood and Paris (2003). Hace unos años leí unas declaraciones suyas que me parecieron especialmente significativas, porque nunca le escuché o leí comentarios parecidos a otros relevantes perseguidos durante la caza de brujas y miembros eminentes de la infame lista negra: "Los actores no fuimos quienes más pagamos en ese periodo. Muchos nos marchamos a Francia o México y reanudamos nuestra carrera. Hubo guionistas que siguieron trabajando para Hollywood con pseudónimos desde otros países. Los más castigados fueron la gente normal, que perdieron su trabajo y que no pudieron irse a ningún lado”. Betsy, la roja.




A propósito de la caza de brujas y la lista negra, en un canal de pago programan un documental sobre Dalton Trumbo, quizá el más famoso de los guionistas blacklist cuya lista es bastante larga.


Dalton Trumbo, fichado

Ring Lardner Jr., fichado

Ring Lardner Jr. (véanse sus memorias Me odiaría cada mañana), Alvah Bessie, Lester Cole, John Howard Lawson, Albert Maltz, Abraham Polonsky, Michael Wilson, Walter Bernstein, Herbert Biberman, Samuel Ornitz, Adrian Scott, Edward Dmytryk, Sydney Buchman, Hugo Butler, Carl Foreman, Dashiell Hammett, Lilliam Hellman (véase su libro Tiempo de canallas), Howard Koch, Donald O. Stewart…


Dalton Trumbo, con su mujer Cleo,
en las sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas
en 1947


Unos pasaron por la cárcel, muchos perdieron su trabajo y escribieron con seudónimo, otros acabaron delatando a sus compañeros. El documental sobre Trumbo bucea en esos años de persecución y paranoia, de lealtad y traición, de escritura y censura en Hollywood. De la decencia y su precio.

Dalton Trumbo y John Howard Lawson
trasladados a la cárcel



26/3/09

Camaradas

Mario Monicelli en actitud papal, en Roma, claro

Si hay algún maestro en el aquel (arte) de helarte la sonrisa, ése es Mario Monicelli: El humor es la forma más penetrante de mirar. Un bisturí que va al fondo de las cosas. O sea que te ríes, pero te están abriendo en canal. Por eso nunca pude acostumbrarme a que calificaran como comedia cualquier película de Monicelli que se pusiera por delante. Hay que pensárselo dos veces para calificar de comedia La gran guerra (1959) o I compagni (Los compañeros, 1963), incluso Rufufú (1958), tres obras maestras, donde uno se ríe, es cierto, pero con un nudo en la garganta o con el corazón en un puño. O sea, que si te lo piensas dos veces, en fin… Con los años me di cuenta de que siempre tendía a hacer la misma película: unos cuantos muertos de hambre que se embarcan en una empresa más grande que ellos y fracasan… Así es la comedia a la italiana. Será eso, al fin y al cabo quién va a saberlo mejor que Mario Monicelli.


Obreros que participan en asambleas donde se decide aumentar la jornada laboral y bajar los salarios; alumnas de ESO de 14 años que hacen botellón delante del instituto en horas de clase y algunos profesores que las ven no se atreven a decirles ni pío; un sesentón viudo que nunca pisó una iglesia ni en tiempos del franquismo –acompañaba a la mujer hasta la puerta pero se quedaba fuera- y que ahora ayuda en misa todos los días en el asilo donde ingresó voluntariamente porque en casa no le daban conversación; unas monjas adoratrices les proyectan a las alumnas de ESO de su colegio (concertado, o sea, pagado con mis impuestos, sin ir más lejos) un vídeo donde se yuxtaponen imágenes de socialistas risueños con fetos como campaña de “sensibilización” contra el aborto (¿os imagináis a las monjitas seleccionando con primor imágenes de nasciturus descuartizados y a las niñas saliendo a vomitar en medio de la proyección?); un selecto grupo de productores y directores del cine español son convocados en secreto por el ministro de Cultura para consultarles qué hacer con el cine español y constataron la necesidad urgente de cambiar la imagen que tiene el público del cine español. Son historias del mundo real, pero ¿son historias para reír o para llorar? Serán materia para una comedia a la italiana, lástima que ahora ni los italianos hacen comedias a la italiana. Por eso, quizá, me vino a la cabeza esa película maravillosa de Mario Monicelli, I compagni que aquí se tradujo como Los compañeros pero que en realidad debería titularse “Camaradas”, y que su director considera un filme marxista realizado con ironía.


Mario Monicelli es el maestro de la risa amarga, en el aquel de dosificar los detalles cómicos en el tapiz de lo trágico, en esas historias encarnadas por muertos de hambre, quizá porque la miseria ha constituido siempre una fuente de comicidad. Sus películas destilan un humor corrosivo para contar las vidas de personajes que pueden parecer grotescos o incluso mezquinos, pero que gracias al arte de Monicelli nos resultan entrañables. Sus películas inspiran amor, eso sí, crudo, por los personajes que las habitan. Esa crudeza entrañable, conviene precisarlo, deriva de un proceso de decantación, de síntesis, de cristalización, que tiene su origen en la escritura del guión, pero, no podía ser de otra forma, “a la italiana manera”. Mis guionistas y yo buceamos en un asunto, lo desarrollamos humorísticamente hasta que vemos detrás algún significado profundo. Hacemos reír pero los argumentos son siempre muy serios. O sea, cabría añadir, nos reímos por sobradas y fundadas razones. Y continúa Monicelli: Para bromear sobre algo hay que conocerlo muy bien. Y meditar mucho para llegar al humor.


Age


Scarpelli

El “método italiano” de la escritura de un guión es la expresión de una manera de entender la vida y de estar en el mundo que cuajó en torno a la liberación en 1944 y que se prolongó hasta los años setenta. Es una artesanía a base de café, humo y voces; con una regla no escrita: nunca se escribirá un guión con menos de tres personas pero puede ocurrir que trabajen ocho o diez; en jornadas diarias donde no faltan las discusiones airadas, los gritos, incluso los desencuentros, pero tampoco la charla distendida, la digresión o el aquel de perder el tiempo hablando por hablar. He ahí el magma donde se fraguaba la escritura del guión “a la italiana”. Un método que hereda la tradición de la Comedia del Arte. Suso Cecchi D’Amico le contó a su nieta Margherita cómo se desarrollaban las reuniones de guión de Rufufú con Monicelli, Age (Agenore Incrocci) y Furio Scarpelli –el mismo grupo de guionistas que en I compagni, por cierto-: Hacíamos doble turno, mañana y tarde. O bien la reunión de la mañana o bien la de la tarde terminaban, a menudo, con una discusión entre Age y Scarpelli, por cualquier pretexto, pero ni Monicelli ni yo interveníamos para no otorgarle al episodio una importancia que no tenía. Monicelli participaba en todas las reuniones de guionistas. Antes de convertirse en director había sido guionista. Eso se nota, ¡y tanto! Sabe contar. Para sus guionistas es una dirección segura, pues sabe reconocer aquello que quiere y esquivar las tentaciones. No reclama para sí las escenas que se han de escribir, pero una vez terminado el borrador del original, lo copia todo de nuevo con su pésima caligrafía, de la primera a la última línea, adueñándose de ellas para así poder decirlas físicamente. Un hábito que puede parecer extraño, pero que comparto. Esta cita bien valdría un comentario de textos pormenorizado… tranquilos, quedará para otra ocasión. Eso sí, un inciso: ¿para cuándo un editor sensible de libros de cine editará el delicioso libro Storie di cinema (e d’altro) raccontate a Margherita D’Amico de Suso Cecchi D’Amico, Garzanti Editore, Milán 1996? ¿no habrá sitio para un libro así entre tanto libro de cine perfectamente prescindible que se edita? ¿es para reír o para llorar semejante despropósito? Pues bien, volviendo a la escritura de guiones a la italiana, Suso Cecchi D’Amico asegura que Monicelli ha consevado todos estos años el placer de la reunión, de perder el tiempo, o sea, de contar historias en equipo. Aquella generación de guionistas en la que incluiríamos a Amidei, Flaiano, Zavattini, Pinelli, Guerra, Perilla, Sonego, Zapponi…, buceando en el mundo precario y provisional de la vida, en palabras de Aldo Viganó, reinventaron una lengua, definieron una nueva dramaturgia y alumbraron nuevos caminos en la escritura dramática italiana que aún no han sido comprendidos ni valorados adecuadamente.

Mastroianni, Franco Cristaldi, y Suso Cecchi D'Amico
con el champán en ristre


I compagni
es una película de 1963, el mismo año de Ocho y medio de Fellini; ambas películas comparten al protagonista, Marcello Mastroianni. También es el año de El Gatopardo de Visconti que comparte con la de Monicelli al director de fotografía, Guiseppe Rotunno, que venía rodar la película de aquél, y a la guionista Suso Cecchi D’Amico. No puede decirse que fuera mala cosecha la italiana del 63. Giuseppe Rotunno se inspiró en los grabados de Achille Beltrame para el “Domenica del Corriere” a la hora de iluminar I compagni, un filme que cuenta la huelga de los obreros de una fábrica textil para reducir la extenuante jornada laboral de catorce horas, a finales del siglo XIX.



Ahora la clase obrera, atenazada por las fauces del consumo y temerosa de perder la posibilidad de pagar los plazos del coche, la hipoteca de la casa y el préstamo para las próximas vacaciones en la costa, está dispuesta a pactar una prolongación de la jornada laboral y una reducción de salario. Pequeñas diferencias, seguro que piensa Monicelli.



I compagni, como el cine de su autor -¡qué rebote se agarraría don Mario ante semejante atributo!- se caracteriza por la reconstrucción fílmica del mundo real en unas coordenadas dramatúrgicas eficaces donde se conjuga el humor, la reflexión social y política, el drama, la funcionalidad didáctica y la capacidad para conmover. Una cocina, en resumidas cuentas, que convierte una película sobre un universo de hace un siglo en un testimonio universal sobre el aquí y el ahora. Un filme donde se articula de forma magistral un entorno con una atmósfera que se palpa, un coro de personajes con una identidad definida desde que aparecen en pantalla, lo íntimo y lo colectivo con una atención a los detalles que se pone de manifiesto desde la maravillosa escena de apertura: son las cinco y media de la mañana en casa de un hogar proletario turinés y el joven Omero se dispone a vestirse para ir a la fábrica; va a lavarse la cara pero antes tiene que romper con el palo de una escoba la capa de hielo que se ha formado en la jofaina, mientras el resto de la familia, que duermen carentes de intimidad, se pone asimismo en marcha. Una escena prácticamente muda que nos introduce en un mundo reconocible y tan próximo. Hay algo fordiano en Monicelli, incluso se le parece cuando habla y reivindica la condición artesanal de su oficio, y se define como un tipo que hace películas para que la gente se divierta.



Pero, indudablemente, una de las creaciones memorables de I compagni es el personaje del profesor Sinigaglia encarnado por Mastroianni, un personaje que encarna también una cierta tendencia del cine italiano de los primeros años sesenta donde la implicación sentimental no se despoja de la lucidez ni de la sátira. El represaliado profesor Sinigaglia se presenta como un agitador pero enseguida descubrimos que es un muerto de hambre, aunque no por ello abdica de su idealismo, nada de eso, sin embargo su militancia se sostiene sobre una legión de debilidades y su esperanza se tiñe de amargura pero también de conciencia política. A pesar de su carácter grotesco, Mastroianni y Monicelli consiguen dotar al profesor Sinigaglia de una humanidad cautivadora. He ahí la estrategia retórica de I compagni, realismo y complicidad sentimental con el espectador.



Cómo olvidar aquella escena en que un piquete de obreros se presenta en la casa de un trabajador, inmigrante siciliano, para convencerlo de que se una a la huelga y se encuentran con un panorama desolador: un hogar que es menos que chabola, menos aun que establo, una ruina donde se hacinan la mujer desgreñada y unos niños mugrientos. “¿Qué esperabais encontrar –les espeta el siciliano-, un palacio acaso?”. Esa dignidad de un obrero consciente de su miseria a través de un réplica ácida que vale por todo un tratado de sindicalismo convierte a una obra como I compagni en un filme de una perdurable modernidad. O aquella escena en la que se desvela el analfabetismo a través de las cruces en las papeletas de una votación donde se decide la huelga. Detalles, divinos detalles. Cine, nada más que cine. Mastroianni recuerda en sus memorias que esta “obra maestra” –el entrecomillado es suyo, irónica o tímidamente suyo- no tuvo ningún éxito.



A Monicelli le hubiera encantado pasar su vejez en la Plaza del Santo Spirito de Florencia. Es lo que tenemos en común. A estas alturas uno se conforma con eso. Mastroianni/Guido Anselmi decía en Ocho y medio: “Quisiera hacer una película que nos ayudara a enterrar de una vez lo que está muerto dentro de nosotros”. Las películas de Monicelli me ayudan a enterrar el cadáver de alguna película que llevo dentro, antes de que se pudra. Porque al fin y al cabo cuentan mi historia, o sea, me cuentan. Por eso, Monicelli, Mastroianni, y tantos otros… I compagni. Camaradas.

24/3/09

Retrato de guionista


Uno de los libros de cine más gozosos que he leído es Celuloide de Ugo Pirro (Ediciones Libertarias, noviembre 1990). Es una obra del guionista que escribió El jardín de los Finzi-Contini, Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha o La clase obrera va al paraíso. Ahora ya sólo es posible encontrarlo en librerías de viejo, puede conseguirse por precios entre seis y diez euros. Carlo Lizzani filmó una adaptación –escrita por el propio Ugo Pirro y Furio Scarpelli en colaboración con el director- en 1995, pero hacedme caso, vale la pena leer primero el libro. Es un gran reportaje sobre el final de la ocupación alemana de Roma en 1944 y sobre los primeros años del neorrealismo italiano, pero también es una novela de aventuras, incluso picaresca –inevitablemente picaresca, podríamos decir-y un documento sobre la realización de Roma ciudad abierta (1944).


Ugo Pirro en una manifestación
en Roma en 1974


Por el libro transitan Anna Magnani, Cesare Zavattini, Vittorio de Sica, Federico Fellini, Luchino Visconti, Aldo Fabrizi… Y, claro, Roberto Rossellini. Pero quizá el otro héroe del libro sea Sergio Amidei. ¿Y quién es Sergio Amidei? Pues uno de los más grandes guionistas de la historia. Roma ciudad abierta, Paisà, Stromboli, La paura, El general de la Rovere –todas ellas de Rossellini-, El limpiabotas de Vittorio de Sica, La noche de Varennes de Ettore Scola, Ordinaria locura de Marco Ferreri… llevan su firma en el guión. En la película de Carlo Lizzani, el papel de Sergio Amidei lo encarna Giancarlo Giannini.


Sergio Amidei


Sergio Amidei (1904-1981) era un triestino que empezó a trabajar muy joven en el cine mudo, incluso intentó dirigir una película pero en un arrebato de ira quemó el negativo rodado y renunció para siempre a la dirección. Los arrebatos de ira constituyen una seña de identidad del guionista. Uno de esos prontos furiosos acabó con su colaboración en el guión de Ladrón de bicicletas, en el que trabajaba con Zavattini y De Sica: literalmente los echó de su casa. La casa de Amidei en la Plaza de España de Roma debería haberse convertido en lugar de peregrinación de los cinéfilos del mundo, allí se gestaron algunas de las películas fundacionales del cine moderno, las de Rossellini pongamos por caso.


Roberto Rossellini y Anna Magnani


Rossellini tenía un don –del cielo- que le permitía manejar el carácter explosivo del guionista, al igual que manejaría el volcánico de Anna Magnani y la situación desbocada en que se vería inmerso con Ingrid Bergman. Enemigo de las tramas, amigo de un cine de apuntes y propenso a rodar como vivía, a salto de mata, encontró en Sergio Amidei la capacidad para convertir los hechos reales –históricos- en situaciones dramáticas reducidas a lo esencial.

Sergio Amidei tenía la costumbre de contar a sus amigos lo que andaba escribiendo; era su método para comprobar la eficacia del argumento. Medía los efectos que provocaba su relato observando las reacciones de sus oyentes y a menudo cambiaba el relato a medida que lo contaba en función de lo que leía en los rostros. Roma ciudad abierta, Paisá y Stromboli nacerán de historias basadas en hechos vividos o conocidos de primera mano por el propio Amidei y narrados en tertulias de noche, humo y toque de queda. En la casa del guionista, durante los meses de la ocupación nazi, se reunía la dirección del Partido Comunista Italiano en Roma. Y otros guionistas, y cineastas, y actores… No sería exagerado decir que el neorrealismo germinó en la casa de Amidei en la Plaza de España.


Indro Montanelli


El gran periodista y escritor italiano Indro Montanelli trabajó en la adaptación cinematográfica de su relato El general de la Rovere –que dirigiría Rossellini en 1959- con Sergio Amidei. De esa experiencia de colaboración nacería una de esas piezas magistrales de los encuentros –Gli Incontri- de Indro Montanelli, el retrato de Sergio Amidei. Uno de los más hermosos homenajes, preñado de humor y emoción, que se hayan dedicado nunca a un guionista. Aquí os lo dejo, disfrutadlo:

A M I D E I

El cine italiano, tiene una especie de militante ig­norado que se llama Sergio Amidei. Ignorado es un decir, se entiende. No existe productor, indígena o extranjero, no existe jurado internacional de festi­vales, no existe crítica, aun de modesta competen­cia, que ignore su nombre, su obra y su valía. Pero la gran masa de público no le conoce, quizá porque él no hace nada por darse a conocer.

Susceptible y de difícil trato, permanece apartado, siempre en guerra con todos, y especialmente con quien realiza sus ideas. Le llaman «el viejo de la plaza de España» —si bien todavía esté, por lo que toca a años, lejos de la vejez—, por culpa no tan­to de la melena cana, cuanto por su carácter aris­co, que, sin embargo, no impide a quienquiera que desee realizar un filme, subir a su casa para oír, al menos, su parecer.

Más o menos marcada, todo cuanto de bueno hecho nuestro cinema desde la guerra acá, lleva su impronta. Especialmente en los principios del neorrealismo, cuando éste era aún de buena y límpida fuente, se percibe claramente el signo fuerte y amargo de Amidei. Y acaso el único que lo ignora sea él, que no por modestia, sino por orgullo, no se reconoce padre de nada ni de nadie. Le han traicionado todos, según él: productores, directores, actores. Pandilla de cabezotas.

Un día subí a mi vez a aquel sexto piso de la plaza de España, y no para una corta visita de compromiso, sino para acordar con él una comprometida colaboración. El ascensor no funcionaba aquella mañana. Tuve que subir la escalera a pie. Aquellos seis tramos me parecieron interminables, grabados con los tristes presagios que me pesaban sobre corazón. Trabajar con un cineasta, ¡figuraos! A saber en qué desganada confusión, y entre cuántos arrebatos e histerismos, tan poco congeniables con temperamento, habría de hacerlo. No conociéndole más que superficialmente, imaginaba encontrar en él a uno de esos genialoides desordenados y perezosos que se agotan en una nube de palabras, de que nunca llueve nada.

Y maldecía el momento en que me había metido en aquel lío. En bata de casa y zapatillas, el rostro doctoralmente severo, la mirada fija en el reloj a través de las gafas de viejo artesano, me aguardaba a la puerta de su vivienda. «Te hago observar —dijo con voz helada— que la cita era a las diez. Son las diez y cinco...»

Más que la ascensión, estas palabras me cortaron el resuello. «Es que... —farfullé—. Para subir has aquí sin ascensor...» «¿Y por qué has subido sin ascensor?» «Porque no funciona.» «Y por qué no funciona?» «¿Yo qué sé?»

Sin contestarme, Amidei pasó al vestíbulo, gritó a la doncella y al secretario que acudiesen, descolgó el teléfono, alborotó la casa, a los vecinos, a la portera, a los bomberos, al Municipio, para saber por qué el ascensor no funcionaba y colmó de improperios a una veintena de personas. Y al final, melodramáticamente, me pidió excusas dos veces: por haberme hecho subir sin ascensor y por haberme reprochado el retraso. «Me equivoqué. Perdona. Per­dona. Me equivoqué. Perdona.» Si hubiese tenido a mano un látigo, creo que se habría azotado.

Para darle tiempo a recobrar un poco la calma, le conté algunos chismes que había recogido sobre el filme cuyo guión debíamos hacer juntos. Él me es­cuchaba caminando de arriba abajo por la estancia, con paso frenético y la mirada fija en el suelo. De vez en cuando se paraba, me clavaba sus ojos inquisitorialmente severos, luego los bajaba y prose­guía su paseo de arriba abajo de abajo arriba. En un momento dado, siempre corriendo, se sentó de­trás del escritorio y dijo: «Bueno, mira, a mí to­das esas estupideces no me importan nada. Empece­mos.»

Y empezó, haciendo polvo todo: la trama del fil­me, cuyo autor era yo, la casa productora, el direc­tor, el intérprete, la organización, el cine en general, el italiano en particular y concluyó su diagnóstico con ese alentador veredicto: «Por lo que, ¿sabes qué te digo? Te digo que, aunque nosotros escriba­mos una obra maestra, saldrá una boñiga. Empe­cemos.»

Y esa vez comenzó en serio, partiendo de cero, en aquel cúmulo de escombros a que su crítica demo­ledora lo había reducido todo, incluso la esperanza de conjuntar algo bueno. Ahora estaba contento, sa­tisfecho. Hasta me ofreció, gentilmente, casi afec­tuoso, un café. Y de nuevo se puso a pasear arriba y abajo, abajo y arriba, pero a paso moderado, mien­tras me exponía cómo, según él, debía desenvolverse y articularse el relato.

¡Pero qué digo, el relato! Era el filme, un filme adulto ya, completo, perfectamente dosificado en to­dos sus elementos, los cómicos y los patéticos, mon­tado con un rigorismo de trabazón, con una preci­sión de escenas, con un ritmo tan apretado y cada vez más acuciante, que me apasionaron como si aque­lla historia, que yo había escrito, la oyese narrar por primera vez. Mas el hecho es que Amidei no la na­rraba. La traducía, reinventándola toda, a su exacto lenguaje cinematográfico, como si, en lugar de ce­rebro tuviese un tomavistas que ya se había encuadrado la historia, poniendo al descubierto, con plástico y dramático relieve, todo lo que contenía.

Espléndida interpretación pese a su cara de profesor altanero y cascarrabias, la que hacía de cada personaje, masculino o femenino. Una interpretación preparada, en la que actuaban hasta dos, tres, cinco, diez actores a la vez, cada uno con un carácter suyo, un matiz suyo, un tic suyo. Para mí, el autor, los personajes estaban todavía envueltos en niebla, y él ya había revelado sus negativos obteniendo una película límpida y traslúcida, que se desarrollaba ante mis ojos sin tropiezos ni demoras hacia su necesaria conclusión.

Duró dos horas, más o menos justo lo que, regularmente, dura un filme. Se hizo el silencio. Luego dije: «¡Caray!» «¿Caray, qué?», preguntó poniéndose a caminar arriba y abajo, abajo y arriba, a paso mesurado. «¡Caray! —repetí neciamente—. ¡Caray...! Hace solamente cuarenta y ocho horas que te dieron a leer mi historia, y ya ves en ella lo que yo he sido capaz de encontrar en quince años, desde que la escribí... ¡Caray...!» «¿Y te gusta lo que veo en ella?» «Bah, no es cuestión de que me guste. Es cuestión de que no puede ser sino así...» «Sí, ¿eh? —exclamó, volviendo a la carrera, a sentarse detrás del escritorio—. Pues, en cambio, puede ser todo menos así. ¿Quieres verlo...? Empecemos.»

Y se puso a destruir, mostrándome su inconsistencia, trozo a trozo, engarce a engarce, todo el relato que acababa de describirme. La intriga se derrumbaba porque estaba basada sobre pilares podridos, los personajes eran arbitrarios, nosotros dábamos por descontado lo que en cambio había que mostrar, es más, demostrar. En suma, de aquella bellísima y cautivadora trama que me había ensartado poco antes, no quedaba ya nada, ni un detalle, ni una migaja. Y lo bueno es que tenía razón. Tras una tímida tentativa de defender «su» historia, a la que había terminado aficionándome más que a la mía, hube de darme por vencido. Y, como era la una y pico, me encaminé hacia la puerta profundamente acobardado. Él, no. Ahora estaba contento. Satisfecho. Y al ver que el ascensor no funcionaba todavía, abrió los brazos con gesto dramático: «Perdona. Tienes que bajar a pie. Tienes que bajar a pie. Perdona.»

Debíamos volver a vernos al día siguiente, pero me pasé toda la tarde dándole vueltas, para mis adentros, al caso, poco resignado a renunciar a aquella bellísima sucesión de escenas que la fantasía de Amidei había compuesto. Sobre las cinco creí tener una inspiración, y le llamé por teléfono para explicárse­la. «¿Dígame?», respondió su voz desganada al otro cabo del hilo. «Ah, ¿eres tú...? Dime...» Me estuvo escuchando un par de minutos y luego estalló: «¿Para oír esas memeces he de interrumpir mi trabajo? Pero, ¿qué te has creído? ¿Que yo estoy aquí a dis­posición de cualquier pelmazo...? Me importa un pito tu filme, ¿entiendes? ¡Me importa un pito...!» Y colgó.

A las tres de la madrugada dormía apaciblemen­te, cuando me despertó bruscamente una llamada suya. Antes de haber tenido tiempo de recordar que estaba terriblemente enfadado con él por su falta de urbanidad, su amabilidad, casi obsequiosa, me de­sarmó. «¿Te molesto? Perdona. Perdona. Debo mo­lestarte. ¿Puedes escucharme un minuto? Perdona. Un minuto tan sólo. Perdona.» El minuto tan sólo duró casi hora y media, es decir más o menos lo que habría de durar el filme, una vez realizado. Pues ahora ya sólo restaba hacerlo. Con diabólica habilidad, Amidei había vuelto del revés el hilo de la historia, par­tiendo, para llegar a las mismas conclusiones, de una premisa opuesta a las de antes. ¿Cuándo y cómo lo pensó, aquel maldito? No me dio tiempo a pre­guntárselo. «Perdona si te he molestado. Perdona. Buenas noches. Perdona.» No me atreví a volver a llamarle.

Al día siguiente, a las diez, adormilado porque no había podido pegar ojo, pero radiante, estaba con él, que me acogió como se suele acoger al recauda­dor de contribuciones. Me sentí morir. ¿Tampoco iba bien la nueva versión? Esta vez me sentía dis­puesto a defenderla hasta llegar a las manos. Pero el filme, gracias a Dios, nada tenía que ver con su estado de ánimo. Sergio estaba fuera de sí porque, habiendo recibido de los Abruzzos un jamón que dio a probar a su hostelero, éste dijo, torciendo el gesto, que no valía gran cosa. «¿Comprendes, ese bastardo? Soy cliente suyo mañana y noche hace vein­te años, he dejado un patrimonio en sus bolsillos, y se atreve a decirme que mi jamón no es ninguna gran cosa...» Vagamente me hubiese gustado objetarle que no captaba, en el plano aristotélico, las razo­nes por las cuales, habiendo sido cliente suyo du­rante veinte años, hubiese adquirido él sobre hostelero el derecho de oírse decir que el jamón era bueno. Pero comprendí que no era el momento, en cierto sentido, porque Amidei blandía un afiladísimo cuchillo de charcutero y agitándolo ante mi cara proseguía: «Ven acá. Juzga tú. Ven acá.» Todavía en bata de casa y zapatillas, me precedió a la cocina y abrazándolo con un gesto de afecto, casi de amor. desprendió del garfio el famoso jamón.

¡Dios, cómo lo había menguado, en veinticuatro horas! Parecía una caverna dolomítica, tanto había excavado y hurgado dentro con aquel truculento cuchillazo. Mientras volvía a hincarlo en la roja carne, me aparté porque, si se le escapaba, me podía amputar un brazo de un tajo. «Perdona. Pruébalo. Pruébalo. Perdona», me instó, presentándome una lonja. Probé, si bien por la mañana nunca como nada. Y mi paladar entonó un himno al hostelero. La boca, no. Hipócritamente, bajo la amenaza y apremiante mirada de Sergio, entoné un canto al jamón. Amidei, apaciguado y contento, me escoltó hasta el despacho y, sentándose detrás del escritorio, dijo: «Empecemos.»

A partir de entonces, cada mañana, durante tres meses, he tenido que comer de aquel jamón, extasiarme y pedir un poco más. Creo que ese sacrificio fue mi más valiosa contribución al guión del film, porque ponía a Amidei en estado de gracia. Y Amidei en estado de gracia es la mayor suerte puede ocurrirle a un filme. Jamás he visto a hombre trabajar con el orden, la precisión, la seguridad y el rigor suyos. De vez en cuando se paraba para prevenirme: «Entendámonos: aunque nosotros escribamos una obra maestra, saldrá una boñiga. » Yo, entonces, le daba otro mordisco al jamón, y él, apaciguado, añadía: «Pero... Perdona. Continuemos, Continuemos. Perdona.»

(Indro Montanelli, Personajes, ed. Plaza y Janés, 1977, traducción de Domingo Pruna, pp 701-706)