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12/4/20

El camión de Oriente


El cine soviético nunca regateó maravillas. Le debemos unas cuantas a Boris Barnet. Regalos maravillosos como Alyonka (1962) -o Alenka-, su penúltima película. La gracia hecha cine (o viceversa).


Un milagro (Barnet tenía el don de los prodigios) de levedad, humor y melancolía. Un mundo recreado por la memoria con visos de sueño.


Un cuento (qué digo cuento, ¡cuentos!) del camino a bordo de un camión que cruza la estepa de Kazajistán allá por 1955, el año que nací para más señas. (Un espléndido regalo de Pierre Léon.)


Con razón dijo Godard -uno de los valedores de Barnet- en su última aparición -vía instagram el martes pasado- que el cine es un antibiótico. Desde luego no faltan películas que recetar, pero nada mejor que Alyonka para el confinamiento, claro que también las deliciosas comedias silentes Devushka s korobkoy (1927) y Dom na Trubnoy (1928) -el viernes 17 teníamos previsto ir a Guimarães para verla con música en directo de los Mão Morta (se pospuso, en principio, para octubre)-, la encantadora Okraina (1933), la admirable U samogo sinego morya (1936) o la cálida Polustanok (1963), un sobrevenido testamento, deparan felices remedios. Anoto, de paso, Novgorodtsy (1942), que aún no conseguí ver, pero es una de la películas preferidas de Rita Azevedo Gomes y, sobra decir, me fío.

Yelena Kuzmina en U samogo sinego morya.

A Barnet le reprochaban siempre que se apartase del guión. Yelena Kuzmina (la encantadora Manka en Okraina, la maravillosa María en U samogo sinego morya) recuerda que el cineasta, costase lo que costase, tenía que reescribir cada guión, aunque le gustase, tenía que reescribirlo para hacerlo suyo, de principio a fin. Armado con una tijera desmontaba el texto, lo despedazaba, luego cambiaba este o aquel cachito de sitio, reescribía pedazos, suprimía uno u otro, añadía otros papelitos con dibujos y cuando ya tenía los trozos ordenados a su gusto, entonces los pegaba en un largo rollo de papel. Cuando necesitaba localizar una escena porque se le había ocurrido otra idea, desplegaba el rollo en el suelo y gateaba hasta encontrarlo y reescribirlo.
Con todo, cuando empezaba el rodaje, el rollo de papel se quedaba tranquilamente en casa, y filmaba algo completamente diferente. Barnet estaba dotado de una imaginación fantástica y siempre estaba dispuesto a inventar algo nuevo.

Basta la primera secuencia de Alyonka, que tanto le gusta también a Rita (la compartió con nosotros en un encuentro en Numax), para sentir la certeza de que es una de esas películas que se quedará con nosotros para siempre. La cámara, planeando sobre los inmensos campos cultivados, mientras se suceden los créditos, alcanza y sobrevuela una caravana de camiones cargados de trigo por una carretera de tierra que atraviesa los plantíos en diagonal, de abajo arriba y de derecha a izquierda.


Corte a un primer plano en contrapicado de Alyonka/Natasha Ovodova, la niña del título, que entra en campo desde la izquierda contra un cielo azulísimo y contempla fascinada el paso de los camiones. Se acerca al tránsito de la caravana llevando un atado con los libros de la escuela y, como transportada por el propio encantamiento, cruza la carretera, se vuelve y la cruza de vuelta.


Un travelling lateral hacia la izquierda la sigue mientras va remontando los almiares del trigo que va ser cargado en los camiones: hay pocas figuras fílmicas tan bellas como un travelling lateral (en días como hoy diría que ninguna) y este de Alyonka más bello no puede ser.


En un texto sobre Boris Barnet (recogido en el libro que le dedicó la Cinemateca Portuguesa al hilo de la retrospectiva de abril a mayo de 1996), Bernard Eisenschitz apunta algo que nos viene a la cabeza ante semejante apertura: después de un comienzo así, lo que viene después sólo puede ser de una calidad inferior, sin embargo no es así. Qué va a ser. La niña monta en un camión hacia Oriente, con destino a las tierras vírgenes de Kazajistán, con otros viajeros: la dentista Elsa/Anda Zaice, el mecánico Dmitri/Nikolay Bogolyubov o la cascarrabias Vasilisa/Irina Zarubina.


En medio de la estepa, un hombre y su perro emergen de una nube de polvo, como Ringo/John Wayne en Stagecoach (1939), de John Ford, y se monta en el camión, a Oriente también: se trata del tractorista Stepan, encarnado por el actor, escritor y (futuro) director Vasiliy Shukshin.


En el curso del viaje cada personaje cuenta su historia. Y Barnet despliega cada flashback con una forma que destila la manera de narrar de cada personaje. Cada personaje es cómo se cuenta, deviene la película que se monta.


Los encuentros y desacuerdos de Stepan y su amada (transfigurada por momentos en La dama del perrito, Chéjov mediante), la cadena de infortunios laborables de Elsa... Vienen siendo viajes al compás del viaje.


En el cuento de Alenka, con su porfía por suspender en la escuela, Barnet usa técnicas de animación y la voz de la niña ora se superpone a la de los adultos ora puntúa las conversaciones con observaciones propias. Le hubiera encantado a Jean Vigo.


Y en cada incidencia del camino, el cineasta reinventa con encanto y ternura el latido lírico de esta road movie kazaja.


No hay confinamiento que valga ante un viaje en el camión de Oriente.

21/4/11

¿Te acuerdas cuando..?

Hay películas de las que necesitamos hablar para verificar que no las soñamos, o que no sólo las soñamos, que existen realmente aunque sean un sueño de cine o cine soñado. U samogo sinego morya (Al borde del mar azul o A orillas del mar azul o À Beira do Mar Azul, 1936) de Boris Barnet es de esas películas. Un sueño. Y un milagro. Que se me escapaba. Desde que supe de ella, estuvimos a punto de ir a verla en la Filmoteca Española hace año y medio pero tuvimos que suspender el viaje y no fue posible contemplarla en una pantalla grande. Pero no nos quejamos, todo lo contrario, le agradecemos al amigo José Lorente los enlaces para bajarla -bueno, nos la bajó nuestro hijo, uno se atropella bastante en semejantes tráficos- y podéis aprovecharlos (en los comentarios que dejó en Polvos azules) si os apetece, la copia tiene bastante buena imagen, y algunos de problemas con el sonido y los subtítulos que no impiden disfrutarla. Eso sí, en cuanto nos enteremos de su proyección en una sala de cine haremos todo lo posible por verla, ahora más que antes, para hacerle justicia a la bella fotografía -de momento, sólo presentida- de Mikhail Kirillov .


En julio de 1984 hicimos nuestro primer viaje a París. Una mañana visitamos el cementerio de Montparnasse. Buscábamos la tumba de Julio Cortázar que había muerto unos meses antes. Nuestro hijo -tenía entonces tres años- correteaba entre las tumbas mientras nosotros nos íbamos parando en algunas -la de Baudelaire, César Vallejo o Samuel Beckett- que nos íbamos encontrando. Andábamos tan ensimismados que perdimos de vista a nuestro hijo, entonces escuchamos su voz, nos llamaba; no se había perdido, si acaso nosotros, había encontrado una tumba que quizá nos interesaba ver. Le había llamado la atención porque la lápida estaba cubierta por un collage de fotogramas de películas. Era la tumba de Henri Langlois, y muy cerca encontramos la de Jean Seberg. ¿Y qué tiene que ver Henri Langlois con U samogo sinego morya que nos convoca hoy? En realidad, no os lo preguntáis, ya lo suponéis: con toda probabilidad no estaríamos hablando de la película de Boris Barnet si no fuera porque Henri Langlois programó sus películas en la Cinemateca Francesa a principios de los años cincuenta, lo consideraba el gran poeta del cine ruso.

Henri Langlois

Boris Barnet fue alumno del Laboratorio de Lev Kuleshov, una sección de la Escuela de Cine de Moscú, y participó como actor en la película de su maestro Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques (1924), producida en el Laboratorio. Barnet dirigió su primera película en 1927, una comedia muda titulada La chica de la sombrerera. Su filmografía se desarrolla a lo largo de cuarenta años amojonados por veintiún largometrajes. Algunas de sus películas tuvieron éxito de público, pero Barnet nunca gozó de prestigio como cineasta ni en su país ni fuera de él. Si tenemos en cuenta que praestigium significaba engaño, nos alegramos etimológicamente. En 1965, Barnet se ahorcó con un hilo de pescar. Tenía 63 años, se sentía abandonado por el público, y lo que es peor, estaba convencido de haber perdido la capacidad de hacer buenas películas.

Boris Barnet

Quizá Barnet  nunca llegó a saber que Henri Langlois hizo cuanto estuvo en su mano por dar a conocer su obra. Quizá tampoco que Rivette y Godard lo admiraban. Desde luego no supo que Serge Daney habló de U samogo sinego morya hasta el último día, porque, más que de escribir de esa alquimia de humor, calidez y humanidad, sobre Al borde del mar azul dan ganas de hablar. Y tampoco que Bénard da Costa la consideraba la más transparente y secreta de las películas, y que escribió de ella con fervor en Os filmes da minha vida. Y que seguimos hablando de Al borde del mar azul.


Mientras se rodaba Al borde del mar azul, estaba a punto de desencadenarse el gran terror estalinista que se llevó por delante a Osip Mandelstam, Isaak Babel o Vsévolod Meyerhold entre tantísimos. Y basta imaginarlo para comprender por qué nos referimos a la película de Barnet como un milagro, porque no puede  imaginarse nada menos estalinista que Al borde del mar azul pero, al mismo tiempo, el contexto permite -o exige- verla como un documental de una utopía que no tuvo su lugar en esta tierra, sólo en el mundo (onírico) del cine, o sea, en el mejor de los mundos. ¿En qué otro mundo los camaradas comprenderían que un hombre enamorado se ausentara del trabajo para comprarle un collar a su amada y aun se apiadaran de él? ¿En qué otro mundo los impulsos del deseo tendrían prioridad sobre las obligaciones laborales? ¿En qué otro mundo lo íntimo podría conjugarse sin trabas con lo comunal?


Dos náufragos, Aliosha y Yussuf, van a parar a una isla del sur del Mar Caspio, y se encuentran en una explotación pesquera colectivizada -talmente un matriarcado- llamada "Luces del comunismo", los documentos que acreditan su identidad se han borrado, son hombres sin pasado, pero no importa, porque a ellos les basta que la primera persona que les pone los ojos encima sea Mashenka, encarnada por una Yelena Kuzmina -rubísima, humidísima y azulísima, en palabras de Bénard da Costa-, de la que se enamoran perdidamente, mientras ella les canta una canción que habla de gaviotas, de días claros y pasiones oscuras. El triángulo se complica porque, además de compañeros de naufragio, Aliosha y Yussuf son amigos, compañeros del alma. Y ahí tenemos la clave dramática de Al borde del mar azul que prefigura tanto Una mujer para dos de Lubitsch como Jules et Jim de Truffaut o Lola  de Demy. Porque la película de Barnet se mueve entre la comedia y el melodrama, el cine musical y el slapstick, pero resulta inclasificable.


Atrapados en las redes del amor, Aliosha y Yussuf se vuelven inocentes como niños, como si Mashenka los devolviera a una infancia donde se desdibujan las fronteras entre el mundo real y el mundo de los sueños. Y amando a Mashenka quieren seguir siendo amigos. Como los niños, no quieren renunciar a nada. Por eso se animan mutuamente en el pesquero atrapado en la tormenta. Masha te quiere a ti, dice Yussuf. No, te quiere a ti, dice Aliosha. Yussuf se deja convencer por su amigo y, manteniendo el equilibrio en los vaivenes del barco, imagina su boda con Masha, el cortejo nupcial... Y se entrega tanto al ensueño que no se da cuenta de que Aliosha apenas puede soportar imaginarse a la chica casada con otro, aunque sea Yussuf, y golpea con los puños el camastro, como patalea un niño al verse privado de su objeto de deseo.


Un golpe de mar se lleva a Mashenka. Cuando todos se rinden y consideran que es inútil seguir buscándola, Aliosha y Yussuf perseveran, hasta que no pueden más y yacen en la arena rendidos. Y parece como si el mar se apiadara de ellos y les devolviera a Mashenka cuando las olas la llevan hasta la playa; una resurrección que no constituye el clímax de la película sino apenas el final del segundo acto. Entonces asistimos a la escena que le gustaba tantísimo a Serge Daney -y no es de extrañar- y no se cansaba de evocarla: ¿Te acuerdas cuando los los amigos llegan con Mashenka al local donde todos los camaradas lloran y ella no entiende por qué y pregunta quién murió? Y entonces los tres empiezan a bailar, tanta es la alegría de estar vivos que no les cabe dentro y todo el pueblo se une al baile para celebrar el regreso de Mashenka y la felicidad recobrada de los amigos.


¿Te acuerdas cuando el mar llena la pantalla?, recordaba Daney. Porque lo que salta a la vista, al oído, y aun al tacto y al olfato, es la presencia del mar, la sensualidad de las olas, el abrazo telúrico que une a seres y elementos con ese magnetismo del deseo que nos remite a L'Atalante de Jean Vigo. En Al borde del mar azul, escribía Bénard da Costa, las presencias parecen emerger de un sustrato mítico, como si Aliosha y Yussuf fueran náufragos eternos y Mashenka el espíritu de la isla. Barnet consigue plasmar los elementos en toda su fisicidad y al tiempo transfigurarlos, devolviéndonos con la película a la experiencia de los orígenes del cine. Como en un sueño del que cuesta despertar. Por eso necesitamos confirmar que no sólo hemos soñado Al borde del mar azul. ¿Te acuerdas cuando..?