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10/9/17

El montoncito


Pasamos un par de días en Lisboa. Mientras callejeábamos, entré en dos o tres librerías buscando los Poemas quotidianos de António Reis, publicados hace cincuenta años y (re)editados con gusto exquisito y amoroso cuidado por Tinta da China hace justo dos meses. Pues nada. Agotado, me decían. ¡Un libro de poemas! No me digáis que no es casi inverosímil. Algo así, por aquí, sólo puede pasar en Portugal. Me quedaba una posibilidad. A primera hora de la tarde estaba en la puerta de la librería Linha de Sombra, en la Cinemateca Portuguesa.


Fui más puntual que João Oliveira, el librero, que se retrasó unos minutos en abrir, pero luego lo compensó con la amabilidad lusitana y hasta me trajo un café del Bar 39 Degraus (también en la Cinemateca, al otro lado del patio interior -usado en proyecciones nocturnas al aire libre- que lo separa de la librería), eso sí, después de ponerme en las manos los Poemas quotidianos de António Reis. Me supo a gloria aquel café.
Há sempre un rapaz triste / com lágrimas nos olhos / em frente a um barco

Luego me entretuve eligiendo (cuesta lo suyo) qué libros de cine me llevaba. Los dedicados a Alberto Seixas Santos (con diseño gráfico de Rita Azevedo Gomes y Nuno Rodrigues), a Jean Rouch, a Paulo Rocha, desde luego... Pero llegado el momento había un problema con el terminal bancario, tenía que pagar en metálico y sólo llevaba 30 euros. Salí de la Linha de Sombra con los Poemas quotidianos y dos películas de Paulo Rocha, O Rio do Ouro (1998) y Se eu fosse ladrão, roubava (2013); en total 29,91. Subí el último tramo de la Avenida da Liberdade y tres o cuatro manzanas más hasta el hotel, y el calor fue disolviendo la decepción. Y me resigné. Cuando se lo conté a Ángeles, hasta me alegraba de haber ahorrado 60 o 70 euros (no digo que fuera poner como una pica en Flandes, pero tratándose de uno por ahí le anda). A media tarde salimos para contemplar el crepúsculo en los Cais das Colunas. Y bajamos la Avenida da Liberdade. A la altura de la Rúa Barata Salgueiro, Ángeles se acercó a un cajero. Venimos a Lisboa y no puedes irte sin tu montoncito de libros de la Cinemateca, me explicó.


Volví a la Linha de Sombra con el metálico y ella me esperó en la terraza del Bar 39 Degraus tomando una camomila con anises. João me había guardado el montoncito de libros, estaba seguro de que volvería (qué bien me conocen por estos lares); 67,46 euros. No hay manera de ahorrar (por culpa de Ángeles, sobra decir).


Y entonces João, como me llevaba el libro de las folhas dedicadas a las películas de Jean Renoir, tuvo un detalle de esos que le hacen a uno aun más devoto de la Cinemateca Portuguesa: me regaló la folha original sobre Elena et les hommes (1956) escrita por Bénard da Costa, cuando era programador en la Calouste Gulbenkian.


Ángeles estaba encantada, la camarera había sido amabilísima y aquella terraza le parecía un lugar maravilloso para hacer un alto antes de irnos a los Cais. Tenían que aprender de aquí en todas las Cinematecas, decía. Ensoñamos aún un rato con la idea de pasar una temporada en Lisboa, de jubilados. Hojeando el libro con las folhas sobre las películas de Jacques Tourneur (con tantos textos espléndidos del gran Manuel Cintra Ferreira), ya me conformaba con que los dioses lares del cine conserven la Cinemateca muchos, muchos años. Se me hacía la boca agua sólo de imaginar la de horas luminosas que podía pasar allí... jubilado (como ver aquella tarde Playtime, de Jacques Tati, y a continuación Katka-bumajhny Ranet, de Fridrikh Ermler y Eduard Loganson).


Y nos fuimos Avenida da Liberdade abajo con el montoncito entre los dos.
Na mágoa dos dias / amor / nasce-te uma ruga // mesmo de alegria 

25/4/15

25 de abril


A este hijo de aquella madrugada aun le hace más falta hoy Grândola, vila morena. Terra da fraternidade.


El fervor de abril avivó la fiebre del cine. De ver y dar a ver cine. Esta fotografía de Rui Troncoso cuenta (también) esa historia. Se tomó el 1 de mayo de 1974 en Lisboa. Fue la primera gran manifestación tras el 25 de abril. 


Al día siguiente, en la sala grande del cine Império (el nombre tiene su aquel: esos días fueron el principio del fin del imperio portugués) se estrenó El acorazado Potemkin de Eisenstein (esa grafía errónea del cartel en la fachada denota el apremio de la cita con un filme-emblema), y en la sala pequeña, El rito de Bergman. 


Aquel fervor avivó también la urgencia de todo un cine de abril por hacer. Para filmar la revolución. Os dejo un (posible) programa de cine a propósito del  25 de abril de 1974, y después:

As Armas e o Povo (1975), del Colectivo de Trabajadores de Actividades Cinematográficas.
Rodado entre el 25 de abril y el 1 de mayo de 1974.  Entre los cineastas que participaron figuran José Fonseca e Costa, António-Pedro Vasconcelos, Manuel Costa e Silva o Glauber Rocha, y el director de fotografía Acácio de Almeida,  78'.

A la izda., Glauber Rocha interactuando con la gente 
en As Armas e o Povo.

Torre Bela (1975), de Thomas Harlan. 105' (en dvd se distribuyó una versión de 82').
Un filme -con fotografía de Russell Parker- que documenta la ocupación de tierras en la heredad de Torre Bela por los campesinos de Manique en el Ribatejo portugués, durante el verano caliente de 1975. Dedicado a Otelo Saraiva de Carvalho. Serge Daney habló de la etnografía militante de Thomas Harlan:
Rara vez se habrá visto mejor el hacer y deshacer de una colectividad singular, hecha en sí misma de singularidades, capturada en el curso de un proceso político [o processo revolucionário em curso, el PREC, como se le denominó entonces], en que esa colectividad deviene la verdad ciega y el horizonte de la utopía.

Cenas da luta de classes em Portugal (1977), de Robert Kramer y Philip Spinelli. 96'.
Un documental -cine militante- que pone el foco en las luchas populares que acompañaron el proceso revolucionario -el PREC- posterior al 25 de abril y hasta las elecciones de 1976. (Se le quiere mucho a Robert Kramer en esta escuela.)


Que farei eu com esta espada? (1975), de João César Monteiro. 66'.
Un documental de creación -con fotografía de Acácio de Almeida- en torno al uso de los puertos portugueses por los navíos de la OTAN, que la película asocia a la peste que llega en el barco que trae a Nosferatu, en el filme de Murnau. Cine, pues, declaradamente militante anti-OTAN y anti-capitalista.


Tras-os-Montes (1976), de António Reis e Margarida Cordeiro. 111'.
Una de las más bellas banderas del Novo Cinema portugués después de abril, pero sobre todo es uno de los grandes filmes portugueses -o sea, europeos- de los últimos 50 años, con fotografía de Acácio de Almeida. ¿Documental? ¿Ficción? ¿Docuficción? ¿Ficción etnográfica? CINE, así, con mayúsculas. La obra de un poeta. Jean Rouch escribió:
Nunca, hasta donde yo sé, un realizador se había empeñado tanto, con tal obstinación, en la expresión cinematográfica de una región: quiero decir, la difícil comunión entre hombres, paisajes y estaciones. Sólo un poeta insensato podría mostrar un objeto tan inquietante. A pesar de la barrera de un lenguaje áspero como el granito de las montañas [Jean Rouch había visto una copia en versión original, sin subtítulos en francés], aparecen, de repente, en la curva de un camino nuevo, los fantasmas de un mito sin duda esencial, ya que lo reconocemos aun antes de conocerlo. 
Un travelling en bici durante el rodaje de Tras-os-Montes.

Bom Povo Portugués (1980), de Rui Simões. 132'.
Un documental que traza el proceso revolucionario -el PREC- vivido en Portugal entre el 25 de abril de 1974 y el 25 de noviembre de 1975, realizado por quienes se comprometieron en las luchas de aquellos días (entre ellos -no podía faltar-, Acácio de Almeida). Quizá represente también una elegía de aquella revolución, el lamento por la derrota de un sueño.


Gestos e Fragmentos (1982), de Alberto Seixas Santos. 90'
Un ensayo sobre los militares y el poder, como reza el subtítulo, con las presencias de Otelo Saraiva de Carvalho y Eduardo Lourenço, y un periodista encarnado por Robert Kramer que intenta explicar(se) la deriva del proceso revolucionario que despertó el 25 de abril. La película destila la dolorosa experiencia de la derrota de la revolución bajo la forma de un duelo, o mejor, como amparo del duelo que cada uno pueda proyectar de aquella experiencia cardinal.


Sí, todas esas imágenes se ofrecen como flores raras en un paisaje devastado. Pareciera que sólo una canción conserva aún una memoria insomne. Una memoria en vela. Jurei ter por companheira / Grândola, a tua vontade.

25/1/15

Ángela, un retrato de Anna


Para Adelita, que comparte
el fervor por Anna Karina, 
y tanto nos recuerda a Ángela
(y viceversa).


Uno de estos días volvimos a ver Une femme est une femme. Han pasado más de cincuenta años desde su estreno en 1961, la primera vez que los espectadores vieron a Anna Karina en una pantalla. Como Ángela.


No era su primera película, ya había rodado el año anterior Le petir soldat, pero la censura impidió su estreno hasta 1964; así que Une femme est une femme reveló una de las más radiantes presencias de la noche del cine.  


Me gustaría estar en una comedia musical con Cyd Charisse y Gene Kelly, dice Ángela.


Ése también era el sueño de Anna Karina. ¿Un regalo, Une femme..? Bueno... es una película de Godard, así que Une femme... no es propiamente una comedia musical, pero puede verse como una comedia musical de aquella manera (a la manera de un ensayo); digamos que es un filme con nostalgia del musical o, en palabras de Godard,
Es la idea de la comedia musical. 
Anna Karina y Godard se habían enamorado rodando Le petit soldat; filmando el rostro de Anna, el cine es verdad 24 veces por segundo, dijo Godard.


Ángela quiere tener un niño y Anna se queda embarazada durante el rodaje.


Une femme... puede verse también como un documental sobre Anna Karina, que encarna una idea de mujer construida por Godard -enamorado de la actriz-, esa Ángela llena de gracia.


Une femme... se rodó entre noviembre de 1960 y enero de 1961. Y en marzo Anna Karina y Godard se casaron.


(En agosto de 1959 -mientras rodaba À bout de souffle, su opera prima- el cineasta publicó en Cahiers un tratamiento de Une femme... donde reconocemos ya los trazos principales -incluso algunos gags-, tono y métodos de rodaje, y hasta el final de la película, sólo que allí el personaje de Ángela se llamaba Josette. Anna Karina aún no había entrado en su vida, pero Godard ya la había visto ese verano en la pantalla: metida en una bañera y cubierta de espuma, en un anuncio de Palmolive.)

Godard y Anna Karina en el rodaje 
de Une femme est une femme. 

Creo que fue Colin MacCabe quien dijo que Une femme... es la única película alegre del cineasta. Salta a la vista la felicidad de hacer juntos una película, entre amigos. Una película que nos encanta (también) porque les encantó hacerla a ellos.


Una comedia deliciosa que quieres volver a ver en cuanto aparece la palabra FIN.


La película con la que Alexandre/Jean-Pierre Léaud -en La maman et la putain, de Eustache- aprendió con Ángela a hacerse la cama. (El cine, escuela de todas las cosas.)


La película con la que Godard descubrió el color, esos rojos, azules y blancos iluminados por Raoul Coutard. Y el sonido directo. Y el scope. La primera vez que comparten pantalla Anna Karina y Jean Paul Belmondo, como Alfred Lubitsch, el amigo de Ángela.


Es una lástima que sólo volvieran a trabajar juntos con Godard en Pierrot le fou, esa maravilla que va a cumplir cincuenta años en unos meses. (Sobra decir que este 2015 será el año Pierrot le fou en esta escuela.)


Sin obviar el hilo primordial del humor que pespunta la obra entera de Godard (suele olvidarse su nariz de payaso, su lado Buster Keaton, el gusto por el slapstick,  su querencia por los juegos -de palabras, desde luego, pero no sólo verbales-), no cuesta nada considerar Une femme... como la película más divertida -jubilosa y alada- de su filmografía. No faltan gags estupendos como el del huevo o situaciones jocosas como la irrupción de los policías o ésa en que Émile/Jean-Claude Brialy le pide a Alfred que deje embarazada a Ángela. (No digamos cuando para a un peatón por la calle para rogárselo, una escena rodada con cámara oculta, para registrar una impresión verdadera de la reacción del transeúnte.)


O la cita de Disparen sobre el pianista donde Suzanne/Marie Dubois (la encantadora Léna en la película de Truffaut), cuando su amiga Ángela le pregunta qué libro lee, mima el título pero la banda de sonido se ocupa de los disparos.


O el cameo de Jeanne Moreau en homenaje a Jules et Jim. (Citas que dan cuenta de la amistad y admiración que se profesaban Godard y Truffaut.)


Me gusta mucho ese plano con el rostro sonriente de Cataline Demongeot (la niña protagonista de Zazie en el metro de Louis Malle) en la portada de una revista, viendo divertida las páginas del libro Estoy esperando un bebé que consulta Ángela en la librería de Émile (uno de esos kioscos que tanto le gustaban a Godard).


¿Y puede haber algo más godardiano que los diálogos -la riña muda- a base de títulos de libros entre Ángela y Émile (con las idas y venidas de la pareja, lámpara en ristre, hasta las estanterías para acopiar munición)?


Quizá sólo las rupturas del score de Michael Legrand con el sonido diegético, los rótulos sobre las imágenes comentando la acción...


Y desde luego la belleza de los créditos (de un cineasta de letras).


O ese (célebre) juego de palabras (intraducible) de Ángela que abrocha la película: Je ne suis pas infame. Je suis une femme.


La idea de Godard era filmar un musical neorrealista. Como suena. El más irrealista de los géneros filmado de la manera más realista posible. Unos viejitos iban a alquilarle el piso que le gustaba -donde iban a vivir Ángela y su novio Émile- y, durante el rodaje, el productor instalaría a los viejitos en un hotel de lujo, pero se asustaron de aquella gente del cine y Godard se quedó sin piso. Total, que tuvieron que construir el piso en estudio. Pero, ojito, con una condición sine qua non de Godard: el decorado reproduce las condiciones de la localización, es decir, sin permitirse las comodidades del trabajo en estudio, por ejemplo, prescindir de los techos para facilitar la iluminación; nada de eso: este decorado -a imagen y semejanza del piso de los viejitos- tenía techos, y una puerta principal de verdad, con llave. Una única llave que guardaba Godard, para evitar que a sus espaldas hicieran trampas. Cada día, al terminar el rodaje, Godard cerraba con llave y abría todas las mañanas, personalmente. Una decisión que ilumina la poética del cineasta y su idilio con la realidad.


En alguna entrevista Godard se refirió a Une femme... como cinema dell'arte:
La gente actúa y saluda al mismo tiempo, ellos saben y nosotros sabemos que actúan, que ríen y que al mismo tiempo lloran. (...) Los personajes actúan siempre en función de la cámara: es una farsa.

Ángela es una teatrera (una falsa ingenua), también es una payasa (¿hace falta decir que en el sublime sentido del término?), y le encanta multiplicarse -verse multiplicada- en los espejos (qué sería de ella sin ellos -sin ellas-), pero es justo a través de su teatro cómo revela su verdad.


En la vida de cada día se actúa (se miente), pero cuando se hace comedia se expresa una verdad. Ángela no hace distingos entre la realidad y la ficción (como el propio Godard). Esos viejitos con los que se queda Ángela mientras Suzanne le cuenta sus cuitas, unos viejos filmados por Godard con un registro documental, como si de un Jean Rouch se tratara...


Las constantes rupturas de tono en Une femme... son la pura expresión de esa mujer imprevisible que encarna Anna Karina, tan desconcertante -en palabras de Jean Collet- como un cielo de marzo, con lluvia y con sol. Ángela puede hacer el payaso, pero no miente. Jamás. (Una cuestión cardinal -y aun obsesiva- del cine de Godard: ¿qué dice un rostro?, ¿qué hay detrás de una mirada?) A propósito de Anna, dijo Godard:
Era tan sincera en su voluntad por representar algo que finalmente lo que representó fue esa sinceridad.

Une femme est une femme es Anna Karina. Un retrato de la mujer que ama Godard, y no será sensu stricto un musical, pero desde luego es una canción de amor.