Ahora que hemos pasado ya de las ochocientas entradas (ésta hace la 827: da no sé qué ver la cifra así, en número) y ha llegado noviembre (y hoy es hoy), me atrevo a contar lo que, en el fondo, me movió a publicar esta bitácora (y quizá a perseverar en ella).
Fotogramas de Delitos y faltas (1989).
Cliff (Woody Allen) lleva a su sobrina
al cine de la calle Bleecker.
El amor al cine como legado.
El motivo primordial puede cifrarse en unos versos del Canto LXXXI de Ezra Pound, que un día me dio a leer el maestro y, en su momento, a punto estuve de fijar en el umbral de esta escuela; los versos que abrían el primer número de la revista Trafic, fundada por Serge Daney:
What thou lovest well remains, the rest is dross What thou lov'st well shall not be reft from thee What thou lov'st well is thy true heritage
(Lo que bien amas perdura,
lo demás, qué más da
Lo que bien amas no te será arrebatado
Lo que bien amas es tu verdadera herencia.)
Las primeras imágenes que me deslumbraron en una pantalla también me aterrorizaron.
Fotograma de Marcelino, pan y vino (1955)
de Ladislao Vajda.
Vislumbres casi fantásticos aquellos fotogramas, como esculpidos con el material de los sueños. En el regazo de mi madre. Y en el refugio de su abrazo cuando llegaba el miedo y yo cerraba los ojos y me escondía en su pecho. Relámpagos en la memoria del cine. La herencia cardinal.
Me tienta la idea de plantear un juego de encadenados que nos lleve de Lotte Lenya a Pablito Calvo. (Creo que durante un tiempo ¿Juan Marsé? colaboró ¿en El País? con una sección -de cine- con ese dispositivo.) Se me ocurrió hojeando -y ojeando- un libro de bolsillo que compré -como consta anotado- hace cuarenta años en la librería Xuntanza de Pontevedra -aún conserva la etiqueta- y me descubrió a Bertolt Brecht (supongo que sigue pasando, que es lo mejor que se puede decir de un libro).
Leí con verdadero fervor los Poemas y canciones de Brecht, en versión de Jesús López Pacheco a partir de la traducción directa del alemán de Vicente Romano (en algunas piezas colaboró también José María Carandell). Cuatro de esas canciones correspondían a La ópera de dos centavos, así aparecía traducido el título original -en alemán-, Die Dreigroschenoper (también se tradujo como "de los tres centavos" y "de los tres peniques"), y ahora Miguel Sáenz lo traduce -en la edición del teatro de Brecht- como La ópera de cuatro cuartos; entonces, me pareció que la mejor versión sería La ópera de cuatro perras (ya no, claro), y creo que alguien lo tradujo como La ópera de cuatro perras gordas.
Bertolt Brecht y Elisabeth Hauptmann
Brecht empezó a concebir la idea de aquel cabaret -o revista musical- cuando su compañera, Elisabeth Hauptmann, le comentó el éxito de la reposición en Londres de The Beggar's Opera, con libreto del dramaturgo John Gay -la obra se estrenó en 1728- y partitura de John Christopher Pepusch, una crítica a la clase dominante con música popular. Esa conjugación de lo popular y lo político despertó el interés de Brecht. No tardó en adaptar algunas escenas con la ayuda de su compañera, que tradujo al alemán el libreto de Gay y lo ayudó con las versiones, y se lo hizo llegar a un productor. En el mes de abril de 1928, Brecht ya tiene entre manos el encargo de escribir Escoria -ése fue el título inicial- con vistas a a su estreno a finales de agosto.
Kurt Weill, Lotte Lenya y Bertolt Brecht
A mediados de mayo, Brecht y Hauptmann en compañía de Kurt Weill y su mujer, la cantante y actriz Lotte Lenya, se fueron a la Riviera a escribir el libreto y la música. Trabajaron a base de bien, y muy probablemente las letras de las canciones deberían haberlas firmado Brecht y Hauptmann. Pero el 10 de agosto cuando comenzaron los ensayos, con Lotte Lenya en el papel de Polly, tanto Kurt Weill como Brecht seguían reescribiendo la música y el libreto. Los ensayos resultaron tormentosos, con peleas y discusiones sin tregua. Todos, productores, autores y actores, incluido el director de escena Caspar Neher, presentían un fracaso que haría época. Para muestra un botón: la canción de Mackie Navaja se escribió en vísperas del estreno porque Harald Paulsen, el actor que interpretaba al personaje, amenazó con plantar la producción si su entrada en escena no se preparaba con un tema ad hoc. ¿Quién podía imaginar que la canción con que se abre la obra se iba a convertir en un clásico de la música popular?
La ópera de cuatro cuartos se estrenó el 31 de agosto de 1928 en el Teatro am Schiffbauerdamm de Berlín con libreto de Brecht y música de Kurt Weill, doscientos años después de la obra de Gay que la había inspirado. Fue un cañonazo. Anticapitalista, antimilitarista y antifascista. En octubre ya se pusieron a la venta las primeras grabaciones. En un año había superado las cuatro mil funciones en más de cincuenta teatros. Las partituras se vendían como rosquillas y las canciones se escuchaban en bares, fiestas y bailes. Cuatro años después ya se había traducido a dieciocho idiomas y se representaba con éxito en Europa y América.
Cartel de Paul Davis
para el montaje de
La ópera de cuatro cuartos
en Nueva York, 1976
En 1931 había llegado a las pantallas la versión cinematográfica dirigida por G. W. Pabst con Lotte Lenya en el papel de Jenny. El guión de la película lo firmaban Béla Balázs, Léo Lania y Ladislao Vajda. Sí, supongo que ya habréis adivinado el eslabón que acaba uniendo a Lotte Lenya y Pablito Calvo, el niño-actor protagonista de Marcelino pan y vino (1955) dirigida por otro Ladislao Vajda, el hijo del guionista húngaro de la película basada en el cabaret de Bertolt Brecht y Kurt Weill.
Lotte Lenya, como Jenny,
en la versión cinematográfica de G. W. Pabst
Desde hace cuarenta años, la Canción de Jenny la de los piratas (que Lotte Lenya cantaba como Polly en el cabaret y como Jenny en la película), se convirtió en una de mis piezas favoritas de aquel libro (de bolsillo) que me descubrió a Brecht.
1 Señores: hoy me ven fregar vasos / y soy yo quien les hace la cama. / Gracias les doy si me dan propina, / andrajosa de hotel andrajoso. / Pero ustedes no saben con quien hablan. / Una tarde en el puerto habrá gritos / y se dirán: “¿Qué gritos son ésos?” / Me verán sonreír mientras friego / y se dirán: “¿Por qué se sonrie?” // Y un barco con ocho velas / y con cincuenta cañones / habrá atracado en el muelle.
2 Ellos me dicen: “¡Vete a fregar!” / y me da la propina y la tomo. / Las camas les haré, qué remedio. / (Pero esa noche no dormirán.) / Pues por la tarde oirán en el puerto / un estruendo y dirán: “¿Qué estruendo es ése?” / Me verán asomarme a la ventana / y dirán: “¡Qué sonrisa tan rara!” // Y el barco con ocho velas / y con cincuenta cañones / bombardeará la ciudad.
3 Señores: se acabó ya la risa. / Porque todos los muros caerán, / será arrasada vuestra ciudad, / menos un pobre hotel andrajoso. / Preguntarán: “¿Quién vive en ese hotel?” / Y me verán salir por la mañana, / y dirán: “¡Era ella quien vivía!” // Y el barco con ocho velas / y con cincuenta cañones / empavesará sus mástiles.
4 Y a mediodía desembarcarán / cien hombres. Y vendrán, ocultándose, / de puerta a puerta, agarrando a todos. / Ante mi los traerán con cadenas, / y me preguntarán: “¿A quién matamos?” / Y habrá un silencio grande en el puerto / al preguntarme quién debe morir. / Se oirá entonces mi voz diciendo: “¡Todos!”, / y “¡Hurra!”, a cada cabeza que caiga. // Y el barco con ocho velas / y con cincuenta cañones / conmigo zarpará.
Os dejó aquí dos versiones, en las voces de Lotte Lenya y Nina Simone.
Aún llevo una en forma de “y” encima del labio superior, justo en la mitad, aunque ahora casi no se nota, por culpa de Joselito. El pequeño ruiseñor. El de la voz de oro, que decía Kiko Veneno. Éste:
De niño me habían llevado a ver varias películas suyas. Recordé siempre escenas sueltas: aquélla en que un rebaño de toros le pasan por encima a Joselito y, sobre todo aquélla en que Joselito, una noche, coge una barca de pescadores para irse a América en busca de su padre, se pierde en el mar y pide auxilio a un barco que pasa a lo lejos moviendo un candil en alto de izquierda a derecha.
Esa escena no se me iba de la cabeza y la representaba una y otra vez en mis juegos. Me subía al pilón del sulfato, junto al árbol de los fatones y contiguo al regato que atravesaba la finca, y pedía auxilio a gritos mientras movía una lata de aceite a modo de candil.Un día puse tanto ímpetu en la escena que resbalé y caí amorrado contra el borde del pilón. Me llevaron enseguida al médico, a Casal Aboy, en Tui, para que me pusiera la inyección contra el tétanos, ¡tétanos!, sonaba terrorífico.
Durante mucho tiempo no supe a qué película pertenecía hasta que hace unos años, una noche, aquí en Aguiño, mientras escribía, pasaban en Cine español Aventuras de Joselito en América (1959 o 1960 según fuentes) de Antonio del Amo y René Cardona Jr. Aquí va una sinopsis:
Joselito vive con su abuela en un pueblo de pescadores. Su padre marchó hace tiempo a América para hacer fortuna. Un día el muchacho decide viajar allí para reunirse con él. Se embarca en una frágil barquita y milagrosamente es salvado en alta mar por un buque que le conduce a México. Aquí conoce a Pulgarcito, un pequeño vendedor de periódicos con el que vive muchas peripecias. Y al final, Joselito encontrará a su padre.
En fin, ahí estaba Joselito en la barca, perdido en medio del mar y de la noche, pidiendo auxilio a gritos y moviendo un candil para llamar la atención de un barco que pasaba a lo lejos. La película que me dejó, mira por donde, una cicatriz.
Hubo otras inyecciones contra el tétanos. La siguiente fue poco después (quizá un año más tarde) fruto de mi pasión por las representaciones de Semana Santa –el Santo Encuentro, el viernes santo por la mañana en la plaza de la catedral, pero sobre todo El Desenclavo, por la tarde, en la iglesia de Santo Domingo- y una mañana calurosa de abril estaba jugando delante de casa, desfilando como los romanos que escoltaban la urna de cristal donde llevaban a Cristo en la procesión del Santo Entierro y con una gancha a modo de lanza. Desde la ventana, mi madre me tendió una gorra, no por el aquel del sol, sino para que cumpliera las funciones de casco (de romano). Total que al bajar la mano me atravesé la muñeca con la gancha. Otra vez a Tui, a Casal Aboy, la inyección contra el tétanos. El teatro sacro no me dejó cicatrices pero me llegó a los adentros. Cómo no va a dejarlas ese delirio de cuerpos en carne viva, retorcidos por el dolor, que heredamos del barroco y preñó las formas de una religiosidad que, contemplada con cierta distancia irónica, cobra visos surreales, terroríficamente surreales.
Mis padres también me llevaron a un par de películas religiosas, una sobre Fray Martín de Porres y otra, esta dejó una huella más honda –sobre todo por el miedo que pasé- Marcelino pan y vino, por cierto, imagino que sería un reestreno, porque se trata de un film que se estrenó el año que nací... Marcelino pan y vino invadió los sueños de mi infancia con terrores perdurables . Sabía lo que se hacía Ladislao Vajda.
Memoria de fotogramas como cicatrices, cuchillos en la mirada.