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22/10/12

El cine de las cosas


En 1980, Luis Buñuel le confesaba a Agustín Sánchez Vidal que lo hubiera dado todo, y bien gustoso, a cambio de ser escritor: Es lo que realmente me hubiera gustado ser. Porque el mundo del cine es muy agobiante, hace falta mucha gente para hacer una película. Y envidio al pintor o al escritor que pueden hacer su trabajo aislados en su casa...

Buñuel con la cruz a cuestas 
en el rodaje de La Vía Láctea (1969).

Un escritor de la cuerda de Ramón Gómez de la Serna, con su querencia por trastornar el sentido de cada cosa con un adjetivo lejano que no le corresponde, o poniendo cosa con cosa en una vecindad que supone una tercera cosa dubitante, monstruosa..., en esa frontera movediza donde, como alguien señaló, el mundo de los sueños y el mundo de la vigilia se despedazan en exquisitas disonancias.

La navaja-crucifijo o el crucifijo-navaja de Viridiana (1961). 
(Fotografía de José F. Aguayo.)

Ramón era un modelo para Buñuel, que encontraba en el creador de las greguerías -esas metáforas con humor- una profunda afinidad poética, como si sus imaginarios se nutrieran del mismo venero, y el mismo fervor por las cosas, por ese amontonamiento azaroso de cachivaches en almoneda, de cosas propensas a maridajes insólitos, repentinos, fantásticos... y a menudo catalizadores de un humor surreal. Azorín definió a Ramón como psicólogo de las cosas y el propio Ramón reconocía que en lo más recóndito de sí latía una íntima ternura por las cosas.

Ramón, en su cuarto de trabajo 
fotografiado por Alfonso

Buñuel, en El plano fotogénico, un artículo publicado en abril de 1927 en La Gaceta Literaria, apuntaba a Ramón como el creador del gran plano en literatura, como se habla de Griffith como creador del gran plano en el cine. Así se denominaba en los años veinte al primer plano -y aun al plano detalle-, el gran plano. Un gran plano como éste de Ramón en El rastro, pongamos por caso: Un exvoto blanco, más blanco, más aéreo, más de carne de niño muerto, más exvoto que nunca. Y es que Ramón, en su prólogo a Ismos, ya había señalado: El misterio de que una cosa resulte es que estén bien hallados los ángulos. Talmente como si hablara del ángulo de una toma.

La jofaina de Narazín (1958). 
(Fotografía de Gabriel Figueroa.)

O el ángulo de la melancolía de estas líneas de El circo (en un libro azul de la vieja colección Austral), un plano con visos de contrapicado, desde los ojos de un niño que atisbara bajo la carpa tras la última función: Como el péndulo de un reloj que se para, que se va a parar, queda el trapecio oscilando en la noche como péndulo del reloj del circo. Y poco faltó para que Buñuel hiciera su primera película a partir de un guión -titulado Chiffres (y publicado en Revue de cinéma el 1 de abril de 1930)- que le había escrito Ramón, quien retrató al autor de El perro andaluz como este aragonés con cara de estatua de excavación.

Buñuel en el rodaje de Robinson Crusoe (1952).

Buñuel descubre que nada como el cine para dar vida a las cosas o para revelar el alma de las cosas a través de los textos y filmes de Jean Epstein, y fue su ayudante en El hundimiento de la casa Usher (1928).

Jean Epstein

Lo cita en el artículo mencionado -En la pantalla no hay naturalezas muertas. Los objetos están dotados de actitudes-, señalando que fue el primero en hablarnos de esa calidad psicoanalítica del objetivo.

Un fotograma de Coeur fidêle (1923) de Jean Epstein.

Un fotograma de Finis Terrae (1929) de Jean Epstein.

Y añade: Un gran plano de Greta Garbo nos es más interesante que el de un objeto cualquiera, siempre que éste signifique o defina algo en el drama.

La pierna de la muñeca de Ensayo de un crimen (1955). 
(Fotografía de Agustín Jiménez.) 

La pierna ortopédica de Tristana (1970). 
(Fotografía de José F. Aguayo.)

El 1 de octubre de 1928 aparece un número especial de La Gaceta Literaria, dedicado al cine y coordinado por Buñuel, que incluye el texto Algunas ideas de Jean Epstein donde el cineasta francés valora el animismo del cine: Cada accesorio se convierte en personaje... La mano se separa del hombre, vive sola, sola sufre y goza.

La mano de Coeur fidêle de Jean Epstein.

Las manos con hormigas de El perro andaluz (1928). 
(Fotografía de Albert Duverger.)

La mano con hormigas de Simón del desierto (1965). 
(Fotografía de Gabriel Figueroa.)

La mano de El ángel exterminador (1962). 
(Fotografía de Gabriel Figueroa.)

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que no había drama americano sin la escena del revólver que salía lentamente de un cajón entreabierto. Me gustaba ese revólver. Se convertía en símbolo de mil posibilidades. Los deseos y las desesperaciones que representaba...

El revólver de Él (1952). 
(Fotografía de Gabriel Figueroa.)

El revolver de El discreto encanto de la burguesía (1972). 
(Fotografía de Edmond Richard.)

Y a Buñuel -como muy bien señala Agustín Sánchez Vidal- le bastará la cuerda (de saltar a la comba) de Rita para anudar las más recónditas pulsiones de los personajes de Viridiana.





En realidad, Buñuel era un escritor (religioso, en un sentido primordial) que necesitaba del cine para dar forma a sus imaginerías o un pintor que encontró en el cine la herramienta para sus bodegones sobre los tormentos de la carne. 

Un fotograma de Viridiana.

Formas de erotismo. 

El zapato de Ensayo de un crimen.

Los garbanzos de Tristana

Un arte de fetichistas, el cine de las cosas.

9/8/12

Milagros de memoria y música de olvidos




El poeta solamente tiene algo suyo que revelar a los otros, cuando la palabra es impotente para la expresión de sus sensaciones: Tal aridez es el comienzo del estado de gracia.

El verbo de los poetas, como el de los santos, no requiere descifrarse por gramática para mover las almas. Su esencia es el milagro musical.

Solamente cuando nos perdemos por los musicales senderos de la selva panida [vamos, donde tocaba la flauta el dios Pan], podemos oír los pasos y evocar la sombra del desconocido que va con nosotros

En las creaciones del arte, las imágenes del mundo son adecuaciones al recuerdo donde se nos representan fuera del tiempo, en una visión inmutable.

Para que el recuerdo sea quietud y visión interior, olvidemos los caminos por donde nos llega, como cuando la nave llega al puerto olvida el oficio de la vela y del remo, que amaba decir Miguel de Molinos.

Puso el asirio las alas del pájaro en el lomo del toro, y el heleno pobló de centauros los bosques mitológicos de sus islas doradas. Combinaron las formas, pero ninguno las creó. La observación es vieja y solamente la saco a memoria para hacer más claro mi pensamiento y llegar a decir cómo algo semejante acontece con las palabras. El poeta las combina, las ensambla, y con elementos conocidos inventa también un linaje de monstruos: el suyo. Logra así despertar emociones dormidas, pero crearlas, nunca.

Valle-Inclán, fotografiado por Alfonso en agosto de 1930

(Fragmentos de La lámpara maravillosa, los ejercicios espirituales de Valle-Inclán, que acabo de encontrar en un papel amarillo entre las páginas sobadas de Cara de Plata, quizá (mi) comedia bárbara más releída, con ese intercambio de réplicas que tanto me gusta:

FUSO NEGRO.- El mundo está para acabarse. ¡Talmente finalizado! ¿Para qué mudar de costumbres y echarse nuevos cargos? Pero me ¡hacían obispo! Hay pocos teólogos y los pocos que hay amancebados.

EL CIEGO DE GONDAR.- ¡Se cansa la boca de comer! ¡Se cansa el cuerpo de dormir! ¡Solamente los ojos no son cansos en su aquel de mirar!

Hay días que dan ganas de refugiarse en una cama turca bardada con libros -como la de Valle-, y no asomar la cabeza al mundo exterior.)