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19/6/13

El pájaro y la espada


Tengo para mí que sin la perdurable impresión de las primeras películas en Tui -en el Teatro Principal, en el cine Yut, en el cine Bolívar- no estaría escribiendo esta bitácora. Quiero decir -supongo que ya lo dije (de una u otra forma) más de una vez-, sin la intuición de que aquellas películas me contaban algo primordial, que aprendía cosas de vital importancia mientras las veía, o sea, sin la temprana convicción de que eran mi escuela de los domingos, ¿a cuento de qué la escuela de los domingos?


Scaramouche (1952) fue una de esas películas primeras, de esos días de la infancia en la noche del cine. Donde aprendí, o mejor, donde continué mi aprendizaje a propósito de cómo y cuánto puede equivocarse el corazón de un héroe. Y aprender también que uno podía ir a la misma sesión que tantos rapaces de mi tiempo y no ver la misma película. (¿Habría otros que veían la misma que uno?) Y salir ellos del cine hechos unas pascuas y uno con ánimo fúnebre, y perturbado: ¿qué celebraban? ¿es que no se daban cuenta de que André Moreau había metido la pata hasta el fondo al dejar a Lenore por Aline de Gravillac? ¿o es que estaban tan ciegos como él y no caían en la cuenta de que la pelirroja Lenore era la mujer de su vida? (¿Andarían otros en las mismas cavilaciones?)

Janet Leigh es Aline de Gavrillac.
Eleanor Parker es Lenore, la cómica de la legua.

Sí, aquel día uno aprendió de memoria el nombre de Eleanor Parker (bueno, sin querer, se me quedó también en la cabeza el de Janet Leigh). Y me pasé horas confundido, rabioso o atristado, por ese orden, o en orden inverso, o conjugando los tres estados a la vez, perdido en mis novicias cavilaciones sobre las derrotas del corazón.


Después del león de la Metro y antes del título aparece esta frase: Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Lástima que no añadieran la siguiente, como en el libro: Y ése era todo su patrimonio. Qué apertura tan espléndida de la novela de Sabatini, ¿no? Pasarían unos años antes de perderme entre sus páginas. Pero la película, ya lo sabéis, empezaba días antes.


Con el ven y mira del cartel y el ensueño que germinaba en los cuadros del vestíbulo del cine Yut. Y entre la promesa de la película y la sesión podían pasar muchas cosas, y a veces llegabas al cine con la lengua de fuera.


Así que ya sabía muchas cosas, que había dos rivales, dos chicas, teatro... y que íbamos a ver una película de espadachines, como le llamábamos a las de capa y espada; con las de vaqueros, las de piratas (ah, La mujer pirata de Tourneur con Jean Peters) y las de Tarzán (el de Johnny Weissmüller), mis preferidas del cine de la infancia. Qué raro me sonó tiradores, como les dicen a los espadachines en la esgrima.


Por aquellas películas de espadachines leí no hace mucho Blandir la espada, el estupendo libro de Richard Cohen, donde me enteré de que Jean Heremans, un campeón de esgrima belga, colaboró con George Sidney -ya habían trabajado juntos en Los tres mosqueteros (1948)- para coreografiar la gran secuencia del  duelo en el teatro de L'Ambigu -el clímax de Scaramouche-, un combate de espadachines durante seis minutos y medio  que pasa por ser una de las grandes escenas de esgrima en el cine, con el teatro como escenario -nosotros, espectadores, somos una prolongación de la platea de L'Ambigu-; la lucha, entonces, como puesta en escena, el combate como danza, y las estocadas y paradas de los aceros como música de metales. (A Heremans se le deben también las coreografías de los combates de El prisionero de Zenda de Richard Thorpe, estrenada el mismo año.)

Scorsese lleva a sus personajes al cine 
en  Who’s that knocking my door (1967), su opera prima.
Una de las películas que acaban ver, Scaramouche.

Por lo visto, Stewart Granger se preparó concienzudamente para el papel con las clases de Bob Anderson e interpretó personalmente las escenas de Scaramouche, sin recurrir a un doble. (Este Anderson, que durante un tiempo fue maestro de esgrima de la Royal Shakespeare Company, trabajó también con Errol Flynn en El señor de Ballantrae, estrenada un año después, coreografió los combates de La princesa prometida y hasta se metió en el traje de Darth Vader para luchar contra Luke Skywalker en El imperio contraataca y El retorno del Jedi.) En la brillante secuencia del clímax de Scaramouche todo el teatro -palcos, platea, corredores, escaleras, escenario, bambalinas- deviene espacio de representación de la obra que realmente importa al público, la que encarnan los duelistas; el teatro todo, teatro de vida y muerte.


George Sidney es de esos directores del viejo Hollywood del que uno sólo ha conservado en la memoria apenas una o dos películas. Scaramouche se trama con lazos de sangre (hermanos que no saben que lo son) y pedagógicos (maestros y discípulos), conjugando asesinatos, venganzas, amores tempestuosos, padres e hijos, el mundo del teatro y la sombra de la Revolución Francesa. Como señaló muy bien José María Latorre, Scaramouche se arma con una estructura más folletinesca que aventurera, y así lo entendieron los guionistas, Ronald Millar y George Froeschel, y el director, para tramar un melodrama en torno a una encrucijada de destinos; la de los hermanos, pero también la de André entre Lenore y Aline, a la que conoce, mira por dónde, en un cruce de caminos.


Las identidades, las máscaras, los papeles, la confusión, los dilemas del amor y de la sangre se caldean en el alambique (del melodrama) de Scaramouche y George Sidney los destila -quizá como nunca en su cine- con la garra, el humor y la gracia, con el equilibrio y la armonía que se cifran en la lección del maestro de esgrima: Imagina que la espada es como un pájaro: si lo aprietas con demasiada fuerza, lo ahogas; si lo aprietas con demasiada delicadeza, se escapa.  


Pero la lección de aquel cine de la infancia que devino la escuela de los domingos aún arde con la memoria de Lenore.


Y se duele.


Y aun escucha el eco de los pasos de aquel niño al salir del cine, en las rúas asombradas por la catedral, tratando de entender el hiato del corazón entre esas dos escenas, rememorándolas -a Lenore, como en un sueño... Debería reducirme a cenizas... Llévame a París... Trátala bien, Scaramouche-, suspirando por explicarlas con una lección de esgrima, que suena a cuento japonés (de samuráis, imagino). El pájaro y la espada.

17/12/12

Demonio de niños



Hay libros que uno hubiese deseado leer (y películas que hubiese debido ver) de niño, porque entonces su poder de turbación habría cultivado eidos (de la intimidad) que ya no alcanzan cuando se leen (o ven) de adulto, y sólo se pueden disfrutar como literatura (o cine). Hay ciertas obras a las que se deben exponer (o ser expuestos) los niños, como a perderse en un bosque, a transitar un camino en una noche oscura (como boca de lobo), extasiarse ante el mar infinito o la inmensidad del cielo una noche sin otras luces que las estrellas.

Edición de 1932 de Huracán en Jamaica.  
La primera data de 1929.
Richard Hughes tenía 29 años 
y se estrenaba como novelista.

Obras como Huracán en Jamaica de Richard Hugues, pongamos por caso, que uno sólo llegó a conocer después de ver en televisión Viento en las velas (1965), como se tituló aquí la adaptación cinematográfica dirigida por Alexander Mackendrick, y leer en un Dirigido por de finales de los ochenta, si no recuerdo mal, una (imprescindible) entrevista de Antonio Castro con el cineasta que, muy humilde, se lamentaba de que su película no le hiciera justicia a la obra maestra de Richard Hugues. No mucho después encontré una edición de bolsillo y pude leer Huracán en Jamaica, una novela espléndida, como la calificó José María Latorre en el capítulo dedicado a la infancia perdida en esa vuelta al mundo de la adaptación que nos depara Los sueños de las palabra, quizá el mejor libro que se haya escrito aquí a propósito de los tránsitos entre la literatura y el cine o, como apunta el propio autor, sobre la adaptación como pretexto (o como pre-texto).


Hace nada leí que la directora de una editorial de libros infantiles -concebida para promover el respeto a la diversidad- proclamaba que los cuentos tradicionales son un horror y se preguntaba qué valores enseña un cuento como Hansel y Gretel donde unos niños mataban a la bruja y luego le robaban; todo eso dicho, por lo visto, como en broma. Hay que ser bien zote. No es de extrañar que tantos niños dejen de leer después de padecer libros (infantiles) que, en lugar contar buenas historias, los ilustran con valores (que deben ser inculcados). Como si ése fuera el propósito (o la obligación) de la literatura (y el cine). Se prefiere la enseñanza de valores (que, por otra parte, nunca pueden ser enseñados más que por ósmosis, es decir, a través del ejemplo y del ejercicio de la razón) y se desdeña la experiencia primordial -íntima y conmovedora- que representan la literatura y el cine en el aquel de exponer a los niños a los misterios donde, más allá (o más acá) de la razón, germinan iluminaciones, vías de conocimiento, una poética de las sombras, que sólo por los caminos del arte (de la literatura y el cine) resultan accesibles. La experiencia que se destila, pongamos por caso, en El espíritu de la colmena. La experiencia germinal que vivió Víctor Erice.


Tanto la novela de Richard Hughes como la película de Mackendrick abordan ese tema tan políticamente incorrecto, y del que huye como de la peste la llamada literatura infantil y juvenil: los niños como semilla del caos, esos niños fatales que llevan la perdición a quienes caen bajo su influencia, como John Mohune a Jeremy Fox en Los contrabandista de Moofleet de Lang (adaptación de Moonfleet de John Meade Falkner) o aquellos hermanitos a la institutriz en Otra vuelta de tuerca de Henry James (llevada al cine por Jack Clayton en The Innocents, entre otras adaptaciones). Angelitos.


Y, desde luego, los niños de Viento en las velas, esa simiente dañina que los filibusteros no saben ver (por más que tengan delante de los ojos) -Sólo son niños, dice Chávez (Anthony Quinn), el capitán pirata-, una ceguera que les costará la vida: la inocencia letal que Philip Kemp designó como el tema que pespunta la filmografía de Mackendrick, con ese doble sesgo de candor y ofuscación, o mejor, a través de la dialéctica entre la inocencia como estado del alma y como déficit de percepción.

Alexander Mackendrick

En ese sentido, era el cineasta ideal para amasar esa levadura diabólica que -en unas líneas magistrales de Hughes- aquellos desventurados piratas, en un raro rapto de lucidez, llegan a percibir en los niños de Huracán en Jamaica que les cayeron en desgracia. Y tal como sucedieron las cosas diríase aun que el destino le tenía reservada la adaptación de la novela, pero estuvo jugando al gato y al ratón con el cineasta durante quince años.

(Los fotogramas pertenecen a Viento en las velas, sobra decirlo, y también que continuará.)