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5/5/19

La porfía de una portuguesa


La felicidad que depara una película tiene un aquel de río. Primero te arrastra, te lleva adonde quiere, desbordando cualquier resistencia (si alguna resistencia en ti se le opone, más gozoso aun deviene el arrastre, porque eso es lo que quieres, que te lleve). Luego se queda contigo, te acompaña, hacéis camino juntos, os acompasáis, en la remembranza. Finalmente se remansa, hasta se esconde, en el silencio, y espera el momento propicio para, en el curso del tiempo, despertar en ti un eco que convoca su recuerdo inesperado; la película ya forma parte de ti, arraigó en tu mirada y abonó tus adentros, y sabe de ti aunque la olvides.


Un río más encantado que nunca si la película despliega toda su fuerza a base de fragilidad. Así, las películas de Rita Azevedo Gomes, armadas por esa aleación de resistencia y delicadeza, que, a falta de una palabra mejor, llamamos belleza. Así, A portuguesa. ¿Hará falta añadir que vemos esa fuerza y esa delicadeza, o si se prefiere, esa fragilidad y esa resistencia, como emblemas de la protagonista y de la directora?


Seguramente tampoco hace falta pero lo diré: llevo a vueltas con A Portuguesa (aún en cartelera) desde  que la vi en Numax el 26 de abril, una sesión que contó con la presencia de Rita Azevedo Gomes, que presentó la película y mantuvo un coloquio con los espectadores tras la proyección. La sala, llena; la cineasta no se merecía menos. No se podía pedir más.


Siempre elijo las butacas 4 o 5 de la fila 3. A mi derecha, una chica joven (veintipocos) miraba la hora en el móvil cada dos por tres durante la proyección; se fue cinco minutos antes del final.  Me prohibí pensar que la joven estaba allí por alguna improbable obligación, que aquella maravilla desplegada ante nuestros ojos no era para ella, que se encontraba fuera de lugar, todo eso como paso previo a espetarle: por qué no te vas de una vez y dejas de marearme con el móvil, ésta no es tu película.


Entonces imaginé (o mejor, quise imaginar) que la chica había faltado a un compromiso inaplazable o quebrantado una obligación inexcusable para no perderse la película, pero le remordía la conciencia (uno, educado en la preceptiva católica, lo comprende) y por eso, pobriña, miraba el móvil. Luego, pensando, caes en la cuenta de que no puedes desembocar en un estado beatífico, como aquel que dice, de la noche a la mañana; hace nada que alguien -qué digo a tu lado- unas filas más allá encendiera el móvil te habría sacado de tus casillas, estragado la proyección y desencadenado esa ira que te perdía. Y te preguntas si será por obra y gracia de una película tan bella como A portuguesa.


De una película de Rita uno espera cualquier secuela benéfica, pero hasta ese punto... Cuando se lo conté a Ángeles, rebajó una supuesta eficacia de la película a la hora de neutralizar mi reacción airada habitual ante el uso de los móviles en el cine: ¿no será que ya jubilado te tomas la vida con más calma? Igual tiene razón, como siempre, pero creo que aquella chica consultaba el móvil, en lucha a brazo partido consigo misma, entre la obligación (fuera cual fuera) y la (rendida) devoción por A portuguesa, que deparaba los más bellos azules que puedan concebirse. Y bendecido por algo así, uno lo perdona todo.


Decía Bénard da Costa, en un texto a propósito de Francisca (1981), de Manoel de Oliveira (a partir de Fanny Owen, de Agustina Bessa-Luís), la primera película donde figura acreditada Rita Azevedo Gomes (como figurinista), que la última película de los autores más amados siempre es el mejor.


Experimenté la misma sensación con A portuguesa. Pero a poco que recuerdas (el río de la felicidad), enseguida encuentras correspondencias con los rasgos cardinales del cine de Rita -la espera como asunto primordial, el valor de la palabra, el mimo de una puesta en escena atenta al más pequeño detalle o el sumo cuidado en la composición del plano (en palabras de la cineasta: ¡Todo es composición! Todo lo que hace una película es composición) con resonancias de Oliveira, claro, pero también de João César Monteiro o Werner Schroeter (con quienes también trabajó)- que apreciamos ya en su fascinante primera película, O som da terra a tremer (1990), y en los largometrajes que siguieron: Frágil como o mundo (2001), A vingança de uma mulher (2012) y Correspondências (2016); una filmografía iluminada por el gran Acácio de Almeida (la cineasta no podría encontrar mejor cómplice).


Hace cosa de un año leí La portuguesa, el cuento de Robert Musil (incluido en su libro Tres mujeres), en una traducción de Mario Benedetti, cuando supe que Rita Azevedo Gomes había rodado una película a partir de ese relato. Lo diré ya: me pareció un relato tan espléndido como misterioso (no un relato de misterio, sino misterioso, con un corazón tan palpitante como recóndito, que acecha al lector desde el silencio de lo no dicho), y, desde luego, un texto difícil de llevar a la pantalla, pero no me extrañó nada que cautivara la imaginación de la cineasta y no tuve la más mínima duda de que Rita iba a transfigurar el texto de Musil en su película. No podía ser de otra forma. Para nuestra felicidad, es su forma de hacer cine.


Leí en una entrevista que Rita encontró el libro de Musil en un alfarribista (como llaman en Portugal a una librería de segunda mano) de Porto y lo compró porque le cayó en gracia la cubierta. ¿Sería esta?


No recuerda bien cuándo, si por los 90 años de Manoel de Oliveira (en 1998) o por el centenario del cine portugués (dos años antes); sólo que disfrutó recorriendo tan buenos alfarribistas de Porto quando ainda existiam. Pero no lo leyó, no entonces. Pasaron unos años, y después de rodar A conquista de Faro (2005) con guión de Agustina Bessa-Luís, escritora y cineasta se encontraban de vez en cuando. En uno de esos encuentros salió en la conversación Musil y Agustina le habló de un cuento que le gustaba, A portuguesa.


Entonces Rita recordó que tenía el libro en casa, lo buscó, lo leyó y le encantó; asegura que eligió A portuguesa por el título pero le gustaron igual los otros dos relatos, Grigia y Tonka. Como Agustina le había hablado tan bien del cuento, le propuso que escribiera la adaptación cinematográfica. En 2006 o 2007, Rita tenía en sus manos seis o siete páginas de diálogos. Fueron probablemente las últimas páginas que escribió Agustina Bessa-Luís. Hace dos años, la cineasta las releyó y decidió que tenía que rodar aquella historia lo antes posible.


Volví a leer las diez o doce páginas del cuento de Musil después de ver la película. La fidelidad salta a la vista, aunque el filme se queda (nos quedamos) con la portuguesa mucho más que el cuento, y sin embargo la película no puede ser más de Rita; tan reconocible como su huella digital. Una construcción luminosa de sensualidad y precisión, encanto e ironía, audacia y artesanía.


Un filme raro y arriesgado, que alumbra una sintonía con los animales (esa misteriosa cercanía de la protagonista con el lobo), reveladora de una verdad profunda anidada en los adentros, donde lo íntimo confina con lo irracional, y propicia un acercamiento al misterio para avizorar su campo de fuerza sin aniquilarlo.


En el cuento, la portuguesa es morena; en la película, pelirroja, tan pelirroja como la radiante Clara Riedenstein, una no-actriz que ya había aparecido en John From (2015), de João Nicolau, y que seguramente volveremos a verla -ojalá- en alguna otra película de Rita.


Tan pelirroja como Isabel de Portugal en el retrato de Tiziano, que, según la cineasta,  posiblemente inspiró el cuento de Musil.


¡Hay tanto que celebrar en A Portuguesa! La presencia de Ingrid Caven (inspirada por el Angelus Novus de Paul Klee, el ángel de la historia que Walter Benjamin convoca en la novena tesis Sobre el concepto de historia) que atraviesa cantando la película pero que, de alguna forma, pareciera que rescata la historia de la portuguesa de las ruinas del tiempo. El placer de contemplar a Rita Durão, aunque sea en un papel secundario, como dama de compañía de la protagonista. La fiesta de las palabras, del habla, de la conjugación de voces e idiomas...


Apenas evocaré una escena de los primeros compases de la película. (Tras un viaje de luna de miel durante un año, el señor von Ketten (Marcello Urgeghe) y su mujer, la portuguesa, llegan a uno de los castillos del marido en el norte de Italia. Ella dio a luz recientemente a su primer hijo y él está deseando volver a la guerra prolongada de su familia con el obispado de Trento.) La portuguesa y el marido, en sus monturas, hacen un alto en el camino.


Él le cuenta su decisión de marchar a la guerra; ella se va a quedar sola en el castillo, perdido en un alcor desolado, probablemente durante años (como así será), y sería mejor que volviera a Portugal. Los caballos, con su inquieto caracoleo (obviamente de forma imprevista), pero sin llegar (milagrosamente) a desbaratar la cuidada composición del encuadre, traducen la tensión entre marido y mujer, que ella rompe con una magnífica cabalgada hacia el castillo que destila la porfía de aquella portuguesa.


La porfía de Rita Azevedo Gomes en busca de la belleza, como una forma de resistencia.

25/4/15

25 de abril


A este hijo de aquella madrugada aun le hace más falta hoy Grândola, vila morena. Terra da fraternidade.


El fervor de abril avivó la fiebre del cine. De ver y dar a ver cine. Esta fotografía de Rui Troncoso cuenta (también) esa historia. Se tomó el 1 de mayo de 1974 en Lisboa. Fue la primera gran manifestación tras el 25 de abril. 


Al día siguiente, en la sala grande del cine Império (el nombre tiene su aquel: esos días fueron el principio del fin del imperio portugués) se estrenó El acorazado Potemkin de Eisenstein (esa grafía errónea del cartel en la fachada denota el apremio de la cita con un filme-emblema), y en la sala pequeña, El rito de Bergman. 


Aquel fervor avivó también la urgencia de todo un cine de abril por hacer. Para filmar la revolución. Os dejo un (posible) programa de cine a propósito del  25 de abril de 1974, y después:

As Armas e o Povo (1975), del Colectivo de Trabajadores de Actividades Cinematográficas.
Rodado entre el 25 de abril y el 1 de mayo de 1974.  Entre los cineastas que participaron figuran José Fonseca e Costa, António-Pedro Vasconcelos, Manuel Costa e Silva o Glauber Rocha, y el director de fotografía Acácio de Almeida,  78'.

A la izda., Glauber Rocha interactuando con la gente 
en As Armas e o Povo.

Torre Bela (1975), de Thomas Harlan. 105' (en dvd se distribuyó una versión de 82').
Un filme -con fotografía de Russell Parker- que documenta la ocupación de tierras en la heredad de Torre Bela por los campesinos de Manique en el Ribatejo portugués, durante el verano caliente de 1975. Dedicado a Otelo Saraiva de Carvalho. Serge Daney habló de la etnografía militante de Thomas Harlan:
Rara vez se habrá visto mejor el hacer y deshacer de una colectividad singular, hecha en sí misma de singularidades, capturada en el curso de un proceso político [o processo revolucionário em curso, el PREC, como se le denominó entonces], en que esa colectividad deviene la verdad ciega y el horizonte de la utopía.

Cenas da luta de classes em Portugal (1977), de Robert Kramer y Philip Spinelli. 96'.
Un documental -cine militante- que pone el foco en las luchas populares que acompañaron el proceso revolucionario -el PREC- posterior al 25 de abril y hasta las elecciones de 1976. (Se le quiere mucho a Robert Kramer en esta escuela.)


Que farei eu com esta espada? (1975), de João César Monteiro. 66'.
Un documental de creación -con fotografía de Acácio de Almeida- en torno al uso de los puertos portugueses por los navíos de la OTAN, que la película asocia a la peste que llega en el barco que trae a Nosferatu, en el filme de Murnau. Cine, pues, declaradamente militante anti-OTAN y anti-capitalista.


Tras-os-Montes (1976), de António Reis e Margarida Cordeiro. 111'.
Una de las más bellas banderas del Novo Cinema portugués después de abril, pero sobre todo es uno de los grandes filmes portugueses -o sea, europeos- de los últimos 50 años, con fotografía de Acácio de Almeida. ¿Documental? ¿Ficción? ¿Docuficción? ¿Ficción etnográfica? CINE, así, con mayúsculas. La obra de un poeta. Jean Rouch escribió:
Nunca, hasta donde yo sé, un realizador se había empeñado tanto, con tal obstinación, en la expresión cinematográfica de una región: quiero decir, la difícil comunión entre hombres, paisajes y estaciones. Sólo un poeta insensato podría mostrar un objeto tan inquietante. A pesar de la barrera de un lenguaje áspero como el granito de las montañas [Jean Rouch había visto una copia en versión original, sin subtítulos en francés], aparecen, de repente, en la curva de un camino nuevo, los fantasmas de un mito sin duda esencial, ya que lo reconocemos aun antes de conocerlo. 
Un travelling en bici durante el rodaje de Tras-os-Montes.

Bom Povo Portugués (1980), de Rui Simões. 132'.
Un documental que traza el proceso revolucionario -el PREC- vivido en Portugal entre el 25 de abril de 1974 y el 25 de noviembre de 1975, realizado por quienes se comprometieron en las luchas de aquellos días (entre ellos -no podía faltar-, Acácio de Almeida). Quizá represente también una elegía de aquella revolución, el lamento por la derrota de un sueño.


Gestos e Fragmentos (1982), de Alberto Seixas Santos. 90'
Un ensayo sobre los militares y el poder, como reza el subtítulo, con las presencias de Otelo Saraiva de Carvalho y Eduardo Lourenço, y un periodista encarnado por Robert Kramer que intenta explicar(se) la deriva del proceso revolucionario que despertó el 25 de abril. La película destila la dolorosa experiencia de la derrota de la revolución bajo la forma de un duelo, o mejor, como amparo del duelo que cada uno pueda proyectar de aquella experiencia cardinal.


Sí, todas esas imágenes se ofrecen como flores raras en un paisaje devastado. Pareciera que sólo una canción conserva aún una memoria insomne. Una memoria en vela. Jurei ter por companheira / Grândola, a tua vontade.