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14/11/10

Una línea de puntos a la luz de la lluvia


Ángeles ha terminado esta mañana El final del desfile de Ford Madox Ford. Un final espléndido, dice, pero no piensa contármelo, para empujarme a leer la novela. Se le transparenta la alegría de haber leído un libro que ha disfrutado tanto. Y la pena de que se haya acabado, pero se le va aliviando a medida que me hace uno de esos comentarios (de textos) suyos que, sin contarme nada, señala el centro de gravedad del relato, la historia de un hombre fuera de su tiempo, uno de esos personajes que, como decía Verlaine, han nacido demasiado pronto o demasiado tarde. A ella le encantan esos personajes, por eso entiende tan bien -y cobija- a esas alumnas adolescentes con cabeza de niña y cuerpo de mujer que, a menudo, malinterpretan tantos profesores. En fin, que me ha puesto deberes.

Leemos el periódico -nos lo repartimos- a la luz de la lluvia. Hablan de Berlanga como de un cronista feroz. Pase lo de cronista, pero adjetivarlo de feroz le hace sospechar a uno que quien así lo califica no ha visto sus películas. Ni corrosivo ni demoníaco. Hasta la mala hostia de Azcona perdía vitriolo por obra del humor y la mirada del cineasta. Si algo cifra lo mejor del cine de Berlanga es la compasión, porque sus personajes han sido amasados con la misma pasta que nosotros, porque, como los de Renoir, tienen sus razones y sus sinrazones, tan tiernos, crueles, grotescos, absurdos y desgraciados en la pantalla como los espectadores que los contemplamos. Cuando nos apiadamos de ellos, nos apiadamos de nosotros. Basta recordar la escena que termina con este fotograma en El verdugo:


Al fin, José Luis ha transigido y va a ejercer de verdugo en Palma de Mallorca. Amadeo, el suegro, se lamenta: a él cuando era verdugo siempre le tocó ejercer en sitios tristes. Y Carmen, que no disfrutó de una luna de miel como es debido con José Luis, ahora que lo va a acompañar a Mallorca, mira tú qué traje de baño, es que cómo se va a presentar en la isla con esta pinta... He ahí el mundo de Berlanga y Azcona. Nada feroz. Humano, demasiado humano.

 Berlanga dirige una escena de Plácido

Y tampoco tiene razón la señora González-Sinde cuando dice que Berlanga trabajó con presupuestos escasos, pocas semanas de rodaje y materiales precarios; y hago hincapié en el texto publicado por la ministra porque, sobre todo si habla del cine español, le corresponde ser rigurosa. Seamos serios, Plácido fue una película que costó siete millones y medio de pesetas, de 1961, cuando una película costaba uno o dos millones de media, y la propia planificación, característica de Berlanga, no necesariamente en planos-secuencia  pero sí planos largos y toda una humanidad en campo exigía meticulosos ensayos. Eso sí, estamos de acuerdo en que hizo belleza, pero con los medios -a veces más y a veces un poco menos- del cine de la época. Dejemos aquí el tema. Pero démosle remate con una mirada de Berlanga sobre el cine como algo vivo: El deterioro físico de la película lo jode todo. Ya dijo Scott Fitzgerald que la vida es un proceso de destrucción, ¿no? Pues con las películas es igual. Al tercer día empiezan a cortarse trozos, le salen rayas. Empiezan a morir, vamos. Y un retrato del director a cargo de Alfredo Landa: Berlanga es un hijoputa con ventanas a la calle.


Han publicado en inglés las cartas de Saul Bellow. En una reseña, encuentro fragmentos de algunas y ésta de 1959 me alegra el día:

Querido Pat:
Anoche cené con Marilyn Monroe y sus amigos en el Sondeadero y hoy los periodistas del corazón no han parado de sondearme, Marilyn pareció alegrarse genuinamente al ver un rostro familiar. La verdad es que estoy por ver algo en Marilyn que no sea genuino. En medio de una nube de mirones se comporta como un filósofo.

Da la casualidad que el viernes por la noche vimos media hora de El príncipe y la corista. Simplemente estaba recorriendo los canales y la encontré empezada. Y nos quedamos embelesados como tantas veces con Marilyn. Y como tantas veces comentamos lo que nos encanta de ella. Y la palabra justa es la de Bellow: genuina. Así es Marilyn.


La lluvia ha dejado el aire fresco y limpio, de una rara transparencia y, ahora que ha caído la noche, la luces del sur de la ría dibujan una nítida línea de puntos. Algo así como la escritura de Willa Cather. La descubrí gracias a Raúl Dans que me animó a leerla. Como siempre, fue Ángeles quien acabó leyendo todo lo suyo. Y yo sólo algunas obras: Pioneros (1913), Mi Antonia (1918) y, quizá la novela que prefiero, Una dama extraviada (1923). Willa Cather se crió en los últimos tiempos de la frontera, en Nebraska, y conoció el jardín salvaje del Oeste, fue testigo de su desaparición y vivió su transformación irremediable. Lo diré pronto: algunos escriben tan bien como Willa Cather, mejor es imposible. Si queréis comprobarlo, basta que leáis un cuento de treinta páginas, El caso de Paul, lo traduce Aurora Echevarría y lo acaba de editar Nórdica en un pequeño librito, pero también podéis encontrarlo en la Antología del cuento norteamericano preparada por Richard Ford. ¿Hace falta decirlo? Ángeles me lo puso en las manos y fue como volver a mi adolescencia, cuando uno presiente  o sueña que la vida está en otra parte, que debe estar en otra parte, que tiene que estar en otra parte, porque si no la vida es una puta estafa. Y si hay películas que nos ven, El caso de Paul, por más que ni los escenarios ni los incidentes fueran los que yo viví, la experiencia que destilaba era la mía: el cuento de Willa Cather veía mis trece, catorce o quince años. Dibujaba la experiencia con la nitidez de una línea de puntos que sólo había que seguir, leyendo.

 

Pero hay otro libro de Willa Cather que me parece una delicia. Se titula Para mayores de cuarenta, se publicó en 1936 reúne media docena de ensayos. Uno de ellos puede leerse como la poética de Willa Cather, una poética que materializa en La dama extraviada, quizá como en ninguna otra de sus novelas. Se titula La novela 'démeublée', o sea, la novela sin muebles. Se refiere al exceso de decoración de las novelas, a la profusión de detalles, al material de inventario que acaba apagando la imaginación del lector, si no forma parte, previa selección del escritor, de la penumbra emocional de los personajes mismos, como en Tolstoi. Apunta Willa Cather: Los procesos más elevados del arte son en su totalidad procesos de simplificación. Y el párrafo definitivo:

Todo aquello que la página nos hace sentir sin haber sido explícitamente nombrado es lo que, podría decirse, ha sido creado. Es la inexplicable presencia del objeto no nombrado, la insinuación adivinada por el oído pero no oída por él, el espíritu verbal, el aura emocional del hecho o del objeto o de la acción, lo que da gran calidad a la novela o al drama, así como a la poesía.

Y uno añadiría que al cine. Una poética de silencios y ambigüedades, de atrapar al lector -espectador- en el aquel de rellenar los espacios en blanco. Una poética, por así decir, de una línea de puntos. Una poética que Willa Cather va pespuntando en los textos reunidos en Para mayores de cuarenta y que acaba encarnando en Katherine Mansfield a la que dedica el último ensayo. Me hizo recordar su Diario 1910-1922. Cuando lo hojeé de nuevo, encontré subrayados aquellos fragmentos en que Katherine Mansfield registraba la experiencia de sus lecturas de Chéjov:

¡Ah, Chéjov! ¿Por qué habrás muerto? ¿Por qué no te puedo hablar en una habitación grande, medio a oscuras, al atardecer, cuando los árboles que se mueven allí fuera tiñen la luz de verde? Me gustaría escribir una serie de 'Mis paraísos'; éste sería uno de ellos.   

Chéjov se equivocó al pensar que si hubiera tenido más tiempo habría escrito de un modo más completo, que habría descrito mejor la lluvia y al doctor mientras toma el té con la comadrona. la verdad es que en una novela sólo se puede poner un cierto número de cosas; siempre hay que sacrificar los demás. Uno tiene que callar lo que sabe y que desea tanto utilizar. ¿Por qué? No lo sé, pero así es. Resulta siempre como una especie de carrera para decir tanto cuanto uno puede antes de que desaparezca.   

J. [su marido, John Middleton Murry] me ha leído a Chéjov en voz alta. Yo ya había leído una de estas narraciones y me había parecido que no tenía ningún significado, mientras que leída en voz alta se ha vuelto una obra de arte. ¿Cómo puede ser esto?



La misma poética de la línea de puntos, ¿no? Willa Cather subraya que Katherine Mansfield comunica muchísimo más de lo que escribe. Si volvemos atrás y hojeamos el relato en busca del párrafo en que se nos dicen ciertas cosas [sobre determinados personajes], y el texto aparece -aunque de todas formas estaba ahí-, el párrafo está ahí, aunque ningún impresor podrá dar jamás con él. Es esta insinuación -demasiado refinada para los mecanismos de impresión, que en realidad no necesita- la que nos permite reconocer en esta escritora uno de los más raros dones en la literatura, y sin duda el más precioso.  

Willa Cather, entre otros relatos de Katherine Mansfield, se refiere a La casa de muñecas. Os lo dejo enlazado en una traducción de Amalia Castro y Alberto Manguel por si queréis leerlo. Esta vez fui yo -al fin- quien se lo puso en las manos a Ángeles, porque el cuento, en apenas siete páginas, cifraba una de sus experiencias infantiles más sentidas, una de esas historias que ella me contó y que me dieron ganas de matar a quien se la había hecho padecer, incluso tantos años después. Porque los ecos de aquel dolor resuenan hoy mismo. Katherine Mansfield anotó el 27 de octubre de 1921 los cuentos para el próximo libro. Del que acabaría titulándose La casa de muñecas sólo escribió: El quinqué diminuto. Lo he visto. Y luego se quedan calladas. Si leéis el cuento, comprobaréis por qué. Una línea de puntos a la luz de la lluvia (de la memoria).  

(La fotografía que encabeza la entrada es obra de Abbas Kiarostami.) 

12/11/10

Lo que no está escrito


Mientras llovía a mares, Ángeles leía. Yo veía llover y ella, tras un suspiro, hace un alto en la lectura de El final del desfile de Ford Madox Ford que la tiene encantada, y para mostrarme qué bien escribe me pone en antecedentes de la situación con un par de pinceladas y me lee un párrafo de la página que acaba de leer.  La verdad, me dio envidia. No hay premio comparable a causar con tu escritura la necesidad de compartirlo. Claro, era uno de esos párrafos que retratan a un escritor, un escritor que apresa en unas líneas el movimiento del alma de un personaje en un instante fugitivo. Luego, Ángeles siguió con su novela y yo viendo llover. Y me acordé de Roberto Bolaño.


O mejor, me acordé de una columna que leí en un libro suyo que disfruté mucho, Entre paréntesis, con un centenar de textos diversos y  su última entrevista publicada. Aquella pieza se titulaba El invierno de las lectoras, ésta:

EL INVIERNO DE LAS LECTORAS

Durante el invierno pareciera que sólo ellas tienen el valor suficiente para asomarse a las calles heladas. Las veo en los bares de Blanes o en la estación o sentadas a lo largo del Paseo Marítimo, solas o con sus hijos o con alguna amiga silenciosa, y en sus manos siempre descubro un libro. ¿Qué leen estas mujeres?, se preguntaba Enrique Vila-Matas hace unos años. Lo que pueden. No siempre buena literatura (¿pero qué es la buena literatura?), a veces revistas, a veces los peores best-sellers. Cuando las veo caminar, abrigadas, los rostros enrojecidos por el viento frío, pienso en las rusas que hicieron la revolución y que soportaron el estalinismo, que fue peor que el invierno, y el fascismo, que fue peor que el infierno, y siempre estuvieron acompañadas por un libro, cuando lo lógico hubiera sido suicidarse. De hecho, muchas de esas lectoras del invierno acabaron suicidándose. Pero no todas. Hace unos días leí que Nadeshda Jakovlevna Jhazina, lectora excepcional, autora de dos libros de memorias, uno de ellos llamado Contra toda esperanza, y mujer del poeta asesinado Osip Mandelstam, participó, según su más reciente biografía, en relaciones triangulares en compañía de su marido y que la noticia había causado estupor y decepción en las filas de sus admiradores, que la tenían por una santa. A mí, por el contrario, me hizo feliz saberlo. Supe que en medio del invierno Nadeshda y Osip no se congelaron y me confirmó que al menos intentaron  leer todos los libros. Las santas lectoras del invierno son mujeres de carne y hueso y no les falta audacia. Algunas, es cierto, se suicidaron. Otras remontaron la infamia y volvieron a abrir sus libros, los libros misteriosos que leen las mujeres cuando hace frío y pareciera que el invierno no se va a acabar nunca.

Quizá recordé esta pieza porque nosotros pasamos unos días en Blanes en pleno invierno de 1978, recién casados, cuando me destinaron a una escuela en Balsareny, y Ángeles leía a Raymond Chandler en los mismos lugares que evoca Bolaño, como una de esas lectoras de invierno. Y me acordé también de El buen soldado, la primera novela que leímos de Ford Madox Ford y que comienza con una primera línea peligrosísima -Ésta es la historia más triste que jamás he oído-, porque lo arriesga todo desde el principio y además lo hace confiando en el trabajo del lector, por así decir, en una lectura de los márgenes, de lo que el escritor se calla, de lo que las páginas velan. Ford Madox Ford, que se definió muchas veces como un tipo loco por la literatura, tenía un aire que me recordaba al viejo coronel Blimp de la película de Michael Powell y Emeric Pressburger. Y me acordé de una foto que recorté más de una vez y que pegué en mis libros de imágenes, ésta:


 O esta otra de la misma sesión:


Ahí tenéis sentados -en esta segunda foto- a Ezra Pound, Ford Madox Ford y James Joyce. De pie, John Quinn, un abogado americano, coleccionista de arte -Brancusi, Matisse, Roualt, Picasso- y de manuscritos literarios -Conrad, Yeats, Pound, Joyce (entre otros el del Ulises)-, dispuesto a poner la pasta para publicar una de las revistas míticas de los años veinte del siglo pasado, la Transatlantic. Es la reunión fundacional en el estudio de Pound en París, allá por 1923.


En la revista, aparecerán por primera vez fragmentos de Finnegan's Wake de Joyce que adoptó como su subtítulo para su obra Work in Progress, el título de la sección de Transatlántic donde Ford Madox Ford, como editor, publicó aquellas partes de la obra inacabada. Publicará también obras de William Carlos Williams, E. E. Cummings -el de aquel verso, nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas-, Thomas Hardy o Jean Rhys.


Con Jean Rhys, la de El ancho mar de los sargazos -que tantas resonancias tiene para Esther de su infancia en el Oriente, de Cuba, como nos desgranó hace dos veranos mientras regresábamos de Aios en compañía del maestro (recordar es el cuento de nunca acabar)-, con Jean Rhys, digo, tuvo una aventura Ford Madox Ford cuando la tomó bajo su protección en París. La apoyó, aconsejó y afianzó su vocación de escritora, y ella reconoció la generosidad de Ford con los autores jóvenes y la utilidad de sus consejos. Como él mismo había cuajado la suya colaborando con Joseph Conrad entre 1898 y 1908, cuando el marino en tierra escribió El corazón de las tinieblas o Lord Jim. Ford fue una especie de secretario y amanuense al que Conrad dictó algunos de los textos de El espejo del mar -uno de mis libros favoritos de tema marítimo- y buena parte de Nostromo. 

   
Tanto Joseph Conrad como Henry James representaban para Ford Madox Ford una referencia fundamental para el llamado movimiento modernista de renovación de la novela -ruptura modernista, le dicen-, que impulsó y en el que militó, y del que Transatlantic hacía de altavoz;


que se apartaba de la novela como forma de entretenimiento para entregarse en cuerpo y alma a la novela como forma de arte, una novela que buscaba no sólo hacerse de una forma nueva -una nueva arquitectura y nuevos efectos- sino nuevos lectores. Ford creía que el novelista debe escribir como si registrase las impresiones de una persona que está presente en la escena, debe recordar que una persona en una escena no lo percibe todo. Una novela que necesitaba, por decirlo pronto, un lector que leyera lo que no está escrito.   

Ángeles sigue leyendo. Pasa la página 565. El final del desfile tiene mil. Es una novela larga como los inviernos de mi infancia. A la medida de una lectora como ella, uno ya no está para esos trotes. Una tetralogía que Ford Madox Ford publicó entre 1924 y 1928. Entonces ella levanta la vista del libro y me dice que siempre le pasa lo mismo, no hay forma de definir a un gran escritor, sólo puede vivirse. O sea leerse. Entre líneas. Quizá ahí resida el misterio de la verdadera escritura, que representa una experiencia. De escuchar silencios. De ver tras una cortina de lluvia o entre la bruma. De leer esos párrafos que no aparecen en la página. Como lentos fundidos a negro en una película. Cae la noche. Y Ángeles enciende la luz.

(La fotografía que encabeza esta entrada es una obra de Ansel Adams, en 1949)