He pasado en Tui un par de días de golosa -y gozosa- holganza. Días de cielos grises, entibiados por una brisa fresca. Tratándose de un verano y en Tui, casi un milagro. De la cama al sofá y del sofá a la cama, con un par de salidas al mundo exterior para airearse en el jardín y vuelta al sofá, o a la cama; así me pasé las horas de vigilia, entreveradas con vagos ensueños y reposadas dormitaciones. Y puntos suspensivos. Me rodee de algunos de los libros asilados en esta casa de fantasmas que leí hace mucho tiempo y llevo tanto sin frecuentar. Unas páginas de Heródoto sobre la batalla de Salamina:
Rompió el día, y al nacer el sol, hubo un temblor de tierra y mar... Aún resuenan en la memoria aquellos nombres del libro de Historia de 4º de bachillerato: Temístocles, Euribíades, Licomedes, Jerjes... Me dejo llevar por la melancolía de un par de poemas de Borges, aquel soneto de
La lluvia que se cierra con...
La mojada / Tarde me trae la voz, la voz deseada, / De mi padre que vuelve y que no ha muerto, y aquel poema que abre
La moneda de hierro y que termina...
Que no daría yo por la memoria / De que me hubieras dicho que me querías / Y de no haber dormido hasta la aurora, / Desgarrado y feliz. Vemos una vez más
Con faldas y a lo loco, sin elegirla, sólo porque la pasaban en un canal, y aunque no figura en el altar mayor de las comedias -prefiero algunas maravillas de
Lubitsch,
La Cava, Hawks,
McCarey,
Sturges (Preston) o A
rsénico por compasión de Capra-, volvemos a disfrutar de tantos momentos deliciosos de esta estupenda película de
Billy Wilder, como aquella réplica de Jack Lemmon mientras contempla el contoneo de las caderas de Marilyn Monroe -
Deben tener un motorcito o algo así-
o la escena en que la litera de Jack Lemmon -ya Dafne- se convierte en el camarote de los Marx, mientras Marilyn -o Sugar Kane- se va con Tony Curtis -o Josephine- a picar hielo y le cuenta que no puede resistirse a los saxofonistas por más que la acaben dejando tirada -
Es que no tengo cerebro-.
Y releyendo aquí y allá en
La vida de un hombre -"Cada hombre en su tiempo" sería la traducción literal y "Un hombre y su tiempo", una traducción ajustada al espíritu de la obra-, la autobiografía de Raoul Walsh que se editó aquí en 1982 y leí por primera vez aquel verano, descubro -lo había olvidado- el tributo que le rinde a
Marilyn Monroe, la consideración que el cineasta sentía por una actriz tan
bella y llena de talento.
Clark Gable y Marilyn Monroe
en el rodaje de Vidas rebeldes.
Arriba, una fotografía de Eve Arnold;
abajo, una de Cornell Capa.
Mientras rodaban
Vidas rebeldes (John Huston, 1961), Marilyn Monroe le había contado a Clark Gable su lucha con el estudio para elegir los guiones y los directores, y el actor le habló de su amigo Raoul Walsh -con el que había rodado películas como
The Tall Men o
Un rey para cuatro reinas-, no encontraría un director mejor para ella. Y el cineasta cuenta -con orgullo, me resulta inevitable pensarlo- que Marilyn Monroe, el último día de rodaje de la última película -inacabada-, discutió con los directivos del estudio porque no se entendía con Cukor y quería que lo reemplazaran por Raoul Walsh.
Raoul Walsh
Al día siguiente la encontraron muerta. Los directivos le habían asegurado a Marilyn que Walsh era
estrictamente un director de hombres y en sus películas
las mujeres interpretaban papeles insignificantes. No sé si Marilyn los creyó, estoy convencido de que no; seguro que se fiaba de la recomendación de Clark Gable. Y además no era cierto. Sobran las pruebas.
Arriba, Ida Lupino en El último refugio;
abajo, Ida Lupino y Bogart con Walsh
en el rodaje de la película
Olivia de Havilland y Errol Flynn
en Murieron con las botas puestas
Teresa Wright y Robert Mitchum en Pursued
Arriba, Jane Russell y Clark Gable en The Tall Men;
abajo, Jane Russell con Walsh
en el rodaje de The Revolt of Mamie Stover
A la izda., Jo Van Fleet en Un rey para cuatro reinas;
abajo, Eleanor Parker y Clark Gable con Walsh
en el rodaje de la película
Basta recordar que Ida Lupino, Olivia de Hallivand, Teresa Wright, Jane Russell o Jo Van Fleet cuentan entre sus papeles memorables algún título de Raoul Walsh. Y tienen toda la razón Tavernier y Coursodon cuando subrayan que el arte de Walsh a la hora de abordar los personajes femeninos se hace más evidente con actrices -digamos, limitadas- como Virginia Mayo de la que extrae el cuajado personaje de Verna en una obra maestra como
Al rojo vivo, quién puede olvidar aquella escena en que se saca un chicle de la boca y lo pega cerca antes de que James Cagney la bese: hay que verla.
Virginia Mayo en Al rojo vivo
Por eso hemos vuelto a ver un
western -con Virginia Mayo- poco valorado, que a menudo se despacha mal y rápido -como tantas veces tantas películas de Walsh, pongamos por caso
Río de plata (1948)- , y aun de forma condescendiente, pero que me gusta mucho,
Colorado Territory (1949),
que aquí se tituló
Juntos hasta la muerte; vamos, para no andarse con chiquitas y que sepa uno qué va a ver.
Una película en el que Virginia Mayo inspiró a Walsh algunos de los más bellos planos a la hora de filmar su muerte.
Se trata de un
remake de
El último refugio estrenada diez años antes de la que conserva la fatalidad pero exacerba el romanticismo que preña la historia, y su aliento trágico; la fuerza -a un tiempo abstracta y metafísica- del paisaje y las resonancias míticas de la toponimia: Cañón de la Muerte, Ciudad de la Luna, Todos los Santos...
Le hablaré de Todos los Santos -le cuenta uno de los personajes a Joel McCrea-.
Es realmente el fin de la nada. Los españoles fueron los primeros, llegaron los indios y los masacraron. Después una epidemia de viruela acabó con los indios. Sólo quedaron escorpiones y sabandijas. Más tarde un terremoto acabó con ellos. Nadie ha ido allí desde entonces. A no ser que se pierda alguna serpiente.
La fotografía de Sid Hickox -el mejor y más rápido de los operadores según Walsh- atrapa la belleza mineral de los acantilados, y la geología, que revela el movimiento interno de las escenas, deviene pura dramaturgia, un monumento a la medida del amor de Wes MacQueen (Joel McCrea) y Colorado Carson (Virginia Mayo).
Dos fantasmas en tierra de nadie, sin asideros en este mundo y con las horas contadas.
Somos un par de imbéciles soñando en una ciudad muerta con algo que nunca ocurrirá, le dice Wes a Colorado poco antes que el destino los cobije, es un decir, en la Ciudad de la Luna, que el tiempo inexorable ha convertido en una necrópolis india.
En una de las primeras entradas de esta escuela hablé de los
navajos. Y de tres directores tuertos: Ford, Lang y Walsh. En aquella ocasión no tenía a mano la autobiografía de Walsh, pero hoy os puedo dejar el nombramiento del cineasta como hermano de sangre de los navajos, el galardón del que se sentía más orgulloso:
"Yo, el JEFE TOM KEE, del Consejo Tribal de los navajos, certifico más abajo que
RAOUL WALSH
Gran Director de la producción cinematográfica
Pursued ha sido presentado y ha pasado a ser miembro de la Tribu de los Navajos, con el nombre tribal de ETSAU YA APENTA, ÁGUILA DEL CIELO DE LA MAÑANA.
Y, ahora, a ti, Águila del Cielo de la Mañana, hermano de los navajos, ¡SALUDOS!
Tuyo es ahora el Patrimonio de la Gran Llanura y las Altas Montañas y las Corrientes y los Lagos Resplandecientes. Guarda bien nuestro Patrimonio. Siéntete orgulloso de nuestra Gran Tradición.
Y, ahora, pongo mi mano sobre este documento.
JEFE TOM KEE
Hombre Medicinal de los Navajos
Reserva de los Navajos,
China Springs, Gallup,
Nuevo Méjico."
Walsh creía que sólo podíamos avergonzarnos por el trato que se le había dado a los indios.
A la izda., Walsh con los navajos
en el rodaje de La gran jornada (1930)
Y cuando los días de holganza ya se han acabado seguimos soñando en una ciudad muerta -¿como imbéciles?- con aquella película de Walsh con Marilyn que nunca veremos.