10/7/11

La cama

No podría imaginar la mesilla de noche sin libros (así, en plural). Si me empeñara, me costaría recordar algún día que no haya leído en la cama antes de dormir; y quedarme leyendo en cama por la mañana se parece bastante a la felicidad. Pero escribir, nunca; subrayar -por ejemplo, la advertencia de Kurosawa en su Autobiografía de que no se debe leer en la cama, porque hay que tener un cuaderno al lado para tomar notar y echado no se puede-, tomar algunas notas -en un papel o en los mismos libros, aunque no tengan que ver con su lectura-, pero escribir en la cama, jamás.

Robert Luis Stevenson

Stevenson escribió en la cama y con hemoptisis Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Rossini, por lo visto, se pasaba el día en la cama y, desde luego, no salía de ella para escribir, esparciendo las partituras por la cama; cuentan que una vez se le cayó una al suelo y por no levantarse cogió otra en blanco y escribió un aria diferente.

Ramón Mª del Valle-Inclán

También Valle-Inclán acostumbraba a escribir en la cama, fijando con chinchetas en un tablero las cuartillas, que su mujer, Josefina Blanco, iba numerando y pasando a limpio.

Juan Carlos Onetti

Onetti, el gran tumbado, como lo definió Luis Landero, se pasó los últimos años en la cama, donde escribió en cuadernos escolares con una letra muy grande  Cuando ya no importe.

Paul Bowles en Tánger

Y Paul Bowles.

Polanski con Gérard Brach trabajando en el guión de Tess

Y qué decir de Gérard Brach, el guionista habitual de Polanski (Repulsión, El quimérico inquilinoEl baile de los vampiros, Tess... y tantas): padecía agorafobia y, no sólo no salía de casa, sino que no se movía de la cama, y los directores que querían un guión suyo debían ir a su casa, sentarse en su cama y contarles el proyecto; tenía la televisión siempre encendida y. eso sí,  le bajaba el volumen con una vara que tenía cerca a tal efecto para que no interrumpiera la conversación con los cineastas: recuerdo haber recortado una foto donde se ve a Brach en la cama, con un tablero del mismo ancho, estirando el brazo con la vara en ristre para cambiar de canal.

Edith Wharton

Alberto Manguel cuenta en su Historia de la lectura que Edith Warthon hizo de su cuarto el último refugio contra los ceremoniales victorianos, el único lugar donde podía leer y escribir con tranquilidad, y trae a colación unas líneas de un ensayo de  Cynthia Ozick a propósito de la autora de La edad de la inocencia:

Imaginemos su cama. Utilizaba un tablero para escribir. Gross, el ama de llaves, casi la única persona que estaba enterada de aquel intimísimo secreto del dormitorio, le traía el desayuno. (Una secretaria recogía del suelo las páginas escritas para mecanografiarlas.) Fuera de la cama Edith Wharton habría tenido que estar, de acuerdo con el código de conducta, adecuadamente vestida, y eso significaba llevar corsé. En la cama, la libertad del cuerpo liberaba la pluma.

A Edith Warthon le encantaba también leer en la cama y podía ponerse histérica cuando la cama de un hotel estaba mal dispuesta en relación a la ventana para poder entregarse a la lectura. No es de extrañar que se refiriera a menudo al vicio de leer.

Fotograma de La edad de la inocencia (1993) de Scorsese

Y tampoco que La edad de la inocencia destile esas emociones aherrojadas, silenciadas, sumergidas, necesitadas de la escritura para fijar las imágenes de la caricia leve de un presente efímero, las alas de un deseo que arden antes de alcanzar el cuerpo amado, cenizas de las emociones clausuradas.

Fotograma de La edad de la inocencia

Cómo va a extrañarnos, entonces, que Martin Scorsese haya confesado que La edad de la inocencia sea la menos sangrienta y la más violenta de sus películas. La violencia de una pluma que rasga un papel en una cama con la memoria -crear es recordar, decía Kurosawa- de las pasiones sacrificadas en carne viva.

9/7/11

La ventanita



A Borges le gustaba el cine. Y -¿aun más?- ir al cine. En compañía de amigas. No sé si de enamoradas. Pero no creo que se le pueda calificar como cinéfilo, por lo menos no en el sentido de filiación; Borges es un hijo de la literatura, o mejor, de todas las literaturas, de todas las lenguas. Las letras eran su patria. En sus últimos días, un profesor egipcio le dibujaba en la palma de la mano las letras del alfabeto árabe. Se fue con las caricias recientes de un idioma que lo devolvía al hogar de Las Mil y Una Noches -con las mayúsculas que reclamaba para una obra tan querida-, tan lejos de la calle Maipú. Y arrullado quizá por la memoria de Evelyn Brent, Betty Compson, Greta Garbo o Ava Gardner que lo habían arrobado una y otra vez en los cines de la calle Lavalle, la calle de los cines de su Buenos Aires, donde, según he leído, apenas quedan una o dos salas de tantas que la amojonaron.


Se equivocan los que piensan que no he conocido el amor. Puedo afirmar que he vivido enamorado. El primer amor de mi vida fue una actriz, Ava Gardner. Solía ver sus películas dos veces por día y apenas terminada la función deseaba que llegara el día siguiente para volver a verla. El amor exige pruebas, pruebas sobrenaturales... dice el escritor en Harto de Borges (2000), un documental de Eduardo Montes Bradley.

Ava Gardner y Burt Lancaster en The Killers (1946) 
de Robert Siodmak

Sobra decir que Borges no quiere que se le tome en serio, que destila ironía, y que donde dice Ava Gardner podría mencionar también a Carole Lombard o Irene Dunne. Pero eso no quiere decir que no quiera que se le crea. Quizá sólo en el cine se enamoró y fue feliz. Las dos cosas que quizá nunca le fue dado vivir a la vez.


Cuando el cine no gozaba del prestigio que ahora lo envuelve -qué dudas me asaltan al escribir el verbo en presente-, en el prólogo de 1935 a su primer libro de relatos, Historia universal de la infamia, Borges remite los ejercicios de prosa narrativa que componen la obra a sus relecturas de Stevenson y de Chesterton y aun a los primeros films de von Sternberg.

Sergei Eisenstein, Marlene Dietrich y Josef von Sternberg 

Y en El asesino desinteresado Bill  Harrigan, uno de esos ejercicios, escribe: La Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográfico, procede por imágenes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar... Un tributo al arte de la elipsis, de la síntesis, que ya era una dimensión primordial de la escritura de Borges, enhebrada con adjetivos hechiceros que se convertirán en señas de su prosa.


Aquellos primeros films de von Sternberg a los que se refiere Borges son La ley del hampa -Underworld (1927)-, de la que le gustaba tanto el laconismo fotográfico, la organización exquisita, los procedimientos oblicuos y suficientes, como escribe en Films -uno de los textos reunidos en Discusión-,






y Los muelles de Nueva York (1928).






Serán las películas que recuerde con mayor emoción junto a las de Lubitsch -Un ladrón en la alcoba o Ninotchka-. Y las de Buster Keaton.


Y los westerns.

Tres hombres malos (1926) de John Ford

Borges amaba el cine porque había rescatado la épica, desterrada de la literatura: Cuando yo frecuentaba el cinematógrafo, cuando mis ojos podían ver, a mí me gustaban mucho dos tipos de películas: los western y las películas de gansters. Sobre todo las de Josef von Sternberg. Yo pensaba: qué raro, los escritores han olvidado que uno de sus deberes es la épica y aquí está Hollywood que (...) ha salvado ese género, ese género que la humanidad necesita además. Usted ve que las películas de cowboys son populares en todo el mundo. ¿Por qué? Bueno, porque está lo épico en ellas. Está el coraje, está el jinete, está la llanura también. (...) Yo diría que la épica es un apetito elemental. La prueba está en que todas las literaturas empiezan por la épica. No se empieza por la poesía sentimental y personal. Se empieza por la loa del coraje... explicó en alguna entrevista. A Borges, el cine lo llevaba de vuelta a los orígenes de la literatura, a la casa de la ficción. Qué lejanas suenan hoy sus palabras. Qué huérfana, la épica.

Tres hombres malos 

Pero Borges no sólo frecuentó el cine cuando pudo ver, ya ciego quizá no iba tanto, pero siguió yendo al cine y sólo renunció a él en sus últimos años. Siempre se sentaba en la fila tres, cuenta María Esther Vázquez, su amiga y biógrafa, que tantas veces fue con Borges al cine.

Borges y María Esther Vázquez en 1964

Se quedó definitivamente ciego a finales de los cuarenta o principios de los cincuenta mientras viajaba en tren a Mar del Plata y anochecía y era incapaz de abandonar una novela policial. Qué novela sería aquélla, la última que leyó por su cuenta. Cuando la terminó cerró los ojos y al abrirlos bailaron luces de colores apenas un instante, luego se hizo la oscuridad. En el cine, sólo uno de sus ojos podía ver por un único punto, por donde le llegaba la luz y la sombra, y atisbaba en la pantalla pedacitos de planos que cobraban un fulgor insólito. Era la ventanita de Borges. La que quiso siempre abierta. Para el cine.

7/7/11

El Códice Calixtino

Hoy me pasé todo el día con el guión que he empezado a escribir en la cabeza. Mientras comíamos en un restaurante de menú diario que frecuentamos cuando no nos apetece, no podemos o no nos cuadra comer en casa, Ángeles escuchó en un informativo de la televisión que habían robado el Códice Calixtino.


El Codex Calistinus. Un libro miniado del siglo XII. Un documento fundacional de la idea de Europa. La primera guía de peregrinos a Compostela, o sea,  la primera guía de viajes de Occidente. Una joya bibliográfica de valor incalculable. Sólo se me ocurre una imagen comparable: es como si hubieran robado el Pórtico de la Gloria. Pero más portátil, claro. Me parecía imposible. Pasé el resto del día trabajando en el guión y, ahora que he visitado algunas webs de periódicos, además de imposible me parece inverosímil, es decir, perfectamente real y verídico. Dicho de otra forma, increíble. Cómo se puede creer que el Códice Calixtino haya desaparecido el viernes de la cámara donde se custodiaba, sólo se echara en falta el martes por la tarde y no se denunciara hasta esa noche, hace más o menos cuarenta y ocho horas. Que semejante tesoro de la catedral de Santiago no se encuentre asegurado. Que ninguna de las cinco cámaras que vigilaban la estancia que alberga, valga la redundancia, la cámara estuviera enfocada hacia la ídem. Que sólo el deán de la catedral y dos de sus colaboradores tuvieran acceso al Códice Calixtino pero que el control sobre las llaves, que aparecieron en la cerradura de la cámara, tras el robo fuera "bastante laxo". Que el deán no sospeche de nadie, "porque tener malos pensamientos es pecado".    

En la radio hablan del robo del Códice Calixtino como de una historia digna de una novela (quizá piensan en El código Da Vinci) o de un guión para un thriller. Pero nada de eso. Con los mimbres de que disponemos esto da -y no es poco- para una comedia que conjugue costumbrismo, absurdo y esperpento, vamos, un disparate surreal con los pies en la tierra. Algo así como un cóctel de Valle, Ionesco y Blake Edwards (el del inspector Clouzot y la Pantera Rosa, cuyos gags nunca me hicieron reír tanto como cuando me los representaba Raúl Dans mientras escribíamos guiones, quizá no tan desopilantes, aunque a veces sí).

La verdad, nada me parece más apetecible. No me voy a apartar del teléfono por si llama algún productor. O lo que sea.

Soñando en una ciudad muerta

He pasado en Tui un par de días de golosa -y gozosa- holganza. Días de cielos grises, entibiados por una brisa fresca. Tratándose de un verano y en Tui, casi un milagro. De la cama al sofá y del sofá a la cama, con un par de salidas al mundo exterior para airearse en el jardín y vuelta al sofá, o a la cama; así me pasé las horas de vigilia, entreveradas con vagos ensueños y reposadas dormitaciones. Y puntos suspensivos. Me rodee de algunos de los libros asilados en esta casa de fantasmas que leí hace mucho tiempo y llevo tanto sin frecuentar. Unas páginas de Heródoto sobre la batalla de Salamina: Rompió el día, y al nacer el sol, hubo un temblor de tierra y mar... Aún resuenan en la memoria aquellos nombres del libro de Historia de 4º de bachillerato: Temístocles, Euribíades, Licomedes, Jerjes... Me dejo llevar por la melancolía de un par de poemas de Borges, aquel soneto de La lluvia que se cierra con... La mojada / Tarde me trae la voz, la voz deseada, / De mi padre que vuelve y que no ha muerto, y aquel poema que abre La moneda de hierro y que termina... Que no daría yo por la memoria / De que me hubieras dicho que me querías / Y de no haber dormido hasta la aurora, / Desgarrado y feliz. Vemos una vez más Con faldas y a lo loco, sin elegirla, sólo porque la pasaban en un canal, y aunque no figura en el altar mayor de las comedias -prefiero algunas maravillas de Lubitsch, La Cava,  Hawks, McCarey Sturges (Preston) o Arsénico por compasión de Capra-, volvemos a disfrutar de tantos momentos deliciosos de esta estupenda película de Billy Wilder, como aquella réplica de Jack Lemmon mientras contempla el contoneo de las caderas de Marilyn Monroe -Deben tener un motorcito o algo así-


o la escena en que la litera de Jack Lemmon -ya Dafne- se convierte en el camarote de los Marx, mientras Marilyn -o Sugar Kane- se va con Tony Curtis -o Josephine- a picar hielo y le cuenta que no puede resistirse a los saxofonistas por más que la acaben dejando tirada -Es que no tengo cerebro-.


Y releyendo aquí y allá en La vida de un hombre -"Cada hombre en su tiempo" sería la traducción literal y "Un hombre y su tiempo", una traducción ajustada al espíritu de la obra-, la autobiografía de Raoul Walsh que se editó aquí en 1982 y leí por primera vez aquel verano, descubro -lo había olvidado- el tributo que le rinde a Marilyn Monroe, la consideración que el cineasta sentía por una actriz tan bella y llena de talento.

 Clark Gable y Marilyn Monroe 
en el rodaje de Vidas rebeldes
Arriba, una fotografía de Eve Arnold; 
abajo, una de Cornell Capa.

Mientras rodaban Vidas rebeldes (John Huston, 1961), Marilyn Monroe le había contado a Clark Gable su lucha con el estudio para elegir los guiones y los directores, y el actor le habló de su amigo Raoul Walsh -con el que había rodado películas como The Tall Men o Un rey para cuatro reinas-, no encontraría un director mejor para ella. Y el cineasta cuenta  -con orgullo, me resulta inevitable pensarlo- que Marilyn Monroe, el último día de rodaje de la última película -inacabada-, discutió con los directivos del estudio porque no se entendía con Cukor y quería que lo reemplazaran por Raoul Walsh.

Raoul Walsh

Al día siguiente la encontraron muerta. Los directivos le habían asegurado a Marilyn que Walsh era estrictamente un director de hombres y en sus películas las mujeres interpretaban papeles insignificantes. No sé si Marilyn los creyó, estoy convencido de que no; seguro que se fiaba de la recomendación de Clark Gable. Y además no era cierto. Sobran las pruebas.

 Arriba, Ida Lupino en El último refugio
abajo, Ida Lupino y Bogart con Walsh 
en el rodaje de la película 


Olivia de Havilland  y Errol Flynn 
en Murieron con las botas puestas

Teresa Wright y Robert Mitchum en Pursued

 Arriba, Jane Russell y Clark Gable en The Tall Men
abajo, Jane Russell con Walsh 
en el rodaje de The Revolt of Mamie Stover

A la izda., Jo Van Fleet en Un rey para cuatro reinas
abajo, Eleanor Parker y Clark Gable con Walsh 
en el rodaje de la película

Basta recordar que Ida Lupino, Olivia de Hallivand, Teresa Wright, Jane Russell o Jo Van Fleet cuentan entre sus papeles memorables algún título de Raoul Walsh. Y tienen toda la razón Tavernier y Coursodon cuando subrayan que el arte de Walsh a la hora de abordar los personajes femeninos se hace más evidente con actrices -digamos, limitadas- como Virginia Mayo de la que extrae el cuajado personaje de Verna en una obra maestra como Al rojo vivo, quién puede olvidar aquella escena en que se saca un chicle de la boca y lo pega cerca antes de que James Cagney la bese: hay que verla.

Virginia Mayo en Al rojo vivo

Por eso hemos vuelto a ver un western -con Virginia Mayo- poco valorado, que a menudo se despacha mal y rápido -como tantas veces tantas películas de Walsh, pongamos por caso Río de plata (1948)- , y aun de forma condescendiente, pero que me gusta mucho, Colorado Territory (1949),


que aquí se tituló Juntos hasta la muerte; vamos, para no andarse con chiquitas y que sepa uno qué va a ver.  


Una película en el que Virginia Mayo inspiró a Walsh algunos de los más bellos planos a la hora de filmar su muerte.


Se trata de un remake de El último refugio estrenada diez años antes de la que conserva la fatalidad pero exacerba el romanticismo que preña la historia, y su aliento trágico; la fuerza -a un tiempo abstracta y metafísica- del paisaje y las resonancias míticas de la toponimia: Cañón de la Muerte, Ciudad de la Luna, Todos los Santos...

Le hablaré de Todos los Santos -le cuenta  uno de los personajes a Joel McCrea-. Es realmente el fin de la nada. Los españoles fueron los primeros, llegaron los indios y los masacraron. Después una epidemia de viruela acabó con los indios. Sólo quedaron escorpiones y sabandijas. Más tarde un terremoto acabó con ellos. Nadie ha ido allí desde entonces. A no ser que se pierda alguna serpiente.


La fotografía de Sid Hickox -el mejor y más rápido de los operadores según Walsh- atrapa la belleza mineral de los acantilados, y la geología, que revela el movimiento interno de las escenas, deviene pura dramaturgia, un monumento a la medida del amor de Wes MacQueen (Joel McCrea) y Colorado Carson (Virginia Mayo).


Dos fantasmas en tierra de nadie, sin asideros en este mundo y con las horas contadas. Somos un par de imbéciles soñando en una ciudad muerta con algo que nunca ocurrirá, le dice Wes a Colorado poco antes que el destino los cobije, es un decir, en la Ciudad de la Luna, que el tiempo inexorable ha convertido en una necrópolis india.




En una de las primeras entradas de esta escuela hablé de los navajos. Y de tres directores tuertos: Ford, Lang y Walsh. En aquella ocasión no tenía a mano la autobiografía de Walsh, pero hoy os puedo dejar el nombramiento del cineasta como hermano de sangre de los navajos, el galardón del que se sentía más orgulloso:

"Yo, el JEFE TOM KEE, del Consejo Tribal de los navajos, certifico más abajo que

RAOUL WALSH

Gran Director de la producción cinematográfica Pursued ha sido presentado y ha pasado a ser miembro de la  Tribu de los Navajos, con el nombre tribal de ETSAU YA APENTA, ÁGUILA DEL CIELO DE LA MAÑANA.

Y, ahora, a ti, Águila del Cielo de la Mañana, hermano de los navajos, ¡SALUDOS!

Tuyo es ahora el Patrimonio de la Gran Llanura y las Altas Montañas y las Corrientes y los Lagos Resplandecientes. Guarda bien nuestro Patrimonio. Siéntete orgulloso de nuestra Gran Tradición.

Y, ahora, pongo mi mano sobre este documento.
JEFE TOM KEE
Hombre Medicinal de los Navajos

Reserva de los Navajos,
China Springs, Gallup,
Nuevo Méjico."

Walsh creía que sólo podíamos avergonzarnos por el trato que se le había dado a los indios.

A la izda., Walsh con los navajos 
en el rodaje de La gran jornada (1930)

Y cuando los días de holganza ya se han acabado seguimos soñando en una ciudad muerta -¿como imbéciles?- con aquella película de Walsh con Marilyn que nunca veremos.