23/3/11

Sombras nada más



Nuestra fórmula es simple. Una historia de amor, tres escenas de horror sugerido y una de violencia. Se acabó. Eso es todo en menos de 70 minutos. Así describía Val Lewton el filme de terror de serie  B modelo que se proponía producir en la RKO, a raíz del estreno de La mujer pantera, la película que le servía de carta de presentación del estilo del cine que procuraba. Es la explicación de un artesano que reduce su  poética a un trabajo manual perfectamente descriptible, pero no exenta de ironía, como cuando atribuyó su trayectoria en Hollywood a un equivoco: Hace años escribía novelas para ganarme la vida, y cuando la RKO buscaba productores alguien contó que yo había escrito novelas horribles [horrible novels]. Pero entendieron que había escrito novelas de horror y me contrataron.


Val Lewton, a la izda., con Mark Robson en 1945 
durante una proyección en la RKO

Este mes se cumplen sesenta años de la muerte de Val Lewton, ya hablé aquí de este productor, pero "lo regreso" como quien vuelve a un templo olvidado donde podemos contemplar algunas obras de un arte tan abandonado como esencial, si no fuera, quizá, por los paisajes espectrales de No quarto da Vanda o Juventude em marcha, los filmes de Pedro Costa rodados en el barrio de Fontainhas en Lisboa, donde resuenan las sombras de los filmes que hicieron mano a mano Val Lewton y Jacques Tourneur. Para definir a Lewton basta mencionar el principio que guiaba su dedicación profesional: una película nunca es demasiado buena para el público; fue un productor que puede considerarse autor de las nueve películas de terror que produjo para la RKO entre 1942 y 1946, tres de ellas obras maestras, como la citada La mujer pantera, Yo anduve con un zombie -una de las más bellas películas que uno haya visto, quizá la cumbre del cine de Lewton- y La maldición de la mujer pantera -más allá del título, una película muy diferente a la que le sirve de referente-. Jacques Tourneur, que dirigió las dos primeras, habló del método de trabajo en la unidad de producción de Val Lewton: De él surgían las ideas para nuestras películas; luego, nos convocaba a los guionistas [DeWitt Bodeen, Curt Siodmak, Ardel Wray...], al montador Mark Robson y a mí, y nos animaba a decir cualquier cosa extraordinaria que se nos ocurriera. Y poco a poco las ideas comenzaban a desarrollarse: es divertido trabajar así. ¡Val Lewton era tan concienzudo!


Si la imagen cinematográfica es la presencia, o mejor, la manifestación de una ausencia, cada película de Lewton representa un caso en la declinación de la ausencia como clave poética del terror sugerido. El miedo aflora en lo que no se muestra, en lo que no está allí, en lo que aún no vemos -y quizá no vamos a ver- y de lo que no hemos visto, pero que ya se ha manifestado. ¿Y qué se ha manifestado? Pues la ausencia de lo que nos inspira terror. ¿Y cómo se ha manifestado? Han bastado las ramas de unos árboles o una cortina movidas por el viento en la oscuridad  -Traducir el viento invisible por el agua que esculpe a su paso (Bresson)-, o el claror lunar derramándose sobre dos mujeres que transitan por un cañaveral mientras suenan los tambores de un ritual vudú. ¿Y por qué nos aterra esa ausencia? Porque nuestra imaginación ha llenado ese vacío con nuestros propios miedos primordiales.

Fotograma de Yo anduve con un zombie

Si la pantalla del cine se nos presenta como un pasaje a otros mundos, si el cine hace cosas con luces y sombras, y si las imágenes que se mueven en la pantalla no son otra cosa que fantasmas -de una ausencia-, deberemos admitir que en la naturaleza del cine anida una vocación fantástica, o por así decir, lo fantástico se corresponde con el aquel del cine. Si durante la proyección de cualquier película, los fantasmas habitan la pantalla, el cine de Val Lewton no hace otra cosa que echar mano de los poderes míticos del cine para conjugar una poética de las sombras, porque en la oscuridad todo cobra vida, como decía Kirk Douglas, encarnando a Jonathan Shield, un personaje inspirado -en lo que a la vertiente creativa se refiere- en el productor de El hombre leopardo. La sombras de los filmes de Lewton albergan las huellas de lo invisible.

Fotograma de La mujer pantera

Nada mejor que describir un par de escenas para descubrir las claves del cine -de terror- de Val Lewton. La primera corresponde a La mujer pantera dirigida por Jacques Tourneur. Alice camina cerca de Central Park de vuelta a casa. Es de noche. Irena (Simone Simon), vestida con un abrigo negro de piel, la acecha en las sombras. Sólo escuchamos los tacones de Alice que, cada vez más inquieta, aligera el paso y mira a su espalda, pero sólo ve la calle desierta. Escucha un ruido amenazante que la asusta aún más... Entonces entra en campo un autobús y comprendemos que el el ruido que escuchamos correspondía a los frenos y a la puerta al abrirse. El conductor, al ver la cara de Alice, le pregunta si vio un fantasma. Cuando el autobús se va, algo salta al otro lado de un muro. Las ramas de un árbol se mueven. Una pantera y un leopardo se mueven inquietos en sus jaulas del zoo. Un rebaño de ovejas, algunas de ellas muertas. Un travelling por un reguero de sangre nos lleva hasta Irena que, turbada, se limpia la boca con un pañuelo y llama a un taxi.

Fotograma de La maldición de la mujer pantera

El personaje de Irena vuelve a aparecer en La maldición de la mujer pantera, pero aquí transfigurada en un espectro que se manifiesta convocado por la imaginación de Amy, una niña solitaria que se refugia en su mundo de fantasía. Como segundo ejemplo, veamos la escena  en que Irena vuelve al mundo de lo invisible. En la habitación de Amy en penumbra, nos desplazamos con un travelling lateral tras un sillón que nos oculta  a la mujer cuya figura se recorta en contraluz sobre las cortinas mecidas por el viento. Cuando la cámara nos descubre el resto de la habitación que no veíamos, el fantasma se habrá esfumado y, como en la escena de La mujer pantera en Central Park -ambas películas fueron iluminadas por Nicholas Musuraca-, la invisibilidad queda prendida en el visible movimiento de las cortinas.

Fotograma de Yo anduve con un zombie

Elipsis, fuera de campo, ruidos, sonido off, rastros de lo invisible en lo visible... Metonimias y sinécdoques. Una poética de la sustracción -No se crea agregando, sino suprimiendo (Bresson)- que en un filme como Yo anduve con un zombie -la película preferida de Jacques Tourneur- cobra la forma de una delicada fantasía, casi abstracta, a través de una red de sugerencias movedizas, un tejido de imágenes inciertas e inmateriales por su ingravidez -e iluminadas por J. Roy Hunt-, que borra las fronteras entre la realidad y los sueños, y que transforma este mundo en otro mundo a través de un arte de sombras, ésas con las que Val Lewton hacía cine. Con sombras nada más.

22/3/11

¿Qué sino un sueño?



Va persiguiendo
pétalos de cerezo
la tempestad
(Teika)

Cae tan pronto,
y se hace esperar tanto:
corazón del cerezo.
(Sógui)

Se traga nubes
y vomita cerezos:
Monte Ioshino.
(Buson)

En las tardías flores del cerezo
duda
la primavera que termina.
(Buson)

Nuestros destinos
siempre vivos
en el corazón del cerezo.
(Bashô)

En un columpio,
con flores de cerezo
en una mano.
(Issa)

¿Qué sino un sueño?
También la floración
dura sólo siete ciclos.
(Hakuen)

(En la tradición de los haikus, hana -flor- significa "flor del cerezo". La floración de los cerezos simboliza la fugacidad de la vida: sólo dura siete días. El poeta usa el término "ciclo" con un doble sentido: día, para los cerezos, y periodo de diez años, para su propia vida. Hakuen murió a los setenta años, cuando florecían los cerezos.)

18/3/11

Las maravillas de Paradjanov

Fotograma de Sayat Nova

Paradjanov sólo acabó cuatro largometrajes. Bastaron para mostrar la mirada única de un cineasta singular en la historia del cine. Singular, así lo definió Tarkovski en una carta muy especial. En 1968, Paradjanov acabó su segundo largometraje, Sayat Nova, una película sobre el gran poeta armenio Harutyun Sayatyan, conocido como Sayat Nova, el Rey de las Canciones. Los jerarcas de la burocracia soviética encargados de velar por la ortodoxia cinematográfica no podían creer lo que veían ni entender cómo pudieron rodar eso, quién había autorizado semejante producción, quién había aprobado el guión dos años antes. Eran malos tiempos para la lírica: 1968, los tanques soviéticos aplastando la Primavera de Praga, ¿recordáis?

Praga, agosto de 1968. Fotografía de Josef Koudelka

Los jerarcas soviéticos vieron mal el erotismo, la sensualidad, que desprendía Sayat Nova; veían demasiado misticismo, y lo que era peor, nada, pero nada nada, de ideología. Y también detectaron el mayor crimen en un artista soviético: el formalismo, o sea, la excesiva preocupación por las formas, cinematográficas en el caso de Sayat Nova. Conminaron al cineasta a remontar la película, su película -la había escrito, se había ocupado de la dirección artística, la había dirigido y la había montado-. Paradjanov se negó a mutilar su obra.

Sergei Paradjanov 

Entonces le ordenaron a otro cineasta, Sergei Yutkevich, que la remontara. Obedeció. Cortó todas aquellas escenas que molestaban más, la película quedó reducida a setenta minutos de metraje y la retitularon como El color de la granada. Pero no se olvidaron de Paradjanov y en 1973 lo acusaron de... veamos: homosexualidad, pornografía, tráfico de arte, especulación monetaria, incitación al suicidio -tal cual-, tendencia al surrealismo -como suena- y... ¿os lo imagináis? Efectivamente, formalismo.

Andrei Tarkovski y Sergei Paradjanov

Tres días antes de que fuera sentenciado, Andrei Tarkovski, uno de sus mejores amigos y compañero de estudios en la VGIK, la Escuela de Cine de Moscú, le escribió una carta al Comité Central del PC de Ucrania en la que señalaba la grandeza artística de Paradjanov: Es culpable, culpable de su singularidad [y de la soledad que llevaba aparejada]. Nosotros somos culpables de no pensar en él a diario y de no entender de forma cabal el significado de la palabra maestro. Paradjanov fue condenado a cinco años de prisión en un penal de máxima seguridad en Siberia. Cineastas como Godard, Truffaut, Fellini, Buñuel, Antonioni... firmaron peticiones de libertad y se hicieron oír. Sin éxito. Paradjanov sólo fue excarcelado en 1977. Pero le tenían ganas y se ensañaron con él: volvieron a detenerlo en 1982 y se pasó otro año en la cárcel.


Paradjanov, un cineasta singular, sin duda, y quizá el menos conocido de los cineastas de la era soviética. Desde luego fue el último que uno descubrió cuando el artista llevaba ya catorce años muerto. Se lo debo a Serge Daney; la recopilación de sus escritos, El cine, arte del presente, se cierra con  transcripción de sus palabras un martes, 5 de mayo de 1992, casi dos años después de la muerte de Paradjanov, cuando presentaba el nº 2 de la revista Trafic. Daney, enfermo de sida, era consciente de que tenía los días contados,  murió el 12 de junio, apenas cinco semanas después. Aquellas palabras suyas pueden considerarse su testamento, el testamento de un cinéfilo:

Nunca pude comprender cómo la gente puede ver películas sin hablar de ellas. (...) La cinefilia no consiste en ver películas solo, en la penumbra (...) -eso no es más que un aspecto de la cuestión- sino que consiste en no hablar durante hora y media, estar obligado a escuchar, a mirar, y durante la hora y media siguiente recuperar el tiempo perdido. Y si no hay nadie para hablar, uno se pone a escribir, lo que sigue siendo una forma de hablar (...) si nadie habla, nadie ve, pues sólo podemos ver bien las cosas cuando somos capaces de decirlas, de hacerlas volver por las palabras (...) Me digo que no tendría el placer de volver a ver un filme tal como es y tal como lo había olvidado si -durante todos estos años en que no lo había visto- no hubiera al menos hablado de él. Entre lo que se alucina, lo que se quiere ver, lo que se ve realmente y lo que no se ve, el "juego" es infinito: es ahí donde tocamos la parte más íntima del cine.

Serge Daney

Creo que nunca nadie explicó mejor la cinefilia y, de paso, las razones -íntimas- de esta escuela. Pero a lo que vamos, aquel día Serge Daney habló de Paradjanov, hizo volver con sus palabras Sayat Nova y recordó la experiencia que representa verla, algo así como si alguien hubiera viajado en el tiempo y hubiera colocado la cámara en un mercado de Ereván en la Edad Media...

Paradjanov reconstruye la hipótesis de una imagen de la que se pudiera decir: ésta data de mucho antes del cine. Constituye una suerte de intrusión imaginaria milagrosa en un mundo que existió y al que jamás tendremos acceso. (...) Si hubiera habido cine en la Edad Media, esto [Sayat Nova]  hubiese sido "La llegada del tren a la Ciotat" para ellos y para nosotros. He aquí la verdadera inocencia. (...) Llegamos así como a tocar una suerte de equivalencia de un mundo sin el cine, de un mundo de la Edad Media.

Fotograma de Sayat Nova

Dicho de otra forma -aunque no haga falta-, Sayat Nova representa las antípodas del "cine histórico"; no es como si fuera el primer filme sobre la Edad Media, sino que es el primer filme en la Edad Media. Ahí radica lo sublime de la película de Paradjanov. Pero aún tuve que aguardar más de cinco años a comprobarlo cuando se editaron en dvd sus cuatro largometrajes.


Si escribo Paradjanov es porque así lo vi escrito en el texto -oral- de Serge Daney. En otros lugares aparece también como Parajanov. Era hijo de padres armenios y nació en 1924 en Tiblisi, la actual capital de Georgia, en la ruta de la seda; murió en Ereván, la actual capital de Armenia, en 1990. Su nombre, transcrito en nuestro alfabeto, en armenio se escribe Sargis Hovsepi Parajanyan; en ruso, Sergei Paradzhánov. En 1945 ingresa en la Escuela de Cine de Moscú y Dovjenko fue uno de sus profesores. Pero siempre estuvo convencido de que el cineasta nace, no se estudia para ser cineasta. Hay que nacer con eso y tenerlo desde el vientre de tu madre. Tres años después fue sentenciado a cinco años de cárcel por relaciones homosexuales aunque lo soltaron después de tres meses. Se casó con Nigyar Kerimova que fue asesinada por sus familiares musulmanes por haberse convertido a la religión ortodoxa para casarse con Paradjanov. El cineasta se trasladó a Kiev, en Ucrania, hizo ocho películas documentales y de ficción,  de las que acabará renegando, se casó con Svetlana Ivanivna Shcherbatiuk con la que tuvo un hijo, Suran, en 1958. Pero, por así decir, la voz del cineasta no despierta y no cuaja su mirada única hasta que contempla La infancia de Iván (1962), la opera prima de Tarkovski; la película de su amigo supone una revelación y el detonante del genio de Paradjanov.

Fotograma de Sombras de nuestros ancestros olvidados
(la mujer amada -como los ancestros olvidados- 
regresa de la muerte para vernos)

Su primer largometraje, Tini zabutij predkiv (Sombras de nuestros ancestros olvidados, 1964), titulado en la edición en dvd Los corceles de fuego, es una película deslumbrante que cuenta una historia de amor trágico en las montañas de los Cárpatos, hablada en dialecto hutsul, conjugando la etnografía y el cuento popular en un universo fronterizo con lo mágico, enhebrando tomas largas en movimiento mediante una cámara en mano desencadenada, que destilan imágenes cargadas de subjetividad que por momentos cobran visos surreales, interrumpidas a veces por planos fijos de formas rituales primorosamente compuestas con texturas del mundo mineral y vegetal -rocas, líquenes, tocones...-, a modo de pillow shots.

Fotograma de Sombras de nuestros ancestros olvidados 
(la escena de la boda)

Paradjanov deviene un juglar que despliega una cámara insomne con desplazamientos febriles, como en las escena de la feria, y angulaciones expresivas y sorprendentes, como en el seguimiento de las deambulaciones de los personajes, y trasciende los engarces narrativos a través de planos de gran riqueza plástica y de una urdimbre de voces y cantos populares, que desprenden un aire de ensueño y una cautivadora sensualidad a la hora de plasmar los desgarros emocionales y los arrebatos fulgurantes, como en la escena de la siega de un prado florido que merecería un lugar de honor en la entrada de la guadaña y que -no tengo perdón- olvidé, o la escena del almiar.

Fotograma de Sombras de nuestros ancestros olvidados
(la fiesta ritual)

En Sombras de nuestros ancestros olvidados, encontramos ya algunas claves de la poética del cineasta: la fervorosa aprehensión de la belleza del mundo, tal como entendía el cine Paradjanov, y el aroma de los relatos maravillosos. Una poética en la encrucijada de la vanguardia y del retorno a los orígenes del cine, que cuajará sus formas más acabadas en la siguiente película Sayat Nova (1968).  

Fotograma de Sayat Nova

Sayat Nova, que acabó titulándose El color de la granada, aun mutilada, es una obra única, inclasificable, una experiencia inédita. La cámara se queda quieta, no hay diálogos, sólo escuchamos fragmentos de los poemas de Sayat Nova, música y cantos armenios, y un tejido sonoro que dota de espesor a los planos casi siempre estáticos y frontales, salvo algunos cenitales, concebidos como retablos vivientes en los que se privilegia la falta de profundidad;




como lienzos o páginas de un libro iluminado, o mejor, como tapices o esas alfombras que Paradjanov prodiga en sus películas,


donde se tejen colores y texturas, objetos y materias, de cuerpos y gestos con una disposición precisa que difumina la frontera entre lo simbólico y lo etnográfico, en una combinación embriagadora que convoca para su disfrute los cinco sentidos.




En estos fotogramas de Sayat Nova condenso la secuencia 
del rescate de los libros, tras una inundación 
resuelta de forma elíptica mediante el sonido, 
y,  puestos a secar en el tejado del templo, 
el niño descubre la belleza de las palabras 
y las imágenes de los libros miniados

Un mundo sensorial que aflora a partir de la cultura material -e inmaterial- armenia y que Paradjanov describió como una serie de miniaturas persas. Un delirio visual con resonancias poéticas que conjuga lo sublime y lo popular, eros y tánatos,  la carne y la mística, el rojo y el negro... Sayat Nova representa una celebración lujuriosa de la belleza del mundo.




La voluptuosidad de las miniaturas que componen el tejido visual de Sayat Nova conjugan lo sensual y lo ascético en una rara alquimia que alcanza hondas resonancias en la relación del joven poeta con su amada, a los que encarna la misma actriz, Sofiko Chiaureli, la musa de Paradjanov,





una decisión que le permite al cineasta llegar al corazón del tema a través de la propia materia fílmica: la identidad de los cuerpos y la unidad de las almas a través de la vía amorosa, los amantes se buscan y cada uno se encuentra a sí mismo, descubriendo su rostro en el otro. En el cine de Paradjanov, los personajes no se libran jamás de una experiencia así: hasta el fin de los tiempos, deben llevar a cuestas el amor que vivieron en el pasado, que siempre vuelve como un sueño o una visión recurrente.


Es muy probable que la forma -la tapicería- del filme tenga mucho que ver con los escasos medios de que dispuso el cineasta para rodarlo. Cuando Paradjanov volvió a la tierra de sus ancestros, experimentó una honda impresión. Se inspiró en la Edad Media armenia y concibió la idea de hacer una película sobre Sayat Nova, un poeta del siglo XVIII que era, y aún es, un poeta popular, sus poemas son conocidos y sus canciones se cantan en bodas y cuchipandas.

 En el fotograma de arriba se cifra cómo el niño se convierte
en el joven poeta mediante una elegante elipsis: 
el niño se coloca detrás del joven, lo abraza 
y en el fotograma siguiente habrá desaparecido.

 En estos fotogramas, el poeta adulto en un monasterio.


Fotograma de la escena de la muerte del poeta

Pero Sayat Nova no es un biopic del poeta aunque desgrane episodios de su vida, sino un filme que cobija la experiencia de su poesía y pespunta libros, vasijas, tocados, velos, vestidos, animales, flores, frutos o frescos como un alfabeto espiritual, signos del esplendor del mundo, que nos recuerda a Pasolini cuando se refería a la poesía de los objetos, de la materia, que en el cine cobra una cualidad onírica, y no es casualidad: Pasolini es como un dios para mí, un maestro del estilo, dijo una vez Paradjanov.  


Paradjanov escribió el guión de Sayat Nova en 1966, en una época de una cierta apertura pero acabó la película en 1968 y, como hemos contado, lo tuvo crudo. Tardará quince años en volverse a poner detrás de una cámara. Mientras estuvo en prisión y después, cuando no podía hacer cine, pintó, dibujó, realizó collages y esculpió pequeñas figuras.


En 1984 rodó en Georgia La leyenda de la fortaleza de Suram, y en 1988, en Azerbaiyán, Ashik Kerib, basada en un relato de Mijail Lermontov. Hay un cierto paralelismo con Sayat Nova, un poeta que escribió en armenio, georgiano y azerbaiyano. En el último plano de la última película acabada de Paradjanov, Ashik Kerib, vemos el vuelo de una paloma que se posa sobre una cámara y leemos la dedicatoria a su amigo Andrei Tarkovski, que había muerto en 1986, y a todos los niños del mundo.

Fotograma del final de Ashik Kerib

Apenas dos años antes de su muerte, Paradjanov pudo viajar al Festival de Rotterdam y fue aclamado como un héroe del cine. No merecía menos. Godard escribió: En el templo del cine hay imágenes, luz y realidad. Paradjanov era el maestro de ese templo. Más que un cineasta, un hacedor de maravillas.

Pillow shot de Sayat Nova

17/3/11

Algo insignificante


Cine en St. Charles Street, en Nueva Orleáns, 1936. 
Fotografá de Walker Evans

Esta noche, al hilo de la entrada anterior, me acordé de una novela que tiene un cine de pueblo como escenario principal y la rutina de su gestión constituye un ingrediente esencial de la trama: Sólo un asesinato, la novela de Jim Thompson protagonizada por Joe Wilmot, el administrador del cine Barclay de Stoneville, propiedad de Elizabeth, su mujer. Como no podía pegar ojo, fui hasta la estantería correspondiente y, mira por dónde, allí estaba, donde debía estar, un ejemplar ya "fatigado" y compruebo que lo compré en Tui en enero de 1988; la novela la había editado Ediciones B en la colección Libro Amigo en octubre del año anterior. Hay una edición de 2004 en El Aleph.


Se trata de la primera novela negra de Jim Thompson -publicada en 1949-, quizá la novela en la que más trabajó y de la que más contento se sentía. En Sólo un asesinato escuchamos ya la voz de un autor inconfundible, el relato febril en primera persona de Joe Wilmot, un buscavidas que trabajó repartiendo películas por los cines al volante de la camioneta de una compañía distribuidora, se casó con la propietaria de un cine y lo convirtió en un negocio rentable; se empantana en la rutina de la exhibición de películas en el cine Barclay hasta que se complica la vida con Carol y, atrapado en un turbio triángulo, se aboca al callejón sin salida de una estafa retorcida donde brota la brutalidad en un caldo ardiente de pulsión sexual, desesperación y fatalidad.


La primera persona -de los protagonistas- de Jim Thompson toma al lector por confidente durante una noche de copas en la barra de un bar de mala muerte a las tantas de la madrugada, cuando la lengua se suelta y la luz escasa y sucia apenas espanta las sombras de la noche y propicia un crudo espanto, que se va desgranando con una mezcla desarmante de inocencia, humor y ferocidad. Y una visión de la existencia radicalmente pesimista: abre en canal el entramado social y lo que nos muestra es la atmósfera irrespirable de un pozo negro, empezando por la pareja:

Si eres como yo, a lo largo de tu vida probablemente habrás visto a un millar de parejas que te hacen preguntarte por qué y cómo alguna vez se juntaron. Y si eres como yo solía ser, probablemente se lo achacas al alcohol o a las prisas.

Jim Thompson , en sus primeros años de escritor

Tengo Sólo un asesinato entre mis novelas negras preferidas de Jim Thompson -que es como decir entre mis novelas negras favoritas sin más- aunque sé que no alcanza el ferviente delirio y la despiadada comicidad de 1.280 almas, pongamos por caso, pero me gusta mucho que la trama desgrane con detalle el aquel de llevar un cine en un pueblo a finales de los 40: los paquetes de películas, la cartelería, las sesiones y sus horarios, los distintos espacios del local -cabina de proyección, taquilla, marquesina, sala...-, los empleados, los sindicatos, las distribuidoras... Y que cada uno de esos elementos cumpla su función en el engranaje de la novela.

Cine en Junction City, Kansas, 1951-52

Al fin y al cabo, como decía Jim Thomspon, hay treinta y dos maneras de contar una historia pero una única trama: las cosas nunca son lo que parecen. Joe Wilmot no es -sólo- el ciudadano ejemplar que regenta un cine sino un asesino y el cine es -también- dispositivo y escenario criminal.

Cine en Brentwood, California, 1948

Y qué buen empresario es el asesino, cómo sabe lo que se trae entre manos, y qué cautivador escuchar cómo -nos- habla de su cine:  

Nuestra sala, la de cine me refiero, está sólo a cuatro puertas de la calle Mayor. En la esquina, en nuestra acera y con entrada por Mayor, hay un bazar. En la esquina de enfrente, en diagonal, está el Banco Agrícola. Una manzana calle abajo está el City Hotel, y al lado la terminal de autobuses y un garaje.
No me adjudico el mérito de haber escogido el emplazamiento, pero de haberlo hecho no podría haber escogido mejor. Siempre que estés cerca de un banco, un hotel, un garaje, una estación de autobuses y un bazar -sobre todo un bazar-, tu negocio marchará bien.
Uno podría creer que el cine estaría mejor en la calle Mayor, pero no es así. Es muy difícil aparcar en Mayor. 
Me quedé un minuto en el coche después de aparcar, sintiéndome bastante bien y orgulloso, como siempre que miro nuestra sala. No es tan grande como algunos cines de ciudad, pero no hay nada comparable en ninguna población como la nuestra. Y es mi hija. La levanté a partir de cero.

Cine en Claremore, Oklahoma, 1947

Ya traje aquí las novelas de Jim Thompson y de su vida ejemplar pero os ahorraré el viaje hasta allí, así que copio y pego:

Jim Thompson (1906-1977). Portero de hotel piojoso, chófer de un camión de explosivos, vagabundo, bracero, albañil, vendedor a plazos, pastelero, sereno de una constructora, enfermero, obrero en una fábrica de aviones, actor de burlesque, jugador profesional de cartas, proyeccionista de cine, experto en explosivos, constructor de oleoductos, periodista ambulante, editor de una revista, escritor. En 1936 se afilió al PC americano y fue denunciado por un guionista durante la caza de brujas e incluido en la lista negra. En 1955 escribe para Kubrick Atraco perfecto y en 1956 Senderos de gloria. Le encantaban los gatos y escribió algunas de las más negras novelas negras.

Jim Thompson

En resumidas cuentas, cuando Jim Thompson usa dramáticamente en Sólo un asesinato la administración de un cine sabe de lo que habla y aun encontramos en el proyeccionista del cine, Jim Nedry, un alter ego del escritor, un superviviente, un tipo que sabe que no tiene ningún número en la lotería del sueño americano, el único que se salva de la quema. Jim Thompson destila su experiencia vital en la materia oscura de sus novelas, habitada por monstruos construidos de dentro afuera, que se mueven por la piel del mundo bajo la que arde el infierno, y hay mil y una posibilidades de quemarse. Qué lástima que un cineasta arrebatado como Samuel Fuller nunca adaptara una novela de Jim Thompson.

Jim Thompson 

Nada define mejor su universo que unas líneas -en primera persona- de Nick Corey, el corrupto jefe de policía de 1.280 almas, uno de los personajes capitales de la literatura americana del siglo XX:

Me estremecí pensando lo maravilloso que había sido nuestro Creador al fabricar cosas tan absolutamente horrendas en el mundo que, en comparación, algo como un asesinato parecía insignificante.