11/1/10

Un poco más solos, sin Rohmer


Esta mañana ha muerto Eric Rohmer mientras dormía. Tenía 89 años y en 2007 había estrenado su última película El romance de Astrée y Céladon. Acabo de enterarme y al paso que vamos esta escuela va a amojonarse con obituarios. He visto veintincinco de sus películas, una docena de ellas más de una vez, o sea, ha sido uno de mis directores favoritos de los últimos cincuenta años. Se ha muerto uno de mis imprescindibles. Sentí una emoción especial el día en que uno de mis alumnos más próximos (de la EIS) me confesó que habían acabado por gustarle las películas de Rohmer, había vuelto a verlas porque uno le insistió en que valía la pena intentarlo. Ese día me sentí como el que había ganado un nuevo conjurado para una fraternidad secreta: la de los que amábamos el cine de Rohmer. Que te gustaran las películas de Rohmer representaba una seña de identidad que despertaba complicidades entre quienes la compartían. Y no éramos, nunca fuimos muchos.


En La noche se mueve (1975) de Arthur Penn, el personaje que encarna Gene Hackman suelta por aquella boquita que ver una película de Rohmer es "como ver crecer una planta". Y como réplica no está nada mal, y nos reímos al escucharla, incluso podemos celebrarla. En los años ochenta y noventa era relativamente habitual escuchar a alguien con la vitola de cinéfilo espetar con desparpajo aquello de "una película aburrida como una película de Rohmer". ¡Aburrida una película de Rohmer! Cuando si algo caracteriza las películas de Rohmer es la ligereza, el vuelo alado... y la frescura. Y mira que odio el adjetivo fresco cuando se atribuye a una película y aun más al proyecto de una película y no digamos a un guión. Pero sí, el cine de Rohmer desprende frescura. Cada una de sus películas opera una variación sobre el tema central de su filmografía: la volatilidad de los sentimientos, la levedad del amor, la volubilidad de la pasión. Y en buena parte de sus películas pone el foco en los jóvenes y sus filmes devienen comedias juveniles. Películas con jóvenes por el más viejo de los cineastas franceses, en realidad fue siempre viejo entre los suyos, o como poco, el hermano mayor, desde que era jefe de redacción de la mítica Cahiers de cinéma entre 1956 y 1963.

Fotograma de La rodilla de Clara

Podría enhebrar los últimos treinta años con las películas de Rohmer: La coleccionista (1967), Mi noche con Maud (1969), La rodilla de Clara (1971), La mujer del aviador (1980), La buena boda (1982), Pauline à la plage (1983), Las noches de la luna llena (1984), El rayo verde (1986), Cuento de invierno (1992), Cuento de verano (1996). Mis diez películas preferidas de Erich Rohmer. Películas pequeñas, baratas, sencillas. A ras de suelo y, cuando llovía, a ras de cielo. Dialogadas con gracia e interpretadas con naturalidad. Con una puesta en escena elegante y sutil, llena de matices y cuidadosa con los detalles. Escritas con sabiduría y abiertas al azar del rodaje. Producidas por Les Films du Losange. No gozaban del favor del gran público. Tampoco hacía falta, hay una fraternidad de rohmerianos en cada esquina del mundo, y bastaba para sostener el flujo de las películas del maestro. Cuanto más viejo era más joven parecía en el aquel de aprehender lo invisible, el río del pensamiento, las esquinas escondidas de la comedia humana. Como en La regla del juego de Renoir. Un juego que en Rohmer cobraba forma de geometría, a base de triángulos, y cuadrados que se descomponían en triángulos, quizá porque el triángulo es la forma más irresoluble que existe. Como el juego amoroso.

Fotograma de Cuento de verano

Como el de ese chico del Cuento de verano que no sabe aún quién es y que acaba aun más confundido entre las imágenes que le devuelven (como espejos) las tres chicas que movilizan sus sentimientos: llegamos a percibir el perpetuo hormigueo interior que lo consume en un relato tramado, como si de un álgebra de las emociones se tratara, pero con la ligereza de una respiración libre que emana de su regla del juego. Rohmer se movía como un contrabandista en la -Ángel Fernández-Santos dixit- misteriosa zona común existente entre la ficción de filmar y la ficción de vivir.


Cada año aguardábamos por 'nuestro' Rohmer. Ya no habrá más películas para ver crecer las plantas. Ahora ya sólo nos queda, de esa generación, Clint Eastwood. Y Rivette. Y Godard. Hoy nos hemos quedado un poco más solos, sin Rohmer.

Eric Rohmer con Jean-Luc Godard

1 comentario:

  1. No tiene que ver con esta entrada -Rohmer, una más de las lagunas que conforman mi "cultura lacustre", que diría Monterroso-. Mi chica y yo hemos visto Secretos y mentiras, días más tarde de haber leído tu estupenda entrada acerca de esta maravilla. Eso, que nos ha encantado. Un abrazo.

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