22/7/12

Por un puñado de clavos



Richard Holmes dedica el primer capítulo de La edad de los prodigiosTerror y belleza en la ciencia del Romanticismo a la vuelta al mundo del botánico Joseph Banks, enrolado en la expedición del Endeavour al mando de James Cook, un viaje de tres años con parada y fonda en el paraíso por una larga temporada .


El paraíso se llamaba Otaheite o Tahití, adonde arribaron el 13 de abril de 1769.


Aquella expedición científica se organizó en torno a cuatro objetivos: observar el tránsito de Venus por el disco solar (de ahí la recalada en Tahití, como emplazamiento idóneo de observación), explorar y cartografiar las islas de la Polinesia al oeste del Cabo de Hornos, explorar las masas terrestres entre los paralelos 30 y 40, y recopilar especímenes botánicos y zoológicos del hemisferio sur. Como ya se sabe, el aquel científico de ésta y tantas expediciones representa apenas un prólogo de la colonización, y aquel paraíso de los mares del sur -con sus sombras- devino en poco tiempo paraíso perdido, como comprobarán Gauguin y Stevenson, Flaherty y Murnau, pero ésa es otra historia.

Fotograma de Sombras blancas en los mares del sur (1928) 
de Robert Flaherty

Fotograma de Tabú (1931) de Murnau

De momento, levantaron el Fuerte Venus, bautizado con la misión que les traía a Tahití, claro. Pero enseguida merecería ese nombre por otros -y no menos apremiantes- motivos, cuando las pulsiones -venéreas- de los marineros se vieron urgidas ante la disponibilidad de las mujeres en aquel paraíso. Además, la nave Endeavour, con tantos objetos metálicos, se figuraba a los ojos de los nativos como una verdadera cueva del tesoro, y muy pronto una cacerola o un martillo resultaron moneda corriente en el tráfico sexual entre los marineros y las tahitianas. En un primer momento, la tarifa quedó fijada en un clavo por polvo. No tardó en sospecharse que el carpintero había montado un negocio y que los clavos salían del barco a puñados. Y dos meses después de la llegada a la isla se produjo una crisis (económica, ¿de qué si no?) cuando unos marineros robaron un saco de clavos de cincuenta kilos y se disparó la inflación.

Cook no veía con buenos ojos semejante trasiego y trató de regularlo, pero ni siquiera sus oficiales estuvieron dispuestos a racionar el apetito venéreo. Contaba con cierto humor, y quizá también a modo de advertencia, cómo el Dolphin, el barco del capitán Wallis que había navegado por aquellos mares del sur dos años antes, perdió tantos clavos, arrancados de tapadillo al maderamen, que al abandonar las aguas de la Polinesia a punto estuvo de desencuadernarse con la primera tormenta que se encontró en el Pacífico.

Qué risible debía parecerles el riesgo de un naufragio a quienes vivían en un estado de erótica bienaventuranza. Quién podría culpar a aquellos marineros -y aun hacerles sentir culpables- por gozar de las mieles del (único) edén que les iba a ser dado catar en este mundo. Cómo iban a temer el infierno quienes habían sido bendecidos con el paraíso. Y sólo por un puñado de clavos.

21/7/12

El sentido de los pasos


Apenas conocía a John O'Hara. Había leído un relato suyo, ¿Nos vamos mañana?, en una antología del relato norteamericano y sabía que había participado en la escritura de algunos guiones (de películas nada memorables) en el Hollywood de los primeros cuarenta en la Fox.

John O'Hara

No hace mucho supe algo más por unas líneas de Quemar los días, las memorias de James Salter: "escritor deslumbrante del New Yorker", "personaje complicado e imprevisible", "maestro del desaire". Y la semana pasada buscando en una librería de Santiago algo con que entretener una más que previsible espera encuentro Cita en Samarra, en una (estupenda) traducción de Miguel Temprano García.



La edición (de bolsillo) se abre con un prólogo de John Updike que se debe leer como un (perfecto) epílogo. Como se la recomendé a Ángeles -y leerá (y editará) estos parrafitos-, ya os imagináis (por la cuenta que me tiene) cuán cuidadoso voy a ser para no desvelar ni el más mínimo ingrediente de la trama. Pero también porque esta historia de una caída se pespunta con nudos que son poca cosa, pero su tejido deviene la trama oculta del destino, y con esta línea basta de momento para señalar uno de los logros mayores de la novela.

John O'Hara bebía lo que no está escrito -para tomarse vacaciones de sí mismo (por una noche, muchas noches), apuntó alguna vez-, no se privaba de derramar su acidez por donde iba y se metía en cuantos charcos se topaba; era un broncas, vamos. Sobra decir que no le duraban los empleos y su carrera de escritor quedó amojonada por despidos, por muy bien que escribiera (que escribía). Publicó su primer artículo en el New Yorker en 1928. Cita en Samarra era su primera novela. le llevó menos de cuatro meses, entre mediados de diciembre de 1933 y primeros de abril de 1934. Decía que tenía que trabajar mucho más en pulirla, corregirla, y quizá contaba con hacerlo mientras el libro viajara de editorial en editorial, pero la mandó en abril y en agosto ya se había publicado. Quedó tal cual. Una obra perdurable.

El título -Cita en Samarra- proviene de un texto de Somerset Maugham que John O'Hara coloca como pórtico de la novela bajo el rótulo de Habla la Muerte. Aunque sería mejor decir que ese texto lo firma Somerset Maugham, una historia tan suya como de Jean Cocteau -El gesto de la muerte (en Cuentos breves y extraordinarios, la antología de Borges y Bioy Casares)-, de García Márquez -La muerte en Samarra (en Cómo se cuenta un cuento)-, de Juan Benet -Fábula novena (en Trece fábulas y media)-, de Bernardo Atxaga -El criado del rico mercader (en Obabakoak)-, de Godard -en una escena de Pierrot le fou Marianne Renoir (Anna Karina) se la cuenta a Pierrot (Jean Paul Belmondo)-, y, desde luego, de Yalal Al-Din Rumi -Salomón y Azrael-, un poeta sufí del siglo XIII (¿el original?). En fin, variaciones de una historia sobre la ilegibilidad de la trama del destino y una parábola sobre lo impredecible e ineluctable del final de un relato.

Cita en Samarra representa una muestra exquisita de prosa fluida cuyo ritmo transparenta una mirada que encadena seres y lugares -intimidad y geografía-, alumbrando con los faros de un coche que circula hacia ninguna parte las tinieblas domésticas del sueño americano; un sutil ejercicio de composición enhebrando unos incidentes de baja intensidad que, gracias a la maestría de su disposición -orden, combinación, estructura-, y concentrados en el curso de tres días, cobran una potencia inexorable y acaban transformándose en una fuerza fatídica. Y sólo en las últimas páginas empezamos a advertir el (secreto) sentido de los pasos (de la trama) en el dispositivo de John O´Hara, ese hilo de irremediable desamparo que seguimos devanando cuando el libro ya ha terminado, síntoma definitivo del pulso de un escritor que no ha perdido (ni olvidado) detalle, que no ha olvidado (ni perdido) la ternura y la piedad con Julian English, ese protagonista tan desesperante y calamitoso -tan desastriño, diríamos por aquí- que casi maravilla que acabemos queriéndolo. Milagritos de John O'Hara.     

15/7/12

Por una ventanita


Pasé unas horas este domingo escribiendo un artículo sobre Le Havre para la revista Kinetoscopio de Medellín (Colombia); me hacía -bueno, me hace- una ilusión especial tratándose de la única revista de cine -según me han contado- que aún se edita en papel en Latinoamérica. Durante la semana y con el encargo a la vista, la memoria me traía por momentos ráfagas de la película de Kaurismäki. Un bálsamo, la escritura y la memoria, para embridar la indignación que amenazaba con desbordarse al compás de las injurias de esos diputados aplaudiendo la política cobarde -y aun genuflexa- de un presidente-cipayo del capital mientras anunciaba medidas miserables contra los parados -por mencionar sólo lo más sangrante- o, en otra órbita de lo real -menos mal que Agustín García Calvo no deja que nos olvidemos de que la realidad no da cuenta de cuanto existe-, esa masa de cretinos que hacen cola para subir al Everest y hollar una cima que no se merecen; unos inspiran desprecio, otros sólo lástima. Eso sí, uno u otra olímpicos. Recuerdo que una de las últimas lecciones del maestro tuvo que ver con disciplinarse contra la indignación mediante un ejercicio de lejanía: ponerle marco a la fuente de la santa ídem y otearla en lontananza desde la ventana del humor -entre negro y socarrón, dependiendo del día y del ánimo-, pero con humor al fin y al cabo (aunque a veces no viene mal añadir un par de dedos de Glenlivet para elevarse otro tanto sobre la realidad). Aquel bálsamo y esta ventanita me permitieron disfrutar unas cincuenta páginas más de Cita en Samarra de John O'Hara -cómo no se habla más de este gran escritor, con una prosa y unos diálogos que (por lo menos en esta novela) nada tienen que envidiar a Hemingway, Hammett o Scott Fitzgerald- y rendirle un homenaje póstumo a la gran actriz Isuzu Yamada -que murió el lunes pasado- con una sesión continua de -Elegía de Naniwa y Las hermanas de Gion-, las dos películas de 1936 que rodó con Mizoguchi.




Cuatro fotogramas de Isuzu Yamada (como Ayako), 
en la última escena de Elegía de Naniwa
que acaba con una (acusadora) mirada a cámara.

Por eso, en lugar de una hemorragia de denuestos, os dejo una canción de Roberto Vecchioni -Le lettere d'amore- sobre aquel poema de Pessoa/Álvaro de Campos, Todas las cartas de amor son ridículas... Por una ventanita.




13/7/12

¡Cómo te habría gustado el Cabo Norte...!


No es sólo que belleza rime con tristeza, es que la destila. Sólo entonces lo bello deviene también verdadero. Porque no hay belleza sin verdad. De eso trata la estética. De la verdad, como forma del arte. Belleza triste, entonces. La bella tristeza que desprende, pongamos por caso, El fantasma y la señora Muir (1947).


Sobran razones para traer a la señora Muir a esta escuela, es uno de esos filmes que podríamos enhebrar en diversas constelaciones: los fantasmas, desde luego -¿habrá figura más cinematográfica?, ¿y cómo no imaginar que la película podría titularse "El fantasma de la señora Muir"?-, pero también las fronteras -entre lo real y lo imaginario, entre los vivos y los muertos, entre la memoria y el sueño-, las metáforas -de la escritura (el fantasma le dicta sus memorias a la señora Muir, ¿una voz de su imaginación?, ¿un sueño de la razón?) y del cine mismo (fantasmagoría primordial y la más onírica de las artes)-, las historias de amor -entre las más bellas, delicadas, líricas y elegantes que se hayan filmado-, los poemas de cine -esta vez la Oda a un ruiseñor de Keats-, los retratos -tiene su aquel ver a Gene Tierney como señora Muir fascinada por el retrato del capitán Gregg (Rex Harrison), cuando el suyo (tres años antes), como Laura, tanto fascinó a tantos-, las películas freudianas -el fantasma como fantasía sexual, como proyección de los deseos reprimidos y depositados en el inconsciente (¿habrá algo más freudiano que el cine?)-, las películas de la familia -ésas que nunca nos cansamos (cansaremos) de ver- y... las películas de Gene Tierney, faltaría más, razón sobrada para recrearnos en El fantasma y la señora Muir...


Claro que si esta escuela hubiera existido hace veinte años, le habría bastado con ser una película de Mankiewicz, y ya habrían encontrado cobijo también Eva al desnudo y La condesa descalza, como mínimo. Recuerdo haber subrayado una frase suya (de una entrevista): Dirigir una película es la segunda fase del trabajo de un guionista; escribir el guión es la primera fase del trabajo de un director. Fue la lección esencial de Lubitsch, que produjo su primera película, El castillo de Dragonwyck, también con Gene Tierney.

Mankiewicz, tercero por la izda., dirige a Gene Tierney 
en El castillo de Dragonwyck

Recuerdo también cómo lamenté que nunca pudiera llevar al cine El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell (una de mis lecturas preferidas entonces y aun antes)-la gran decepción de mi vida es no haber realizado este proyecto- ¡Cuanto me gustaba el cine de Mankiewicz! Ese cine hablado, ese cine de la representación -el teatro (de la vida, del escenario, de la pantalla) era su centro de interés primordial y la vida destruye el guión, era uno de sus temas favoritos-, ese cine (tan) escrito -porque la vida se parece a las malas películasdice el guionista y director Harry Dawes/Bogart en La condesa descalza (una de las películas preferidas del cineasta)-, ese cine de mirar con el oído y de oír con la mirada que ya no me encanta como entonces, salvo El fantasma y la señora Muir, que me gusta cada vez más


Para Mankiewicz, su cuarta película como director era una obra de aprendizaje, quería demostrarle al estudio que era un realizador solvente y la recordaba como una película para coger oficio, sólo eso; para el guionista Philip Dunne, El fantasma y la señora Muir era una de las películas de las que se sentía orgulloso de haber escrito. Creo que esta hermosa comedia de fantasmas, con toda su contención, sobriedad y (milagroso) equilibrio de humor, romanticismo y melancolía, perdura como una -por no decir la- obra mayor de MankiewiczBénard da Costa cuenta en Os filmes da minha vida que tuvo siempre cerca el cartel de la película, primero en la Gulbenkian y luego, ya descolorido -¿a quién se le ocurre poner los fantasmas al sol?-, en la Cinemateca de Lisboa, y anota que Mankiewicz persiguió toda su vida un cine total, del que nunca estuvo tan cerca como en El fantasma y la señora Muir, una película de la que el cineasta decía recordar sobre todo el viento, el mar y la búsqueda de algo diferente. Y la decepción, o cómo la vida destruye una vez más el guión soñado de Lucy Muir.
  

La señora Muir lleva luto por su marido, muerto hace un año; en realidad, lleva luto por ella, porque nunca ha tenido una vida propia. Pero ha llegado la hora de ponerle remedio. Siempre quiso vivir junto al mar (muir, en gaélico) y se queda prendada de la casa del capitán Gregg, un marino que, según el de la inmobiliaria, se suicidó cuatro años antes. Es como si Gulls Cottage, o sea, la casa de las gaviotas, la estuviera esperando. Y la llamara.



Y es como si la música -qué score tan maravilloso- de Bernard Herrmann nos transportara con la señora Muir donde todo y nada le va a suceder: he ahí el nudo de la película, el centro de gravedad de las emociones, el corazón del tiempo. Porque la historia de la señora Muir y el fantasma del capitán Gregg es un amor imposible: a ella todo podría sucederle pero a él ya todo le ha sucedido. El fantasma y la señora Muir es la historia de un amor al que se le niega el presente, esta vida, este mundo.




Qué bello movimiento de cámara cuando el travelling se acelera hacia la espalda de la señora Muir con el vigor de una presencia, la del fantasma que sentimos antes de verlo, y lo vemos con ella, y con ella tardamos aún un instante en comprender que se trata de un retrato. 


Y ya puede el de la inmobiliaria desaconsejarle el alquiler, la casa del capitán Gregg era lo que buscaba. A la señora Muir le gusta todo, atrezo incluido, sólo mandará talar aquel árbol que estraga las vistas -la decisión suscita la invisible reacción del fantasma que le hace sentir un escalofrío-, y cuando una réplica suya provoca la carcajada del capitán Gregg que resuena en todas las estancias, prueba sonora palpable de la presencia espectral, ya nada podría disuadirla: ¡Una casa encantada. Es perfecta! Y estando encantada, cómo no va a encantarle la casa. Cuánto se van a reír el fantasma y la señora Muir.


¡Qué bien contada El fantasma y la señora Muir! Cómo se exprime el detalle de que ella se lastime la mano al cerrar la ventana cuando va a echarse una horita, justo antes de que el fantasma  la visite por primera vez cuando esté dormida. Al despertar ve la ventana abierta y recuerda que la había cerrado, que se lastimó al cerrarla, y entonces sabe que el fantasma (entró por la ventana y) la ronda.


Pero tal como filma Mankiewicz la escena, nada impide imaginar que ese fantasma sea un sueño de la señora Muir, y así lo evocará ella un año después, cuando ya se ha ido el capitán Gregg. Pero no sólo ella ha sido visitada por el fantasma, también Martha -la criada- lo soñó y muchos años después Lucy descubrirá que su hija también se había enamorado del capitán Gregg y, como ella, también lo recuerda como un sueño. Memoria y sueño, una permeable frontera que deviene la piel misma de la película.


Pero la función principal de haberse lastimado cuando cerraba la ventana -como prueba de que no lo soñó y, por tanto, de la visita del fantasma- consiste en preparar la escena primordial de la película, la invocación del fantasma por la señora Muir. Es una noche de tormenta y baja a la cocina a calentar el agua para la bolsa de cama, pero pasa primero por el salón, quiere echarle una miradita al retrato del capitán Gregg... ¡Qué maravillosa iluminación de Charles Lang!



¡Esa mirada retadora de Gene Tierney! Y ya en la cocina, se va la luz de gas, y harta de que las cerillas se le apaguen una tras otra, desafía al fantasma a presentarse, sabe que quiere amedrentarla con la oscuridad, y lo provoca tratándolo de cobarde por dedicarse a asustar mujeres. Entones irrumpe el vozarrón del capitán Gregg conminándola a encender la vela de una vez.



Y lo ve por primera vez. 


El fantasma se manifiesta como una presencia arrancada a las tinieblas por la luz de la vela. Por la llama del deseo de la señora Muir.
  

Un fantasma malhumorado -que despide huéspedes, vamos-, el tal capitán Gregg, pero no puede evitar conmoverse cuando la señora Muir le habla de la casa y ve transfigurado en sus palabras el mismo sentimiento que lo embargó cuando le puso los ojos encima al primer barco que iba a mandar. Las palabras, no es que sean importantes en el filme de Mankiewicz, devienen decisivas. Desde la primera conversación entre el fantasma y la señora Muir. Una historia de amor enhebrada con palabras. No pueden hacer otra cosa, sino hacer el amor con las palabras; el espacio -la casa- los reúne, pero una herida de tiempo les veda el abrazo por el que pronto van a suspirar. Los corazones se descargan a base de palabras y el amor se consuma en un erotismo de las voces. Una conversación inacabada, El fantasma y la señora Muir. 


A la señora Muir la arquitectura de la casa de las gaviotas le trae a la memoria una vieja canción o quizá un poema. Y el fantasma pronuncia unos versos de la Oda a un ruiseñor...

Las mágicas ventanas, abiertas a la espuma
de mares peligrosos, en tierras de leyendas ya olvidadas...

Y la  señora Muir: ¿Keats, verdad? Palabras para saberse, para tocarse, para quererse. Hasta no poder pasar sin ellas. Por eso, cuando la señora Muir se queda sin los ingresos que le permiten alquilar la casa de las gaviotas, el fantasma  le propone escribir las memorias del capitán Gregg. Y si van a tramar una relación tan íntima como literaria -la señora Muir, amanuense y musa de la voz del fantasma (ya lo apuntamos: qué otra cosa es escribir sino escuchar y dar vida a una voz)-, entonces ya pueden llamarse por el nombre. Puedes llamarme Daniel -le dice el fantasma-. Yo te llamaré Lucía. Ella protesta, su nombre es Lucy. Pero en el fondo le gusta ser Lucía. Sólo para el capitán Gregg. Y empiezan a escribir la cruda historia de un marino     


Y Lucía lo aprende todo del fantasma. Las palabras del mar. Y las palabras de la vida, como esa de cuatro letras que ella se resiste a escribir y luego teclea (en un gesto encantador) como si no quisiera tocarlas. La escritura se vuelve una alquimia del lenguaje amoroso, pura puesta en escena. La de ese libro que se convierte en la única prueba fehaciente de la existencia del fantasma: la literatura, en fin, como documento de un pasaje espectral. Puro Mankiewicz. 


El fantasma le refiere las calaveradas de juventud y despierta en ella el dolor de lo perdido: Ojalá te hubiera conocido entonces. Y cuando le cuenta episodios de la infancia, de la tía que lo crió, de la que dice que se alegró de que se embarcara tan joven, así no le llenaría la casa de cachorros ni le mancharía las alfombras con las botas llenas de barro, y que murió mientras él navegaba por alguno de los siete mares... Qué sola debió sentirse con sus alfombras tan limpias, acierta a decir Lucía, como si diera voz al presentimiento de lo que le espera. ¿Hace falta decir cuánto envidio a Philip Dunne por esa réplica cada vez que llega esa escena?     


Escribir el libro representa una revelación. La escritura sólo es verdadera si incuba una metamorfosis de los adentros. El fantasma y la señora Muir se ven transformados. 


Y transportados a un umbral intransitable, a un abismo insalvable. Qué será de nosotros, se pregunta Lucía. Nada puede ser de mí, todo ha sucedido, nada puede ya suceder, sostiene fatalmente Daniel. Los raccords de mirada en el cine se inventaron para momentos así, cuando ella ve donde no puede ir y él donde no puede quedarse. Un corte entre dos miradas, una herida que declina despeñaderos del sentido, como todo y nada, como siempre y nunca.



Ahí se agrieta la comedia en El fantasma y la señora Muir. Porque comprendemos (con ellos) que sólo la muerte le permitirá a Lucía traspasar el umbral y cruzar el abismo, y viajar más allá del tiempo con el capitán Gregg. En qué problema nos hemos metido, Daniel, se duele Lucía.


Y sí, deseamos que muera, porque a esas alturas somos espectadores cautivos de la belleza atrapada en las palabras, en la voz del fantasma en el aquel de hechizar a la señora Muir mientras le dicta sus memorias y embrujarnos aún más cuando sólo es ya pura voz, la llamada voz over, voz de otro mundo, de ese mundo donde deseamos que, al fin, la señora Muir se reúna con el capitán Gregg. Pero el fantasma la ama tanto (y tan bien como Spinoza define en amor en su Ética), que su mayor bien es el mayor bien de la mujer amada, y no quiere verla atada a un espectro de por vida. Aunque eso signifique saber que va a sufrir con ese escritor -encarnado maravillosamente (como siempre) el gran George Sanders- que conoce el día que lleva el manuscrito de las memorias del capitán Gregg al editor. 


Entonces llega el momento de la despedida, la única escena de la que Mankiewicz conservaba un vivo recuerdo. 


El fantasma contempla a la señora Muir dormida. 


A la hora del adiós cantamos lo que nunca podremos vivir (y qué bien lo escribe ¿Philip Dunne? ¿Mankiewicz? ¿Mankiewicz reescribiendo a Philip Dunne?): Lo que te has perdido, Lucía, por haber nacido demasiado tarde para cruzar conmigo los siete mares. Y cuánto lo echo de menos.


¡Cómo te habría gustado el Cabo Norte, y los fiordos bajo el sol de media noche, y navegar junto el arrecife en Barbados donde el agua azul se torna verde, y hacia las Falkland donde la galerna del sur desgarra el mar entero y lo vuelve blanco! Lo que nos perdimos, Lucía, lo que nos hemos perdido.


Y el fantasma la libera de la memoria de lo vivido y se convierte en un sueño de Lucy, uno de esos sueños que mueren al despertar.



Alguna vez, a la hora de la siesta, la señora Muir deseará que ese sueño se haga realidad, que efectivamente el fantasma entre por la ventana y se quede a verla dormir, y volver a ser Lucía para él.


Y como el mar erosiona la costa al pie de la casa de las gaviotas, así el tiempo roe la memoria y hasta los sueños se vuelven ceniza, polvo, casi nada. El soplo de una voz atrapada en el silencio. Un espejismo.


¿Fue una visión o un sueño despierto? 
Esa música ya ha huido. ¿Duermo o estoy despierto?

Cuántas veces habrá evocado Lucy los últimos versos de la Oda a un ruiseñor de Keats, aunque ya no recuerde que son la memoria viva del fantasma. Que la espera. Que vendrá a buscarla. Con el último sueño. 


Y entonces, fantasmas los dos, pueden dejar atrás tanta pérdida, desencanto, soledad. La muerte. Lo real. 




Tenía razón Bénard da Costa (la tiene siempre). El fantasma y la señora Muir muestra (hasta la evidencia) que el amor no es real.  El amor es surreal. Como el cine.