11/11/12

Lo insólito



He vuelto estos días a La saga/fuga de J. B. La primera edición data de hace cuarenta años. Dicen, y supongo que es verdad -sin dejar de ser insólito-, que año y medio después de su publicación -más o menos en 1973 por estas fechas- se llevaban vendidos cuatro mil ejemplares y se preparaba una segunda edición. Para hacerse una idea cabal de la cifra basta señalar que de sus obras anteriores apenas se habían vendido unos cientos, pongamos por caso de su Don Juan: aquella indiferencia con que fue acogida -quizá su obra más querida- no sólo le dolió sino que lo empujó a aceptar la invitación para impartir un curso de literatura en la universidad de Albany.

Torrente Ballester emigró a América a mediados de los sesenta por despecho literario, porque sentía que aquí no tenía sitio como escritor, justo cuando -aquí- había encontrado el lugar perfecto para escribir, en una casa con vistas al río Lérez: un abuhardillado donde montó su estudio con visos de camarote de bergantín, abierto a la ría, propicio para que lo colmaran ocasos y vendavales. En Pontevedra, donde ejercía de profesor en el instituto femenino, germinó La saga/fuga y ensoñó Castroforte del Baralla, y en ese estudio -corazón de su nostalgia de la ciudad- escribió el capítulo tercero, Scherzo y Fuga (probablemente durante unas vacaciones en sus años americanos), que comienza así: Ese día, o más bien esa noche, me encontré con que yo ya no era quien solía, sino yo mismo.

Torrente Ballester, fotógrafo. (Fotografía de Colita.)

Conocí a Torrente Ballester, de vuelta de América, cuando La saga-fuga de J. B. llevaba un par de años en las librerías, pero sólo había leído Los gozos y las sombras -y era de los pocos entonces, porque esa trilogía sólo se vendió gracias a la popularidad de la serie estrenada en 1982 (cómo olvidar aquella Clara Aldán encarnada por Charo López)-. Después de aquel encuentro, lo primero que hice fue ir a una librería a por La saga/fuga y leer aquellas páginas como si él me hablara, como si continuara escuchando su voz.


A Torrente Ballester le debo a Pessoa, es de esas deudas memorables, la de los descubrimientos cardinales. Le debo también la lección del humor como un asunto mayor de la literatura. Y releer el Quijote como si fuera la primera vez. Hubo otras lecciones, pero ésas fueron las primordiales. Recuerdo que le preguntaban -a propósito de La saga/fuga- por Cien años de soledad que se había publicado unos años antes y -lo estoy viendo- apenas podía disimular cuánto le enojaba la referencia, sobre todo de quienes saltaba a la vista que no habían leído su novela y quizá tampoco la de García Márquez. Y no digamos cuando sacaban a colación el realismo mágico quienes no debían saber del Félix Muriel y a Cunqueiro sólo lo conocían por el forro. En fin, que sigue pareciéndome inverosímil que fuera precisamente La saga/fuga la primera novela suya que se convirtió en un éxito, no por minoritario menos relevante. Me gustó mucho saber que Borges, a otra pregunta tópica de un periodista íbero sobre Cien años de soledad, comentó que no entendía tanto interés por ese libro cuando tenían mucho más a mano La saga/fuga de Torrente Ballester, que es una novela excepcional.

No resisto la tentación de citar unas cuantas líneas del informe del censor sobre la novela: De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Y se explica: Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo santo que apareció en el agua y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto. El diagnóstico no puede ser más esclarecedor: Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. Y añade esta perla cultivada: Se propone se aplique el silencio administrativo. Algo así merecería figurar en La saga/fuga y quién sabe si Torrente no se sintió alguna vez tentado de enhebrarlo en alguna figuración de J. B.

(Fotografía de Chema Conesa.)

Lástima que entonces sólo le pregunté sobre la literatura, si fuera hoy le hubiera tirado de la lengua sobre el cine. Cada vez que volvía de Albany aprovechaba para ver alguna película en Nueva York: el Satyricon de Fellini, una vez; El discreto encanto de la burguesía de Buñuel, la última. No sé si le gustaban los fantasmas del cine, pero hubo una casa de fantasmas que le marcó para siempre y devino la matriz de su literatura, la casa de su abuela en Serantes, una casa grande, destartalada, llena de muebles hermosos y desvencijados, de puertas y ventanas con vida propia; caja de resonancia de todos los vendavales, de todos los ruidos, de los pasos quedos de todos los fantasmas... animados en el teatro de sombras que despierta una palmatoria temblorosa en la mano de un niño caminando por un pasillo en la noche oscura.


Pero si finalmente ya no hace falta reivindicar la imaginación y el humor en Torrente Ballester, suele olvidarse -o no se recuerda o valora lo suficiente- el erotismo que destilan sus obras. Tan cegato para tantas cosas con los años, hasta para leer -quizá el menoscabo más doloroso para un lector empedernido como él-, nunca le faltó la vista para ponerle los ojos encima a las mujeres hermosas. No faltan los testimonios. Os dejo el de Félix de Azúa, quizá el más gozoso:

Un viejo glorioso

De mis Encuentros con Grandes Hombres de Antaño guardo un magnífico recuerdo del que me permitió conocer y simpatizar con Gonzalo Torrente Ballester. Debió de ser hacia 1990, en pleno verano parisino, y le estábamos esperando en La Closerie des Lilas, al final del Bulevar Raspail, un grupo de amigos españoles.

Uno de ellos, personaje descomunal que ahora no quiero nombrar, había citado también allí al hijo de un hermano suyo que vivía desde hacía décadas en Extremo Oriente y a quien no había vuelto a ver. Tampoco su sobrino le había visto nunca, desde una lejana visita al cumplir los tres años, cuando se despidieron de la familia antes de emprender el gran viaje al Este.

Torrente llegó muy puntual, muy contento, muy bien colocado detrás de sus enormes gafas de megamiope. Lo cierto es que en una primera impresión, a don Gonzalo, que era delgado como un alambre, sólo se le veían las gafas, dos colosales rosetones semiopacos, tras los cuales vivía el literato.

Fue muy amable con todos y procedió a contar dos anécdotas encadenadas, realmente jocosas y bien narradas, aunque no acabé de entenderlas porque me distraía verle consultar la carta, operación que duró toda la segunda anécdota. La estudiaba de lado, es decir, por el borde, como si tratara de desentrañar una anamorfosis de Holbein.

Cuando había ya decidido pedir un Negroni, llegó el sobrinito, el cual era ya un mocetón de casi treinta años, alto y apuesto, al que acompañaba la mujer más espectacular que yo haya visto en toda mi vida.

Era a todas luces nórdica y muy joven, medía unos dos metros de altura y bajo su cabellera habríamos podido dormir todos los presentes, como bajo el manto de la Virgen de los Desamparados. Las curvaturas y grosores anatómicos que la adornaban eran de una rotundidad soberbia, barroca, salomónica. Y como en París hacía muchísimo calor, iba casi desnuda.

Mediante enormes esfuerzos logramos simular una naturalidad perfectamente farisea y procedimos a inverosímiles acrobacias con tal de no mirar las abundancias de la soberana criatura, lo que causó algún derrame de botellas y la caída de una silla.

Era sumamente difícil y doloroso no mirar aquella masa radiactiva de erotis­mo salvaje cuya jovialidad y fortaleza vital se manifestaban en unas risas wagnerianas que hacían vibrar las copas de martini y palpitar sus enormes senos casi por entero ajenos a todo cubrimiento.

Debo decir que, a diferencia de los presentes, don Gonzalo no disimuló en ningún momento. A la semiextinguida luz de su tristísima y casi muerta visión, aquella presencia debió de haber sido como la del ángel del séptimo sello, y en consecuencia, desde que alcanzó a divisarla la miró con un descaro y una agresividad que a todos los presentes nos llenó de zozobra.

De pronto, sin previo aviso y ante el pánico general, se levantó mascullando excusas en voz baja y fue aproximando su silla a la de la muchacha con breves saltitos de rana hasta casi sentarse en su falda, todo ello sin dejar de escrutar las partes superiores para ir luego lentamente bajando hacia las inferiores como si se tratara de la carta de los cocteles.

Cuando ya se encontraba a media inspección, apartóse unos centímetros y pió con dulce acento gallego: “No le importa, ¿verdad hijita? ¡Es que es tan insólito!”.

La tremenda walkiria estalló en unas carcajadas que limpiaron el aire de toda miasma y fantasmagoría, lo que no sólo nos alivió, sino que nos permitió, también a nosotros, echar una miradita. Se lo debemos a don Gonzalo, a quien Dios tiene en su gloria.

9/11/12

El hijo de Tarzán



Los de mi generación quizá fuimos los últimos niños que soñamos con ser el hijo de Tarzán. Bueno, Ángeles soñaba con ser Jane, con tener una cocina como aquélla de juguete pero a tamaño -nunca mejor dicho- natural, en aquella cabaña sobre los árboles en medio de la selva, y a Tarzán para los recados.


Y además de ver las películas -Tarzán de los monos, Tarzán y su compañera, Tarzán en Nueva York...-, leía uno tras otro los libros de la serie del personaje creado por Edgar Rice Burroughs, ese huérfano primordial que renace en cada aventura con la fuerza genesíaca de la selva maternal, el jardín de los orígenes.


Pero desde Tarzán y su hijo (1939) de Richard Thorpe uno quería ser como Boy. Hace dos años murió Johnny Sheffield, el actor que lo había encarnado, tras caerse de una escalera cuando podaba un árbol; él, una criatura del aire, que volaba por la selva de liana en liana. Fue el propio Johnny Weissmüller quien lo eligió entre trescientos actores infantiles que se habían presentado a un casting para el papel y fue un padre para el chaval.


Hay una orfandad íntima que sólo encuentra amparo en el cine. No sé si lo intuía -o lo sabía o lo presentía- mi padre cuando me dejó en la puerta del cine Bolívar para ver en sesión infantil Tarzán y su hijo, antes de sentarse tras el volante del autobús de la línea Tui-Pontevedra aquel domingo. Camino del cine me había contado que iba a ver el mejor Tarzán, Johnny Weissmüller. No hubo otro Tarzán en mi libro de horas (de la memoria) del cine. No sé si algunas películas siguen representado un refugio para ese desvalimiento primordial que cualquier niño experimenta alguna vez.


Quizá ninguna imagen como esta fotografía de 1944 tomada en Marsella por Julia Pirotte, una fotógrafa de origen polaco -combatiente en la Resistencia francesa-, conjuga la orfandad radical con el amparo del cine, con la promesa de adopción para cualquier niño como el hijo de Tarzán.

7/11/12

El ocaso amarillo


Ya en los años sesenta del siglo pasado la ceguera de Borges era casi total y sólo percibía manchas de amarillo. A esos dorados rastros de lo visible dedicó El oro de los tigres, al único color que sus ojos aún podían aprehender en el mundo, ya no con visos de cosas, apenas de formas, destellos perdurables de amarillo, prenda última de una vaga luz en una rosa de tinieblas.


Pero quizá no haya más excelsos poemas del amarillo que la pintura de Van Gogh. Hay que ver sus cuadros pero también leer sus Cartas a Theo -sobre todo las que le envía desde Arlés- para comprobar el arrobo, la porfía, el éxtasis de los amarillos. Amarillo cromo, sol de azufre, amarillo sucio, oro viejo, amarillo verde, oro rudo, amarillo limón...


...la cúpula del cielo es de un azul admirable, el sol tiene un resplandor azufre pálido y es tan suave y encantador como la combinación de los azules celestes y los amarillos de Vermeer de Delft. Yo no puedo pintar así tan bello como eso, pero me absorbe tanto que me dejo ir sin pensar en ninguna regla.

He esbozado por segunda vez un estudio de un Cristo con el ángel en el huerto de los olivos. Porque aquí veo los olivos verdaderos, pero no puedo, o mejor dicho, no quiero pintarlos más sin un modelo; pero tengo esto en la mente con el color, la noche estrellada, la figura del Cristo azul, los azules más potentes, y el ángel amarillo limón quebrado...

¡El motivo es difícil!...  pero justamente quiero vencerlo. Porque es terrible, esas casas amarillas en el sol y después el incomparable frescor del azul. Además todo el terreno es amarillo...

Un sembrador azul y blanco en la tierra violeta... En el horizonte, un campo de trigo maduro corto... Sobre todo esto, un cielo amarillo con un sol amarillo.


Un sol, una luz, que a falta de otra cosa mejor no puedo llamar más que amarilla, amarillo de azufre pálido, limón pálido oro. ¡Qué hermoso es el amarillo!



Por lo visto se apagan los amarillos de algunas pinturas de Van Gogh a causa de los oxalatos que se producen a partir de una reacción química del cadmio del pigmento y determinados barnices con los que, tras la muerte del pintor, se trataron de proteger los lienzos. (Qué disgusto se llevaría Ángeles si se apagan los girasoles; parece que no, que esos amarillos están a salvo.) Como si al sol de azufre de Van Gogh le llegara la hora del ocaso amarillo evocado por Borges en El oro de los tigres.

4/11/12

Ven y mira (una vez más)


Fotografía de Russell Lee

Los carteles de cine aparecen con frecuencia en la fotografía americana de los años de la depresión, los años negros de los treinta y principios de los cuarenta del siglo pasado, cuando los grandes fotógrafos se echaron a las carreteras de EEUU para documentar la miseria, el hambre, el desempleo; para registrar con sus cámaras a los pobres, a los parados, a los desposeídos. A los de abajo.

Fotografía de Dorothea Lange

Fotografía de Russell Lee

Fotografía de Walker Evans

La belleza de las fotografías cobijó el desamparo, claro que no remedió la intemperie ni les llevó el pan a la boca. Pero el cine representaba el único lujo que algunos podían permitirse y las películas el último refugio. Y pan que llevarse a los ojos. Y acallar el ruido de las tripas. En esas fotografías, los carteles de cine cobran visos espectrales. Como sombras de sueños. Y fantasmas de promesas. De consuelo.



Fotografías de John Vachon 


Fotografías de Russell Lee

Fotografía de Marion Post







Fotografías de Walker Evans

Quizá nunca como en estos carteles el cine deviene la ofrenda de un bálsamo para quienes se veían borrados de la historia. Para quienes quizá preferían no verse en la película de John Ford (con la novela de Steinbeck) que los transfiguraba en héroes por un par de horas. 


La única película que no podía consolarlos. O quizá sólo con el tiempo. Sólo con la memoria. Como una plegaria por los vivos y los muertos.


1/11/12

Noviembre, ¿de vuelta en el cine?



Hace un año que no voy al cine. Acabo de escribir que hace un año que no voy al cine y me cuesta creerlo. Hace un año que no voy al cine. Lo escribo porque dicen que lo escrito queda. Lo escribo y suena a confesión. Y a culpa. Para llorar.

Desde que entré en un cine -yo solo, sin que me llevaran-, hace como cincuenta años, nunca imaginé que llegaría a pasar meses, qué digo meses, semanas sin ir al cine. Hasta hace apenas unos años sería inimaginable. Pues sí, han transcurrido 365 días sin ir al cine.

Si llevas un año sin ir al cine -me dijo Adelita (con pesar) desde Ginebra cuando se lo comenté-, alguien te debe una explicación. Lo malo es que la explicación ya me la sé: el mercado, programan el cine que la gente quiere ver... Ciento veinte salas en Galicia, mira uno la programación y se le cae el alma a los pies, talmente un Gran Hermano (al que le gustarán las películas, no digo que no, pero a la vista está que detesta el cine) decide qué quiere ver la gente, no hay otra explicación.


Alguna vez recordé aquí cómo en los años setenta, en los años postreros del franquismo, coincidían en la cartelera -de Vigo, sin ir más lejos- las películas de Bergman (no olvido las colas de espectadores en la taquilla del cine Odeón para ver Gritos y susurros), Fellini, Buñuel, Truffaut y Coppola, pongamos por caso, y durante el verano se reponían películas como La noche del cazador, El quinteto de la muerte, Vértigo o El hombre que mató a Libery Valance. Y en los ochenta llegaban las películas de Rohmer, Godard, Wenders, Tanner o Jarmush con normalidad, sin necesidad de ir a Madrid a verlas.

Todo empezó a cambiar en los noventa. Menos mal que esos años vivíamos en A Coruña y disfrutábamos de la programación del CGAI, e íbamos al cine dos o tres veces por semana como mínimo. Por entonces tuve ya sonadas broncas con los proyeccionistas de algunos cines; nunca olvidaré aquella sesión en el (desaparecido) cine Goya donde estrenaban Sin perdon, esa obra maestra de Clint Eastwood: lo que no tenía perdón era aquella proyección, un crimen contra el cine.


Pero con el nuevo siglo las cosas (del cine) empeoraron cuando las salas empezaron a ser frecuentados, no por espectadores, sino por consumidores maleducados que mandan mensajes con sus móviles en el curso de la película, volviendo insufrible la proyección con el reflejo de las pantallas líquidas en nuestros ojos: alguna vez llegué a arrancárselo de las manos al niñato que tenía delante y lo estampé contra la pared, y entonces resulta que el criminal era yo, hay que ver.

A esas alturas ya resultaba imprescindible hacer mil previsiones y cálculos para evitar sesiones criminales (que despertaban mís cívicos instintos asesinos) y la peste de las palomitas. Hasta que empezó a resultarnos insufrible el doblaje... y aun si la película valiera la pena...

Nos fueron echando de los cines, pero los echamos de menos y cuesta resignarse. Y quizá la mayor pérdida empezamos a experimentarla hace veinte años, cuando dejamos de sentirnos parte de una comunidad de espectadores, cuando desapareció esa corriente íntima y colectiva que multiplicaba las emociones y las risas durante una proyección en la noche del cine, en la casa de las sombras; recuerdo aún esas reacciones sinestésicas comunitarias como la que acabó con las existencias de aguas minerales durante el descanso (en el intermedio) de Lawrence de Arabia en el cine Bolívar de Tui.


Una pérdida que anticipaba el abandono y la desaparición de los cines (esos cines donde vimos, por ejemplo, las películas que vieron nuestra infancia) , una pérdida que las multisalas no han remediado, todo lo contrario, la han hecho si cabe más dolorosa con tantas salas con las mismas películas, tantas salas sin cine. Por no hablar de las salas donde proyectan películas en digital que han sido rodadas en soporte cine, ¿para qué hacer entonces el viaje, pagar entonces una entrada y aguantar a seres incívicos?

Pero ver el cine en casa, por más que estemos a oscuras y por grande que sea la pantalla, apenas calma nuestra sed de cine pero no alivia la pérdida de la noche creadora de la memoria primordial. Lo decía muy bien Chris Marker al referirse a la función del obturador en el proyector de cine: De las dos horas que pasas en una sala de cine, una de ellas la pasas en la oscuridad [aunque miremos una película entera, en realidad sólo vemos la mitad de los fotogramas que pasan por la ventana de proyección, la otra mitad queda oculta por el obturador que intercepta el haz luminoso de la lámpara de proyección e impide que atraviese e ilumine esa mitad de la película que permanece invisible, a oscuras]. Es esa porción nocturna la que permanece con nosotros, la que fija en nuestra memoria una película de una forma distinta que si la vemos en la televisión o en un monitor.

Nos falta un cine cada vez que contemplamos la belleza de una película que no vimos en la casa de las sombras, como El nacimiento del amor de Phillipe Garrel, con ese hermoso blanco y negro de Raoul Coutard (hay películas con la huella del nacimiento del amor al cine). Añoramos un cine para ver el cine que llueve memoria en la mirada. De esa orfandad sólo, a veces, me consuela Ángeles: acabamos de ver en casa Akibiyori (Otoño tardío) y dice como si fuera en el cine: Ozu es una maravilla.

 
El próximo jueves comienza Cineuropa en Compostela. Hace un año vimos allí las últimas películas en el cine, como Le Havre, esa (última) maravilla de Kaurismäki. Está uno deseando conocer la programación. Ya me tardaba este noviembre, para vernos otra vez de vuelta en el cine. O eso esperamos.